Del Oriente Medio, textos de Esther Shabot

Socióloga por la Universidad Nacional Autónoma de México, Esther Shabot  es especialista en asuntos internacionales particularmente del Oriente Medio. Ha sido catedrática en la ENEP Acatlán de la UNAM y en diversas universidades de la ciudad de México.  Desde 1986 publica la columna Catalejo en el periódico Excélsior.    

KATRIN HIMMLER EN LA UNIVERSIDAD ANÁHUAC

Excélsior, 4 de marzo, 2012.  

Un extraño y sacudidor evento se llevó a cabo el martes 21 de febrero en la Universidad Anáhuac de la ciudad de México dentro del marco de la Cátedra Shimon Peres por la Paz que funciona en dicha institución. “Holocausto, prejuicios y tolerancia en un mundo globalizado” fue el título que convocó a más de un millar de asistentes para escuchar lo que al respecto tenían que decir cuatro invitados al acto: el Profesor Michael Berenbaum, director del Museo del Holocausto de Washington D.C.; Katrin Himmler, sobrina-nieta de quien fuera jefe de las SS nazis y de la Gestapo; Bedrich Steiner, judío checoslovaco sobreviviente de los campos de exterminio, radicado en México desde hace muchos años; y Sali Hardagh, miembro de una familia musulmana de Sarajevo a la cual se le ha otorgado el título de “Justos de las Naciones” con que en Israel se honra a quienes con riesgo de su propia vida salvaron judíos de la maquinaria de muerte del nazismo.
Durante cerca de dos horas, el público escuchó atento cuatro discursos que tuvieron en común la denuncia de ese oscuro capítulo de la historia donde se registraron los más abyectos crímenes contra la humanidad. Sin embargo, cada quien lo hizo desde una perspectiva distinta fruto de la identidad personal de cada uno de los ponentes, lo que en conjunto armó un panorama amplio para fortalecer el aprendizaje sobre las gigantescas catástrofes humanas a las conducen la intolerancia y el odio racial.
La erudición del Dr. Michael Berenbaum tuvo el mérito de concentrar de manera clara y bien fundamentada la naturaleza de ese macabro episodio conocido hoy como “Holocausto” o “Shoá” en hebreo. Su disquisición logró profundizar en sus rasgos más característicos, en su evolución desde las primeras semillas del pensamiento nacionalsocialista hasta su clímax cuando se urdió el proyecto de la “solución final del problema judío”, sinónimo de exterminio total de ese pueblo.
La intervención de Katrin Himmler fue sin duda la que más expectativas despertó. No es común que una descendiente de uno de los más activos asesinos dentro del régimen hitleriano se presente a hablar de su familia, de los oscuros secretos que rodearon su vida desde niña, de sus sospechas, de sus descubrimientos avasalladores y del doloroso proceso de saberse parte de un linaje que fue capaz de la máxima barbarie de haber asesinado a millones de seres humanos: judíos, gitanos, homosexuales y presos políticos de distintas nacionalidades. Ella nació en 1967 y narró cómo después de haber sido educada con la idea de que su tío abuelo Heinrich había sido la oveja negra de la familia, fue enterándose poco a poco a través de pesquisas hechas por ella misma, de que prácticamente toda la generación de los Himmler de aquella época había participado en algún circuito importante de la maquinaria nazi. Fruto del doloroso enfrentamiento con ese pasado familiar ha sido su libro “Los hermanos Himmler” cuya edición en español apareció en 2011 en España bajo el sello de “Libros del Silencio”. Tanto el libro como su participación en foros como éste son producto de una decisión de contribuir al combate de las ideas del nazismo, así como de las teorías negacionistas del Holocausto que aún ahora son sostenidas por agrupaciones neonazis y por corrientes islamistas radicales como las que detentan el poder actualmente en Irán.
Conmovedoras fueron también las intervenciones de Bedrich Steiner, único sobreviviente de su familia de los horrores de los campos de exterminio, y de Sali Hardagh quien relató sus memorias de infancia cuando su familia en Sarajevo escondió y salvó a una familia judía. Ésta a su vez tuvo la oportunidad a principios de los años noventa de rescatar a miembros de la familia Hardagh de la Sarajevo bajo fuego, trasladándolos a Israel para escapar de los horrores de la guerra en la exYugoslavia. Profundamente aleccionadora fue sin duda la expresión del principio ético que ha guiado la vida de Sali: el de ser capaz siempre, ante las ofertas de corrupción y de participación en actos deleznables, de decir con toda contundencia “yo no”.

EL APOYO RUSO A ASSAD

   Excélsior, 2 de octubre, 2011.

Literalmente, los sirios están librando una lucha a muerte para derrocar a la tiranía de Bashar Assad. A diferencia de la rapidez con la que egipcios y tunecinos de deshicieron de sus respectivos presidentes eternizados en el poder, las protestas sirias llevan ya seis meses sin que parezca aflojar la determinación del régimen de reprimir a sangre y fuego la revuelta. En este caso, además, la presión internacional ha fallado en operar eficazmente para obligar a Assad a abandonar el puesto, en buena medida debido a la oposición rusa a que en el Consejo de Seguridad de la ONU se aprueben sanciones severas contra el régimen de Damasco.

 El comportamiento del Kremlin obedece sin duda al patrón que durante décadas caracterizó la relación URSS-Siria. A lo largo de la época de la guerra fría Damasco fue uno de los más importantes aliados de Moscú en el Medio Oriente, alianza que se vio fortalecida todavía más cuando Israel y Egipto firmaron la paz en 1979 y Siria permaneció como el foco central en la lucha contra el Estado judío. Respaldar a Damasco se convirtió entonces para la URSS en la táctica más conveniente para mantener influencia y presencia en la región, por lo cual todas las aventuras sirias, incluida la intervención en Líbano, fueron avaladas y apoyadas por la jerarquía soviética.
    Pero el derrumbe de la URSS a fines de los ochentas marcó el declive de la injerencia rusa en el Oriente Medio. Concentrada por necesidad en sus propios problemas, la ex URSS se vio forzada entonces a alejarse del escenario por un tiempo, lapso en el que Siria maniobró para compensar la pérdida de su aliado mediante un acercamiento cada vez más intenso con Irán, lo mismo que con las agrupaciones clientelares de éste, a saber el Hamas palestino y el Hezbolá libanés. Sin embargo, desde hace unos años la Rusia de Putin y Medvedev, ya recuperada de su inestabilidad durante los años noventas, ha retornado a la región utilizando la vía conocida de la alianza con Damasco. 
   Nada más elocuente al respecto que la afirmación del ex ministro de defensa ruso Serguei Ivanov quien hace no mucho declaró: “El Medio Oriente es crucialmente importante para los intereses geopolíticos y económicos rusos… y la cooperación con Siria nos aporta dividendos económicos y políticos tangibles”. Datos como los siguientes corroboran la solidez de los nexos entre ambas partes: en 2005 Bashar Assad visitó Moscú logrando que 73% de la deuda siria a Rusia de 13.5 mil millones de dólares fuera condonada, al mismo tiempo que se firmó una declaración conjunta sobre posturas compartidas de cara a los problemas regionales. Subsecuentes visitas de Assad a Moscú y de Medvedev a Damasco fortalecieron aún más los términos de la cooperación. 
   Actualmente Rusia sigue teniendo importantes intereses económicos en Siria. Ésta compra el 10% de las exportaciones rusas totales de armamento, haciendo que Damasco sea su tercer cliente en importancia dentro de este rubro, sólo después de India y Venezuela. De hecho, el 90% del arsenal sirio es de procedencia rusa. Además, varias compañías petroleras y de gas rusas tienen jugosos contratos con el gobierno sirio, incluidos los referentes a construcciones de gasoductos y al desarrollo de las reservas energéticas sirias. Y estratégicamente, la alianza con Siria es percibida por Rusia como una manera eficaz de responder a la influencia estadounidense en la región, lo mismo que una respuesta a la expansión de la OTAN hacia el este y al despliegue de la defensa misilística de ésta cerca de sus fronteras.
   Dadas estas consideraciones, es muy probable que Moscú continúe con su oposición a incrementar la presión internacional sobre Assad por lo que en el corto plazo la intervención desde el exterior está descartada. Las masas sirias inconformes y en rebelión seguirán así contando sólo con la tenacidad de sus propias fuerzas y de su voluntad de cambio para enfrentar a la inclemente dictadura del clan de los Assad.
                                                                       

PALESTINA: SE MUEVEN LAS PIEZAS

Excélsior, 25 de septiembre, 2011.  

  Tras meses de expectativas, anuncios y polémicas, finalmente el pasado viernes 23 de septiembre Mahmoud Abbas, presidente de la Autoridad Nacional Palestina, entregó formalmente al Secretario General de la ONU su solicitud de reconocimiento del Estado de Palestina como miembro formal de la comunidad de naciones. Gracias a un paciente trabajo diplomático de meses, Abbas llegó al foro de la Asamblea General arropado por un buen nivel de apoyo entre múltiples naciones dispuestas a respaldar la pretensión palestina. Sin duda muchos de tales apoyos se gestaron al amparo de la positiva evaluación de los avances que la gestión de Abbas y su primer ministro, Salam Fayyad, consiguió en Cisjordania. Destacan en ese sentido el clima de mayor tranquilidad y orden, la reducción drástica de la violencia terrorista contra Israel, el notable crecimiento económico en la zona y la construcción de instituciones necesarias para respaldar el eventual surgimiento de su Estado nacional.

   A pesar del rechazo del gobierno israelí a la iniciativa de Abbas y del anuncio del presidente Obama de que E.U. la vetaría en el Consejo de Seguridad en caso de ser aprobada por nueve de los miembros de éste, el presidente palestino siguió adelante con su plan. El paso se dio así acompañado de los consabidos discursos tanto de Abbas mismo, como de su contraparte Netanyahu y de Barack Obama. Lo que en el foro de Naciones Unidas se expresó el viernes por estos tres personajes permite sin duda lecturas diversas enfocadas a extraer los matices indicativos de hacia dónde podrían ir las cosas. De ahí que ríos de palabras y de tinta estén corriendo en estos días para presagiar escenarios posibles, sin que haya hasta el momento gran claridad al respecto.
No se sabe, por ejemplo, cuándo y cómo el Consejo de Seguridad discutirá el tema y emitirá su voto. Hay posibilidades de que el asunto se arrastre intencionadamente a fin de dar tiempo a la búsqueda de nuevas opciones como la que está tratando de ofrecer el Cuarteto para el Oriente Medio (E.U., Rusia, la Unión Europea y la ONU) y que consiste en comprometer a las partes a un proceso de paz estrictamente calendarizado que fije un plazo de un año para la creación del Estado palestino. Tampoco se sabe cuándo el tema llegará a ser objeto de la votación en el seno de la Asamblea General. Quedan también entre signos de interrogación las reacciones de los palestinos e israelíes comunes ante esta situación, lo mismo que las de las masas árabes del resto de la región, convulsionadas de por sí a causa de las revueltas populares que actualmente protagonizan.
La iniciativa de Abbas ha sido, en ese sentido, una arriesgada apuesta realizada con la evidente intención de avanzar en el objetivo de conseguir un Estado para su pueblo y terminar con la ocupación israelí, pero es claro que a estas alturas falta aún mucho camino que recorrer por lo que el resultado final sigue siendo bastante incierto. Una de las pocas cosas que por lo pronto significa ya un cambio es que las piezas del tablero del Medio Oriente se han movido de forma dramática. La iniciativa de Abbas ha cumplido en ese aspecto con su cometido ya que logró poner fin a la parálisis en la que había caído el tan mentado proceso de paz israelí-palestino. Dicha parálisis, de prolongarse por más tiempo, pondría fin a la posibilidad real de que la fórmula de “dos Estados para dos pueblos” llegara a concretarse y ello significaría sin duda una tragedia para ambas partes, desesperadamente necesitadas de conseguir su “divorcio” para normalizar sus vidas. En ese sentido, lo mejor que les puede suceder a israelíes y palestinos es que esta sacudida de las piezas sirva como detonante para trabajar con seriedad y compromiso en tal sentido. Habrá que ver.

EL LIDERAZGO DE  MAHMOUD ABBAS

                                                            Excélsior, 18 de septiembre, 2011.

 Muchas diferencias existen entre el anterior máximo líder de la causa palestina, Yasser Arafat, y el actual, el presidente Mahmoud Abbas. Desde algo tan simple como la vestimenta –que sin embargo está cargado de sugerentes connotaciones- hasta la estrategia general para hacer avanzar la causa palestina. Arafat tuvo a lo largo de su vida una trayectoria veleidosa y errática que lo convirtió en una figura poco o nada confiable para grandes sectores de la comunidad internacional. Fue además incapaz de tomar las decisiones políticas que en determinadas coyunturas podían haber impulsado a la causa palestina de manera significativa y no consiguió liberarse nunca de la tentación de regresar una y otra vez a la violencia y el terrorismo como formas privilegiadas de su lucha. Uno de sus más graves errores fue sin duda su decisión de detonar en el año 2000 la segunda intifada, decisión que destruyó la mayoría de los avances que se habían conseguido  en las negociaciones israelí-palestinas durante la década de los noventas.

   Mahmoud Abbas sucedió a Arafat a fines de 2004 luego de la muerte de éste. Desde entonces, el sello de su liderazgo ha ido evolucionando en un sentido que lo diferencia cada vez más de su antecesor. Calificado en sus inicios como un personaje que carecía del carisma y la fortaleza necesarios para llenar el puesto, tuvo que remontar rebeliones y rupturas internas –como la protagonizada por las fuerzas del Hamas- lo mismo que críticas severas de su contraparte israelí debido al constante choque de intereses y de perspectivas que caracterizó a su relación. Sin embargo, la personalidad de Abbas fue cobrando poco a poco legitimidad entre la inmensa mayoría de los actores internacionales que se convencieron de que él encarnaba un liderazgo lo suficientemente honesto y coherente como para considerarlo un digno y capaz interlocutor con quien tratar las complejidades de la añeja disputa palestino-israelí.

   De hecho, y sin muchos aspavientos, la discreta pero eficaz colaboración entre el gobierno de Abbas, Israel y Washington consiguió en los últimos años transformar radicalmente la atmósfera de Cisjordania, donde no obstante la persistencia de la ocupación israelí,  se registró un impresionante avance económico y un notable aumento de la seguridad que incluyó la neutralización de la mayoría del activismo terrorista antiisraelí que en tiempos anteriores había sido la tónica en esa zona. Los éxitos en la gestión de Salam Fayad-  primer ministro de Abbas y figura con un alto respeto en los círculos políticos y financieros internacionales, contribuyeron a fortalecer aún más a Abbas  ante su propio pueblo y ante la comunidad internacional.

   En ese contexto se da la actual iniciativa de Abbas de presentar la solicitud de reconocimiento al Estado palestino en el Consejo de Seguridad de la ONU la próxima semana. Su prestigio internacional ha crecido sin duda al haber optado por la paciente diplomacia y no por la violencia para romper con el estancamiento del proceso de paz. No obstante la ira del gobierno israelí y la desaprobación de Washington por el paso decidido por Abbas, éste ha sumado más y más simpatías hacia su iniciativa con el tono que ha elegido para presentarla. En su discurso del 16 de septiembre en Ramala donde se dirigió en árabe a su pueblo, enfatizó que de lo que se trata ahora no es de deslegitimar a Israel al cual se le reconoce plenamente, sino de deslegitimar a la ocupación, e insistió además en que se debe descartar la vía de la violencia, puesto que ésta atentaría contra la ruta diplomática que se ha emprendido.

Ciertamente el resultado final que tendrá la presentación de la solicitud palestina en la ONU en los próximos días es incierto y cargado de riesgos porque incierta es la dinámica que a partir de ella se impondrá. Sin embargo lo que por lo pronto resulta evidente es la inteligencia con la que Abbas ha ido avanzando en cuanto a la aceptación internacional de su propuesta, y en contraste, el aislamiento y la parálisis que aquejan al gobierno israelí encabezado por Netanyahu, gobierno que enamorado del status quo y temeroso de perder el poder, ha carecido totalmente de iniciativas y propuestas creativas que pudieran conducir las cosas por otros derroteros.

11 DE SEPTIEMBRE

   Excélsior, 11 de septiembre, 2011.         

Las ideologías -las religiones incluidas- han mostrado en determinados momentos y coyunturas, su propensión a generar en su seno corrientes radicales dispuestas a llegar a extremos de violencia monumentales para imponer sus visiones de mundo a las cuales conciben como detentadoras de la única verdad. Hubo tiempos en los que importantes segmentos del cristianismo persiguieron y quemaron “herejes” por doquier, y en el siglo XX las ideologías que sirvieron de base al proyecto nacionalsocialista alemán y a la instauración del comunismo soviético asesinaron a millones de personas bajo los postulados derivados de sus respectivas interpretaciones de cómo construir un mundo mejor. Igual sucedió con la embestida que en Camboya llevó a cabo el régimen de Pol Pot contra su propio pueblo, convencido de que para depurar a su nación había que exterminar todo vestigio de proceso civilizatorio ajeno a las presuntas bondades de la sociedad rural absolutamente primitiva.     
   El 11 de septiembre de hace 10 años es emblemático sin duda del momento en que ciertas corrientes radicales del mundo musulmán alcanzaron su máximo auge al decidir emprender ese mismo camino de siembra de destrucción y muerte contra quienes calificaban como sus enemigos acérrimos, en este caso Occidente y su cultura, y más específicamente Estados Unidos. Poco a poco su radio de acción se amplió hacia territorio español y británico, lo mismo que hacia blancos en países musulmanes donde se localizaban elementos islámicos considerados por estas visiones fanatizadas como desviados y por ende traidores a la causa. 
   Por supuesto los radicalismos de los que hablamos no se generan nunca en un vacío. Un complejo trasfondo compuesto de factores políticos, económicos y sociales peculiares constituye el soporte imprescindible para el florecimiento de ellos. Por tanto, a partir del 11 de septiembre de hace 10 años una multitud de historiadores y analistas se han dedicado a tratar de localizar los elementos más importantes que han contribuido a la emergencia del Islam radical.

