Pastel de elote y amaranto

El amaranto es un alimento rico en proteina, aminoácidos esenciales, fibras y sales minerales. Se compara su valor nutricional con el de la leche. Además, no contiene gluten y es muy digestivo.

Ha sido uno de los alimentos seleccionados por la NASA para los viajes al espacio por su alto valor nutrimental.

Uno de los pilares de la dieta mesoamericana después del maíz, el frijol, la calabaza y el chile el cultivo del amaranto fue prohibido por los conquistadores españoles pues lo consideraron elemento del culto pagano que debía ser proscrito en el Nuevo Mundo, pues lo utilizaban los aztecas en sus ritos al hacer imágenes de sus dioses con la semilla mezclada con miel o con sangre, que posteriormente consumían.

Una tradición popular establece que el nombre de la capital venezolana proviene de la denominación que le dieron los indios caribe “caraca”.

En México es muy popular su consumo en los dulces llamados alegrías y en los últimos años se le ha incorporado entre los cereales y barras nutritivas. Sin embargo, a pesar de su alto valor nutritivo no se le ha aprovechado más.

Para hacer el pastel:

Precalentar el horno a 180 grados centígrados.Enmantequillar y enharinar un molde de rosca o de panqué.

Ingredientes

440 gramos de granos de elote amarillo cocido (puede ser congelado)

1 lata de leche condensada

3 huevos

1 cucharadita de Royal

130 gramos de mantequilla suavizada a temperatura de ambiente

50 gramos de azúcar

80 gramos de harina de maíz (corn meal)

30 gramos de harina de trigo

1/4 taza de granos de elote

Almendras fileteadas al gusto

Amaranto al gusto

Nuez picada al gusto

Procedimiento

Licuar o mezclar en el food processor  los 440 gramos de elote con la leche condensada, los huevos, el Royal y las harinas. Agregar a velocidad baja la mantequilla fundida. A mano agregar  el cuarto de taza de granos de elote, incorporando con una cuchara.

Verter al molde y  espolvorear encima las almendras, nuez y amaranto. Hornear 45 minutos o hasta que un palillo salga ligeramente húmedo. Dejar enfriar y desenmoldar. Voltear sobre un platón para que los frutos secos y el amaranto queden arriba.

Para servir se puede hacer un “dibujo” sobre el pastel con cajeta o poner  servir cada rebanada sobre un espejo de cajeta disuelta con un poco de leche.

Reflexiones en torno al centenario de la Revolución Mexicana

Centenario

Carlos Fuentes

Reforma , México D.F., 22 de noviembre de 2010 Pág. 23A.

México conmemora hoy los cien años de una revolución iniciada en 1910 y por eso anterior a las revoluciones siguientes en Europa, Asia, África y la propia América Latina.

La Revolución Mexicana arranca el 20 de noviembre de 1910, contra una dictadura personal, la de Porfirio Díaz, de treinta años de duración y revive, por un momento, a todas las fuerzas críticas, descontentas, anhelantes del país ignorado por la dictadura, encabezadas por el llamado Apóstol de la Revolución, Francisco Madero.

La Revolución pone en movimiento a un país aislado. A unirlo, a reconocerlo, vienen:

Del Sur Emiliano Zapata, el jefe campesino, reclamando «Tierra y Libertad».

Del Norte, Pancho Villa, «el centauro», liberando pueblo tras pueblo del latifundio y el agio.

De Sonora Álvaro Obregón, un general que trae en la mochila las esperanzas aplazadas de una clase media naciente.

De Coahuila el patriarca Venustiano Carranza, con el propósito de poner las leyes por encima de las armas, como lo logra la Constitución de febrero de 1917.

Todos unidos contra el anciano dictador Porfirio Díaz, primero, en seguida contra el usurpador, Victoriano Huerta, asesino de Madero, en 1913.

Unidos todos contra la dictadura, vencida la dictadura, todos se separan por lo que el joven tribuno de la Revolución Francesa, St. Just, llamó «la fuerza de las cosas», «La force des choses» que nos lleva, añadió St. Just -un adolescente con aureola fúnebre, según Michelet- que nos lleva, acaso, a resultados que no habíamos imaginado.

Obregón y Carranza contra Villa, Carranza contra Zapata; Obregón contra Carranza. La fuerza de las cosas separa, enfrenta, da poder y lo arrebata, derrama sangre y trastorna sociedades. Asciende toda una nueva clase, como se decía antes, «emanada de la Revolución».

Se otorgan leyes para los trabajadores, reforma agraria para los campesinos, oportunidades nuevas para la clase media.

La Revolución educa: José Vasconcelos, ministro del Presidente Obregón, encuentra un país con ochenta por ciento de iletrados. Manda maestros al campo. Muchos profesores son asesinados por los terratenientes o regresan sin nariz, sin orejas, atrozmente mutilados.

Al mismo tiempo, Vasconcelos entrega los muros públicos a los artistas; edita libros y publica a los clásicos.

-¿Homero para un país de analfabetas? -se le critica-.

-Sí. -Contesta Vasconcelos- para el día en que aprendan a leer y escribir.

La Revolución reparte la tierra: se acaba el latifundio, renace el ejido comunal, se apoya la pequeña propiedad: sólo Lázaro Cárdenas, entre 1936 y 1940 reparte 18 millones de hectáreas entre los campesinos.

