Arte y arquitectura en México: una mirada a Nuevo León

POSTER ARTE Y ARQUITECTURA

Objetivo:

Analizar el patrimonio artístico de México a través del recono- cimiento de las características y elementos compositivos de los principales monumentos arquitectónicos del Virreinato ubicados en diferentes regiones del país. A partir de ello, revisar ejemplos del barroco y el neoclásico en Nuevo León.

Imparte:

Rodrigo Ledesma Gómez, historiador del arte y catedrático de tiempo completo en la Universidad de Monterrey.

Lugar: CONARTE, Antiguo Palacio Federal, Planta baja

Fechas: 12, 13, 19 y 20 de octubre de 2012

Horarios: Viernes de 18:00 a 20:00 hrs. Sábados de 10:00 a 13:00 hrs.

Costo: 400 pesos

Fe, ciudadanía y el Tec de Monterrey

 

Mensaje del Sr. Tony Blair en el Foro Global de Ciudadanía.

 

El Norte, Monterrey, N.L., 5 de octubre 2012. Primera Sección pág. 9.

 

Los recientes acontecimientos en Benghazi y en otras partes del mundo musulmán ilustran lo importante que es entender la relación entre la fe y la globalización. Los brotes de violencia representan más que las actitudes de los musulmanes en su conjunto, esa película ofensivamente pobre que representan las creencias de los americanos u occidentales en su conjunto.

 

Sin embargo, es un buen ejemplo del hecho de que a menudo existe una dimensión religiosa en los conflictos. La fe motiva y galvaniza a los individuos, las sociedades y las naciones.

 

 Es evidente que la religión es importante, pero no existe consenso en su rol en la esfera pública. La separación de la Iglesia y el Estado es fundamental para muchas democracias, como en México, que se considera esencial para preservar la libertad religiosa y el Estado de Derecho. Pero lo que puede ser tan obvio a nivel institucional no siempre funciona a nivel individual. Puede separar a la Iglesia y el Estado, pero no puede separar a la fe y la ciudadanía.

 

La verdadera lucha no es entre credos diferentes, sino entre una actitud abierta y una cerrada. ¿Nos comprometemos con el mundo de una manera que preserva nuestras creencias e identidad, pero de forma abierta y respetuosa de las diferencias, o nos cerramos y nos volvemos temerosos e ignorantes?

 

Lo que se requiere para que la democracia funcione apropiadamente es que tiene que ser amigable con la religión.

 

 La ordenada jerarquía en la que los individuos tenían relaciones con sus gobiernos y los gobiernos nacionales tenían relaciones entre sí se ha evaporado. La cultura religiosa y la apertura a la diversidad religiosa deben convertirse en trascendentales y valoradas normas sociales.

 

 Ésta es la motivación detrás de dos de los más grandes programas de mi Fundación de la Fe. Los programas para las escuelas llamados Face to Faith (De Cara a la Fe) permiten a los profesores de secundaria enseñar la comprensión de las religiones del mundo a sus estudiantes. Estudiantes de 19 países se dan cita en un diálogo a través de videoconferencias, aprendiendo a no temerse entre sí, sino a discutir las diferencias en un ambiente de apertura y respeto.

 

 Este año, cerca de 8 mil estudiantes mexicanos participarán en el programa.

 

 Nuestro programa universitario, The Faith and Globalization Initiative (La Iniciativa de Fe y Globalización), cumple un rol similar a nivel universitario en 17 universidades de 10 países. Educa a los estudiantes en la compleja relación entre las creencias religiosas y los procesos de globalización, permite un debate constructivo entre los legisladores actuales.

 

 El 21 de septiembre anuncié una nueva fase de colaboración entre el Tec de Monterrey y mi Faith Foundation.

 

 El Tec de Monterrey hace una enorme contribución a esta iniciativa. A través de su experiencia en la enseñanza en línea, ha impartido un curso en Fe y Globalización a más estudiantes que cualquier otra institución en la iniciativa.

 

 Pero no termina ahí. En el mundo actual la educación continua y profesional es más importante que nunca. Las habilidades para entender la fe y la globalización son necesarias urgentemente hoy en día, así como en el futuro.

 

 Estoy encantado de que el Tec de Monterrey ha accedido a trabajar con mi Fundación para diseñar e impartir un curso de formación profesional para los diplomáticos internacionales. Les ayudará a relacionarse con las difíciles cuestiones en la intersección de la fe y la globalización. La experiencia del Tec de Monterrey asegurará que este curso pueda ser tomado por los diplomáticos de todo el mundo, donde y cuando más lo necesiten.