A pesar de diferencias en acentos y matices existe consenso acerca de varias condiciones básicas. Una de ellas es la naturaleza de la historia experimentada por el Islam. La religión musulmana nació y creció en medio de éxitos espectaculares al diseminarse de forma imparable a lo largo y ancho de amplísimos territorios que fueron conquistados por los guerreros de dicha fe. Durante siglos pocos poderes lograron detener los avances musulmanes que además, generaron espacios de esplendor cultural como no se habían conocido antes. Los diversos califatos con sus respectivas glorias crearon la convicción entre sus súbditos de que la realidad comprobaba fehacientemente que no había otro camino verdadero más que el del Islam. 
   Sin embargo, a partir del siglo XVI sus derrotas empezaron a sucederse una tras otra. No sólo en el terreno militar, sino también en el del desarrollo de las ciencias, las artes, la tecnología y las ideas. Mientras que el mundo islámico entraba en un período de estancamiento, en el Occidente de raíces cristianas se experimentaban cambios dramáticos y avances espectaculares. La reforma religiosa, el descubrimiento de América y su colonización, el pensamiento ilustrado y el consecuente desarrollo científico, la revolución en el pensamiento que dio lugar a conceptos como el de derechos humanos, democracia y separación de religión y Estado. Eso y mucho más condujo a que se invirtieran los papeles, con lo que amplios territorios de raigambre 
musulmana fueron colonizados por la Europa en plena expansión.  
   El resentimiento islámico por sus retrocesos fue creciendo cada vez más a medida que el abismo en el grado de desarrollo entre ambos mundos se ensanchaba. Si los musulmanes en el pasado remoto fueron quienes tenían la capacidad de imponerse y humillar a otros, resultaba intolerable la inversión que en ese sentido registraba la realidad. Ante tal panorama, uno de los recursos más usados ha sido el de apostar a que el regreso a las raíces primigenias del Islam constituye la receta idónea para recuperar las glorias del pasado remoto. De ahí las afirmaciones reiteradas en los discursos de Bin Laden y sus asociados de que mediante la práctica estricta de la Sharía o ley islámica, que incluye el precepto de la jihad contra los infieles, el Islam triunfará y regresará a tomar posesión de, por ejemplo, Al-Andaluz, así como de todos los territorios que alguna vez estuvieron bajo su dominio.          

NETANYAHU EN APRIETOS

Excélsior, 4 de septiembre 2011

Las dificultades a las que se enfrenta el actual gobierno israelí crecen día con día, sin que asome en el horizonte ningún indicio de que las cosas puedan mejorar en el futuro próximo. Las revueltas árabes, a pesar de las expectativas de cambios democráticos que han despertado, han creado por lo pronto una situación incierta para Israel en la medida en que desaparecieron los puntos de referencia conocidos con los que Jerusalén manejaba tradicionalmente su compleja relación con sus vecinos. Siria se halla sumida en un circuito de violencia asesina perpetrada por el régimen de Assad contra su pueblo descontento sin que exista claridad acerca de cuánto tiempo se mantendrá aún el dictador en el poder y de qué manera los posibles cambios que ahí ocurran podrían incidir en la añeja disputa que prevalece entre Damasco y Jerusalén.  Por otra parte,  Mubárak desapareció del panorama y con ello surgió el gran interrogante alrededor de la naturaleza que tendrá de ahora en adelante la relación entre los dos países –Egipto e Israel- quienes mantienen oficialmente vigente un acuerdo de paz firmado desde 1979.  
   Por lo pronto, la relación con Israel del gobierno egipcio de transición parece no ser muy prometedora ya que el sentimiento popular antiisraelí, bastante extendido de por sí en el País del Nilo, se ha radicalizado a raíz de un incidente de violencia terrorista contra ciudadanos israelíes originado en el Sinaí, incidente que desembocó en una incursión israelí hacia ese sitio donde fueron ultimados tres policías egipcios. La consecuencia ha sido no sólo una elevación de la retórica antiisraelí en Egipto, sino también el retiro temporal del embajador de este país en Israel como forma oficial de protesta. El precedente sentado con estos hechos augura sin duda una tensión creciente que difícilmente podrá ser relajada en el futuro inmediato.
   Y hace un par de días, un nuevo frente problemático se abrió para el gobierno de Netanyahu: se trata de la degradación del nivel de las relaciones diplomáticas entre Turquía e Israel ordenada por el gobierno de Ankara como consecuencia del altercado suscitado con el incidente del asalto israelí a la flotilla que en 2010 intentó llegar a Gaza. El gobierno de Erdogan ha exigido una disculpa oficial a Israel por la muerte de nueve tripulantes turcos del Mavi Marmara a manos de fuerzas militares israelíes e Israel se ha negado a ofrecer la disculpa señalando que si bien lamenta la muerte de los turcos no se disculpa por el operativo. El reporte oficial de la ONU sobre este incidente, filtrado hace dos días, constituyó el punto de inflexión a partir del cual el gobierno turco decidió rebajar sustantivamente el nivel de sus relaciones con Israel y retirar por tanto a su embajador y a funcionarios diplomáticos de primera fila. Turquía e Israel habían sostenido hasta ahora nexos intensos en diversas áreas de suma importancia para ambos, además de que para Israel su relación con Turquía ha sido especial en la medida en que se trata de un Estado musulmán que ha sido sin embargo capaz de mantener una relación amistosa y fructífera con el Estado judío desde el nacimiento de éste. 
   Ahora bien, no sólo en el tema de las relaciones exteriores el gobierno de Netanyahu enfrenta golpes severos que lo someten cada vez más a un aislamiento de altísimo costo para su país, sino que también en el frente interno está siendo desafiado por un verdadero tsunami de protestas sociales. Cuando usted, estimado lector, lea estas líneas, ya sabrá de qué magnitud fue la planeada “manifestación del millón” organizada por numerosos estratos de la sociedad israelí para la noche del sábado 3 de septiembre. La insatisfacción por el manejo económico y social del país, manejo conectado sin duda con consideraciones políticas peculiares, ha llegado a un punto crítico. Nunca antes Israel había registrado muestras tan extensas y reiteradas de descontento social, y ello de seguro pesará tanto sobre el gobierno de Natanyahu como lo hace el deterioro creciente de sus relaciones internacionales.    

MEDIO ORIENTE: TIEMPO DE INCERTIDUMBRE

Excélsior, 28 de agosto 2011.

El panorama está más abierto que nunca y las certezas prácticamente han desparecido. Las revueltas en el Medio Oriente y el norte de África se hallan en un punto crítico ante la necesidad de enfrentar las decisiones propias de ese momento definido como “el día siguiente” posterior al derrocamiento del antiguo régimen. La inminente desaparición del yugo de Ghadafi en Libia conduce al interrogante acerca de qué sucederá en el futuro próximo, quiénes asumirán el control político del país y cuál será todavía el costo en sangre de la consolidación de un nuevo gobierno. Los pronósticos optimistas que consideran que el país renacerá a una vida nacional más justa, libre y democrática lo hacen confiando en la capacidad y buena voluntad del actual dirigente del Consejo Nacional de Transición, Mustafá Abd Al-Jalil, en la riqueza natural del país, su vastedad territorial y sus inmensas reservas de petróleo y gas, y también, no menos importante, en el apoyo internacional previsto para la reconstrucción nacional.

Para los pesimistas hay sin embargo, numerosos motivos para prever un panorama mucho menos prometedor. Libia es –dicen- un país fragmentado en una diversidad de tribus cuyas lealtades primordiales anuncian choques sangrientos, ejecución de venganzas postergadas y luchas interminables por el poder. Entre estas dos posiciones extremas existe una cantidad considerable de posibilidades intermedias cuya viabilidad es aún desconocida. El signo de interrogación es así la marca definitoria de la actual situación libia.

   Cerca de ahí, Túnez y Egipto, con sus respectivas dictaduras ya derrocadas, no ofrecen tampoco una gran claridad acerca del rumbo que seguirán. A pesar de tratarse de sociedades más homogéneas e históricamente consolidadas presentan también un cuadro en el que se desconocen los alcances y magnitudes de las fuerzas políticas existentes. En Egipto, por ejemplo, la represión a lo largo de décadas de todo lo que no fuera parte del aparato oficial de gobierno, generó un vacío político que aún no se sabe cómo se llenará ahora que ha desaparecido la mano de hierro que sofocaba totalmente a las voces alternativas. El reciente conflicto con Israel a raíz de un grave incidente terrorista contra éste que provino del Sinaí, enfrentó a ambos países y provocó una crisis diplomática que reveló el grado de animosidad popular egipcia contra el tratado de paz que rige las relaciones entre esos dos vecinos desde 1979. Pero al mismo tiempo se mostró la cautela con la que el Consejo Militar Supremo que hoy gobierna a Egipto prefiere tratar este tema. No cabe duda que las fuerzas que finalmente dirijan en el futuro el País del Nilo enfrentarán desafíos formidables ya que se trata de una nación que llegará el próximo año a los 90 millones de habitantes de los cuales un 28% es analfabeta, 21% vive por debajo de la línea de la pobreza y sufre una permanente falta de empleo y oportunidades para sus jóvenes, muchos de los cuales están ansiosos por emigrar a zonas más prometedoras laboralmente.
Y por otro lado, está también la incertidumbre emanada del caso sirio y del israelí-palestino. En el primero prosigue la sanguinaria respuesta del régimen de Bashar Al Assad contra su población ávida de justicia, libertad y reformas sociales, sin qué por lo pronto se aprecie la posibilidad de caída próxima de la dictadura. En el segundo, se pasa hoy por un momento ciertamente plástico y lleno de señales contradictorias. Contra la postura del gobierno israelí actual, la Autoridad Nacional Palestina está por formular en la ONU su demanda de reconocimiento internacional al nacimiento del Estado palestino, mientras que Hamas y agrupaciones fundamentalistas afines actúan a contracorriente disparando andanadas de cohetes contra ciudades israelíes. Ello en medio de una movilización social de las masas israelíes que también desde hace unas cuantas semanas han tomado las calles y plazas para exigir de su gobierno cambios radicales no sólo en las políticas económicas sino igualmente en la manera general de definir las prioridades de la vida nacional. Así las cosas, los signos de interrogación han pasado a suplantar la mayoría de las certezas de tiempos pasados.            

ISRAEL: LAS MUJERES EXIGEN

Excélsior, 14 de julio 2011

También Israel tiene a sus “indignados” y prosiguen por tanto las manifestaciones de protesta social que desde hace tres semanas han inundado las calles y plazas de numerosas ciudades israelíes. Contra la percepción que se tenía de que los ciudadanos de Israel habían caído en una apatía política difícil de neutralizar, hoy el país registra las concentraciones populares más nutridas y extendidas territorialmente de las que se tenga memoria. Además, a diferencia de las experiencias pasadas, esta vez no se trata de demandas que tengan que ver con el conflicto árabe-israelí y con asuntos relativos a la guerra y a la paz. En esta ocasión el mensaje de las mantas y las consignas es otro: se protesta por condiciones laborales, económicas y sociales percibidas como injustas, equivocadas y perjudiciales para la gran masa de gente que integra las llamadas clases medias, precisamente los sectores más productivos y más desproporcionadamente afectados por el peculiar y desequilibrado sistema fiscal y de subsidios que rige en el país.
Algo que se ha venido perfilando cada vez con más nitidez a lo largo de este proceso es la centralidad de las mujeres en él. Luego de un principio un tanto amorfo en el que no existían liderazgos definidos, poco a poco han ido apareciendo voces y caras representantes del movimiento de protesta ante las autoridades y los medios de comunicación. Y esas voces y caras son de mujeres principalmente, mujeres que si bien tienen detrás un sólido apoyo masculino, llevan la voz cantante al encarnar ellas, como género, el segmento demográfico más afectado por las políticas vigentes y tener al mismo tiempo, la capacidad de tomar las riendas del movimiento.
Sus reclamos se orientan sobre todo al status quo imperante en el que sus intereses y reivindicaciones han sido tradicionalmente menospreciados. Y es que en un país en el que ha privado un estado de guerra casi permanente como es el caso de Israel, el ejército y las áreas de seguridad e inteligencia han recibido un trato enormemente privilegiado en lo que respecta a recursos, subsidios y preferencias, situación también replicada en lo que respecta a la política de construcción de asentamientos en Cisjordania y a subsidios a sectores religiosos ultraortodoxos con alta capacidad de presión política.
Las mujeres israelíes hoy en pie de lucha expresan muy concretamente lo que demandan: una serie de cambios de prioridades en el sistema nacional a fin de que dejen de ser ellas y sus familias quienes paguen el altísimo costo, económico, social y emocional, de los privilegios de otros. Por ejemplo, demandan que el Estado sea congruente con su política de aliento a la natalidad proporcionando al mismo tiempo servicios que en efecto permitan a las mujeres ejercer su maternidad de manera digna en el entorno social y laboral. Protestan por el hecho de que el costo de las guarderías y la educación preescolar sea mayor al de la educación universitaria, y que las condiciones de trabajo establecidas por el sistema no contemplen beneficios y licencias para las mujeres que en cambio sí rigen para los varones en su desempeño del servicio militar y de la reserva.
En síntesis, las demandas enarboladas en la actualidad por los manifestantes israelíes (mujeres y hombres)  pretenden una restitución actualizada de los elementos más preciados de lo que fue el modelo israelí del Estado benefactor en donde se contrarresten los efectos del capitalismo salvaje para el cual sólo valen los individuos productores y los políticamente redituables. La intención es que el Estado reconozca que sus ciudadanos no son individuos aislados, sino seres que en la mayoría de los casos tienen padres a menudo ancianos, pareja e hijos cuyas necesidades deben ser atendidas con sensibilidad y respeto, y sin que por encima de ello prive la fría productividad laboral. El mensaje es en ese sentido cada vez más claro y ambicioso, pues no se trata ya más de un asunto de precios y carestía, sino de los valores fundamentales sobre los que se base la estructuración de las funciones del Estado y de la vida ciudadana en Israel.

COPTOS, TERMÓMETRO DE INESTABILIDAD EN EGIPTO

           Excélsior, 24 de julio, 2011.

Las cosas apenas comenzaban cuando las protestas masivas en Egipto hicieron caer al régimen de Mubárak. La experiencia histórica sobre cualquier revolución indica que una vez derruido el poder político dominante, principia el sismo del reacomodo de fuerzas el cual genera turbulencias intensas capaces de prolongarse por largo tiempo. Así ha sido sin duda en el caso egipcio. Hoy por hoy, el país vive una renovada ola de protestas masivas en  calles y plazas debido al descontento popular contra las nuevas autoridades constituidas en el Consejo Supremo de las Fuerzas Armadas (CSFA) encabezado por el general Mohamed Hussein Tantawi. Las críticas al CSFA apuntan a que éste no está saldando las cuentas con el viejo régimen ni tampoco dando satisfacción a las demandas más elementales planteadas durante la revuelta. A su vez, el CSFA se muestra cada día más duro en su confrontación con los congregados en las calles, lo cual hace dudar de que la transición pueda llevarse a cabo sin nuevos brotes de violencia.
   Uno de los indicadores del caos inherente a esta situación es el choque sectario que se registra en el país del Nilo. La oleada de ataques contra los cristianos coptos ha sido en ese sentido un elemento revelador de las dificultades para conseguir una nueva estabilidad. No se trata por cierto de un fenómeno nuevo: la violencia contra los coptos –que constituyen el 10% de la población total egipcia de 80 millones- data de los tiempos anteriores a la caída de Mubárak. Sin embargo, la intensidad de los atentados contra personas e intereses coptos ha arreciado en los últimos meses a partir del envalentonamiento de segmentos islamistas que vieron reforzada su posición a partir de la oportunidad de actuar libremente en el escenario nacional. Es más, el permiso de regreso al país de cerca de 3 mil jihadistas que se hallaban en una lista negra y exiliados, constituyó un factor de aliento para la “tarea sagrada” de depurar el suelo egipcio de elementos infieles.  De ahí las varias iglesias incendiadas y las decenas de muertos y heridos entre los coptos quienes se sienten cada vez más atemorizados ante el acoso de las fuerzas radicales desatadas a contracorriente de las tendencias democráticas que pugnan por la igualdad y los derechos de todos los egipcios, sin distinción de credos.
   Y hay que recordar que los coptos poseen una legitimidad histórica indudable en Egipto. De hecho su origen precede al del Islam ya que la Iglesia Copta fue fundada ahí desde el siglo I D.C. por el apóstol Marcos quien trajo el cristianismo a Egipto, mientras que el Islam se impuso sólo a partir del siglo VII D.C. A pesar de que durante un buen tiempo las relaciones entre ambos universos religiosos fueron relativamente amigables, el nacionalismo árabe de la segunda mitad del siglo XX y la posterior irrupción de las tendencias islamistas en su seno, tensaron cada vez más la relación entre ellos. De ahí la paulatina huida del país de los coptos: un millón de sus fieles han emigrado en los últimos 30 años, situación muy similar a lo que ha venido ocurriendo en otros espacios árabes tales como Irak, Líbano y Palestina donde las cifras de árabes cristianos han ido decreciendo a pasos agigantados.
   Ciertamente los desacuerdos con motivo de intereses políticos, económicos e ideológicos divergentes dentro de la sociedad egipcia constituyen el núcleo esencial de la inestabilidad actual del país ante el reto de construir una nueva estructura de poder que sustituya a la larga dictadura que el país experimentó desde su nacimiento como nación independiente. Pero dentro de este cuadro, igualmente pesa el factor religioso que tanta preponderancia ha tenido durante las pasadas décadas en el mundo árabe en general. Por ello puede afirmarse que los anhelos de democracia, libertad y sociedad abierta que guiaron a tantos jóvenes a lo largo de las jornadas memorables de la Plaza Tahrir sólo estarán cerca de cumplirse cuando segmentos de la población como el de los coptos, puedan vivir ahí con seguridad, igualdad y gozando del irrestricto respeto a sus derechos ciudadanos.        