La Revolución industrializa a México. La nacionalización del petróleo por Cárdenas en 1938 impulsa el crecimiento industrial.

La Revolución pacífica a México. Entre 1936 y 1950, los últimos caciques desaparecen, secuestrados por la nueva urdimbre institucional.

La Revolución da lugar a una clase media postergada por la dictadura de Díaz y alentada, ahora, por la educación, la reforma de la tierra, las nuevas industrias.

La Revolución abre las puertas a una nueva burguesía industrial, financiera y política que asume el mando de un país de oportunidades abiertas pero de votos cerrados.

El partido de la Revolución, el Partido Revolucionario Institucional, ejerce el poder continuamente durante setenta años.

Es tolerado porque es una institución nacida de la Revolución y las revoluciones se legitiman a sí mismas. Es desafiado por otros partidos, otros movimientos -religiosos, de derecha, el Partido Acción Nacional; de izquierda, el Partido Comunista. Nadie tiene la legitimación, el origen temprano, la obra renovadora de la Revolución en el poder: la Revolución sin democracia.

Una revolución crítica y criticada, sin duda.

Desde el centro mismo de la lucha, en 1915, Mariano Azuela publica la novela Los de Abajo, un desencantado lamento por la Revolución que, como una piedra arrojada al vacío, ya nada la detiene.

Martín Luis Guzmán escribe, apenas bajado del caballo, Las memorias de Pancho Villa y montado en el corcel del exilio, La sombra del caudillo, prosa límpida para los hechos más oscuros de la política.

Pero es la política misma de la Revolución la que le entrega las paredes públicas a quienes critican a los gobiernos que encargan las obras: Diego Rivera pinta un estado de colisión y engaño, Orozco a la justicia como prostituta carcajeante.

Hay, sin embargo, líderes encarcelados, sindicatos amordazados, prensa manipulada, favores dados, gratitudes demostradas. Pero la Revolución, por ser revolución, mantiene su legitimidad, sus logros, su perfil de independencia internacional frente al vecino norteamericano, refugio de republicanos españoles y luego de exilados sudamericanos, y aun de víctimas del macartismo.

Y un día la legitimidad revolucionaria se perdió.

Ese día, el 2 de octubre de 1968, el gobierno atacó una manifestación pacífica de estudiantes, mató a jóvenes mexicanos que estaban en Tlatelolco porque se habían educado en las escuelas de la Revolución y allí aprendieron los valores de la tierra y el trabajo, del esfuerzo social y de la primacía de la ley, los valores de la democracia que ahora, al manifestarlos, recibían la respuesta de la muerte.

Hago hincapié en los eventos de 1968 porque en ese momento los gobiernos de México perdieron su legitimidad revolucionaria, intentaron recuperarla de modos diversos, no lo lograron y en 1999, agotada la épica de la Revolución, se inició la saga de la democracia. En gran medida por su fuerza acumulada, en parte por la inteligencia del último presidente priísta, Ernesto Zedillo, la oposición de derecha llegó al poder. La oposición de izquierda se reorganizó. El partido en el poder perdió el poder pero todos obtuvieron representación en el Congreso, en la prensa, en las gubernaturas de los estados, en la opinión y en la manifestación. Pero hubo una trágica coincidencia: la democracia plena se estableció en México al mismo tiempo que el crimen organizado se extendió por una parte del país.

El narcotráfico, condenable en sí, duplica su peligrosidad porque opera en un país, México, cuya juventud, la mitad de nuestros habitantes, no rebasa los treinta años de edad. Son seducibles. El camino fácil tienta más que el difícil. La pobreza aumenta a las organizaciones criminales.

Por eso hoy, recordando la Revolución del pasado, es importante que respondamos con la revolución del presente.

No una revolución armada, como la de 1910-1921, sino una revolución política, ciudadana, exigente en el cumplimiento de la aplazada Agenda Nacional y que implica abandonar la comodidad de nuestros rubros de ingresos en crisis -turismo, petróleo, trabajo migratorio- por la exigencia de crear trabajo en México y de crearlo renovando infraestructuras envejecidas, puentes y carreteras, puertas y hospitales y escuelas, guarderías y comunicaciones, y renovación urbana.

Respuesta creativa, salto adelantado, suma de esfuerzos, rescate y horizonte para la juventud trabajadora.

¿Hay manera más cierta, más creativa, más responsable, de conmemorar nuestro pasado como garantía de nuestro porvenir?

Cien años.

Jaime Sánchez Susarrey.

El Norte, Monterrey, N.L., 20 de noviembre de 2010. Pág. 10A.

1. El porfiriato no fue el páramo de la dictadura. Porfirio Díaz practicó una especie de bonapartismo. Se situó por encima de conservadores y liberales. Fue su estrategia para conjurar el riesgo de guerra civil. Los 30 años de estabilidad conllevaron progreso económico y social. ¿Habría sido posible otra vía? ¿Era viable la victoria definitiva de los liberales sobre los conservadores y el desarrollo de un mercado nacional, tal como proponía Juárez en los tratados McLane-Ocampo? Tal vez. Pero no fue el caso. El hecho es que el Estado nacional se consolidó durante y bajo el porfiriato.