 

 Los acontecimientos en Benghazi ilustran trágicamente el lado oscuro de lo que puede pasar cuando la religión y la globalización chocan. Pero al mismo tiempo, en todo el mundo, personas de diferentes religiones están trabajando juntas para lograr un cambio positivo. Están reduciendo el conflicto en las comunidades y combatiendo la pobreza y la enfermedad.

 

 No cabe duda de que la religión pueda ser una fuerza para el bien. A través de asociaciones, como la que compartimos con el Tecnológico de Monterrey, podemos asegurar que la relación positiva entre la fe y la globalización se convierta en la que domine en el siglo 21.

 

 El autor es el fundador y patrono de la Tony Blair Faith Foundation. Fue primer ministro del Reino Unido entre 1997 y 2007 y  líder del Partido Laborista entre 1994 y 2007.

 

 

 

 

De historia, política y moral

Lorenzo Meyer

Reforma, México D.F. 27 de septiembre 2012. Primera sección, pág. 11.

LA HISTORIA ¿PARA QUÉ?

 Hacer investigación histórica es una manera de hacer política. Ahora bien, esta afirmación admite una variedad de formas y grados. Y ese es justamente el tema del último libro de uno de nuestros más completos historiadores contemporáneos: Enrique Florescano, La función social de la historia (FCE, 2012). El historiador, y cualquier científico social, debe asumir el significado y la responsabilidad de su función social, una que, al final, es de orden moral.

 HISTORIA Y RESPONSABILIDAD

 Examinando docenas, centenas, de reflexiones medulares de los grandes historiadores del mundo occidental, desde los clásicos hasta los contemporáneos, Florescano -que también se ha adentrado en la naturaleza de la historia en las culturas mesoamericanas- llega a la misma conclusión que Antoine Prost en Doce lecciones sobre la historia (Madrid: Cátedra, 2001), y esa conclusión es que la obra del historiador, finalmente, es «un instrumento de educación política», y en la actualidad un medio para formar ciudadanos responsables y conscientes. Claro que por esa misma razón, el instrumento en cuestión también puede ser empleado para lograr un objetivo opuesto: el de formar súbditos. La historia oficial creada y difundida por los sistemas totalitarios, autoritarios o simplemente dictatoriales -una donde no se admiten las visiones alternativas a la visión oficial- se convierte en un instrumento para justificar la dictadura y educar para el sometimiento. De ahí que el historiador debe aceptar que su quehacer tiene un contenido moral y que eso conlleva una responsabilidad. En ese oficio de dar sentido al pasado no se puede alegar inocencia ni neutralidad. Incluso aquel que simplemente se propone historiar sobre la vida de los santos está tomando partido en el presente y ni qué decir de quien aborda directamente los temas del poder.

Y es, justo por lo anterior, que en el quehacer histórico resulta tan importante lo que se dice como lo que se sabe, pero se omite. Florescano cita a Ernest Renan, francés, que en 1882 señaló, en una conferencia en la Sorbona, que: «El olvido y, yo diría incluso, el error histórico son un factor esencial de la creación de una nación, y es así como el progreso de los estudios históricos es a menudo un peligro» (¿Qué es una nación?, Madrid, Alianza, 1987). Esta es una manera de entrar en el dilema político y moral del historiador frente al poder. Renan se refería entonces a Francia y a los episodios de gran brutalidad que implicaron su construcción como nación, pero lo mismo se puede decir de México. En la creación y sostenimiento de la nación mexicana abundan los episodios de gran brutalidad, injusticia y destrucción, de tal manera que el violento inicio de la fundación de la nación tiene evidentes aspectos negativos -véase el juicio de John Tutino en su último libro sobre lo que la guerra de independencia destruyó en El Bajío y sus implicaciones negativas para el futuro desarrollo de México en una circunstancia donde debía competir con Estados Unidos-, lo mismo que las guerras contra los seminómadas del norte, la represión de campesinos en la República Restaurada y decenas de temas similares durante la Revolución, la Cristiada, la Guerra Fría o la actual especie de guerra civil relacionada con la lucha entre y contra los narcotraficantes.

Para Florescano, el estudio histórico debe de hacerse incluso si eso implica el supuesto peligro del que habló Renan, pues en este siglo XXI está más que claro que lo socialmente peligroso de la actividad del historiador no es una posible erosión de mitos nacionales sino abdicar, por temor o conveniencia, de explorar lo conflictivo, lo brutal y lo injusto del pasado en aras de mantener la autocomplacencia sobre el origen de la comunidad nacional.