SIRIA: TRES POSIBLES ESCENARIOS 

Excélsior, 17 de julio, 2011.

Desde hace casi cuatro meses, cada día las noticias provenientes de Siria informan acerca de decenas de personas muertas y cientos de heridos y detenidos por las fuerzas gubernamentales en su confrontación contra multitud de civiles que exigen a Bashar Assad abandonar el poder. El viernes pasado no fue la excepción pues tan sólo en Damasco se reportaron 32 víctimas mortales, prueba clara de que las reformas ofrecidas por el régimen no han sido serias ni poseen ninguna credibilidad a ojos del pueblo que se mantiene firme en sus protestas pacíficas contra la tiranía que ha sufrido durante más de tres décadas.
   La inclemente represión ejercida por las fuerzas de seguridad de Assad se ha combinado con tácticas adicionales para desmovilizar a las masas. Una de ellas ha consistido en tratar de desviar la atención y la ira populares hacia otros puntos, tal como ocurrió cuando se incitó y fletó transportes para que refugiados palestinos de su territorio se dirigieran a la frontera con Israel a fin de traspasarla durante la conmemoración de la naqba y de la naqsa. El objetivo fue crear un estallido de violencia con los israelíes capaz de canalizar la irritación popular hacia el conflicto con Israel, aliviando así la presión sobre el régimen sirio. Sin embargo, la estratagema no prosperó y las manifestaciones continuaron sin caer en la trampa.
   Otro intento similar fue el que se armó alrededor de la visita que recientemente hicieron a la ciudad de Hama los embajadores de Estados Unidos y Francia. Hama es una ciudad especialmente rebelde en la actualidad, además de poseer un historial trágico por haber sido la sede de un movimiento de protesta islamista en 1982, movimiento que fue aplastado por Hafez Assad mediante bombardeos aéreos y ataques terrestres con un saldo calculado entonces entre 10 y 15 mil muertos. La visita de los mencionados embajadores a Hama fue permitida esta vez por las autoridades sirias bajo la consideración de que los contactos entre los embajadores y los manifestantes podían convertirse en buen material de propaganda a favor del régimen. Así, la versión que dieron los medios de comunicación oficiales fue que los citados embajadores habían viajado a Hama a fin de dar instrucciones a los rebeldes y supervisar la marcha de la conspiración fraguada por los poderes occidentales en colusión con los traidores sirios. Pero de nueva cuenta esta versión de las cosas no tuvo éxito y por el contrario, los visitantes fueron recibidos en la ciudad con  ramas de olivo y regocijo y sin ningún episodio de quema de banderas yanquis o francesas como había sido la costumbre por mucho tiempo en esa región. 
  Lo anterior demuestra que ha sido superada la época en que regímenes árabes tiránicos como el sirio lograban mantener incólume su control mediante el uso de los espantajos de conspiraciones occidentales o sionistas como fuentes de los males que aquejaban a sus sociedades. Por lo pronto y tal como se desarrollan los acontecimientos, pueden preverse tres diferentes escenarios a futuro: El primero, que el gobierno continúe con la represión brutal como hasta ahora a fin de doblegar a sangre y fuego a los rebeldes. El segundo, que el cansancio de la oposición ante la dureza del régimen la haga aceptar el diálogo con el gobierno para conseguir al menos una liberalización limitada que sin embargo mantenga a la misma élite gobernante en el poder. Y la tercera, que la persistencia de las protestas consiga afectar a tal grado la economía nacional como para crear una crisis de gran magnitud que produzca grietas irremediables en sectores clave de la vida nacional: Tales sectores son la minoría alawita, principal beneficiario y apoyo del régimen de Assad, los servicios militares y de seguridad, y finalmente, la élite comercial de los centros urbanos más importantes del país. Este último escenario, al desmoronar al régimen por dentro, significaría muy probablemente el fin de la autocracia encabezada por los Assad.

NACE SUDÁN DEL SUR

Excélsior, 10 de julio, 2011.

Un nuevo país ha nacido oficialmente el día de ayer: Sudán del Sur. Tras 22 largos años de hostilidad y sangrientas guerras intestinas entre el norte mayoritariamente musulmán y el sur habitado sobre todo por cristianos y practicantes de cultos animistas, en 2005 se firmó el llamado Acuerdo Comprensivo de Paz que establecía un periodo de transición de seis años para celebrar luego un referéndum en el seno de la población sureña con objeto de  determinar la voluntad de escindirse del norte. Y en efecto, en el referéndum de febrero pasado un 99% de los sureños votaron por el sí, con la consecuencia de que hoy, seis meses después, se ha procedido a la promulgación de Sudán del Sur con su capital en Juba y no ya en Jartum, sede tradicional de los poderes políticos de lo que fue el Sudán unificado.
Con esta escisión Sudán pierde un tercio de su territorio y deja de ser el mayor país árabe y de Africa, además de que los ocho millones de habitantes del sur quedan separados de los otros 23 millones de sudaneses que hasta anteayer eran sus compatriotas. El júbilo por la independencia se manifestó en celebraciones públicas de los sureños donde se ondearon las nuevas banderas, se cantó y se bailó porque al fin se han liberado de un dominio que les fue brutalmente lesivo y sanguinario. Hay que recordar que sobre el presidente sudanés, Omar al-Bashir, pende una orden de aprehensión emitida en 2009 por el Tribunal Penal Internacional con base en la acusación de prácticas genocidas sobre sectores diversos de su propia población, entre ellos el del pavoroso y aún no resuelto caso de Darfur.  
Curiosamente, el régimen de al-Bashir ha aceptado y reconocido a Sudán del Sur desde estas primeras horas de su independencia, declarando que: “Quisiera confirmar nuestra disposición a trabajar con nuestros hermanos sureños y ayudarlos a establecer su Estado para que, con la ayuda de Dios, ese Estado se desarrolle y sea estable”. Pero esta buena señal de principio está lejos de asegurar que la separación evolucione pacíficamente y sin graves tensiones. La nueva República del Sur de Sudán es sede de cerca del 75% de las reservas de petróleo de las que el Sudán unificado extraía un tercio de sus ingresos nacionales. Pero también es un hecho que en el norte se encuentran los centros de refinación y procesamiento del crudo, así que es difícil predecir si la complementariedad necesaria para beneficio de ambos podrá sostenerse en el futuro. El sur es bastante más pobre que el norte –de hecho es una de las regiones más subdesarrolladas del planeta- y la falta de infraestructura que le aqueja bien podría prestarse a convertirlo en un Estado fallido si no se procede a modernizar su economía y a aprovechar otros potenciales hoy inexplorados como es su gran superficie de tierra cultivable gracias al flujo de las aguas del Nilo que la bañan. 
La aceptación del régimen de al-Bashir de la secesión sureña ha sido interpretada no sólo como una reacción ante lo inevitable sino también como fruto de la consideración de la conveniencia de deshacerse de una población incómoda en función de las aspiraciones a que Sudán (del norte) sea homogéneamente musulmán y sin obstáculos a la imposición de la sharía o ley islámica como fuente de la normatividad nacional. Pero aún así, no puede soslayarse que se mantiene un alto grado de tensión en tormo a la región fronteriza de Abyei y de Kordofan del sur. Cerca de 10 mil elementos de la Fuerzas de Paz de Naciones Unidas se han desplegado en la zona con objeto de evitar el estallido de choques que ya se han dejado ver debido a las disputas tribales y a las inevitables transferencias poblacionales derivadas de la separación. Así las cosas, las celebraciones por el nacimiento de Sudán del Sur constituyen el principio de una nueva etapa que sin embargo tiene aún muchos obstáculos que remontar para culminar en una mejor situación para el pueblo sudanés en su conjunto.

POR FIN EL TRIBUNAL HARIRI ACUSA

                                                                           Excélsior, 3 de julio, 2011.        

Larga ha sido la espera pero finalmente luego de 6 años, 4 meses y 16 días del asesinato del ex premier libanés Rafik Hariri junto con 21 personas más, el Tribunal Especial para Líbano (TEL) dependiente de la ONU ha presentado la acusación formal y la orden de arresto contra cuatro miembros del partido libanés chiíta Hezbolá. Uno de ellos, Mustafá Badreddine, es cuñado de uno de los más importantes líderes militares del Hezbolá, Imad Mugniyeh, quien presuntamente fue asesinado hace tiempo por fuerzas israelíes. El TEL ha dado al sistema judicial libanés un plazo de 30 días para responder a la acusación y someter a juicio a los implicados. La primera respuesta de Hezbolá por medio de su vocero, el canal de televisión Al-Manar, fue de rechazo a las acusaciones a las que calificó de “politizadas”.

Pero es un hecho que Hezbolá se encuentra hoy en una situación extremadamente problemática. Hay que recordar que esta agrupación fue adueñándose de cada vez más poder en Líbano al grado de que en enero pasado consiguió derribar al gobierno en funciones encabezado por Saad Hariri, hijo del asesinado Rafik, para imponer en su lugar un nuevo gobierno con predominancia de sus representantes.  El máximo líder del Hezbolá, el jeque Hassan Nasrallah ha calificado siempre al TEL como un mero instrumento de los intereses norteamericanos y sionistas pero aun así la acusación contra cuatro de sus miembros lo enfrenta ahora a una gravísima fractura nacional. Dentro del mosaico étnico-religioso del país la mayoría de los cristianos, sunnitas y drusos gravitan alrededor de la Alianza 14 de marzo opuesta al Hezbolá, por lo que estos sectores están llamando al gobierno encabezado por el primer ministro Najib Mikati a responder positivamente a la demanda del TEL. El propio Saad Hariri, quien actualmente reside en París, describió lo que ocurre como “un momento histórico para Líbano” enfatizando que “el gabinete debe de cumplir con los compromisos asumidos ante el tribunal internacional sin escapar de sus responsabilidades”.

La confrontación se ha desatado así en el País de los Cedros ya que el gobierno de Mikati, representante esencial de los intereses de Hezbolá, considera que la unidad nacional es más importante que la justicia -y por tanto las demandas del TEL no deben acatarse sin más- mientras que sus muchos opositores afirman que sin justicia no hay manera de mantener la unidad nacional. Hezbolá y el gobierno en el que él predomina están así hoy en una difícil disyuntiva, agravada por un panorama regional que en los últimos meses no le ha sido favorable.

Hezbolá supo maniobrar durante mucho tiempo para imponerse en Líbano como la mayor fuerza política y militar del país. No obstante, su trayectoria lo mostró como una agrupación sectaria de intereses estrechos concernientes sólo al chiísmo libanés y contrarios a los de las mayorías no chiítas de Líbano mismo y del mundo árabe en general. Su abierta alianza con un país no árabe como Irán y su dependencia de Siria le han granjeado desconfianza y hostilidad de parte de la mayoría del mundo árabe el cual considera a Teherán como la más preocupante amenaza para la estabilidad y seguridad regionales.

No cabe duda que uno de los retos más graves enfrentados hoy por el Hezbolá proviene de la revuelta popular en curso en Siria. Damasco ha sido el vecino, aliado y protector de Hezbolá durante más de 30 años gracias a la mancuerna de colaboración establecida con el régimen de los Assad. Así, ahora que el jeque Nasrallah trata de defender y justificar las acciones asesinas de las fuerzas de seguridad sirias contra sus ciudadanos, el Hezbolá ha pasado a ser considerado en las calles árabes como una entidad aliada a las fuerzas más represivas y detestables de su entorno.

Por tanto, el actual dominio del Hezbolá en Líbano enfrenta varios desafíos ante los cuales es aún incierta su respuesta: la demanda del TEL de entregar y enjuiciar a los cuatro acusados del asesinato de Hariri y las repercusiones de esto en el balance de fuerzas local; las consecuencias del posible desplome del régimen sirio, su muy eficiente aliado a lo largo de décadas; y por último, el desprestigio que supone hoy para Hezbolá dentro del mundo árabe el ser socio de Irán, la amenaza más temida para la casi totalidad de los integrantes de dicho mundo.

SIRIA Y MARRUECOS: DIFERENCIAS CLARAS

                                                                         Excélsior, 26 de junio, 2011.  

 Aunque separados por una considerable distancia geográfica, Marruecos y Siria comparten muchas características. Los dos son países árabes cuyos máximos gobernantes, el rey Mohamed VI y el presidente Bashar Assad son hombres jóvenes más o menos de la misma edad. Ambos se educaron durante su juventud en Occidente y asumieron sus respectivos cargos casi al mismo tiempo y en circunstancias bastante parecidas, cuando había altas expectativas de que tales nuevos liderazgos pudieran promover reformas largamente esperadas por sus respectivos pueblos. Siguiendo la tradición monárquica marroquí, Mohamed sucedió a su padre Hassan II muerto en 1999, mientras que en el 2000 Bashar fue investido presidente de la República Siria luego de la muerte de su progenitor Hafez Assad.

   Muy pronto las diferencias se hicieron notar. Mientras que las promesas de reformas genuinas, apertura y pluralismo político nunca se concretaron en Siria y el feroz totalitarismo del régimen se mantuvo vigente con tan solo algunos toques de maquillaje, en Marruecos sí se dieron pasos positivos para avanzar hacia una mayor apertura: se adoptó el plan de “Equidad y reconciliación” que permitió la incorporación legal a la vida política de la disidencia, de tal suerte que partidos políticos diversos consiguieron ubicar a sus miembros en altos círculos gobernantes, incluso en el puesto de primer ministro. Sin embargo, en la medida en que las reformas fueron limitadas y permanecieron sin resolverse temas torales como el débil desarrollo económico, la falta de transparencia, la corrupción y la no independencia de las instituciones judiciales, entre otros, los vientos de la primavera árabe también llegaron a Marruecos como lo hicieron en Siria.

    Pero a estas alturas de la evolución de los movimientos de protesta populares en los dos países, es bastante claro que las reacciones de quienes están en el poder han sido bien diferentes. Por una parte, Assad y su ejército continúan recurriendo al asesinato, la tortura y el desplazamiento masivo de la cada vez más nutrida disidencia sin importarles la creciente cuota de sangre que está cayendo sobre sus hombros al pretender acallar el descontento del pueblo. La cifra de muertos, desaparecidos y refugiados en busca de asilo en Turquía aumenta día con día no obstante la multiplicación de las condenas y sanciones internacionales.

    Distinta ha sido la respuesta de la monarquía marroquí la cual ha decidido emprender con seriedad el camino de las reformas que demanda la gente. La semana pasada, con sólo tres días de diferencia, Assad y el rey Mohamed emitieron sendos discursos dirigidos a sus pueblos. En ellos se manifestó sin duda la diferencia abismal que existe en el manejo de las crisis que ambos enfrentan. El rey marroquí se dirigió a su público usando cinco veces la expresión “mi querido pueblo”, enfatizando que él es su primer servidor y detallando las planeadas reformas constitucionales para expandir los poderes del parlamento y la independencia judicial, reformas que serán sometidas a referéndum dentro de un mes. Su tono fue siempre conciliador, sin descalificar las demandas de la disidencia ni acusar a ésta de ser producto de una conspiración. En lugar de ello anunció que las reformas también contemplan la protección de los derechos humanos incluyendo garantías de juicios justos, la criminalización de la tortura, de las detenciones arbitrarias y de cualquier forma de discriminación, con garantías también de respeto a la libertad de expresión y el acceso a la información.

   En contraste, el discurso de Assad en la Universidad de Damasco mezcló un ambiguo llamado al diálogo nacional con amenazas y acusaciones a los disidentes a los cuales calificó de conspiradores y promotores de un inaceptable sabotaje, señalando que “no hay solución política para quienes portan armas y matan, ni reformas a través de la destrucción, el sabotaje y el caos”. Los ríos de gente que huye y la cuota de manifestantes asesinados en los días subsiguientes dan fe de que las salpicadas alusiones de Assad a la necesidad de un diálogo nacional han sido sólo un recurso retórico sin visos de convertirse en realidad. Así, las matanzas prosiguen.

VOCES CRÍTICAS ISRAELÍES: SHIMON PERES ENTRE ELLAS.

Excélsior, 19 de junio, 2011.