2. Francisco I. Madero derrocó al antiguo régimen a medias. Porfirio Díaz se fue por su propio pie sin ofrecer mayor resistencia. Aplicó al revés la máxima imaginaria de Fidel Velázquez: a balazos llegamos y sólo a balazos nos iremos. No hubo, en consecuencia, grandes batallas ni derramamiento de sangre. La caída de Madero inició con la rebelión zapatista apenas dos semanas después de su toma de posesión. Victoriano Huerta completó la tarea 13 meses más tarde. La consigna del sufragio efectivo quedó, a partir de 1913, archivada por más de siete décadas.

3. El Constituyente de 1917 no dio un paso adelante. La Constitución de 1857 es más sobria, breve y liberal. La de 1917 es barroca y confusa. El artículo 27 constitucional -considerado la joya de la corona- es premoderno. Erige una entelequia, «la nación», en el propietario original de las tierras y las aguas por encima del individuo y sus derechos. Molina Enríquez tomó esa idea del derecho colonial que reconocía al rey como el propietario original de tierras y aguas de la Nueva España. Fue un retroceso. Detrás de esa entelequia está la realidad real que no virtual, es decir, la clase política y la burocracia rigiendo vidas y haciendas.

4. No hay continuidad entre la Independencia (1821), las Leyes de Reforma y la Revolución de 1910. La Independencia la consumaron los criollos y proclamaron la religión católica como la única y universal sin tolerancia de otras. Las Leyes de Reforma establecieron la separación definitiva Estado-Iglesia a contracorriente de ese «nuevo orden» y garantizaron la libertad de cultos. La Constitución del 17 es una amalgama de principios liberales, tesis premodernas -colectivistas- y un recetario de promesas, que van desde el derecho a la vivienda hasta el derecho a la felicidad absoluta.

5. Jamás hubo un movimiento revolucionario único. Madero, Zapata, Villa y Carranza no son expresiones diversas de un pueblo en movimiento. Por eso sus tensiones y contradicciones se resolvieron por las armas. Tampoco existe una continuidad entre Calles y Cárdenas. El primero tenía una visión individualista, próxima al liberalismo. El segundo organizó y fundó el presidencialismo y el corporativismo. La cohesión del priato a lo largo de siete décadas fue consecuencia del pragmatismo. El PRI no era un partido en el poder, sino el partido del poder. Así nació «la familia revolucionaria».

6. Frente al discurso del poder no hubo una alternativa liberal. El mejor ejemplo lo constituye José Vasconcelos. Su admiración por Franco y Hitler, así como su integrismo católico, odio por los liberales y todo lo que oliera a Estados Unidos están más que documentados. Ese temple conservador está, con diversos matices, en Acción Nacional.

7. Tal vez por eso el PAN ha sido incapaz de crear una crónica alternativa de la historia nacional. ¿Qué es lo que reivindicaría? ¿El imperio de Iturbide y la proclamación de la fe católica como la única universal y verdadera? ¿El antijuarismo que se opuso a la desamortización de los bienes de la Iglesia, al registro civil de matrimonios y defunciones y a la libertad de cultos? ¿La simpatía por el franquismo para contener el avance de los republicanos ateos y los rojos comecuras?

8. La izquierda está atrapada en su laberinto de nostalgia y negación. López Obrador encarna perfectamente esa añoranza. Las fechas de referencia no son los años 30, sino los 70. El estatismo populista de Echeverría y López Portillo. Se trata, en sentido estricto, de un programa conservador y reaccionario. Del otro lado están las corrientes «socialistas» que no se encuentran a sí mismas o que son incapaces de liberarse del yugo pejista.

9. Los priistas, por su cuenta, padecen una esquizofrenia severa. Su mejor aporte a la entrada de México al siglo 21 fueron las reformas de Miguel de la Madrid, Salinas de Gortari y Ernesto Zedillo. Transitamos, así, de un sistema autoritario, proteccionista y estatista a un régimen plural y de libre competencia. No hubo sangre ni rompimiento. ¿Falta mucho por hacer? Sin duda. Pero es imposible negar los avances. ¿Cómo explicar, entonces, que los mismos priistas descalifiquen a De la Madrid, Salinas y Zedillo como demonios neoliberales y se hayan convertido en el principal obstáculo para completar la agenda de reformas pendientes?

10. La tragicomedia mexicana está en que ni la derecha (de tinte católico autoritario) ni la izquierda (marxista-revolucionaria o amlista nostálgica) ni el priismo (nacionalista revolucionario) tienen un temple liberal. Los mejores y más lamentables ejemplos están a la vista. La contrarreforma electoral de 2007 es uno. La mimetización de panistas y perredistas con prácticas, usos y costumbres priistas es otro.

Cien años. La familia revolucionaria ha muerto. Ahora estamos ante una sociedad anónima que rigen los tres principales accionistas. El poder del prianprd se expande lo mismo a Pemex que al IFE. Pese a las diferencias y contradicciones, son todos para uno y uno para todos.

Cien años.

Carmen Aristegui F.

El Norte, Monterrey, N.L., 19 de noviembre de 2010. Pág. 9A.

Mañana México conmemora el Centenario del inicio de la Revolución. Una fecha que remueve y que llega a las fibras más sensibles de la idiosincrasia nacional. Se identifica al 20 de noviembre como la fecha en que inició el fin de un régimen dictatorial. En el Plan de San Luis, proclamado desde San Antonio, Texas, Francisco I. Madero llamaba a sus conciudadanos a tomar las armas, arrojar del poder a los usurpadores, recobrar los derechos de hombres libres y recordar a los antepasados que legaron una herencia de gloria que no se podía mancillar: «Sed como ellos fueron: invencibles en la guerra, magnánimos en la victoria. Sufragio efectivo, no reelección».

