De historia, política y moral

Lorenzo Meyer

Reforma, México D.F. 27 de septiembre 2012. Primera sección, pág. 11.

LA HISTORIA ¿PARA QUÉ?

 Hacer investigación histórica es una manera de hacer política. Ahora bien, esta afirmación admite una variedad de formas y grados. Y ese es justamente el tema del último libro de uno de nuestros más completos historiadores contemporáneos: Enrique Florescano, La función social de la historia (FCE, 2012). El historiador, y cualquier científico social, debe asumir el significado y la responsabilidad de su función social, una que, al final, es de orden moral.

 HISTORIA Y RESPONSABILIDAD

 Examinando docenas, centenas, de reflexiones medulares de los grandes historiadores del mundo occidental, desde los clásicos hasta los contemporáneos, Florescano -que también se ha adentrado en la naturaleza de la historia en las culturas mesoamericanas- llega a la misma conclusión que Antoine Prost en Doce lecciones sobre la historia (Madrid: Cátedra, 2001), y esa conclusión es que la obra del historiador, finalmente, es “un instrumento de educación política”, y en la actualidad un medio para formar ciudadanos responsables y conscientes. Claro que por esa misma razón, el instrumento en cuestión también puede ser empleado para lograr un objetivo opuesto: el de formar súbditos. La historia oficial creada y difundida por los sistemas totalitarios, autoritarios o simplemente dictatoriales -una donde no se admiten las visiones alternativas a la visión oficial- se convierte en un instrumento para justificar la dictadura y educar para el sometimiento. De ahí que el historiador debe aceptar que su quehacer tiene un contenido moral y que eso conlleva una responsabilidad. En ese oficio de dar sentido al pasado no se puede alegar inocencia ni neutralidad. Incluso aquel que simplemente se propone historiar sobre la vida de los santos está tomando partido en el presente y ni qué decir de quien aborda directamente los temas del poder.

Y es, justo por lo anterior, que en el quehacer histórico resulta tan importante lo que se dice como lo que se sabe, pero se omite. Florescano cita a Ernest Renan, francés, que en 1882 señaló, en una conferencia en la Sorbona, que: “El olvido y, yo diría incluso, el error histórico son un factor esencial de la creación de una nación, y es así como el progreso de los estudios históricos es a menudo un peligro” (¿Qué es una nación?, Madrid, Alianza, 1987). Esta es una manera de entrar en el dilema político y moral del historiador frente al poder. Renan se refería entonces a Francia y a los episodios de gran brutalidad que implicaron su construcción como nación, pero lo mismo se puede decir de México. En la creación y sostenimiento de la nación mexicana abundan los episodios de gran brutalidad, injusticia y destrucción, de tal manera que el violento inicio de la fundación de la nación tiene evidentes aspectos negativos -véase el juicio de John Tutino en su último libro sobre lo que la guerra de independencia destruyó en El Bajío y sus implicaciones negativas para el futuro desarrollo de México en una circunstancia donde debía competir con Estados Unidos-, lo mismo que las guerras contra los seminómadas del norte, la represión de campesinos en la República Restaurada y decenas de temas similares durante la Revolución, la Cristiada, la Guerra Fría o la actual especie de guerra civil relacionada con la lucha entre y contra los narcotraficantes.

Para Florescano, el estudio histórico debe de hacerse incluso si eso implica el supuesto peligro del que habló Renan, pues en este siglo XXI está más que claro que lo socialmente peligroso de la actividad del historiador no es una posible erosión de mitos nacionales sino abdicar, por temor o conveniencia, de explorar lo conflictivo, lo brutal y lo injusto del pasado en aras de mantener la autocomplacencia sobre el origen de la comunidad nacional.

A la larga, ese autoengaño sobre la verdadera naturaleza de los cimientos en que se asienta el presente, y sobre los cuales se construye el futuro, es una traba que impide reconocer obstáculos, enmendar errores y alcanzar un futuro donde ya no existan las indignidades, corrupciones e injusticias originadas en el pasado y que persisten en el presente.