El estancamiento en el proceso de paz palestino-israelí y el proyecto palestino de conseguir en septiembre próximo dentro de la Asamblea General de la ONU el reconocimiento a su Estado están generando una enorme preocupación en los sectores de opinión israelíes conscientes del choque de trenes que se avecina y de la miope reacción que el gobierno encabezado por el premier Netanyahu está teniendo al respecto y que incluye por cierto al episodio de confrontación que recientemente tuvo con el presidente Obama. Esta semana el presidente de Israel, Shimon Peres, cuya función es básicamente protocolaria, rompió el silencio que su investidura le impone y en la celebración de los cuatro años de sus funciones expresó comentarios que reflejan la alarma con la que él juzga lo que está sucediendo.
Sus profecías fueron del siguiente tenor: “Al final del camino, alcanzaremos un acuerdo con los palestinos, la pregunta es si antes de ello sufriremos o no una difícil sacudida. A fin de cuentas, quien acepte el principio básico de las líneas de 1967 recibirá el apoyo del mundo y quien lo rechace perderá al mundo. Boicots económicos contra Israel están teniendo lugar ante nuestros ojos…ya están comenzando y septiembre es sólo una fecha. La cuestión es qué pasará antes y después… estoy preocupado de la parálisis…de que Israel se convierta en un Estado binacional. Lo que está pasando ahora es descorazonador. Estamos a punto de estrellarnos contra la pared, nos encaminamos a toda velocidad a una situación en la que perderemos al Estado de Israel como el Estado del pueblo judío.” (Haaretz, 17 de junio).
Hay que hacer notar que los puntos de vista de Peres, a pesar de no poseer en estos momentos consenso dentro de la sociedad israelí, han sido enarbolados casi en los mismos términos por toda una serie de figuras que incluye desde escritores e investigadores como Amós Oz, Yehuda Bauer, David Grossman y Avishai Margalit, hasta militares altamente calificados y de trayectorias muy reconocidas. Entre éstos puede citarse a los ex jefes de la Shin Bet, Yaakov Peri y Ami Ayalón, a los ex jefes del Mossad, Danny Yatom y Meir Dagan, al ex jefe del estado Mayor Amnon Lipkin-Shahak y al general retirado Amram Mitzna. Algunos de estos hombres gestaron hace pocos meses un documento denominado “Iniciativa de Paz Israelí 2011” (IPI), que se acerca bastante a la iniciativa de paz de la Liga Árabe emitida en 2002. Tenían la expectativa de que la citada IPI sirviera como base sobre la que el gobierno de Netanyahu construyera su política de negociación de la paz con los palestinos, pero ello no ha ocurrido. Al parecer si Peres como presidente decidió ahora hablar al respecto, es porque su responsabilidad como hombre y político comprometido con la paz y la sobrevivencia de Israel se lo ha impuesto, no obstante las complicaciones que esto puede acarrearle en sus funciones.
Y como es improbable que Netanyahu con la coalición de gobierno con la que funciona se mueva de la posición que ha asumido, hay quienes esperan que en el corto tiempo que media de aquí a septiembre, logre darse un recambio en la configuración del gobierno. Esta línea de pensamiento señala que si Netanyahu se convence o se ve forzado por las circunstancias a incorporar a su coalición al partido Kadima encabezado por Tzipi Livni (en sustitución del partido de ultraderecha que comanda el controvertido ministro de Relaciones Exteriores Avigdor Lieberman), podría tal vez conjurarse el negro panorama que se vislumbra para el futuro inmediato.
Tal desarrollo no tiene quizá grandes posibilidades de concretarse y sin embargo los israelíes con conciencia clara del tsunami al que su país se aproxima están haciendo todo lo que está en sus manos para promover cambios de este tipo que puedan devolverle a Israel su apego a los principios básicos sobre los que se construyó la empresa sionista.

LA EDUCACIÓN DENTRO DE LAS REFORMAS ÁRABES

Excélsior, 12 de junio 2011.

En estos meses en que la “primavera árabe” ha revelado la precariedad de las condiciones de vida de millones de habitantes del mundo árabe, múltiples factores han sido descritos y analizados para dar cuenta de estos gigantescos estallidos de protestas populares. Se ha hablado y escrito mucho acerca del carácter dictatorial y corrupto de sus regímenes, de la falta de libertades esenciales, de la violación continua a los derechos humanos, de las deplorables condiciones de vida de las mayorías y la falta de desarrollo social responsable de la desesperanza con la que sus jóvenes –que constituyen la mayoría de la población- encaran su futuro.
Sin embargo, muy poca atención se ha puesto a un área que será necesario abordar si se pretende que en verdad las transformaciones hoy en gestación lleguen a buen puerto. Se trata del campo de la educación, cuyas características en la mayoría de los países árabes dejan mucho que desear no sólo por no preparar a niños y jóvenes hacia el pensamiento crítico y la posibilidad de incorporarse al trabajo productivo y al mundo globalizado, sino también por ser la fuente de radicalismos religiosos e ideológicos conectados con una interminable serie de supersticiones, miedos y creencias responsables en buena medida de los sectarismos étnico-religiosos y la violencia hacia las mujeres y las minorías.
Recientemente apareció en las páginas de Middle East Media Research Institute (MEMRI) la transcripción de lo que opina un liberal kuwaití acerca del currículum escolar que rige en la mayoría de las escuelas del mundo árabe donde la línea islamista, interpretada casi siempre por clérigos radicales, constituye su eje central. En efecto, el Dr. Abd al Aziz Al Khatib publicó en el diario kuwaití Al Jarida una demoledora crítica contra el sistema educativo árabe al cual juzga como una fuente de extremismo y desconexión con la realidad. Denuncia la manera como se inculca en niños y jóvenes la idea de que cualquier otra religión diferente al Islam no es más que herejía y de ahí la obligación de emprender la jihad o guerra santa a fin de combatir a muerte a los detentadores de tan grave pecado. Igualmente describe cómo en los planes de estudio de primaria y secundaria se abunda obsesivamente en demonios, castigos en el infierno y talismanes, menospreciando u obviando francamente los conocimientos que tienen que ver con la ciencia, las artes, la tolerancia y el desarrollo del pensamiento crítico.
Al Khatib, padre de una adolescente, se indigna de forma especial ante lo que ella aprende en la escuela acerca del matrimonio y el comportamiento esperado de las mujeres: que el honor de la familia depende del recato de éstas, que un marido tiene derecho a golpear a su esposa, pero sin dejar marcas en su cuerpo, y que una mujer divorciada debe permanecer recluida en la casa de su marido durante el “idá”, periodo de tres meses en el que el hombre tiene permiso para cambiar de opinión. Ello para promover que él reconsidere y decida aceptarla de nuevo como su cónyuge.
La síntesis de las observaciones de Al Khatib contienen la guía de lo que idealmente habría que cambiar en cuestiones educativas para generar posibilidades reales de avance social. Él dice: “…quiero que mis niños aprendan cosas que les ayudarán en este mundo, cosas que no promuevan la idiotez ni sean solidarias con el atraso. Quiero que sean mentalmente estables, sin miedos anclados en supersticiones manipuladoras. Quiero que aprendan los aspectos filosóficos y humanos (de la religión) que la hacen atractiva, no los cuentos que venden ilusiones mezcladas con el miedo.”
El desafío para las sociedades árabes hoy en efervescencia no es sólo entonces derrocar gobiernos y crear nuevas formas más democráticas de funcionar. También se exige, para que las cosas no regresen a los caducos modelos de los que se pretende salir, modificar seriamente los aberrantes contenidos de los programas educativos diseñados para perpetuar el miedo, la ignorancia y la pobreza, factores que han favorecido siempre el dominio de los sátrapas y la sumisión humillante de las mujeres.

SIRIOS SUFREN LA BRUTALIDAD DE SU RÉGIMEN

Excélsior, 5 de junio, 2011.

Han pasado once semanas desde que estallaron los primeros brotes de protestas populares contra la dictadura de presidente Basshar Assad de Siria, y las cosas continúan en el mismo tenor. Las manifestaciones siguen produciéndose en una diversidad de ciudades, diariamente se reportan decenas de víctimas mortales entre la población civil confrontada con el armamento pesado del ejército sirio, Assad sólo ofrece cambios cosméticos que no convencen a nadie y la comunidad internacional reprueba e impone sanciones económicas que por lo visto no han sido capaces de contener el ímpetu asesino con el que las fuerzas de seguridad gubernamentales reprimen a los civiles en las calles. Tan solo el viernes pasado activistas de derechos humanos y ciudadanos comunes que lograron filtrar información reportaron al menos 63 muertos en esa jornada, calculándose el número total de caídos desde el inicio de las protestas en más de mil. El país continúa sin permitir la entrada de periodistas extranjeros, por lo que se sospecha que la situación debe ser peor aún que la conocida. Por ejemplo, corre el rumor de que policía de seguridad ha disparado contra soldados que se han negado a atacar a sus conciudadanos.
En consecuencia, crecen entre la población siria insurrecta la desesperación y la amargura. A pesar de su tenacidad y valor para mantenerse en pie de lucha a fin de derrocar al régimen tirano, se dan cuenta de la soledad en la que llevan a cabo su combate. Las voces opositoras sirias que han conseguido hacerse oír fuera de su país señalan su decepción respecto a diversos actores que no se han comportado a la altura para contribuir al fin de la tiranía. Resienten que en comparación con los casos de Egipto, Túnez y Libia, ellos han sido abandonados a su suerte sin un apoyo eficaz.
De acuerdo con un reporte firmado por N. Mozes y publicado por Middle East Media Report Internacional (MEMRI), los principales reclamos de los activistas sirios son hacia:
-Estados Unidos, por su tibieza en el manejo de la relación con Assad. Porque a pesar de las condenas verbales y las sanciones, no es mucho más lo que el gobierno de Obama ha estado dispuesto a hacer.
-Francia, cuyo gobierno actual promovió hace no mucho tiempo que Siria fuera un miembro aceptado por la comunidad internacional. Se reprocha que Sarkozy visitara Damasco en momentos previos a la revuelta, cuando pesaba sobre Siria la acusación de ser un Estado promotor del terrorismo y al mismo tiempo represor de las libertades esenciales de su población. La responsabilidad francesa de dotar de legitimidad a Assad se subraya por el hecho de que fue precisamente Francia la metrópoli colonial que tuvo el dominio sobre Siria entre las dos guerras mundiales.
-La Liga Árabe, criticada por diversas voces sirias en el exilio indignadas por el silencio de este organismo ante los horrores que acontecen día a día en Siria. Tales voces señalan la notable diferencia en el comportamiento de la Liga Árabe con el caso libio. Exigen por tanto la expulsión de la Liga de los delegados sirios y el apoyo abierto de ese organismo a las resoluciones internacionales para investigar las acciones del régimen de Assad contra su pueblo.
-Los intelectuales y medios de comunicación sirios que se han doblegado ante el terror o ante los incentivos del régimen y han optado por alinearse en la defensa de éste, enarbolando y reproduciendo las acusaciones de Assad de que las protestas son producto de conspiraciones de diverso origen, sin razón ni legitimidad alguna.
No cabe duda que todos estos reclamos de la población siria asediada son esencialmente justos. Describen en efecto lo que pasa y revelan que más allá de los valores morales y de la solidaridad debida a un pueblo sometido al terror, existen fuertes consideraciones de realpolitik y de realidad objetiva general desfavorables que en este caso contribuyen al abandono y trágica soledad del pueblo sirio.

ARABIA SAUDITA: MUJERES AL VOLANTE

Excélsior, 29 de mayo, 2011.

La primavera árabe está teniendo efectos colaterales más allá de la demanda de derrocar a dictaduras de larguísima data. Al haber roto la barrera del miedo que mantuvo a millones de personas sometidas a una asfixiante falta de libertades básicas, hoy aparecen movimientos sociales empeñados en conseguir igualmente derechos individuales y colectivos que son comunes en las democracias y que tienen que ver con situaciones aparentemente simples de la vida cotidiana. Uno de estos movimientos es el de importantes segmentos de la población femenina de Arabia Saudita que han decidido tomar el toro por los cuernos y emprender una asertiva campaña para tener derecho a conducir automóviles.
Y es que aunque no existe una ley escrita que prohíba a las mujeres conducir, se trata de una norma sobreentendida bajo la cual la policía puede arrestar a una mujer por el hecho de ponerse al volante. En el Reino saudita las mujeres, más de 13 millones, constituyen el 46% de la población y a pesar de contar con dos millones de ellas con vida laboral fuera de sus hogares, deben de recurrir a choferes masculinos, ya sea hombres de su familia o empleados contratados, para transportarse; la ausencia de un sistema público de transporte vuelve la situación todavía más limitante.
Es por ello que en el seno de la sociedad saudita femenina ha surgido una iniciativa que de seguro ha recogido mucha de su inspiración en el ejemplo de las protestas pacíficas llevadas a cabo en tantos espacios del mundo árabe. Facebook también ha tenido un papel central en esta campaña por medio de la cual centenas de mujeres han señalado la fecha del 17 de junio para lanzarse a las calles y avenidas conduciendo un auto, de tal suerte que ante la multiplicación masiva de las “infractoras” la policía se vea imposibilitada de arrestarlas o sancionarlas. Además, las convocantes han exhortado a sus seguidoras a que se filmen a sí mismas manejando y suban las imágenes al Facebook para alentar a otras mujeres a sumarse a la iniciativa y comprobar así a las autoridades y a la población masculina del Reino que tienen la capacidad de ejercer con responsabilidad ese derecho.
La proclama en Facebook de las activistas declara textualmente: “En junio 17, nosotras, mujeres en Arabia Saudita, de muchas nacionalidades, empezaremos a conducir nosotras mismas nuestros autos. No pretendemos romper la ley o desafiar a las autoridades, simplemente reclamamos uno de nuestros más esenciales derechos. Tenemos licencias de conducir (expedidas en otros países porque obviamente el Reino no las permite) y nos regiremos por las leyes del tránsito. Basta de palabras…ya es tiempo.”
Las activistas están tratando de conseguir apoyos de distintos ámbitos, por ejemplo, de cineastas, fotógrafos, caricaturistas, clérigos islámicos y figuras públicas que simpaticen con ellas y legitimen la justicia de su demanda. Incluso han enviado una carta al Rey Abdalah exponiendo sus puntos. Han convocado también a mujeres que saben conducir para que voluntariamente enseñen a sus compañeras cómo hacerlo, en virtud de que las escuelas de manejo que oficialmente funcionan, no las aceptan.
Es incierto cómo responderán las autoridades y la propia sociedad saudita dominada de forma absoluta por los hombres. El Rey Abdalah ha mantenido un discurso en los últimos años aparentemente favorable a que las mujeres ejerzan más derechos que los acostumbrados, y sin embargo ha mantenido muchos de los usos tradicionales incólumes. Recientemente se reafirmó la negativa a que las mujeres participen en las elecciones municipales a pesar de que previamente hubo indicios de que tal norma podía cambiar.
El tema de las mujeres al volante será pues una buena prueba de si la monarquía está captando la trascendencia de los cambios regionales. Éstos están sin duda sacando a flote en todos los rincones del mundo árabe las por tanto tiempo sofocadas demandas legítimas de los sectores que más han sufrido por la falta de derechos y la ausencia de perspectivas de desarrollo: los jóvenes, las minorías étnico-religiosas, y sobre todo, las mujeres.

ISRAELÍES Y PALESTINOS: LO DESEABLE Y LO POSIBLE

Excélsior, 22 de mayo, 2011.


Todos los pueblos cultivan mitos y albergan sueños, y los israelíes y palestinos no son la excepción. A lo largo del doloroso conflicto histórico que ambos han protagonizado desde hace ya más de medio siglo, sueños y mitos han sido los responsables de guerras sangrientas que han vuelto cada vez más complicada la situación. En 1947-48 el mundo árabe soñó que podía echar por tierra la resolución de partición de Palestina aprobada en la Asamblea General de la ONU y emprendió por tanto la primera guerra árabe-israelí con objeto de que el Estado de Israel no naciera. Tal sueño no se cumplió y como producto de esa guerra, paradójicamente, lo que abortó fue la creación de un Estado árabe-palestino dando con ello lugar al principio de la tragedia palestina, mientras que Israel se convirtió en una realidad.
A partir de entonces, renovados sueños igualmente carentes de posibilidad de concreción han dominado el escenario del conflicto entre los dos pueblos. Luego de la guerra de los seis días de 1967 y apoyado en la negativa árabe a negociar en aquel entonces un acuerdo de paz, Israel comenzó a soñar que podía mantener en sus manos indefinidamente los territorios ocupados en dicha guerra. Por ende, algún tiempo después, los asentamientos judíos en Cisjordania y Gaza comenzaron a multiplicarse bajo una serie de justificaciones de seguridad nacional o de lealtad a añejas convicciones religiosas. Hoy, a 43 años de 1967, cerca de medio millón de israelíes viven en Cisjordania, la mayor parte de ellos en tres grandes bloques: Gush Etzión, Maalé Adumim y Ariel.
Pero los sueños no terminan ahí y siguen obstaculizando el proyecto tantas veces impulsado de “dos Estados para dos pueblos” que implica fundamentalmente la creación de un Estado palestino independiente al lado de y en paz con Israel. El Hamas y su público afín han mantenido un programa que explícitamente señala el objetivo de “desaparecer a Israel” para fundar en la totalidad del territorio un Estado palestino. Y como a cada vuelta de tornillo le corresponde una de tuerca pero en sentido contrario, se han venido fortaleciendo en los últimos tiempos las corrientes israelíes que se resisten a dar los pasos necesarios para conseguir el cumplimiento del proyecto de los dos Estados para los dos pueblos. La intensificación de la colonización judía en territorios palestinos y en Jerusalén oriental ha ido en ese sentido y junto con el activismo terrorista del Hamas ha conducido a un callejón sin salida del que es muy difícil escapar, no obstante los esfuerzos de los bandos moderados de ambos pueblos y de los mediadores internacionales interesados en solucionar el conflicto.
El encuentro celebrado en Washington hace unos días entre el presidente Obama y el primer ministro Netanyahu es elocuente de que el panorama sigue estando marcado por los sueños y mitos de los protagonistas. El actual gobierno israelí fuertemente inclinado hacia la derecha y comprometido con los intereses de los colonos considera que las concesiones territoriales que le son exigidas rebasan por mucho lo conveniente, mientras que en el bando palestino se mantiene firme su demanda del derecho al retorno de los refugiados palestinos que salieron a partir de la guerra de 1948 y que es equivalente a que los 800 mil judíos que fueron expulsados de diversas naciones del mundo árabe, junto con sus descendientes, exigieran su derecho a retornar a sus antiguos hogares. Por supuesto que para cada una de las partes sus respectivos sueños revelan lo que para ellos es deseable, pero definitivamente no lo que es posible. Va en contra del establecimiento del Estado palestino el continuo crecimiento de los asentamientos judíos en Cisjordania y Jerusalén oriental, del mismo modo en que constituye una condena a muerte para Israel el retorno de millones de palestinos a territorio israelí.
Así las cosas, las iniciativas de Obama al respecto se han topado con una situación en la que es difícil avanzar dado el peso que actualmente tienen las posturas radicales del gobierno de Netanyahu y de los segmentos palestinos que se rehúsan a reconocer la legitimidad de Israel. En estas circunstancias, el reconocimiento del Estado palestino por la Asamblea General de la ONU en septiembre, aunque justo en sí mismo, tendrá el potencial de convertirse en la chispa de una nueva guerra de alcances incalculables. Y no cabe duda que la atmósfera caldeada generada por la “primavera árabe” será uno de los factores contribuyentes a la gestación de dicho preocupante escenario.