Cien años después, la justicia social y la democracia, los ejes fundamentales de los impulsos revolucionarios, siguen siendo, sin duda, asignaturas pendientes en la realidad nacional. Las varias interpretaciones sobre el verdadero alcance de la Revolución, sobre sus causas y sus consecuencias, circulan, como es natural, profusamente en estos días. Hay quien dice que ni siquiera existió. Hay quien plantea la necesaria revisión de la figura de don Porfirio, y quien pide que se permita que sus restos sean enviados a territorio nacional para que descansen «en el México que tanto amó». Tal y como lo afirma Lorenzo Meyer -quien recibió esta semana, merecidamente, la Orden Isabel la Católica que otorga el gobierno de España y se le reconocerá mañana con el Premio Daniel Cosío Villegas 2010, por su trayectoria en investigación histórica sobre el México Contemporáneo-: «Cada quien debe elegir entre la indiferencia frente al tema o adoptar la visión que más le cuadre, la que mejor le ayude a entender las circunstancias del País y las suyas propias».

Cierto es, como dice Lorenzo, que no hay -ni puede haber- una interpretación única de la Revolución Mexicana y, en general, de los hechos históricos, pero en este tema hay coincidencias básicas en las interpretaciones que permiten reconocer en la Revolución, en sus momentos, en sus caudillos y en su enorme iconografía, elementos clave de la construcción de una identidad nacional y de un elemental sentido de pertenencia entre los que habitamos esta nación.

Algunos preferirían que no fuera así. Se asocia una historia oficial sobre la Revolución, contada por décadas de cierta manera, a la permanencia de siete décadas del partido que lleva en su nombre la muy singular contradicción: Revolucionario Institucional. Tal vez por eso desde algunos ámbitos del Gobierno federal -hoy panista- se ha pretendido descafeinar a los festejos de la Revolución. Tampoco está el horno para bollos, dirán.

La implacable fuerza de los ceros no es un asunto cualquiera: 1810, 1910, 2010. Para apreciar el adelgazamiento oficial en la iconografía revolucionaria, baste recordar la chunga en la que derivó lo del Coloso del Bicentenario u observar el espectáculo montado por el Gobierno federal en el Zócalo capitalino llamado «Yo, México». En un prodigio de tecnología y de iluminación se va contando, de forma dispareja, algunos capítulos de nuestra historia nacional. A menos que quien esto escribe se haya distraído, no se ve ahí, por ningún lado, a la Revolución. Ni un Villa ni un Zapata en los muros iluminados. Mañana, como sea, conmemoraremos el inicio de una costosa e importante revolución que, sabemos, quedó inconclusa o sus causas insatisfechas.

Lo que se recuerda tiene que ver con la vertiente revolucionaria que reivindicaba el respeto al voto y a la democracia. Madero, candidato presidencial del Partido Nacional Antirreeleccionista, convocaba al levantamiento armado para derrocar al Gobierno de Porfirio Díaz y establecer en México elecciones libres y democráticas. Incorporaba también en el Plan de San Luis reivindicaciones campesinas para la restitución de tierras quitadas por los hacendados. La proclama que ahora recordamos significó el punto de partida para el surgimiento de irrupciones armadas, que derivaron en la renuncia del dictador y después en cruentas batallas conducidas por Zapata, Villa, Carranza y otros héroes revolucionarios que postulaban diferentes reivindicaciones. La Revolución costó la vida a cientos de miles de personas -un millón de muertos, reza la historia oficial-.

A la memoria de todos ellos y para reconocer a los héroes anónimos, a los caudillos y a los procesos que desataron y que, para bien y para mal, definieron los ejes del México contemporáneo, es que el Centenario de la Revolución debe ser, en serio y con amplitud, conmemorado.

La Bola

Sergio Sarmiento.

El Norte, Monterrey, N.L., 19 de noviembre de 2010. Pág. 8A.

«Igual que se abandonó el monumento, se abandonó la revolución».

Marcelo Ebrard

Durante buena parte del siglo 19, mientras crecía fuertemente la población de Estados Unidos, la de México se mantuvo estable en alrededor de 8 millones. Esto fue en buena medida consecuencia de una declinación del ingreso real per cápita de 11 por ciento entre 1820 y 1870.

El Gobierno de Porfirio Díaz que empezó en 1877 significó el primer periodo de expansión económica del México independiente. Díaz logró evitar los golpes de Estado y el bandolerismo que habían marcado la vida del País. Promovió, además, la inversión nacional y extranjera. El resultado fue una expansión económica muy importante que contrastaba con la declinación del medio siglo anterior.

La prosperidad se reflejó en el primer crecimiento demográfico de México desde la conquista. Al comenzar el Gobierno de Díaz la población del País se calculaba en 9 millones. Para 1910, según el censo de ese año, se había alcanzado una cifra de 15.2 millones. Con esto el País apenas regresaba al nivel de población que se había tenido antes de la conquista: entre 16 y 20 millones de habitantes.