FUTUROS

En su último libro (Civilization, Allen Lane, 2011), el historiador británico Niall Ferguson señala con razón que cualquier comunidad dispone de un único pasado (aunque con interpretaciones variadas) pero de múltiples posibles futuros. Y resulta que ese pasado es la única fuente segura de conocimiento para entender el cambiante presente y vislumbrar los futuros posibles. Desde esta perspectiva, que es la misma de Robin G. Collingwood, otro historiador clásico y citado por Florescano en el inicio mismo de su obra, resulta que la función final del relato histórico no es realmente la que parece obvia, informar sobre el pasado, sino informar sobre el presente, pues lo actual no es otra cosa que el pasado condensado, aunque eso no resulte evidente a primera vista.

LA (MALA) ENSEÑANZA DE LA HISTORIA

Ferguson y Florescano comparten una misma preocupación: buena parte de la historia que se pone hoy al alcance del ciudadano no está cumpliendo bien con lo central de su cometido. Ferguson sostiene que los jóvenes de su país que abrevan de los textos históricos escolares tienen una visión muy fragmentada y deficiente de lo que fue el pasado y por ello difícilmente van a poder decidir bien y responsablemente sobre el futuro colectivo. Florescano va más allá del salón de clase y se adentra en la crítica al gremio mismo de los historiadores profesionales y subraya el efecto negativo que la producción del gremio tiene hoy en la sociedad mexicana al no cumplir con su función de dotar a la sociedad de los instrumentos para entender lo que está en juego cuando se toman las grandes decisiones que determinarán el futuro.

 EL HISTORIADOR NO ES LO QUE DEBERÍA SER

 Cuando Florescano examina el surgimiento del historiador académico en Europa -él lo sitúa en 1766 en el Instituto de Historia la Universidad de Gotinga, Alemania- no ve en ello nada negativo. A Leopold Ranke le reconoce su sitio de honor como “historiador científico” y ni qué decir de su gran aprecio por la obra de los grandes historiadores producto de las universidades europeas y norteamericanas. Sin embargo, cuando dirige la vista a las actuales instituciones académicas de México, esa mirada se endurece en extremo. Florescano considera que fue a partir de 1940 cuando el quehacer histórico se institucionalizó y profesionalizó entre nosotros, pero el resultado no ha sido precisamente el que era de esperar.

Frente al conjunto actual de profesionales de la historia en México, Florescano prefiere a los no profesionales del pasado pero con gran visión, como don Lucas Alamán, que justamente por tener a su inteligencia y erudición en contacto constante y directo con la realidad pudo darnos una visión del pasado mexicano profunda y, sobre todo, políticamente relevante. Supongo que nuestro autor acepta la existencia de excepciones en la academia mexicana, pero lo que le interesa es generalizar sobre las deformaciones inducidas por los actuales “claustros gremiales”. En México, afirma Florescano, ha ocurrido una división del trabajo muy perversa: la clase gobernante ha excluido de su círculo a los académicos, luego, dentro de las universidades, el grupo de los administradores ha excluido a los investigadores, y estos últimos se han dedicado, para defenderse, a cercar y delimitar su espacio de especialización mediante la creación de agrupaciones gremiales que deciden por sí y ante sí qué es lo que vale y lo que no, al punto que hoy el valor del investigador está en función de saber cada vez más sobre muy poco.

El resultado ha sido el aislamiento de la actividad del profesional de las fuerzas que hacen la historia y de las necesidades del entorno social en que opera. Se trata de un perfecto círculo vicioso de intereses bien atrincherados que termina por favorecer “historia del gremio para el gremio” (“¡cientos de miles de libros guardados en las bodegas!”) y que impide cumplir con la función social de la historia. Y esto no ocurre sólo en México, en diferente medida en muchos otros ámbitos universitarios también se observa “la proliferación de obras que no aportan nada significativo”.

 Para Enrique Florescano, la única salida digna para el historiador contemporáneo es hacer de su labor una que sirva al ciudadano para “[c]omprender el mundo contemporáneo y actuar sobre él como persona libre y responsable”. Este objetivo es hoy más válido que nunca, pero dada la naturaleza de este mundo contemporáneo, se mantiene más cerca de la utopía que de la realidad.

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