¿QUÉ FUERZAS SACUDIERON AL HAMAS?

Excélsior, 15 de mayo, 2011.       

 El anuncio está hecho desde la semana pasada y faltan sólo las firmas y detalles finales: Hamas, la agrupación islamista radical gobernante en Gaza y que rompió violentamente en 2007 el gobierno de unidad palestino al escindirse de su alianza con El- Fatah de Mahumud Abbas, se reconcilia con éste. Durante casi cuatro años el gobierno egipcio de Mubarak intentó mediar para conseguir tal propósito pero todo fue en vano y ahora, repentinamente y para sorpresa del mundo, la reconciliación se produce sin que haya habido señales previas que la presagiaran. Israel mismo no preveía este desarrollo y enfrenta por ende un nuevo y desafiante escenario en su compleja relación con los palestinos.

  ¿Qué fue lo que detonó este cambio en el liderazgo del Hamas quien al parecer está modificando sus lineamentos políticos previos? Las hipótesis apuntan fundamentalmente a las nuevas condiciones regionales gestadas al amparo de las revueltas árabes. Éstas están echando por tierra la realidad prevaleciente en el pasado inmediato, de tal suerte que al Hamas, agrupación que siempre ha privilegiado el activismo terrorista por encima de la política, no le ha quedado más remedio que intentar adaptarse para sobrevivir. Por consiguiente, ha empezado a dar señales de que aun cuando se rehúsa a abandonar la resistencia armada y a reconocer la existencia de Israel, sólo emprenderá ataques contra éste si existe consenso palestino al respecto tal como lo declaró la semana pasada Ismail Haniye, primer ministro de Gaza.

    Del mismo modo, Khaled Mashal, el máximo líder del Hamas en el exilio, hizo declaraciones en igual sentido en una entrevista realizada en El Cairo. Textualmente dijo: “Lo que quiero para toda la nación árabe es mostrar una moderación positiva y apertura al mundo, pero sin abandonar al mismo tiempo las fuerzas de la resistencia. A lo que me refiero simplemente es a que hemos llegado a un nuevo mapa político en la región y que todos debemos estar unidos en la misma trinchera, manteniéndonos juntos para llegar a decisiones unificadas que reflejen el éxito de los árabes en la política doméstica y exterior”. Es evidente que una declaración como esta contradice todos los postulados sostenidos por Meshal y sus asociados en el pasado. La sola mención de “una moderación positiva” constituye una absoluta novedad dentro del discurso típico del Hamas.

   Y es que lo que ha ocurrido en el entorno regional no da para menos. Los grandes poderes que tradicionalmente han apoyado y sustentado al Hamas se tambalean hoy por hoy debido a las respectivas crisis internas que padecen. El régimen sirio enfrenta gigantescas manifestaciones populares de descontento que están siendo reprimidas salvajemente; Gadhafi se halla inmerso en una guerra civil de consecuencias aún imprevisibles, e Irán, el gran poder que con mediación siria es el alimentador del activismo terrorista del Hamas, sufre de la severidad creciente de las sanciones en su contra, lo mismo que de una fisura grave entre su máximo líder religioso, el ayatola Jamenei, y el presidente Ahmadinejad.

   Finalmente, está también la cuestión de lo que ocurrirá en septiembre en la Asamblea General de la ONU cuando muy probablemente se presente a votación y se apruebe el establecimiento del Estado palestino de acuerdo a las fronteras previas a la guerra de junio de 1967. Hamas sabe muy bien que quedarse fuera de este desarrollo podría serle letal y por ende se ha apresurado a declarar que aunque nunca reconocerá la existencia de Israel, está dispuesto a aceptar un Estado palestino delimitado por las fronteras de 1967. Es claro que nadie puede asegurar el rumbo que de aquí en adelante seguirá el Hamas ni qué tan sincera es su nueva postura, pero por lo pronto es evidente que los efectos del terremoto que sacude al mundo árabe y a Irán están obligando a muchos de los actores políticos de esta zona a reposicionarse y dar un golpe de timón significativo que sin duda modifica sustancialmente el escenario al que estábamos acostumbrados.

IRÁN SE FISURA POR DENTRO

Excélsior 8 de mayo, 2011.

El asesinato de Osama Bin Laden a manos de fuerzas estadounidenses en Pakistán concentró la atención del mundo a lo largo de la semana. Sin embargo, muchos otros acontecimientos que por su importancia merecían ser difundidos, casi no tuvieron cobertura mediática, opacados por el impacto del operativo contra el gestor de los atentados del 11 de septiembre de 2001. Uno de ellos ha sido la pugna abierta desatada entre los dos más poderosos personajes de la cúpula política iraní: el Ayatola Khamenei y el presidente Ahmadinejad.
La relación cercana entre ambos comenzó a mostrar fisuras hace dos semanas cuando Khamenei –quien tiene la última palabra en los asuntos nacionales- vetó la decisión de Ahmadinejad de despedir al Ministro de Inteligencia, Heydar Moslehl. A partir de entonces el presidente de Irán estuvo ausente en dos reuniones del gabinete, al tiempo que crecían las especulaciones de que éste había dejado de tener el apoyo incondicional del Ayatola. Y a pesar de que los medios de comunicación oficiales del país intentaron suavizar el distanciamiento entre las dos máximas figuras de la vida política de la nación iraní, muy pronto emergieron nuevos acontecimientos reveladores de que la pugna no ha sido resuelta, sino todo lo contrario.
El sitio de Internet iraní Ayandeh reportó el miércoles pasado que varios aliados de Ahmadinejad fueron arrestados bajo la acusación de ser “magos” invocadores de espíritus y de genios malignos denominados “djinns” en la cultura islámica. Entre los detenidos está Esfandiar Rahim Mashaei, jefe de gabinete de Ahmadinejad y a quien los clérigos acusan de promover una versión “nacionalista” del Islam no acorde con la postura de los ayatolas más conservadores. Otro de los arrestados, Abbas Ghaffari, fue acusado de ser un hombre “con habilidades especiales en metafísica y conexiones con mundos desconocidos”.
Al parecer la tensión se intensificó a tal grado que dos días después Khamenei le presentó un ultimátum a Ahmadinejad: o reinstala de inmediato al ministro de Inteligencia despedido, o el presidente debe renunciar. Todo esto fue reportado por el sitio web Ayandeh, el cual recibió la información del principal consejero presidencial. Medios locales especulan que la confrontación entre los dos líderes va mucho más allá y muestra que ha habido un gran desgaste en la colaboración y confianza mutua que prevaleció anteriormente, además de evidenciar una medición de fuerzas de cara a las elecciones parlamentarias que se celebrarán dentro de algunos meses.
Como se recordará, Irán fue también objeto hace algunas semanas de manifestaciones populares en contra del régimen. Las protestas en el mundo árabe fueron un estímulo para la población iraní descontenta con su gobierno pero la represión brutal de los manifestantes por la Guardia Revolucionaria y los cuerpos basij apagó la rebelión. Ahora lo que aparece es una fractura entre los miembros de dicho gobierno sin que por lo pronto se pueda predecir en qué va a desembocar. Lo que sí es evidente es que las convulsiones que actualmente aquejan a la región toda tienen la capacidad de poner en jaque al status quo imperante durante tanto tiempo en Irán. Este es un país que ha desarrollado una política de exportación de su revolución islámica de corte chiíta y que ha conseguido hacer avanzar sus intereses de manera significativa. El que uno de sus grandes aliados, el presidente Bashar Assad de Siria, esté en posibilidad de caer por la presión popular e internacional es un elemento adicional que sin duda afecta a la estabilidad iraní hoy por hoy amenazada no sólo por el descontento de su propio pueblo sino también por las fracturas evidentes entre sus máximos dirigentes nacionales.

SIRIA ¿DEFENSORA DE LOS DERECHOS HUMANOS?

Excélsior, 1 de mayo, 2011.

Sorpréndase usted, estimado lector, pero la pregunta que da título a este artículo, aunque parece un chiste, es seria y pertinente en función de los absurdos inherentes al sistema por el que rige sus relaciones la comunidad internacional. Mientras el régimen de Bashar Assad sigue asesinando y apresando con lujo de brutalidad a los miles de civiles que se manifiestan pacíficamente en ciudades como Deraa, Banias, Latakia, Kamishli y Damasco, en el ámbito de Naciones Unidas y de cerca de cincuenta ONGs se discute cómo manejar y/o evitar que Siria se incorpore el próximo 20 de mayo al Consejo de Derechos Humanos de la ONU. Porque aunque usted no lo crea, es un hecho que desde hace tiempo Siria tenía prácticamente asegurado su ingreso al mencionado Consejo. Éste, constituido por 47 países miembros, tiene programado elegir a 15 nuevos integrantes que sustituirán a igual número de miembros salientes.
Las aberraciones en cuanto a quiénes forman parte de un organismo como éste son ya antiguas. Por ejemplo, Rusia, China y Arabia Saudita están ahí y la Libia de Gadhafi fue durante un buen tiempo no sólo miembro de él, sino que incluso llegó a ser una de sus cabezas. Es cierto que a raíz de la rebelión en Libia este país ha sido expulsado del seno del Consejo ¡no faltaba más! Pero las incongruencias persisten y están lejos de acabar. Una de ellas es sin duda que el régimen de Assad obtenga un lugar en esta institución para ser juez que dirima y juzgue a otros países por violaciones a los derechos humanos.
Lo grotesco del caso queda bien ilustrado con un comentario realizado al respecto por Hilel Neuer, director ejecutivo de UN Watch con sede en Ginebra: “Elegir a Siria para ser juez acerca de derechos humanos equivale a nombrar a Bernard Madoff como defensor oficial de víctimas de fraudes financieros”. El escándalo es así mayúsculo, por lo que el viernes pasado, y a instancias de la representante de Estados Unidos en el Buró de la Organización de Asuntos Internacionales, se condenó en el seno del Consejo de Derechos Humanos de la ONU con sede en Ginebra, la violenta represión del régimen sirio contra sus ciudadanos. Se decidió asimismo crear una comisión investigadora independiente capaz de precisar ante la comunidad internacional el alcance de las atrocidades cometidas por las huestes de Assad. Se trata, curiosamente, de la primera vez, en los cinco años de vida del Consejo, que Siria está en el banquillo de los acusados, del mismo modo como nunca antes de la reciente crisis libia, Gadhafi sufrió ningún cuestionamiento.
Lo extraño es que a pesar de las condenas al gobierno de Assad, la cuestión de la candidatura de Siria para obtener un asiento en el Consejo de Derechos Humanos el próximo 20 de mayo, sigue en curso. Y en ello mucho tiene que ver la forma como se integra tal Consejo ya que dicho proceso es a partir de cuotas y votaciones regionales sin necesidad de cubrir el criterio básico de contar con un historial digno respecto al asunto específico sobre el que se pretende actuar. O sea que si el bloque islámico, latinoamericano, de Europa del este, del sureste asiático o cualquier otro elige por mayoría a sus candidatos para formar parte del Consejo, es irrelevante que los electos tengan o no los méritos necesarios para fungir como jueces. Quedan así ellos a salvo de cualquier cuestionamiento, mientras que sus enemigos políticos se convierten automáticamente en los blancos predilectos para ser acusados.
En síntesis, se trata de un arma política disfrazada de labor humanista que sólo a los ingenuos o desinformados puede engañar. Que Libia y Arabia Saudita o Cuba y China sean quienes juzguen a otros por violaciones a los derechos humanos resulta patético. Y si en efecto, el 20 de mayo el régimen sirio sigue siendo contemplado para ingresar al Consejo, ello será sin duda uno de los últimos clavos en el ataúd de un organismo que carece ya de toda credibilidad y que sin embargo consume jugosos presupuestos y encubre descaradamente a algunos de los peores Estados violadores de los derechos humanos.

POLARIZACIÓN EN ISRAEL

Excélsior, 24 de abril 2011.

Han pasado dos años de parálisis en el proceso de paz entre israelíes y palestinos. Las negociaciones son inexistentes y mientras tanto el liderazgo palestino en Cisjordania encabezado por Mahmud Abbas ha desarrollado un intenso activismo diplomático con miras a que en la próxima reunión de la Asamblea General de la ONU a celebrarse en septiembre, se apruebe por mayoría una resolución que reconozca al Estado palestino independiente dentro de las fronteras previas a la guerra de 1967. Sondeos actuales señalan que entre 130 y 180 países de los 192 miembros de la ONU votarían a favor de la citada resolución.

Tal escenario significará un golpe contra la fórmula de obtención de la paz mediante acuerdos bilaterales, que constituiría ciertamente la solución ideal. Pero ante el hecho de que no se registran conversaciones serias debido a la postura del gobierno israelí actual de mantener vigente la construcción de asentamientos en Cisjordania y Jerusalén oriental, Abbas ha optado por recorrer el mismo camino diplomático que en la década de los años cuarenta transitó el movimiento sionista: recurrir a la aprobación internacional en el seno de la ONU para promover el nacimiento de su Estado nacional. De resolverse así las cosas, Israel quedará en una situación francamente desventajosa desde todos los puntos de vista, por lo que entre la ciudadanía israelí afloran ahora dos reacciones contrapuestas al respecto.
Por un lado, está un muy nutrido público con posiciones de derecha fuertemente conectadas con la ideología política del actual gobierno. Este gran conglomerado se opone rotundamente a que dentro de la Asamblea de la ONU se apruebe al Estado palestino ya que vaticina que ello promoverá una catástrofe para la seguridad existencial de Israel y de ninguna manera la paz. Sin embargo, no hay claridad en este amplio sector en cuanto a otras alternativas de acción política capaces de romper el impasse que actualmente rige, debido en parte a que dentro del propio gobierno ha prevalecido un vacío total de propuestas.
Por el otro lado, están segmentos de la población israelí identificados con posturas de centro y de izquierda, quienes no aprueban la inmovilidad y falta de iniciativa del gobierno de Netanyahu respecto al tema de la relación con los palestinos. A pesar de representar una fracción minoritaria de la sociedad israelí, han persistido en hacer oír su voz. Por ejemplo, el jueves pasado un grupo conformado por intelectuales y artistas entre los que se encontraba una veintena de galardonados con el Premio Israel y el Premio Emet (las más importantes distinciones otorgadas por el Estado de Israel a sus artistas, pensadores y hombres de ciencia) se presentó frente al monumento a la independencia donde David Ben Gurión proclamó el nacimiento de Israel en 1948. Estuvieron presentes personajes como Amos Oz y Avishai Margalit entre otros. La declaración hecha pública ahí fue como sigue: “Así como el pueblo judío se irguió en la Tierra de Israel donde su carácter se forjó, el pueblo palestino se está irguiendo en Palestina donde su carácter también se ha forjado. Llamamos a todos aquellos que aspiran a la paz y a la libertad a apoyar la constitución del Estado palestino…la finalización total de la ocupación es una precondición fundamental para la liberación de los dos pueblos.”
En el mismo sentido, hace dos semanas varios hombres de empresa y diversos oficiales retirados que en su momento tuvieron puestos directivos en organismos de seguridad como el Mossad, la Shin Bet y el ejército israelí, publicaron la Iniciativa de Paz de Israel, documento que llama a la creación de un Estado palestino independiente sobre la base de las líneas fronterizas del 4 de junio de 1967. De hecho, ya desde hace un año nació el Foro Rubinger, agrupación de gente de izquierda que se reúne cada dos semanas en Tel Aviv para discutir líneas de acción.
La sociedad israelí se polariza así cada día más en función de la inminencia de los cambios trascendentes que se anuncian y las convulsiones que agitan a sus vecinos regionales. Y habría que señalar que aunque las posturas conservadoras y de derechas son hoy las predominantes entre los israelíes, en el país todo se respira una inquietud generalizada y expectante ante el silencio y la falta de pronunciamientos claros del gobierno de Netanyahu para afrontar los desafíos hoy tan a la vista.

GOBERNANTES ÁRABES: MONARCAS Y MILITARES

Excélsior, 17 de abril, 2011.   