Quizá el mejor indicador del gran retroceso que vivió México durante la Revolución de 1910-1920 es la contracción demográfica. El censo de 1921 registró una población de 14.3 millones de personas, 900 mil menos que en 1910, a pesar de que lógicamente hubo muchos nacimientos en esos 11 años. De esto ha surgido el dogma tantas veces repetido que la Revolución dejó un millón de muertos.

No fueron los combates los que provocaron este descenso poblacional. A pesar de su importancia política, las batallas de la Revolución fueron relativamente pequeñas. Las bajas se elevaban apenas a algunos centenares, incluso en las batallas más importantes, como las de Celaya de 1915.

La caída de la población fue una consecuencia indirecta de la guerra. Muchos murieron de hambre o enfermedades, como la influenza, que se vieron acentuadas por las condiciones económicas y sociales generadas por la Revolución. Muchos también huyeron del País y se establecieron en Estados Unidos.

Los políticos han descrito la Revolución como una gesta gloriosa que construyó una democracia y un país más próspero y más justo. Las historias que la gente del pueblo ha contado a lo largo de casi un siglo, sin embargo, han sido muy distintas. Nos han hablado más bien de una «bola» que atacaba rancherías para robar, matar y violar. La caída en la población sugiere que esta visión popular es más correcta que la de los políticos.

Hay guerras que pueden ser dolorosas, pero que al final dejan transformaciones positivas. No fue éste el caso de la Revolución Mexicana. La democracia que según algunos se logró tras la renuncia de Díaz, en mayo de 1911, concluyó en febrero de 1913 con el derrocamiento y asesinato de Francisco Madero. Tendríamos que esperar muchas décadas más, por lo menos hasta 1997, para que el país empezara a vivir en democracia.

En cuanto a la prosperidad, la Revolución destruyó antes que edificar. Hasta la fecha, el 47 por ciento de los mexicanos vive en pobreza y el 18 por ciento en la miseria. Sin duda ha habido avances desde 1910, pero éstos han sido mucho menores de los de otros países del mundo que no tuvieron una revolución.

Al recordar los 100 años del inicio de la Revolución, deberíamos reconocer que esa contienda trajo destrucción sin cumplir ninguno de sus objetivos fundamentales. No parece que haya mucho que festejar este 20 de noviembre. Más bien deberíamos aprender las lecciones generadas por el gran fracaso de la Revolución Mexicana.

Cien años no son (casi) nada

Lorenzo Meyer

ElNorte.com 18 de noviembre 2010

Dos problemas.

En dos días se cumplirán 100 años del inicio oficial de la Revolución Mexicana –en el Plan de San Luis, Francisco I. Madero señaló: «El día 20 del mes de Noviembre, de las seis de la tarde en adelante, todos los ciudadanos de la República tomarán las armas para arrojar del poder a las autoridades que actualmente la gobiernan». Por la fuerza los mexicanos deberían recuperar la condición de ciudadanos, condición anulada de tiempo atrás por el gobierno de Porfirio Díaz. Sin embargo, el inicio de esa revolución se adelantó dos días, pues justamente hoy, hace un siglo, tuvo lugar el ataque de la policía y el Ejército a la casa del maderista Aquiles Serdán y de su familia, en Puebla.

Antes de intentar una interpretación del movimiento hoy centenario, conviene dejar en claro dos cosas. Primero, nunca es posible recrear de manera cabal el pasado; todo estudio histórico es sólo una mera aproximación a lo que realmente ocurrió. Segundo, al pasado siempre lo vemos y juzgamos desde las preocupaciones del presente. Y como ese presente está en constante cambio, es imposible una interpretación única y definitiva. Toda revolución es un proceso de destrucción y construcción que afecta y beneficia a intereses que siempre tienen su contraparte en la actualidad. Así pues, siempre habrá descontentos con lo que se hizo, por qué se hizo, cómo se hizo y con sus consecuencias. Es por ello que en ninguna época puede haber una interpretación única de la Revolución Mexicana o de cualquier otra, sino varias que compiten entre sí. Cada quien debe elegir entre la indiferencia frente al tema o adoptar la visión que más le cuadre, la que mejor le ayude a entender las circunstancias del país y las suyas propias.

Muerte.

En 1966 el historiador norteamericano Stanley R. Ross editó un libro entonces polémico y titulado «Is the Mexican Revolution dead?» (Knopf) que luego se tradujo como «¿Ha muerto la Revolución Mexicana?» (SepSetentas, 1970). Ahí se recogían las evaluaciones sobre la Revolución hechas por mexicanos, de Luis Cabrera a Adolfo López Mateos y por un puñado de extranjeros. Preguntarse en los 1960 si aún tenía vigencia el movimiento iniciado en 1910 era un indicador de que si el objeto de estudio no estaba muerto, ya lo parecía. 

Ross mostró que desde los 1940, Daniel Cosío Villegas o Jesús Silva Herzog habían dado por terminado el ciclo revolucionario, pero que otros, con un interés creado en mantenerlo vivo, insistían que esa revolución aún tenía y podía dar mucho. Ejemplos de esto último eran los discursos de las campañas presidenciales de los candidatos del PRI o las posiciones de quienes sostenían que, en tanto se mantuvieran vigentes los «ideales de la Revolución» (aunque no se cumplieran) ésta seguiría viva, lo que equivalía a declarar eterno el movimiento de 1910.

A la distancia.