A la larga, ese autoengaño sobre la verdadera naturaleza de los cimientos en que se asienta el presente, y sobre los cuales se construye el futuro, es una traba que impide reconocer obstáculos, enmendar errores y alcanzar un futuro donde ya no existan las indignidades, corrupciones e injusticias originadas en el pasado y que persisten en el presente.

FUTUROS

En su último libro (Civilization, Allen Lane, 2011), el historiador británico Niall Ferguson señala con razón que cualquier comunidad dispone de un único pasado (aunque con interpretaciones variadas) pero de múltiples posibles futuros. Y resulta que ese pasado es la única fuente segura de conocimiento para entender el cambiante presente y vislumbrar los futuros posibles. Desde esta perspectiva, que es la misma de Robin G. Collingwood, otro historiador clásico y citado por Florescano en el inicio mismo de su obra, resulta que la función final del relato histórico no es realmente la que parece obvia, informar sobre el pasado, sino informar sobre el presente, pues lo actual no es otra cosa que el pasado condensado, aunque eso no resulte evidente a primera vista.

LA (MALA) ENSEÑANZA DE LA HISTORIA

Ferguson y Florescano comparten una misma preocupación: buena parte de la historia que se pone hoy al alcance del ciudadano no está cumpliendo bien con lo central de su cometido. Ferguson sostiene que los jóvenes de su país que abrevan de los textos históricos escolares tienen una visión muy fragmentada y deficiente de lo que fue el pasado y por ello difícilmente van a poder decidir bien y responsablemente sobre el futuro colectivo. Florescano va más allá del salón de clase y se adentra en la crítica al gremio mismo de los historiadores profesionales y subraya el efecto negativo que la producción del gremio tiene hoy en la sociedad mexicana al no cumplir con su función de dotar a la sociedad de los instrumentos para entender lo que está en juego cuando se toman las grandes decisiones que determinarán el futuro.

 EL HISTORIADOR NO ES LO QUE DEBERÍA SER

 Cuando Florescano examina el surgimiento del historiador académico en Europa -él lo sitúa en 1766 en el Instituto de Historia la Universidad de Gotinga, Alemania- no ve en ello nada negativo. A Leopold Ranke le reconoce su sitio de honor como «historiador científico» y ni qué decir de su gran aprecio por la obra de los grandes historiadores producto de las universidades europeas y norteamericanas. Sin embargo, cuando dirige la vista a las actuales instituciones académicas de México, esa mirada se endurece en extremo. Florescano considera que fue a partir de 1940 cuando el quehacer histórico se institucionalizó y profesionalizó entre nosotros, pero el resultado no ha sido precisamente el que era de esperar.

Frente al conjunto actual de profesionales de la historia en México, Florescano prefiere a los no profesionales del pasado pero con gran visión, como don Lucas Alamán, que justamente por tener a su inteligencia y erudición en contacto constante y directo con la realidad pudo darnos una visión del pasado mexicano profunda y, sobre todo, políticamente relevante. Supongo que nuestro autor acepta la existencia de excepciones en la academia mexicana, pero lo que le interesa es generalizar sobre las deformaciones inducidas por los actuales «claustros gremiales». En México, afirma Florescano, ha ocurrido una división del trabajo muy perversa: la clase gobernante ha excluido de su círculo a los académicos, luego, dentro de las universidades, el grupo de los administradores ha excluido a los investigadores, y estos últimos se han dedicado, para defenderse, a cercar y delimitar su espacio de especialización mediante la creación de agrupaciones gremiales que deciden por sí y ante sí qué es lo que vale y lo que no, al punto que hoy el valor del investigador está en función de saber cada vez más sobre muy poco.

El resultado ha sido el aislamiento de la actividad del profesional de las fuerzas que hacen la historia y de las necesidades del entorno social en que opera. Se trata de un perfecto círculo vicioso de intereses bien atrincherados que termina por favorecer «historia del gremio para el gremio» («¡cientos de miles de libros guardados en las bodegas!») y que impide cumplir con la función social de la historia. Y esto no ocurre sólo en México, en diferente medida en muchos otros ámbitos universitarios también se observa «la proliferación de obras que no aportan nada significativo».

 Para Enrique Florescano, la única salida digna para el historiador contemporáneo es hacer de su labor una que sirva al ciudadano para «[c]omprender el mundo contemporáneo y actuar sobre él como persona libre y responsable». Este objetivo es hoy más válido que nunca, pero dada la naturaleza de este mundo contemporáneo, se mantiene más cerca de la utopía que de la realidad.