Una visión panorámica de la naturaleza de los regímenes árabes hoy cuestionados y rechazados por buena parte de sus respectivos pueblos nos muestra básicamente dos modalidades de gobierno. Por una parte, están las monarquías tradicionales como las de Arabia Saudita, Jordania, Marruecos, Bahrein y los Emiratos por ejemplo, y por la otra, presuntas repúblicas encabezadas por liderazgos gestados en el seno de las fuerzas armadas de donde han emergido las élites que controlan el poder. Hasta ahora el curso de los acontecimientos ha mostrado que las monarquías hereditarias han sido más aptas para neutralizar los descontentos sociales tal vez porque poseen una mayor legitimidad tradicional. No en vano en Jordania y Marruecos los reyes son apreciados como “descendientes del Profeta” así como la dinastía saudita es poseedora del título de “protectora de los santos lugares de La Mecca y Medina”. Un cierto halo de veneración y respetabilidad les ha funcionado por tanto como eficaz protección ante las pretensiones populares de cambio.
En contraste, son los gobiernos encabezados por figuras salidas de las cúpulas militares los que hoy por hoy sufren el mayor grado de fragilidad en la medida en que a partir del caso de Túnez se ha derrumbado el muro de contención que durante décadas les permitió monopolizar y abusar del poder impunemente. Una vez que cayó Ben Alí y luego Mubárak, se destapó públicamente lo que siempre se supo y sin embargo se mantenía sofocado: que tales regímenes poseen un récord nefasto en casi todos los indicadores sobre la calidad de su funcionamiento en beneficio de sus pueblos.
La historia de los regímenes militares comenzó en 1952 cuando los Oficiales Libres egipcios encabezados por Nasser protagonizaron el golpe de Estado que derrocó a la monarquía de Faruk II. Esa tendencia se replicó con variantes en Siria, Irak, Sudán, Yemén, Argelia, Libia, Túnez y Somalia. Buena parte de la inspiración para las formas de operar de tales  élites castrenses árabes provino de modelos occidentales del tipo de los de Hitler, Mussolini, Franco, Perón y otros caudillos militares latinoamericanos, todos los cuales tuvieron sus momentos de gloria entre las décadas de los treinta y los setenta y que contaron con la abierta admiración de esos otros militares que se estaban adueñando de los destinos de los países árabes en aquel entonces recién nacidos a la vida independiente.
La literatura occidental ciertamente ha sido capaz de revelar lacras sin fin de los regímenes militares del fascismo europeo y latinoamericano. En este último caso contamos con autores de la talla de Vargas Llosa, Carpentier y García Márquez, entre otros, quienes con su oficio magistral nos han ofrecido el sórdido retrato de las múltiples corruptelas, jugosos negocios al amparo del poder y macabra crueldad de dichos líderes contra quienes les ofrecían alguna resistencia. Ni qué decir también de la extensa literatura acerca de los dictadores europeos que condujeron a la segunda guerra mundial. Pero en el caso de los gobiernos árabes militares hoy recién caídos o en jaque, aún falta camino por recorrer. Es incierto el destino que tendrá cada nación en particular, pero es un hecho que ya nada volverá a ser igual. La caja de Pandora se ha abierto y por tanto han quedado al desnudo las deficiencias y crímenes de las cúpulas militares que se han enriquecido prodigiosamente gracias a la impunidad de la que durante décadas gozaron.
El camino de seguro será largo y penoso pero el dique se ha roto. Muy pronto aparecerán quizá los primeros frutos de este cambio y en ese sentido la literatura, el cine y las artes en general serán algunos de los primeros indicadores de él. Será entonces, al estar en capacidad los propios protagonistas de los dramas ahí vividos de contar sus historias con libertad, cuando será posible hacer un balance más completo y fidedigno de los escasos logros y múltiples abusos ejecutados por esas autocracias hoy al borde del colapso.

LOS PALESTINOS ANTE LAS REVUELTAS ÁRABES.

Excélsior, 10 de abril 2011.

El terremoto político y social que sacude al mundo árabe es captado, como sucede con cualquier otro fenómeno, de acuerdo a la subjetividad particular de cada espectador. En el caso de las percepciones de una gran mayoría de los palestinos que habitan en Cisjordania y Jerusalén oriental, los reportes de la prensa y de diversos analistas describen cómo prevalece ahí no sólo una inquietud notable entre la gente, sino también un entusiasmo inocultable por el “efecto dominó” que está derribando a liderazgos añejos. Día y noche las noticias que sobre el tema se difunden en los medios de comunicación son seguidas con ansiedad e incluso deleite. Y es que la historia de las relaciones entre el pueblo palestino y los liderazgos árabes hoy en declive está sin duda marcada por el conflicto y el resentimiento. No en vano a lo largo de décadas, la causa palestina ha sido manipulada por tales regímenes de manera vergonzosa, usada preferentemente como distractor de los descontentos locales y traicionada cada vez que les ha sido conveniente, no obstante el mantenimiento de una retórica oficial siempre exaltadora de la solidaridad fraterna y la justicia de las reivindicaciones palestinas.

Por más que en ciertos momentos de la historia las masas palestinas se dejaron seducir por la idea de que líderes como Saddam Hussein o Gamal Abdel Nasser actuaban prioritariamente a favor de su causa nacional, las innumerables decepciones sufridas a lo largo del tiempo han hecho que el escepticismo acerca de todos los liderazgos árabes del vecindario sea hoy la norma. Ante la pregunta lógica de cómo por más de seis décadas un mundo de 300 millones de árabes en el cual existen ejércitos poderosos y recursos energéticos vastos no ha podido ofrecer un frente unido contra Israel, la respuesta más socorrida entre los palestinos es que el problema deriva de la naturaleza de los liderazgos hoy en jaque. Éstos no sólo han sido corruptos e ineficientes, sino también traidores únicamente interesados en preservar su poder y sus privilegios.
Para cualquier palestino que ha sido testigo de los acontecimientos o que conoce su propia historia, esta traición arranca desde 1948, cuando tras la negativa general árabe a aceptar la partición de Palestina y la consecuente guerra contra Israel que se desató, el Reino Hachemita de Transjordania y Egipto se adueñaron de buena parte de los territorios en los que debía de haberse creado entonces el Estado árabe palestino. El trato que los gobiernos árabes dieron a los refugiados palestinos nunca fue por cierto benévolo y acogedor, sino que prevaleció en la mayoría de los casos una negativa a integrarlos solidariamente con el efecto de que los campamentos de refugiados en Egipto, Siria y Líbano se mantienen hasta ahora tal cual.
Y están además otros grandes traumas: el septiembre negro de 1970 cuando el ejército jordano del rey Hussein arrasó en su territorio a las huestes de la OLP con un saldo de más de 10 mil muertos, o las acciones militares del régimen sirio de Hafez Assad que a principios de los años ochenta, dentro del escenario de la guerra civil libanesa, arremetió sin misericordia contra los campos de refugiados palestinos del sur de Líbano en concordancia con sus peculiares intereses de aquel momento. Otro episodio crítico se registró cuando la dinastía que gobierna Kuwait recuperó su país de manos de Saddam Hussein en 1991, lo cual desencadenó la expulsión de todos los palestinos que ahí residían a causa de la alianza hecha por ellos con las fuerzas iraquíes cuando invadieron y se adueñaron del país pocos meses antes.
En síntesis, a pesar de la retórica por tantos años dominante, los palestinos sienten que nada tienen que agradecer a los regímenes árabes hermanos, los cuales no sólo no han hecho gran cosa por ellos sino que incluso los han utilizado como pretexto para diversos fines y como carne de cañón cuando les ha sido conveniente. En ese sentido hay regocijo en las calles de Ramalah y Jerusalén oriental por lo que ocurre, no sólo por la caída de los tiranos, sino también por el ejemplo de lo que la protesta pacífica de las masas puede eventualmente conseguir.

EL DISCURSO DE ASSAD

Excélsior, 3 de abril, 2011.

El discurso del presidente sirio Bashar Assad del miércoles pasado estuvo impregnado de una mezcla de paternalismo aparentemente condescendiente y amenazas bastante claras. Se trataba de la primera vez que se dirigía a la nación desde el inicio de las protestas populares en las que, según diversos cálculos, han sido asesinadas cerca de un centenar de personas. Al hablar en el recinto parlamentario fue aclamado por sus legisladores quienes coreaban alabanzas del tipo de “Dios, Siria y Bashar solamente” o “nuestras almas, nuestra sangre sacrificamos por ti”. Sonriente y confiado Assad expresó que si bien en otras partes del mundo árabe las demandas populares de cambio eran positivas y pertinentes, en Siria no había motivos reales para protestar puesto que él y su régimen están dedicados a satisfacer las necesidades de sus ciudadanos.

En consecuencia -enfatizó una y otra vez el joven dictador- son fuerzas enemigas que conspiran desde dentro y fuera del país quienes están detrás de las turbulencias registradas en los últimos días, fuerzas por cierto minoritarias según él y que responden fundamentalmente a una “agenda israelí”. Había pues que permanecer unidos para contrarrestar el nefasto activismo de tales agentes foráneos. Por lo visto, Assad sigue recurriendo al manido recurso de culpar a un ente externo, preferentemente a Israel, de todos los males que su nación enfrenta. A fin de cuentas si la mantra de la responsabilidad israelí ha funcionado por décadas, por qué no usarla una vez más como mecanismo siempre útil para eludir o desviar las demandas de libertad, desarrollo y democracia.

Así, a pesar de que un día antes Assad había disuelto a su gobierno con la promesa de reformas sustanciales entre las que se incluiría la eliminación del estado de emergencia vigente desde 1963, a lo largo de su comparecencia pública no expresó ningún compromiso puntual que hiciera referencia a las mencionadas reformas; sólo vagas generalidades dirigidas a informar que se trabaja en el tema pero sin precisar nada más. A lo más que llegó un día después fue a anunciar la creación de un comité legal para estudiar el tema del estado de emergencia.

Y ciertamente la mano de hierro asomó tras sus palabras. Assad sabe y sus ciudadanos también, que a diferencia de lo acontecido en Túnez y Egipto, en su caso el ejército constituye un cuerpo sólidamente imbricado con la presidencia al responder a intereses y lealtades tribales típicos de la nación siria. Por tanto, es evidente que sus tropas y cuerpos policiales no dudarán en abrir fuego contra los civiles subversivos como ya se mostró en días recientes en las ciudades de Deraa y Latakia y como de hecho ocurrió horas después del discurso presidencial en esta última ciudad. No en balde los sucesivos gobiernos sirios  han estado sostenidos desde la época del golpe de Estado ejecutado por el partido Baath, en la capacidad represiva de sus aparatos de seguridad, cuya “eficacia” se comprobó trágicamente en 1982 cuando se asesinó a mansalva a cerca de 20 000 personas en la localidad de Hama.

De hecho, dentro del espectro de los países árabes aquejados hoy por las protestas populares, aparece una similitud notable entre Assad y Gadhafi. Porque aunque el primero posee una apariencia circunspecta que difiere de la locuacidad y la propensión al “show” que caracterizan al líder libio, en ambos prevalece una megalomanía y un desprecio real hacia todos los amplios segmentos de sus respectivas poblaciones que no pertenecen a los estrechos círculos tribales de donde ellos provienen y que son los detentadores privilegiados del poder. Tanto Assad como Gadhafi son capaces así de ejercer enormes dosis de violencia contra quienes consideran sus enemigos; no en vano han funcionado desde siempre al amparo de la represión continua y del consecuente temor que han logrado inocular en sus ciudadanos. Sin embargo, múltiples diferencias de peso en la posición geoestratégica de ambos países hacen prever que el desarrollo del drama sirio será distinto al que actualmente presenta Libia. Si las protestas continúan y la represión de Assad arrecia, la comunidad internacional, incluida en ella la Liga Árabe, tendrá que responder con otros mecanismos distintos a los usados contra Gadhafi.

LIBIA: ESQUEMAS QUE SE DERRUMBAN

Excélsior, 20 de marzo, 2011.

El jueves 17 de marzo el Consejo de Seguridad de la ONU aprobó la resolución que autoriza a hacer uso de la fuerza militar e imponer en Libia la exclusión aérea a fin de evitar que las fuerzas de Muhamar Gadhafi perpetren un baño de sangre en su avance hacia las zonas rebeldes, especialmente la ciudad de Benghazi. Al momento de escribir este artículo y a pesar de que el régimen del dictador declaró el viernes un cese al fuego unilateral, todo indicaba que sus tropas se encontraban ya en Benghazi atacando a los rebeldes, sin que hasta ahora se desencadenara la respuesta de la coalición occidental-árabe fraguada al amparo de la resolución de la ONU. Es incierto pues qué ocurrirá en las próximas horas cuando se espera que los primeros aviones de combate franceses y británicos vuelen sobre Libia para contrarrestar la embestida final de Gadhafi contra el último gran bastión de quienes aspiran a liberarse del yugo de éste.

El nebuloso panorama acerca de lo que puede suceder en los días y horas por venir no impide sin embargo tomar nota de que en el caso libio se han derrumbado la mayoría de los esquemas que se tenían respecto a las reacciones y los intereses internacionales ante una crisis como ésta. Aquí no se trata ya de una confrontación entre Occidente y el mundo árabe-islámico, ni de la lucha por adueñarse de los recursos petroleros de un pueblo objeto de las ambiciones imperialistas de las potencias. En un polo de la ecuación libia actual se halla Gadhafi aplastando y masacrando a una parte sustancial de su pueblo que aspira a liberarse de su tiranía, y en el otro una alianza de las más importantes potencias occidentales respaldadas por la Liga Árabe que clamó por la aprobación de la zona de exclusión aérea, aprobación que finalmente contó con el aval de Naciones Unidas.

Muy pocos preveían que una resolución en ese sentido fuera a ser aprobada y sin embargo lo fue. Su perfil es ciertamente peculiar ya que cuenta con la participación no sólo de Francia, Gran Bretaña y Estados Unidos, sino también con el aval y apoyo logístico de casi todos los miembros de la Unión Europea y, no menos importante, de la Liga Árabe como organismo cúpula que agrupa a las naciones que conforman al mundo árabe. De tal suerte que hoy militan en el mismo bando las fuerzas de Londres, París y Washington, con las de Jordania, Qatar y los Emiratos Árabes, decididas a impedir la masacre de los cientos de miles de libios atrincherados en la parte oriental del país para promover la caída del dictador que lleva 42 años en el poder.

Este cuadro representa así una realidad que no se ajusta a los esquemas tradicionales a los que tan comúnmente se recurre para interpretar la dinámica típica de las relaciones entre Occidente y los países árabes. Es más, no deja de ser sorprendente que en momentos en que las protestas de ciudadanos árabes descontentos proliferan en múltiples espacios –Bahrein, Yemén, Arabia Saudita, Siria, Jordania, Marruecos, Argelia- la propia Liga Árabe en la que los citados países están representados no sólo haya otorgado su aprobación del uso de la fuerza militar extranjera contra Gadhafi, sino que la haya promovido decididamente. ¿Cómo interpretar este comportamiento de la Liga Árabe en este particular contexto en el que muchos de sus regímenes miembros están siendo objeto de cuestionamientos y demandas similares a las que esgrime la población Libia contraria a Gadhafi?

Seguramente lo acontecido en Túnez y Egipto ha significado una lección para todos, tanto para Occidente como para cada uno de los gobiernos árabes hoy cimbrados por efecto de las protestas populares. En el caso libio la confrontación ha llegado a límites extremos dada la brutal respuesta de Gadhafi que no ha ocultado su intención de “acabar con sus opositores sin misericordia”. Es verdad que la campaña internacional contra Gadhafi puede estar fundada en una serie de cálculos geoestratégicos, económicos y políticos de quienes participan en ella, pero es necesario reconocer también que evitar una masacre de proporciones terroríficas ha constituido un elemento fundamental en la arriesgada decisión de intervenir militarmente. Ojalá que las acciones derivadas de esta voluntad colectiva no lleguen demasiado tarde.

EL RÉGIMEN IRANÍ A LA OFENSIVA

Excélsior, 13 de marzo, 2011.

El drama que vive hoy el pueblo libio es a tal grado preocupante que ha concentrado la atención de los medios de comunicación internacionales sobre él. Hay sin embargo otros desarrollos que merecen no dejarse de lado por las graves implicaciones que poseen. Uno de ellos es sin duda el incremento en la represión ejercida por el régimen de Teherán contra la inmensa masa de descontentos que aspiran a un cambio que los libere de las garras del sistema teocrático y beligerante que los oprime. En pequeñas notas de prensa se ha informado escuetamente que los ex candidatos presidenciales Mir Hussein Mousavi y Mehdi Karrubi han sido trasladados junto con sus esposas a la prisión de Heshmatieh en el este de Teherán, que el ex presidente Rafsanjani ha sido destituido de su puesto de Presidente del Consejo de los Expertos, y que el también ex presidente reformista Muhamad Khatami está siendo acusado de estar coludido en una serie de complots internacionales contra el régimen imperante.

El sacar de la jugada a estas cuatro figuras que representan cada cual a su manera iconos capaces de encabezar nuevas protestas populares luego de que las organizadas hace dos semanas fueron sofocadas con lujo de violencia, dice mucho acerca del pánico que se ha apoderado del gran ayatola Khamenei y su pupilo Ahmadinejad. Tal como ocurrió a mediados de 2009 cuando el aparato de seguridad del Estado aplastó sin miramientos a quienes protestaban por la fraudulenta reelección presidencial, los brotes de nuevos levantamientos recibieron el mismo trato, sobre todo por la conciencia de que en esta ocasión los acontecimientos en el mundo árabe estaban inyectando ánimos renovados a las fuerzas anti-Ahmadinejad.

Hay que notar que Mousavi, Karrubi, Rafsanjani y Khatami ejercieron por mucho tiempo su activismo político tratando de reformar mediante vías pacíficas e institucionales el peligroso rumbo que el dueto Khamenei-Ahmadinejad había impreso a la vida nacional iraní. Ninguno de los cuatro actuó fuera del sistema, sino que cada cual intentó modificar las cosas desde dentro, sin aspirar a un cambio radical de régimen. Trataron, en todo caso, de suavizar algunas de sus aristas más agudas con objeto de facilitar la vida cotidiana de los iraníes y contrarrestar al mismo tiempo el creciente aislamiento internacional de Irán derivado las actitudes abiertamente desafiantes y el radicalismo con los que Ahmadinejad ha manejado su política exterior.

Nada de esto fue conseguido por ellos, sino todo lo contrario. El régimen en el poder ha tensado la cuerda cada vez más al ejercer una represión que escala en brutalidad y represión. Su comportamiento, a diferencia de lo que se observa en países como Jordania, Omán y Marruecos, donde ante las protestas callejeras los gobernantes han optado por ordenar la puesta en práctica de múltiples reformas que satisfagan las demandas populares de mayor apertura, democracia y transparencia, el dúo Khamenei-Ahmadinejad está recurriendo de nueva cuenta a la mano de hierro para salvar el pellejo.

En esto, Ahmadinejad y Gadhafi son muy parecidos. Están dispuestos a ejercer la violencia extrema con tal de no abandonar el poder. El presidente iraní actúa así como cualquier dictador de cuarta, con el agravante de una gran hipocresía: saluda a las revueltas en el mundo árabe como empresas dignas y heroicas en pos de la libertad, mientras él mismo ordena a sus fuerzas “basij” arremeter sin clemencia contra sus civiles descontentos. De igual manera clama que tales revueltas árabes emanan de un ideario islamista tendiente a imitar al sistema de vida iraní, estando muy claro que en las manifestaciones en cuestión los tonos religiosos y xenófobos han sido o mínimos o inexistentes. Tal como están las cosas es probable que Ahmadinejad logre silenciar por un tiempo el descontento que bulle en su país, pero por el camino que va, con la olla acumulando presión, las probabilidades de una explosión mayor en el mediano plazo, crecen día con día.