Varias fueron las causas que desembocaron en el violento estallido social de hace un siglo, pero hoy vale la pena sacar algunas conclusiones de sus orígenes políticos.

Las condiciones de pobreza, explotación e injusticia en que vivían los mexicanos en 1910 no eran nuevas al punto que no se les puede considerar variables, sino constantes en la explicación de lo ocurrido entonces. La situación mexicana no era única, se daba con variantes en toda Iberoamérica, pero sólo en México desembocó en una revolución.

Lo peculiar de México a inicios del siglo 20 no eran ni sus condiciones sociales ni el proceso de modernización que estaba modificando el entorno económico, social y cultural –ferrocarriles, telégrafos, fábricas, minas, bancos, plantaciones, petróleo–, sino la aparente fortaleza del régimen porfirista y del Estado liberal surgido tras la restauración de la república.

El orden político mexicano de entonces tenía como centro una alianza oligárquica donde todos los «hombres fuertes» eran leales a un Presidente que desde 1884 se reelegía por sistema. Esa oligarquía era muy pequeña, formada por nacionales como Olegario Molina, Luis Terrazas, Enrique Creel, José I. Limantour, Pablo Escandón, Ignacio de la Torre, los García Pimentel, los Martínez del Río o los Madero y por extranjeros como Iñigo Noriega, Weetman Pearson, William Green o Edward Doheny. Además del círculo del gran dinero, Díaz creo otro, el de los «científicos», encabezados por Limantour, que servían como la base intelectual y tecnocrática del régimen; ahí estaban Francisco Bulnes, Miguel y Pablo Macedo, Justo Sierra, Emilio Rabasa y otra docena de cerebros.

Esta élite del poder, en la que hay que incluir también a algunos gobernadores como Teodoro Dehesa, a obispos como Eulogio Gillow o al general Bernardo Reyes, estaba unida por la figura de «el necesario» de Porfirio Díaz. Sin embargo, ese régimen tenía al menos dos problemas: lo estrecho y cerrado de una élite que impedía la movilidad social demandada por la modernización económica y, en segundo lugar, la ausencia de un mecanismo de sucesión para cuando la decadencia física del «necesario» obligara a sustituirlo.

La chispa y el pastizal seco.

La verdadera lucha por suceder a Díaz se inició dentro del círculo porfirista y formalmente tuvo un carácter electoral. Fue el poderoso general Reyes –enemigo de los «científicos»– quien la inauguró al crear por todo el país los «clubes reyistas» para ejercer presión sobre su jefe nato, Díaz, a fin de que éste hiciera efectivo en su favor lo que ya había declarado a una publicación extranjera: que México ya estaba listo para la democracia.

Cuando Díaz se negó a dejar la Presidencia y abrir el juego sucesorio en la cúpula –y sólo en la cúpula–, Reyes abandonó su proyecto, pero muchos reyistas de clase media se negaron a desmovilizarse y volvieron sus ojos a otro miembro de la oligarquía terrateniente, más joven y más descontento con la falta de oportunidades políticas: a Francisco I. Madero. Ante la nula voluntad de Díaz de empezar el camino de una sucesión más o menos ordenada y al insistir en tener como vicepresidente a un «científico» sin brillo (Ramón Corral), quedó claro que si Díaz moría, los «científicos» tomarían el control y el círculo del poder permanecería igual.

Las consecuencias de la cerrazón y la corrupción.

La pobreza absoluta de la mayoría, la creciente desigualdad social, la injusticia institucionalizada de un crecimiento económico que beneficiaba desproporcionadamente a los muy pocos fue el entorno a donde saltaron las chispas de la disputa por el poder en la cúspide. Ese entorno hizo que la aparente ingenuidad del llamado de Madero a la rebelión para defender el sufragio pronto se expandiera en la seca geografía social mexicana y el incendio obligara a Díaz a presentar su renuncia a la Presidencia con la esperanza de que Madero y los suyos controlaran el fuego que habían iniciado para obligar a la élite del poder a desechar, por estrecho, el traje político que le había confeccionado a la nación en los 1880. Sin embargo, justo como le había ocurrido a Hidalgo un siglo atrás, la rebelión de las «clases peligrosas» –Villa, Orozco, Zapata y miles más– no siguió el guión restringido planeado por Madero y el «llano en llamas» sólo se apagó cuando el fuego se quedó sin combustible.

Lecciones Las lecciones que deja 1910 para la actualidad son al menos dos. Una debería entenderla la cerrada derecha mexicana y está bien expresada por el príncipe de Salina en el «Gatopardo» de Giuseppe Tomasi de Lampedusa: hay que saber cambiar a tiempo para que todo siga más o menos igual. La Revolución no era inevitable, pero la hizo inevitable la cerrazón de Díaz y de la oligarquía y, cuando finalmente se vieron obligados a ceder, ya era tarde y todo el país pagó su mezquindad y falta de visión.

La segunda lección es hoy para todos. La Revolución Mexicana costó, directa e indirectamente, centenares de miles de vidas, pero el proyecto que finalmente elaboró para construir el futuro –la Constitución de 1917– no fue utópico, sino realista: combinaba una razonable dosis de justicia social con democracia política y sentido del nacionalismo. Sin embargo, la dirigencia revolucionaria no estuvo a la altura del proyecto y se dejó envolver por la corrupción.