Resaltan papel de Carvajal en Fundación

Daniel de la Fuente

El historiador Carlos González realiza investigación que reivindica al personaje histórico

El Norte, Monterrey, N.L., 25 de septiembre 2012. Sección Vida <http://www.elnorte.com/libre/online07/edicionimpresa/default.shtm?seccion=primera&gt;

La historia oficial dicta que la Ciudad pasó por tres fundaciones.

Primero como Villa de Santa Lucía, en 1577, a cargo de Alberto del Canto; luego como Villa de San Luis, por Luis de Carvajal y de la Cueva, en 1582, y la definitiva, en 1596, como Ciudad Metropolitana de Nuestra Señora de Monterrey, que encabezó Diego de Montemayor.

 Pero no necesariamente lo que dice esta historia fue lo que sucedió.

Documentos en el Archivo General de Indias, investigados por el historiador Carlos González, revelan a Carvajal como un personaje protagónico de lo que más tarde sería la Fundación de Monterrey, ya que fue él quien encontró la ruta de éstas y otras tierras.

La relación de los trabajos de esta figura está presente en decenas de fojas del acervo español y serán incluidas por primera vez de manera íntegra en un libro que será publicado en breve.

En la obra se describen las rutas, fundaciones, obras civiles y de ordenamiento poblacional de quien fue el fundador y primer Gobernador del Nuevo Reyno de León (actual Nuevo León), quien fue víctima de traiciones políticas.

«De acuerdo con la documentación analizada, como las Cartas de Méritos elaboradas para el Rey y que fueron extraviadas por gente de la época, quizá a propósito, y que revisé completas en el Archivo de Indias, se sabe que (Carvajal) permanece en estas tierras más de 20 años», apunta el también cronista de San Pedro.

«Con base en esas cartas, se sabe que llega en 1567, descubre el camino hacia Pánuco, Tampico y Mazapil, Zacatecas, y le dan la Capitulación para erigir el Nuevo Reyno de León en 1579. Esto se brindaba a quienes demostraban lealtad y trabajo».

Carvajal funda la primera villa del Reyno, Villa de la Cueva de León, después Ciudad de León, hoy Cerralvo; también la Villa de San Luis, hoy Monterrey, en los Ojos de Agua de Santa Lucía, y la de Almadén, actual Monclova, en las que establece cabildos, fundiciones e iglesias.

Para crear la Villa de San Luis, entre 1582 y 1583, trajo a pobladores de Saltillo, los cuales, asegura, no mencionan a Del Canto como fundador anterior, como se dice que fue.

¿Hubo una primera fundación? La duda surge porque no hay acta y menos noticias de alcaldes o Cabildo. Además no se ha encontrado que Del Canto tuviera las facultades para fundar.

Lo importante, enfatiza González, es que Carvajal, nacido en Mogadouro, Portugal, en 1539, es el primero en hacer acciones civilizatorias en forma en la región, incluso envía al Rey imágenes con descripciones.

Sin embargo, el Virrey que lo apoyaba fue removido, por lo que quedó a merced de sus enemigos políticos, quienes creían que su siguiente paso sería explorar Nuevo México, donde los novohispanos pensaban que existía la mítica Quivira, una ciudad de oro.

Carvajal entonces cae en desgracia, siendo encarcelado por cargos que, después se sabría, eran falsos, así como por su presunta labor judaizante, entonces penada por la Santa Inquisición.

«Mientras esto sucede, las villas que habían sido fundadas son incendiadas so pena de muerte, y sus Cartas de Méritos, de 1579 y 1587, que le permitieron la Capitulación, son desaparecidas, por lo que queda como un estafador».

El historiador recuerda que Carvajal muere en prisión el 13 de febrero de 1591 sin que se le reconociera su labor pionera.

«Carvajal es borrado», expresa. «Su aportación, su ruta, son eliminadas, no sólo por la gente de su época, sino por generaciones de historiadores que no le dieron el lugar que merece: el del primer hombre que trazó lo que sería la Ciudad».

El también autor de libros como Monterrey 2000. Ayer y Hoy afirma que reivindicar la vida de Carvajal, primer gobernante, destacar a Cerralvo como cuna del Estado y corregir libros de texto son asignaturas pendientes.

«Carvajal es un personaje de primera línea y es nuestro deber devolverle el lugar en la historia que le ha sido arrebatado: como la gran figura novohispana del norte».