MEDIO ORIENTE Y MAGREB: MUJERES

Excélsior, 6 de marzo, 2011.

Ante la próxima celebración del Día Internacional de la Mujer vale la pena reflexionar sobre dos situaciones emblemáticas del estado de cosas que guarda la condición femenina en espacios árabes y musulmanes donde se registran las fuertes turbulencias que hemos estado presenciando.

La primera reflexión atañe a un escenario francamente deprimente: mientras las fuerzas de seguridad iraníes reprimen con lujo de violencia las manifestaciones antigubernamentales, la Comisión sobre la Situación de la Mujer de Naciones Unidas está a punto de acoger en su seno a Irán para formar parte de dicha Comisión durante un lapso de cuatro años. Ello sin duda constituye un hecho aberrante en vista de que se trata de un país que carece de la mínima autoridad moral para juzgar a otros por acciones relacionadas con “la eliminación de toda forma de discriminación y violencia contra las mujeres y la igualdad entre los sexos”, objetivos de la mencionada Comisión.

Basta observar cómo el gobierno teocrático de Teherán trata a sus mujeres para darse cuenta de que la inclusión de Irán en tal organismo de la ONU es tan grotesca como lo ha sido el que la Libia de Gadhafi fuera por años miembro selecto de la Comisión de Derechos Humanos de Naciones Unidas.  Enseguida algunas disposiciones oficiales del régimen de Ahmadinejad: a) El Código Civil permite a un padre o a un abuelo casar a una menor de al menos 9 años de edad sin necesidad del consentimiento de ésta. b) El hombre tiene derecho a controlar la libertad de movimientos de su esposa y a prohibirle tomar un puesto de trabajo aceptado por ella. c) Si un hombre descubre que su mujer le ha sido infiel, puede ejecutarla. Si es a la inversa y ella lo mata, la autoridad puede sentenciar a muerte a la mujer. d) La policía de la virtud patrulla las calles para velar por las normas del recato femenino, a saber, cubrirse bien la cabeza con el hijab, no dejar partes del cuerpo al descubierto, no usar cosméticos. Las infracciones pueden ser castigadas con latigazos o reclusión carcelaria. e) Las mujeres que muestren una conducta sexual inapropiada pueden ser lapidadas. f) Las mujeres tienen prohibido el acceso a la educación superior en 91 de las 169 áreas de estudio, y por supuesto, reciben clases en aulas segregadas. Así, no puede sino concluirse que es de una profunda hipocresía que al tiempo que ahora se expulsa a Libia de la Comisión de Derechos Humanos, se acepta a Irán para ser juez acerca del trato que otros países otorgan a sus mujeres.

La segunda reflexión en cambio, se refiere al nuevo escenario prometedor que ha emergido a raíz de las revueltas populares en Túnez, Egipto, Libia y demás países convulsionados por las protestas. En la mayoría de ellos las mujeres han tenido en estos eventos un papel central y no sólo de comparsas pasivas. Han estado en las plazas, han sido organizadoras, comunicadoras y difusoras de mensajes teniendo especial relevancia en la función movilizadora de las redes sociales derivadas de las nuevas tecnologías (facebook, twitter, etc). Y es en este ámbito donde puede ubicarse el germen de una revolución enormemente trascendente.

Porque si lo tradicional en esas sociedades ha sido que las mujeres no tengan presencia pública importante, no sean vistas ni tampoco escuchadas y se mantengan permanentemente recluidas en el ámbito doméstico, Internet y demás recursos tecnológicos les están permitiendo ahora participar en el debate público de forma como jamás lo habían hecho en el pasado. Mediante el facebook, el twitter y los teléfonos celulares las mujeres se han incorporado a una multitud de espacios que se les tenían vedados, han hecho oír sus voces y se han sumado a las discusiones, a las denuncias y al diseño de las estrategias para derrocar a los tiranos.

Todo esto acarreará sin duda cambios fundamentales en su condición a futuro. Más allá del resultado de las actuales revueltas, es de suponer que las mujeres han dado un salto gigantesco que difícilmente podrá revertirse. Se han introducido a la vida pública activa gracias en parte a que dentro de las redes sociales no pueden ser excluidas y sus voces son iguales a las de los hombres. ¿Quién hubiera pensado que por ese medio el género femenino en las sociedades musulmanas tendría su mayor avance hacia la igualdad registrado en décadas?

REVUELTAS ÁRABES: LO COMÚN Y LO ESPECÍFICO.

Excélsior, 27 de febrero, 2011.

La sorpresa y el desconcierto por el terremoto que sacude al mundo árabe y áreas aledañas guardan un notable parecido con las reacciones que en su tiempo suscitó el derrumbe del bloque comunista. Así como nadie pudo prever el desmoronamiento súbito de los regímenes tras la cortina de hierro, tampoco hay ahora quienes hayan pronosticado la oleada de protestas populares que están cambiando el panorama total del Oriente Medio incluido por supuesto el Magreb. Prevalece por tanto una especie de estupor ante los últimos acontecimientos, sin brújulas que puedan orientar hacia dónde se dirigen los destinos de una multiplicidad de Estados en los que habitan millones de personas. La preocupación se ve aumentada además, por el hecho de que se trata de países cuyo peso en el mantenimiento de la estabilidad económica y política del planeta es altamente significativo.

Las especulaciones y conjeturas se multiplican por doquier sin que se vislumbre la posibilidad de pronosticar el rumbo que finalmente imperará. Por lo pronto, y a fin de ejercitar una primera aproximación analítica de lo que ocurre, vale la pena subrayar que ninguno de los países hoy barridos por el tsunami de las protestas es igual a otro por las numerosas particularidades que distinguen a cada caso. Aparecen en el cuadro ricos productores de petróleo con poca población y escaso territorio (Bahrein) al lado de un país como Yemen cuya pobreza afecta a millones de sus ciudadanos de forma especialmente lacerante. Está Egipto con sus 85 millones de habitantes y Libia con tan sólo 6.5 millones, ambos con territorios enormes, mientras que Túnez constituye comparado con ellos un pequeñísimo enclave territorial que sin embargo, guardaba un mucho mejor récord en cuanto a los derechos humanos de sus mujeres.

La misma diversidad aparece en lo referente al grado de fuerza y atractivo que el Islam ejerce y es capaz de capitalizar a futuro, como también varía en cada caso el carácter de sus relaciones con Estados Unidos, la Unión Europea y Occidente en general. Mubárak era un cómodo y leal aliado de ellos, no así Gadhafi, quien a lo largo del tiempo dio bandazos fenomenales en cuanto a dicha relación. Y si pensamos en que también Siria y el no árabe Irán se hallan en la cuerda floja, tenemos que se trata de países cuyos regímenes sostienen relaciones altamente conflictivas con Washington y los europeos sin que ello signifique que no sean igualmente satrapías en las que la brutal represión de las libertades ciudadanas es la norma.

¿Qué hay entonces en común en todas estas sociedades que hoy se rebelan? Lo primero que salta a la vista es que todas ellas se definen como islámicas y lo segundo es que absolutamente todas desde su constitución como Estados independientes, han sido regidas por autocracias eternizadas en el poder, sin mecanismos que permitan un mínimo juego democrático capaz de producir alternancias, oposición política organizada e institucional y una libre expresión de la disidencia. Los grados de corrupción derivados de una situación como ésa han sido monumentales, al amparo de la impunidad gozada por las cúpulas políticas y económicas que han permanecido inamovibles a lo largo de décadas.

En síntesis, ya se trate de modalidades monárquicas o republicanas de organización política formal, de aliados o enemigos de Occidente, de signatarios de acuerdos de paz con Israel o de entidades en estado de beligerancia con éste, de ricos o de pobres, de islamistas duros o de medianamente seculares, de líderes extravagantes o discretos, de sunnitas o de chiítas, de promotores del terrorismo internacional o de combatientes contra éste, en todos ellos se registra un mismo mal de fondo: dictaduras de larguísima data, represión, sofocamiento, violaciones generalizadas a los derechos humanos, falta de desarrollo, oportunidades de trabajo y equidad para sus nutridas poblaciones juveniles, arbitrariedad y corruptelas sin límite. Antes de las actuales revueltas tanto la comunidad internacional como los medios de comunicación, aún los que se definen como progresistas a ultranza, muy poco se ocuparon de estos temas. Hoy sin duda es menester reconocerlos y abordarlos con la seriedad debida.

EL TSUNAMI DE LA PROTESTA ÁRABE.

Excélsior, 20 de febrero, 2011.

Mucho se ha comentado sobre el terremoto que sacude al mundo árabe y que en pocas semanas ha logrado derribar mediante el arma de la imparable protesta popular, a los regímenes de Túnez y Egipto. Más se hablará seguramente sobre el tema porque las ondas sísmicas se han extendido a una diversidad de países que si bien comparten la característica de ser gobernados por autocracias de larga data, presentan desarrollos peculiares en virtud de sus condiciones específicas. Estos últimos días Libia, Bahrein, Yemen y el no árabe Irán acapararon las notas de prensa internacionales al ser objeto de sendas manifestaciones en las que las masas exigen la dimisión de sus respectivos gobernantes.

Lo que resalta a primera vista en todos esos casos es que, a diferencia de Túnez y Egipto, la respuesta de los cuerpos de seguridad está siendo mucho más violenta, sin la contención relativa que caracterizó a las fuerzas armadas de Ben Ali y Mubarak. La cifra de muertos y heridos va aumentando día con día en Yemen, Libia y Bahrein, al tiempo que los canales de comunicación con el exterior sufren de un bloqueo cada vez mayor. En el empobrecido Yemen el gobierno del presidente Saleh ha ofrecido abandonar el poder sólo hasta la celebración de las elecciones del 2013 pero ello no ha sido suficiente para detener el clamor popular por el cambio inmediato.

Libia, por su parte, ha mostrado en las últimas horas la naturaleza brutal de Kadafi y su régimen.  El excéntrico dictador que gobierna a ese país con mano de hierro desde hace 42 años no ha tenido ningún empacho en disparar contra los manifestantes para sofocar las protestas derivadas del hartazgo ante la corrupción de una élite que ha medrado desvergonzadamente con la riqueza petrolera de su nación en detrimento de las mayorías, ajenas siempre a los beneficios de tal recurso.

Bahrein presenta sin duda otros rasgos. Si bien se trata de un pequeñísimo país con abundante riqueza petrolera, poca población y aceptables indicadores económicos, contiene un elemento específico bien explosivo. Se trata del maltrato y desventajas sufridos por la mayoría chiíta de la población (70%), la cual resiente el abusivo dominio de la minoría sunnita representada por el liderazgo de la dinastía Al Khalifa. La represión ejercida por las fuerzas del orden tiende a agudizarse a medida que las protestas arrecian debido a que los cuerpos de seguridad están constituidos en su mayoría por mercenarios llegados de otras partes (paquistaníes por ejemplo), sin ninguna empatía con quienes exigen los cambios.

Y está por último el caso de Irán, país musulmán pero no árabe donde el rigor del régimen islamista de los ayatolas prevaleciente desde 1979 en que tomó el poder, ha hecho insufrible la situación del pueblo, más aún a partir de la presidencia de Ahmadinejad. Las protestas de mediados de 2009 a raíz de las elecciones fraudulentas que permitieron a este personaje permanecer en la silla presidencial se han recalentado ahora, pero tal parece que el régimen está dispuesto a sofocarlas a sangre y fuego.

El aislamiento internacional del régimen le impulsa a ser totalmente insensible ante la condena externa y por tanto no es de extrañar el brutal trato dispensado en estos días a quienes protestan, incluida por supuesto la petición de los parlamentarios pertenecientes al bando de Ahmadinejad de condenar a pena de muerte a los otrora candidatos opositores a quienes se percibe como los líderes morales de la revuelta. Sin embargo nada está escrito, y aun en un caso como el iraní hay posibilidad de que eventualmente el régimen caiga. Si así fuera, ello sería un enorme triunfo del pueblo descontento, triunfo que tendría la capacidad de eliminar al mayor factor desestabilizador de la región. No hay que olvidar que Irán constituye a ojos tanto de Occidente como de la mayoría de los países árabes la entidad más amenazante por sus designios de exportar la revolución islámica mediante el terror. Su empeño en hacerse de un arsenal atómico ha significado además de una amenaza a su entorno inmediato, un impulso hacia la nuclearización de otros actores regionales, lo cual, en caso de concretarse, sería capaz de generar un escenario verdaderamente pesadillesco.

PREGUNTAS POST MUBARAK

Excélsior, 13 de febrero, 2011.

Dieciocho días les tomó a las gigantescas masas de manifestantes a lo largo y ancho de Egipto lograr que su presidente durante 30 años se retirara de su cargo. En el lapso de la protesta hubo violencia esporádica que presagiaba la posibilidad de una represión sangrienta por parte de las fuerzas del orden, y sin embargo el saldo final fue relativamente blanco considerando la magnitud de las fuerzas que se confrontaban. El resultado final fue sin duda un enorme triunfo de la convicción y tenacidad del pueblo egipcio que no cejó en su determinación de liberarse de las ataduras y los males derivados de una dictadura de tres décadas.

Si las fuerzas policíacas y de seguridad fueron los villanos ejecutores de la violencia, las fuerzas armadas constituyeron en este cuadro las responsables de que las cosas no hayan derivado en una tragedia nacional. El ejército representó un poder cauto y responsable que se marcó límites en cuanto a su comportamiento con los cientos de miles de manifestantes. Se mantuvo en espera observando hacia dónde soplaban los vientos y al parecer en los últimos momentos de esta epopeya, determinó que su apuesta debía de ser por el pueblo inconforme y no por el régimen encabezado por Mubarak. Todo indica que cuando el pasado jueves Mubarak anunció que no se retiraba y las masas enardecidas por tal decisión empezaron a enfilarse hacia el palacio del presidente y hacia los edificios donde funcionan los medios de comunicación oficiales, los militares decidieron abandonar a Mubarak al darse cuenta de que de no hacerlo así el baño de sangre sería inminente.
Hoy sabemos que el Alto Consejo de las Fuerzas Armadas se ha quedado con la responsabilidad de dirigir al país en la etapa de transición hacia un nuevo gobierno, lo cual hace a un lado a la figura del vicepresidente Omar Suleimán quien hasta el jueves parecía tener en sus manos las riendas. Así, al pasar a la posición central el ministro de defensa, Hussein Tantawi, no queda claro qué papel jugará Suleimán en esta nueva ecuación y cuál es de hecho la relación prevaleciente entre ambas figuras.
El regocijo por la caída de Mubarak se mezcla ahora con una larga serie de preguntas acerca de cómo se desarrollará el futuro inmediato. ¿Serán atendidas las demandas más centrales de los manifestantes que incluyen la anulación de la Constitución actual, la disolución de las dos cámaras del Parlamento, la cancelación de las leyes de emergencia y la liberación de los presos políticos? ¿Serán capaces los militares hoy encumbrados de no caer en la tentación de querer conservar el poder para sí en vez de promover los procesos necesarios para entregarlo a un gobierno civil emanado de elecciones limpias y democráticas? ¿Cuándo se llevarán a cabo tales elecciones y qué partidos políticos contenderán en ellas? ¿Se verán o no modificadas las tradicionales relaciones internacionales de Egipto y  por ende los equilibrios regionales que tales relaciones promovían?  Los egipcios y el mundo que los observa están pendientes de cómo se resolverán estos asuntos porque de ellos depende que el país efectivamente transite hacia un modelo más democrático y no regrese a un esquema dictatorial disfrazado.
Por ahora el escenario carece aún de figuras carismáticas con el prestigio suficiente para encarnar y dirigir el cambio. Ni Muhamad ElBaradei, ni Amr Mousa o Ayman Nour son lo suficientemente conocidos o populares como para ser los personajes cuyo arrastre consiga aglutinar de algún modo la voluntad del pueblo. En el mismo sentido, prevalece la incertidumbre acerca de la magnitud de la fuerza de la Hermandad Musulmana y de su voluntad de participar de manera democrática en un nuevo arreglo. Todos estos cuestionamientos que presagian un camino largo y complicado para una real democratización de la vida nacional egipcia están ahí, aunque de cualquier modo, es necesario reconocer que en estos momentos primeros tras la caída del régimen de Mubarak, es tiempo de celebrar el triunfo conseguido por el pueblo egipcio, por más que sea claro que el reto de lo que está por venir, sea inmenso.

¿HACIA DÓNDE SE MUEVE EGIPTO?

Excélsior, 6 de febrero 2011

Doce días después de iniciado el movimiento popular de protesta contra el régimen de Hosni Mubárak, éste se mantiene aún en el poder pero con un monumental desgaste a cuestas. Las manifestaciones multitudinarias continúan y los gobiernos de Estados Unidos y de diversos países de la Unión Europea –otrora aliados firmes de Mubárak- han llamado a éste a proceder de inmediato a una transición política en la que se cumplan las demandas de reformas y democratización presentadas por las masas. La relativa ambigüedad de los discursos de Obama y de otros mandatarios europeos no logra esconder que Mubárak se ha convertido para ellos en un estorbo peligroso del que hay que deshacerse, siempre y cuando los términos de su partida no generen riesgosos vacíos de poder. Así las cosas, cabe esperar que el todavía hoy presidente egipcio abandone el puesto mucho antes de septiembre, mes en el que estaban programadas las siguientes elecciones presidenciales.