A 100 años de distancia, México ya no se ve muy diferente de los otros países de la región que no tuvieron revolución. Si Díaz y su grupo hubieran sido inteligentes y un poco generosos, ellos y México se hubieran ahorrado muchos problemas. Si los líderes revolucionarios hubieran sido congruentes con su proyecto, el país sería otro, mucho mejor, y el sacrificio de la guerra civil se hubieran justificado. No ocurrió ni lo uno ni lo otro y la Revolución murió, pero sus problemas sobreviven.

Si no hubiera muerto.

Enrique Krauze.

El Norte, Monterrey, N.L., 14 de noviembre de 2010. Pág. 8 A.

Para Nina y Lorenzo Zambrano

El Centenario de la Revolución es un buen momento para plantear la más herética de las preguntas: ¿qué habría pasado si Madero, en vez de optar por las armas, hubiese persistido en la vía pacífica? Era posible. Tras recorrer todo el País en las primeras -y últimas- giras políticas genuinamente democráticas del siglo 20, el valeroso e idealista empresario coahuilense que en 1910 cumplía 37 años de edad gozaba de una simpatía general. Había construido las mejores «redes sociales» de aquel tiempo (y aun de éste), había fundado multitud de clubes democráticos, había levantado el ánimo cívico de México. El grito del momento era «¡Viva Madero!».

Al sobrevenir el fraude electoral Díaz lo mandó arrestar en San Luis Potosí, lugar donde proclamó el Plan que contenía la fecha exacta en que estallaría la Revolución. Pero supongamos que justo en ese trance, Madero decide consolidar su movimiento democrático, y funda una institución política permanente. ¿Cuál futuro le habría aguardado, a él y al País?

Díaz difícilmente lo habría fusilado. Llevaba años de acosar y encarcelar a los opositores, pero los tiempos de «Mátalos en caliente» (la feroz represión a los lerdistas en Veracruz, en 1879) habían quedado muy atrás. A los anarquistas, por ejemplo, los había condenado al ostracismo, no al paredón. En su ocaso, en el año del Centenario, «Don Porfirio» quería la gloria y la respetabilidad y por eso genuinamente temía «desatar al tigre de la violencia» que tan bien conocía desde sus años de rebelde. Con toda probabilidad, Madero habría recobrado la libertad.

Ese desenlace ¿habría sido mejor para México? La mitología histórica tiene la respuesta automática, pero a la luz del sufrimiento que provocó la Revolución cabe repensarla al menos un poco. Nadie sugiere que el orden porfiriano debía prevalecer. El liberalismo campeaba en los órdenes en que necesitaba modificarse (el social, el económico) y faltaba en el único que reclamaba su restablecimiento inmediato (el político, el democrático, el constitucional). Esta situación era injusta, anacrónica, inadmisible, insoportable, pero ¿era preciso estallar una Revolución para transformarla?

El envejecimiento de Porfirio, el ascenso mundial de las ideologías socialistas, la pujanza incluso del catolicismo social nacido de la Encíclica Rerum Novarum de León XIII confluirían tarde o temprano en la escena pública de México para forzar reformas en los campos y las fábricas. Conviene recordar que las reivindicaciones se habían iniciado ya en tiempos porfirianos, con la nacionalización de los ferrocarriles.

Admitamos, sin embargo, que en ese escenario el País habría cambiado con excesiva lentitud. Las reformas habrían parecido insuficientes (los hacendados y latifundistas, los dueños extranjeros de las grandes corporaciones petroleras y mineras, se sentían inexpugnables). Sólo un cambio radical, es cierto, podía modificar ese estado de cosas, desagraviar a los campesinos de Morelos, restituyéndoles la tierra. Y sólo un cambio radical podía llevar a cabo una Reforma Agraria.

Pero a la luz de las 750 mil vidas que se perdieron en el decenio 1910-1920 (quizá 250 mil de manera violenta, otras por hambre o enfermedad) la inocente pregunta se sostiene: ¿no hubiese sido preferible la reforma a la revolución? Nunca sabremos cuál habría sido la respuesta de la inmensa mayoría de los mexicanos que no tomó parte en la lucha. Los «revolucionarios» no les preguntaron su opinión a los «revolucionados». Vino la Revolución y a todos los «alevantó».

Aun aceptando que el estallido de 1910 tuviese más de un elemento inevitable, el desenlace de 1913 pudo ser muy distinto. Supongamos que las cosas hubiesen ocurrido tal y como sucedieron hasta febrero de 1913, con una sola modificación: Madero no muere en la Decena Trágica. Su salvación era posible.

Si tan sólo Bernardo Reyes no hubiera caído a las puertas de Palacio. Si Lauro del Villar, el fiel comandante de la plaza, no hubiese sido herido en ese mismo lance. Si Madero se hubiera refugiado con Felipe Ángeles o le hubiese encomendado el mando de las tropas. Si hubiera hecho caso a su hermano (y a su propia madre) y hubiera maliciado al menos un poco sobre las intenciones de Huerta. Si se hubiese separado de su vicepresidente Pino Suárez, ampliando las posibilidades de supervivencia del Poder Ejecutivo. O si simplemente hubiera ganado un par de semanas, lo suficiente para que Woodrow Wilson tomara posesión y presionara diplomáticamente a los golpistas por la inmediata liberación del Presidente. Ésos y otros escenarios eran posibles.