 ASÍ LO DIJO

«Carvajal es borrado. Su aportación, su ruta, son eliminadas, no sólo por la gente de su época, sino por generaciones de historiadores que no le dieron el lugar que merece».

 Carlos González. Historiador y cronista de San Pedro.

El ser judío, texto de David M. Elcott

David M. Elcott . El ser judío. N.Y.: American Jewish Committee. 2005.  Traducción de Lydia Wasserteil

El Dr. David M. Elcott es director de asuntos interconfesionales del American
Jewish Committee y autor de A Sacred Journey: The Jewish Quest for a Perfect
World (Un viaje sagrado: la búsqueda judía de un mundo perfecto), así como de numerosos artículos y monografías

 

 

Monterrey, 1596

Antonio Guerrero Aguilar


Cronista de la Ciudad de Santa Catarina

En SabinasHidalgo.net 20 de septiembre 2012.

El municipio de Monterrey, llamado originalmente Ciudad Metropolitana de Nuestra Señora de Monterrey, está en la región centro occidental del estado de Nuevo León. Limita al norte con General Escobedo, García y San Nicolás de los Garza; al oriente con Guadalupe y Juárez, al sur con Santiago y Santa Catarina y al poniente con San Pedro Garza García y Santa Catarina. De aquellas 25 leguas que tenía a la redonda, es decir, 60 kilómetros que llegaban al sur hasta el río Ramos en Allende, al norte hasta la cuesta de Mamulique en Salinas Victoria, hasta la estación San Juan en Cadereyta Jiménez al este y al oeste hasta la cuesta de los Muertos en García; ahora tiene una extensión territorial de 320 kilómetros cuadrados y la cabecera municipal está a 538 metros sobre el nivel del mar.

Regularmente se refieren a Monterrey como la ciudad de las montañas, porque está situada en un valle delimitado por lomas y montañas. Por ejemplo al norte está el cerro del Topo, al poniente la sierra de las Mitras y el cerro del Obispado, al oriente el cerro de la Silla y al sur la Sierra Madre Oriental. De poniente a oriente se levanta la Loma Larga y por supuesto en el paisaje sobresale la figura aunque imperfecta de una silla de montar, el cerro de la Silla, que no es un cerro y no está en la jurisdicción territorial de Monterrey.

El fundador de la ciudad es don Diego de Montemayor, probablemente originario de Málaga, España, nacido alrededor de 1530. Hijo de Juan Montemayor y de Mayor Hernández. Propiamente fue el segundo gobernador del Nuevo Reino de León y participó en las otras dos fundaciones; la primera atribuida a Alberto del Canto en 1577 y la segunda a don Luis Carvajal y de la Cueva en 1583. Santa Lucía con del Canto y San Luis Rey de Francia con Carvajal, cuyo primer alcalde mayor fue don Gaspar Castaño de Sosa. Ambas poblaciones no prosperaron, debido a la belicosidad de los naturales que habitaban la región, porque San Luis y el Nuevo Reino de León se asentaban en jurisdicción de la Nueva Vizcaya y además, acusaron a Carvajal de practicar la ley de Moisés. Por ello fue encarcelado y todo el reino quedó despoblado.

Junto con doce pobladores estableció la ciudad Metropolitana de Nuestra Señora de Monterrey el 20 de septiembre de 1596, en honor a la virgen María y a don Gaspar de Zúñiga y Acevedo, conde Monterrey y entonces virrey de la Nueva España. Sus nombres deben preservarse: Diego Díaz de Berlanga casado con Mariana Díaz, se quedó con la estancia de San Nicolás, Diego de Montemayor el mozo, casado con Elvira de Rentería, Diego Rodríguez casado con Sebastiana de Treviño, Juan López con su esposa Magdalena de Avila, Martín de Solís con Francisca de Avila, Diego de Maldonado con Antonia de la Paz, Juan Pérez de los Ríos con Agustina de Charles, Alonso de Barreda y Pedro Iñigo, Cristóbal Pérez, Domingo Manuel y Lucas García con mi tatarabuela Juliana de Quintanilla.

Aunque Monterrey lleva poco más de 400 años de formada, casi no quedan vestigios o construcciones que nos hablen del pasado correspondiente a los siglo XVII y XVIII. En 1612 llovió tanto que el justicia mayor, Diego Rodríguez, dispuso el traslado de la sede de la primitiva ciudad en donde actualmente permanece la plaza de armas, la catedral y el palacio municipal. Las casas reales, estaban al norte del Ojo de Agua, más o menos situadas entre 5 y 15 de Mayo y en medio de Zaragoza y Escobedo. Según testimonios de la época, la ciudad que más bien (me imagino) parecía un campamento quedó completamente destruida.