Es claro que una desaparición abrupta del régimen crearía condiciones de difícil pronóstico en la medida en que las fuerzas políticas que se mueven en las plazas y calles son de distinto signo y carecen además -en virtud de los años de represión del gobierno de Mubárak- de un liderazgo que destaque y sea capaz de tomar la estafeta de la conducción nacional. En ese sentido, la Hermandad Musulmana constituye prácticamente la única agrupación con una estructura y un proyecto más o menos definidos, pero dicha opción resulta indeseable tanto para los millones de egipcios que no desean convertir a su país en una república islámica similar a la iraní, como para Occidente, Israel y diversos países árabes que entienden los enormes riesgos de que Egipto pase a formar parte del bloque radical islamista ante el cual el País del Nilo había sido desde hace al menos tres décadas, un eficaz muro de contención.

Es por ello que en los entretelones de Washington y algunas capitales europeas se ha manejado la posibilidad de que el recién nombrado vicepresidente, Omar Suleimán, se convierta en la figura clave para convencer o forzar a Mubárak a irse ya. La intención sería que Suleimán,  de forma inmediata y relativamente ordenada, condujera un gobierno de transición capaz de poner en marcha el proceso de cambio exigido por el pueblo.

Es sin duda deseable que Egipto salga airoso de la encrucijada en que se encuentra y realmente consiga construir una sociedad democrática y libre de la corrupción y las violaciones a los derechos humanos que le han sido tan comunes. Sus cerca de 85 millones de habitantes, entre los cuales hay una abultada mayoría de jóvenes, lo merecen. Una evolución en ese sentido significaría además la posibilidad de un “efecto dominó democratizador” en el amplio mundo árabe y musulmán. Hoy por hoy se cuentan en nuestro planeta 57 naciones musulmanas de las cuales 22 son árabes. Las cifras de población que abarca el mundo islámico son de alrededor de 1500 millones de personas, de las cuales 350 millones son árabes en su mayoría regidos por sistemas autocráticos de distintas modalidades y grados de rigidez.

Pensando en un escenario optimista, Egipto vive hoy un momento crítico donde existe la posibilidad de transitar hacia un modelo de nación más justa, abierta y democrática capaz de inspirar cambios similares en sus hermanos países árabes. Por supuesto abundan también los escenarios pesimistas porque nada está concluido aún y los resultados finales están todavía por verse. A estas alturas los nubarrones de incertidumbre que ofrece el confuso movimiento de las masas y la gran variedad de combinaciones posibles de tal errática interacción de fuerzas en movimiento no permiten predecir cómo terminará esta historia que de seguro constituye un punto de quiebre en la configuración tradicional de esta región a lo largo de las últimas décadas.

MUBÁRAK  SE TAMBALEA

Excélsior, 30 de enero 2011.


Al terminar el cuarto día de protestas populares multitudinarias en Egipto el panorama que ofrece el país es ya bien distinto al habitual. En El Cairo, Alejandría y Suez las plazas y calles siguen abarrotadas de gente que continúa demandando la salida de Hosni Mubárak del poder tras 30 años de ocupar la presidencia. Los muertos por las confrontaciones con las fuerzas policiales alcanzan ya más de tres decenas, sin que ello haya logrado disuadir a los manifestantes de mantenerse en pie de lucha. A pesar del toque de queda y del bloqueo al Internet y a sus redes sociales que sirvieron para convocar las reuniones, ríos de jóvenes siguen fluyendo y coreando la exigencia de que Mubárak renuncie.
A lo largo de las jornadas que se iniciaron el martes 25 de enero la presión se incrementó a tal grado que finalmente varios desarrollos fueron inevitables. Barack Obama, consciente ya de que un apoyo irrestricto a su homólogo y tradicional aliado egipcio no podía ni debía sostenerse más, se comunicó con él para advertirle que la jugosa ayuda militar anual de 1300 millones de dólares que Washington le entrega a Egipto estaría en entredicho si Mubárak no procedía a emprender de inmediato las reformas de todo tipo que demanda el pueblo, reinstaurando además todos los canales de comunicación bloqueados en los últimos días.
El presidente egipcio compareció así ante la ciudadanía -por primera vez desde que se iniciaron las protestas- para anunciar que disolvía en ese momento su gobierno a fin de formar al día siguiente uno nuevo que abordaría con seriedad los principales problemas nacionales. La policía y los cuerpos de seguridad que se habían encargado con lujo de violencia de la contención de los manifestantes, fueron retirados para ser sustituidos por el ejército que, a pesar de su lealtad tradicional al régimen gobernante, cuenta con más simpatía de parte del pueblo. Los militares, hay que decirlo, han mostrado un comportamiento mucho más medido y cauto en su trato con los descontentos.
Sin embargo, hasta ahora Mubárak  no ha renunciado a seguir ocupando la silla presidencial y por ende las protestas continúan, porque justo la exigencia de deshacerse del longevo dictador es el núcleo duro de la inconformidad. Así que tal como están las cosas, cada hora que pasa aumentan las probabilidades de que Mubárak caiga. Un nuevo gobierno conducido por la misma figura, de ningún modo conseguirá reinstaurar la calma.
Ante un escenario como este las incógnitas que aparecen son muchas.  Una vez derrocado el régimen ¿quién llenará el vacío de poder para que este país de 80 millones de habitantes no caiga en el caos? La figura de Mohamad ElBaradei, hoy en arresto domiciliario y más conocido en el exterior que en Egipto, no parece cumplir con los requisitos para encabezar un nuevo gobierno. Las protestas han sido eminentemente espontáneas y sin un liderazgo u organización firmes detrás. La inexistencia de partidos de oposición real debida a la represión impuesta por 30 años de hegemonía de un partido único –el del poder- ha dejado un panorama vacío en el que sólo las organizaciones islamistas como la Hermandad Musulmana poseen estructura.
Y esto es una fuente de incertidumbre y preocupación, porque si bien las demandas populares son absolutamente legítimas, no cabe duda que la desaparición del régimen de Mubárak bien podría convertirse en la oportunidad para que tales fuerzas islamistas aprovecharan el vacío a fin de posicionarse como rectoras de la vida nacional. Por otra parte, hay que recordar que Egipto es por muchos motivos, un país líder en el mundo árabe y lo que ahí ocurra tendrá repercusiones de gran trascendencia tanto regional como internacionalmente. Las cúpulas gobernantes de Yemén, Jordania, Argelia y varios países árabes más han puesto así sus barbas a remojar, mientras que el resto del mundo observa inquieto y desconcertado el derrumbe del orden conocido por tanto tiempo en aquellas latitudes, orden en el que la corrupción, la mano de hierro y la falta de libertades y de democracia han sido por cierto, algunos de sus pilares fundamentales.

TÚNEZ  SACUDE AL MUNDO ÁRABE

Excélsior, México D.F.,  23 de enero, 2011.

El reciente derrumbe del gobierno libanés no fue ninguna sorpresa (se veía venir desde tiempo atrás la ruptura Hezbolá –Hariri). En cambio, la caída del régimen tunecino encabezado por el presidente Ben Ali sí constituyó un acontecimiento totalmente inesperado. Inesperado para el mundo árabe, para el resto de la comunidad internacional y para la propia cúpula gobernante en Túnez. Hasta hace poco nadie hubiera imaginado el escenario que hoy prevalece en esas tierras magrebíes ya que el país parecía una especie de oasis dentro de una zona convulsa. Se trata de una nación con una industria turística floreciente y con un PIB per cápita anual de 8000 dólares, mucho más alto que el de la mayoría de  sus vecinos regionales y que el de varios países de desarrollo medio. Es más, hasta 2008, el Túnez comandado por Ben Ali había mostrado crecimientos anuales que excedían al 5% anual gracias a su economía diversificada que incluía una considerable industria de exportación.
Sin embargo, a partir de la crisis del 2009 y el encogimiento del mercado europeo que es el principal consumidor de los productos tunecinos, el crecimiento cayó a menos de 1% anual. Con ello, salieron a flote los múltiples problemas estructurales que durante años se mantuvieron a raya enmascarados por una prosperidad relativa. No sólo se trataba del crecimiento del desempleo que alcanzó el 15% (del cual 30% son graduados universitarios), sino también del descontento generalizado por los altos niveles de corrupción gubernamental y las medidas represivas y de control del régimen de Ben Ali que coartaban libertades esenciales y generaban en la sociedad civil la percepción de vivir en condiciones de injusticia rampante y falta de oportunidades de desarrollo digno, sobre todo para su amplio sector de jóvenes donde la creciente frustración se convirtió en una incontenible ira.
No cabe duda que existe una importante peculiaridad en el caso tunecino. Aquí no se trató de la rebelión de una población hambrienta y golpeada por un régimen brutal del tipo de Sudán o Somalia, ni tampoco de un gobierno fundamentalista que impusiera el rigor de la normatividad religiosa estilo Irán o Gaza. En todo caso, la dictadura de Ben Ali, a pesar de sus 23 años de vigencia, era una dictadura “benévola” y bastante secular comparada con la mayoría de las regionales. De hecho, las mujeres de Túnez son muy probablemente las que desde hace tiempo gozan de más derechos dentro del contexto del mundo árabe-musulmán.
Varias conclusiones pueden extraerse de lo anterior: una dictadura, no por ser relativamente benévola, deja de ser dictadura que impide el libre flujo de la voluntad y las expresiones populares; los avances sociales existentes en Túnez, aún con sus limitaciones, constituyeron los gérmenes de una conciencia social más clara y activa, capaz de diagnosticar la realidad y por ende, de tomar la decisión de rebelarse contra quienes percibió como sus opresores; la “probada” que una sociedad como la tunecina tuvo de los beneficios de un crecimiento económico sostenido durante varios años, lo mismo que del potencial crítico inherente  al uso del Internet –a pesar de las restricciones que enfrentó al respecto- impulsó el crecimiento del malestar popular ante la ola de insatisfacciones cotidianas, hasta generar la avalancha que derribó al régimen.
Por ello y a pesar de la preocupación por la posibilidad de que el ejemplo tunecino cunda en los muchos países árabes gobernados por dictaduras (tal como quedó de manifiesto en la reunión de la Liga Árabe de hace cuatro días) es bastante incierto que el fenómeno se replicará tal cual en ellos. El que Argelia, Egipto y Jordania estén presentando hoy manifestaciones y revueltas populares similares no asegura que en el corto plazo sus respectivos regímenes correrán la suerte del de Ben Ali. En ellos, a diferencia de Túnez, las expectativas sociales nunca se han enfrentado a contrastes tan fuertes y por otra parte, sus capas dirigentes poseen mecanismos de control mucho más amplios, contundentes y experimentados en la tarea de mantenerse en el poder al costo que sea.

LÍBANO Y EL CHANTAJE DE HEZBOLÁ

Excélsior, México D.F.,  16 de enero, 2011.


No ha sido una sorpresa. Desde hace tiempo era del dominio público que Hezbolá, el movimiento y partido político libanés chiíta comandado por el jeque Nasrallah, haría todo lo posible para que el gobierno de Beirut, del que Hezbolá mismo formaba parte, desconociera el dictamen sobre el asesinato de Rafik Hariri. Y así fue. Dicho dictamen se espera para los próximos días y Hezbolá ha reaccionado mediante la renuncia de los once ministros que tenía en el gobierno y el consecuente derrumbe de éste. Como es sabido, el primer ministro libanés Saad Hariri, hijo del asesinado, recibió la noticia del retiro de Hezbolá mientras se hallaba de visita en Estados Unidos entrevistándose con el presidente Obama. La extraña alianza entre las dos fuerzas políticas contrapuestas –Hezbolá y el Movimiento 14 de marzo encabezado por Saad Hariri- ha llegado así  a su fin luego de algunos meses de haber integrado ambos un gobierno de unidad nacional.

La tormenta se veía venir. Si como se presume, el Tribunal Hariri instaurado por la ONU estaba a punto de revelar que Hezbolá o algunos de sus miembros estuvieron implicados en el asesinato en 2005 de Hariri padre y de dos decenas de personas más, se volvía altamente improbable la continuación de la alianza gubernamental entre estos dos bandos, uno integrado por los herederos políticos de la víctima asesinada, y el otro por los homicidas. Las amenazas previas de Hezbolá, lo mismo que su salida hace pocos días del gobierno han llevado así el mismo mensaje a Saad Hariri: “o desconoces el veredicto del Tribunal y te marginas de él cuestionando su credibilidad, o en caso contrario, arrastramos al país al caos al tirar el gobierno y crear las condiciones para una posible guerra civil.”  Esta última opción es la que por lo visto ha elegido ya Hezbolá.

La explosiva situación que hoy prevalece tiene en vilo a la fragmentada sociedad libanesa que ve renacer los fantasmas de la guerra civil que la asoló entre 1975 y 1990. No menos alarmada está la comunidad internacional, incluidos por supuesto, los países árabes. De hecho, Arabia Saudita fue el mediador tenaz que a lo largo de los últimos meses trató de conciliar intereses para evitar lo que actualmente está sucediendo. Y es que Líbano, a pesar de su pequeñez, tiene el potencial de provocar incendios más allá de sus fronteras tal como lo muestra con claridad lo que ocurrió durante los 15 años de guerra civil que vivió.

Algunos de las filtraciones difundidas en los momentos de escribir este artículo por el sitio web Newsmax de Estados Unidos, hablan del inminente anuncio del Tribunal de que el máximo líder espiritual de Irán, el ayatola Alí Khamenei, ordenó el asesinato de Rafik Hariri a ser ejecutado en un operativo conjunto de los Guardias Revolucionarios de Irán y el Hezbolá. Todo ello con la complicidad, según los reportes, del presidente sirio Bashar Assad y el jefe de los servicios de inteligencia sirios, Assef Shawkat, cuñado del propio Assad.

Así las cosas, el incendio parece ser difícil de contener. Saad Hariri ha regresado al país de su viaje por Estados Unidos y Francia, al tiempo que Nasrallah reitera sus acusaciones a él de estar coludido con fuerzas occidentales. La posible reacción de Irán, el gran padrino de Hezbolá, representa sin duda combustible adicional para el incendio en gestación, mientras que, por otra parte, Israel eleva su nivel de alerta ante el posible calentamiento de su frontera norte. Se habla en algunos círculos de una posible mediación de Qatar o de Francia para atenuar las tensiones, pero tal como pinta el panorama, parece difícil que Líbano se libre de convertirse de nuevo en el “ring” donde una multiplicidad de fuerzas y pasiones contrapuestas entren en sangrienta colisión.

Sudán al borde de la partición.

Excélsior, México D.F., 9 de enero 2011


Sudán, ubicado al sur de Egipto, es el país árabe más grande de África (y de todo el mundo árabe) con una extensión de 2.5 millones de kilómetros cuadrados y cerca de 38 millones de habitantes, de los cuales 22 millones residen de la parte norte del país donde se ubica la capital, Jartum. Posee recursos petroleros y minerales importantes, lo mismo que suficiente agua y tierras fértiles para un buen desarrollo agrícola. Sin embargo, el pueblo sudanés ha vivido las últimas décadas en medio de guerras pavorosas, genocidios, desplazamientos masivos y hambrunas debido a que su exacerbado tribalismo y falta de desarrollo político han propiciado sucesivos golpes de estado por demás sangrientos lo mismo que el establecimiento a partir de 1989 de una dictadura de corte islamista encabezada por el general Omar Al-Bashir. Éste cuenta entre sus fechorías con la promoción de la interminable guerra genocida perpetrada por las milicias Janjaweed contra la población de Darfur, aún hoy en curso.
Antes, en 1983, había estallado una guerra civil entre el norte predominantemente árabe y musulmán, y el sur que alberga importantes bolsones de población cristiana y animista. Los cálculos de diversos organismos internacionales son de que en los casi 20 años que duró dicha guerra murieron cerca de 2 millones personas y 4 millones más fueron desplazados violentamente de sus hogares. El norte doblegó así al sur con una inclemencia inaudita que no apagó sin embargo el descontento de quienes siguen siendo discriminados y maltratados. A pesar de que en 2005 se firmó el llamado Acuerdo Comprensivo de Paz, no se logró establecer relaciones más justas entre las partes.  Es así que a la sombra de la posible renovación del estado de guerra se planteó la secesión de la parte sur respecto al norte con la intención de liberar a la población sureña de su sujeción a Jartum.
Y es precisamente mediante el referéndum que se lleva a cabo el día de hoy, 9 de enero, que el sur deberá decidir si prefiere mantener la unión o independizarse del norte. Todo indica que los 4 millones de participantes  en el referéndum optarán mayoritariamente por la secesión la cual deberá ponerse en práctica luego de un periodo de transición de 6 meses. Por lo pronto es una incógnita si dicho proceso podrá llevarse a cabo tranquilamente y llegar a buen fin, ya que diversas delicadas cuestiones deberán resolverse en el camino tales como la definición de fronteras definitivas, el reparto del petróleo y los recursos hidráulicos y el manejo de la deuda, entre muchas otras. Además, el tristemente célebre presidente Omar Al-Bashir, quien cuenta con una condena internacional acusado de genocidio, ha advertido que de procederse a la secesión él declararía a Sudán república islámica regida por la sharía y abanderada por ende de la jihad o guerra santa. De hecho, durante varios periodos el país ha funcionado en esa modalidad al castigar a los infractores de la normatividad religiosa con lapidaciones, amputaciones de miembros y latigazos ante la mirada pública, al tiempo que ha justificado sus ataques a las minorías no musulmanas como connatural a su obligación de cumplir con la jihad.
En síntesis, es muy probable que un Estado nuevo surja a partir de la independencia del sur sudanés, pero ello no asegura de ninguna manera que dicho proceso neutralice el peligro de nuevas guerras en la zona, por más que los habitantes del sur dejen de estar sujetos al totalitarismo del gobierno de Omar Al-Bashir. Desacuerdos importantes en los términos del divorcio derivado del referéndum  bien podrían ser la chispa para una confrontación bélica entre el nuevo Estado que surgirá y el Sudán de Al- Bashir ya que ambos se han hecho de arsenales importantes conseguidos con recursos provenientes de las ventas de petróleo a China, su principal comprador de crudo y también proveedor de armas.

Fuente de la imagen: Voldiscounts.es <http://www.voldiscount.es/vuelos/vuelo-sudan.php&gt;

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