La palabra escrita

Un momento crucial en la historia de la vida civilizada fue el desarrollo de la escritura. La historia de la humanidad tiene un antes y un después del registro escrito de la información y denominamos Prehistoria al larguísimo periodo de tiempo desde que aparece el homo sapiens hasta alrededor del cuarto mileno aC. cuando en Mesopotamia y Egipto, ya fuera en tablillas de barro y con escritura cuneiforme, o en los muros de las tumbas de los faraones y en jeroglíficos, textos que han llegado hasta nuestros días. Lentamente de los pictogramas sencillos y los ideogramas se desarrollaron símbolos fonéticos, alfabetos, tal y como los conocemos hoy en día.

¿Por qué surgió la necesidad de registrar, preservar y trasmitir información?

Para el hombre primitivo, la sobrevivencia en un medio hostil en el que recolectaba tubérculos, granos y frutas o seguía a los animales de los que se alimentaba implicó la necesidad de trasmitir oralmente y de generación en generación los conocimientos prácticos sobre qué y cómo cazar, cómo curtir y aprovechar las pieles, en dónde recolectar y conservar los alimentos. De esta manera se difundió cómo hacer instrumentos de piedra, cómo rendir culto a las fuerzas de la naturaleza, cómo sanar y cómo inhumar.

Durante decenas de milenios el progreso del conocimiento se vio limitado por las precarias condiciones de vida y los mínimos requerimientos de bienes materiales que se podían transportar con la trashumancia. Además, la trasmisión de conocimientos tenía que ser desde las nociones más básicas hasta el acervo que identificaba al grupo humano como tal, repetición que se hacía de padres a hijos en una tradición oral y que se tenía que memorizar.

Alrededor del décimo milenio antes de Cristo, al domesticarse plantas y animales se inició la vida sedentaria. Hubo una diversificación de las labores económicas y una estratificación de la sociedad. El conocimiento se incrementó con la necesidad de trasmitir oficios y maneras de hacer, ritos y mitos, observación de los astros y predicción de las temporadas de siembra y cosecha.

Este cúmulo de información condujo a la necesidad de registrar y conservar datos, primeramente sobre qué productos se resguardaban en los templos que cumplían la función de graneros y qué productos se tenían que entregar como tributos a reyes, sacerdotes y conquistadores. Los primeros indicios de una escritura tienen que ver con cifras que permitían tener un control económico.

Después, empezaron a registrarse acontecimientos trascendentes, guerras y triunfos militares, plegarias a los dioses y homenajes a los muertos y, en el segundo milenio con Hammurabi en Mesopotamia, el primer código escrito que reglamentó la vida en sociedad.

Muchos museos albergan tablillas de barro con inscripciones cuneiformes, fragmentos de murales y estelas grabadas con jeroglíficos, papiros con largos textos que son testimonios de tiempos pasados y civilizaciones ya desaparecidas.

Sin embargo y desgraciadamente muchos de textos han sido destruidos no sólo por las fuerzas de la naturaleza o el deterioro del material orgánico en el que fueron hechos, sino en manos del hombre mismo. Basta recordar la quema de la famosa biblioteca de Alejandría en el siglo V dC. en manos de los seguidores de San Cirilo. Esta biblioteca y su museo eran los centros de investigación más importantes del mundo antiguo y albergaban todo el conocimiento humano escrito y acumulado hasta esa época. En México la destrucción de los códices por el Obispo Landa en Yucatán acabó irremediablemente con una importante fuente de información sobre la cultura maya.

Y si en sus inicios la escritura tuvo fines pragmáticos para registrar cosechas, tributos y actos reales y religiosos, su uso estimuló la creatividad y fantasía del hombre, pues la producción literaria también caracterizó a las civilizaciones antiguas, que escribieron cantos, poesía y relatos épicos a través de los cuales desarrollaron su sensibilidad e imaginación.

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