Como ave fénix, la ciudad volvió a levantarse. En 1653 el entonces gobernador don Martín de Zavala, dispuso la destrucción de las antiguas casas reales para construir un edificio con “lustre y ornato de esta dicha ciudad”. La obra fue entregada el 27 de febrero de 1665 y estuvo al servicio del pueblo apenas casi de un siglo, pues de nueva cuenta llovió tanto en 1752 que dañó la mayoría de las edificaciones importantes de la ciudad. A estas lluvias corresponde la maravillosa y aleccionadora leyenda de la imagen de la Purísima, conocida también como la virgen chiquita.

Como se advierte, lamentablemente nuestra ciudad capital no cuenta con vestigios arquitectónicos que nos hablen de su pasado. Como testigos de los tiempos, sobresalen el antiguo hospital de Nuestra Señora del Rosario, que previamente había sido la residencia del gobernador Pedro Barrio Junco y Espirella, las partes más antiguas de la catedral y del anterior palacio municipal, además del palacio episcopal de nuestra Señora de Guadalupe en el obispado. La joya colonial más representativa del virreinato, el templo franciscano de San Andrés, estuvo situado casi tres siglos en la confluencia de las actuales calles de Zaragoza y Ocampo y fue destruido en 1914 por tropas carrancistas que controlaron la ciudad y la región en ese periodo.

El 29 de septiembre de 1667, el gobernador don Nicolás de Azcárraga solicitó a la corona española la concesión de un escudo de armas para Monterrey. Pedidos los informes a la Real Audiencia de la Ciudad de México el 29 de mayo de 1670, ésta los remitió favorablemente el 13 de julio de 1671 y de acuerdo con la reina Mariana de Austria, quien gobernaba a nombre de su hijo Carlos II, expidió la real cédula fechada en Madrid el 9 de mayo de 1672, facultando al gobernador para aprobar el escudo que la ciudad eligiera.

Quedando en el marco oval una escena en donde sobresale un indio en medio de dos árboles, flechando al sol que se asoma por entre el cerro de la Silla. A los lados, dos indios en actitud altiva y orgullosa lo sostienen. Atrás de ellos seis banderas y a sus pies dos cañones, dos tambores y unas balas como trofeos militares. En la parte inferior una banda en gules con el nombre: Ciudad de Monterrey y encima del oval, una corona condal que nos recuerda a don Gaspar de Zúñiga y Acevedo, conde de Monterrey.

Don Diego de Montemayor entregó haciendas a sus pobladores. Estas se convirtieran en valles en el siglo XVIII y en villas en el siglo XIX. A partir de la segunda mitad del siglo XX se unieron a Monterrey en una zona metropolitana. Así se cumplió el sueño de los pobladores, de ser una ciudad metropolitana. Monterrey fue fundada en tierra de “guerra vida”, en constante zozobra por los ataques de los indios. De tiempos de pobreza. A veces Diego de Montemayor se alimentó de raíces que crecían en los arroyos. De todas nuestros ancestros se levantaron. Con trabajo, ahorro y esfuerzo. Una ciudad maravillosa para vivir y crecer. Un dato: el gentilicio de sus habitantes es regiomontano, no “regio” que suena despectivo. ¡Qué viva Monterrey, tierra querida, es el cerro de la Silla tu estandarte y tu perfil! A sus habitantes, felicidades por vivir en esa ciudad tan entrañable que veo todos los días y la quiero como si fuera la mía, la Puerta de Monterrey.

María Antonieta y la moda: ¿Vanidad o declaración política?

María Antonieta pasó a la historia como una mujer caprichosa e insensible, preocupada únicamente por sus placeres y sus lujos. Se le atribuyó la infortunada expresión «si no tienen para pan, que coman pasteles» ante los reclamos de la población por la carestía y el alto costo de la vida y el escándalo del llamado «collar de la reina», un gran fraude del cual fue inocente, aumentó la animadversión en su contra.

El trailer de la película María Antonieta ilustra su pasión por la moda:

Pero,  ¿fue ésta uno más de sus costosos caprichos  o tuvo razones políticas de trasfondo?

El artículo de Caroline Weber I Don’t Want Candy: The Uses and Abuses of Marie Antoinette publicado en History News Network discute las razones políticas de trasfondo.