De no haber muerto Madero aquel aciago 22 de febrero de 1913, de haberse reincorporado a la Presidencia, ¿cuál habría sido la historia inmediata de México? No es imposible imaginar que Wilson, un idealista afín, habría consentido (con reticencias) algunas medidas de reivindicación nacional sobre los derechos y la propiedad originaria del subsuelo. En el aspecto agrario, Madero había encargado ya a economistas capaces (como Carlos Díaz Dufoo) proyectos de reforma que las nuevas generaciones de agrónomos educados en Estados Unidos (como Pastor Rouaix) podían haber instrumentado. Madero había favorecido ampliamente la libertad sindical, de modo que las reformas obreras (como el futuro Artículo 123) se habrían conquistado con toda probabilidad.

¿Y los caudillos populares? Pancho Villa sentía una devoción religiosa por Madero, que lo había convertido a su causa y lo había salvado de morir fusilado por Huerta durante la Rebelión Orozquista. Villa habría seguido siendo su incondicional. Zapata era mucho más reacio, quizá irreductible, porque su agravio era más antiguo, profundo y concreto. Pero Felipe Ángeles estaba logrando la pacificación de Morelos, entendía y justificaba la querella de los pueblos contra las haciendas, y habría logrado quizá tender un puente de negociación.

En la educación pública, donde los miembros del Ateneo de la Juventud -atraídos por Justo Sierra- ocupaban ya los puestos altos de la jerarquía académica, no es difícil imaginar a José Vasconcelos convertido en Ministro, como de hecho lo fue, en 1915. Todavía más: si México hubiera llegado en paz al estallido de la Primera Guerra Mundial, habría emulado a Argentina como proveedor de productos agrícolas y ganaderos. El 1915, a no dudarlo, habría traído consigo la epidemia del tifo y el 1918 la influenza española, pero el País, mejor pertrechado y sin guerra, se habría defendido mucho mejor de las plagas bíblicas restantes que azotaron terriblemente al País: el hambre y la peste.

La historia pudo ser distinta pero no lo fue. Madero murió asesinado, junto con la democracia mexicana, que tuvo que esperar 84 años (hasta 1997) para revivir. La Revolución ocurrió y trajo consigo cambios profundísimos, muchos de ellos positivos. Uno de ellos fue el renacimiento cultural, que cuesta trabajo imaginar dentro de las rígidas pautas del porfiriato o aun bajo los auspicios tímidos de Madero. La cultura mexicana en las primeras décadas del siglo 20 fue, en gran medida, producto de ese trágico y festivo «abrazo mortal» del mexicano con «otro mexicano», del que habló Octavio Paz.

Pero nuestra circunstancia actual (la violencia que ahora nos abruma y la democracia que practicamos de manera tan imperfecta) debería movernos a repensar el pasado: tal vez un futuro distinto aguardaba a México en 1910 o mucho más en 1913: un futuro de reformas sociales y económicas construidas en el marco de una democracia de lenta pero segura maduración. En lugar de eso tuvimos diez años de muerte (muerte redentora dirían muchos, pero muerte al fin) y 70 años de un sistema político «emanado de la Revolución» que nos condenó a la adolescencia cívica y nos privó de las instituciones y costumbres propias de un moderno Estado de derecho.

La Revolución nos dio identidad y cultura, y procuró seriamente la justicia social y la educación. Pero dejó tras de sí el gusto a «hombrearse con la muerte» y un régimen antidemocrático. Ése fue su legado dual, ambiguo, incierto. Por eso -como Juárez y Martí- Madero «no debió de morir, ¡ay! de morir».

Fue Cristiada choque utópico

Abraham Vázquez

El Norte, Monterrey, N.L., 26 de agosto de 2010. Sección Vida, Pág. 11.

<http://www.elnorte.com/libre/online07/edicionimpresa/default.shtm?seccion=primera&gt;

Las grandes utopías de la Revolución Mexicana no fueron ni el zapatismo ni el cardenismo ni el callismo, sino el jacobinismo anticlerical y el catolicismo teocrático que terminaron por chocar durante la Guerra Cristera, señaló el historiador británico Alan Knight.

Considerado una autoridad en temas de la historia nacional, Knight señaló que a diferencia de la Revolución Rusa de 1917, la Mexicana careció de un pensamiento utópico sólido que la hiciera aspirar a transformar radicalmente la realidad.

Los movimientos encabezados por Emiliano Zapata, Ricardo Flores Magón o Lázaro Cárdenas persiguieron sólo reformas en las leyes.

«El utopismo jugó un papel menor en la Revolución Mexicana, a diferencia de otras revoluciones como la Francesa, la Rusa y la China», dijo ayer durante su participación en el Congreso Internacional Utopía, Espacios Alternativos y Expresiones Culturales en América Latina, organizado por el Tec.

En cambio, las utopías que estuvieron presentes en la Revolución Mexicana fueron las que encabezaron los jacobinos, quienes buscaban un Estado donde se eliminaran las supersticiones y se impusiera la razón y, por otro lado, los cristeros, que buscaban construir una nación teocrática.

El historiador británico, profesor de historia en la Universidad de Oxford, señaló que ambas posturas eran proyectos de cambio radical hacia el futuro, como se pueden entender a las maxiutopías. Ambas terminaron por colisionar en la Guerra Cristera.

En los años 30 y 40, tras su derrota y negociar con los gobiernos revolucionarios de Manuel Ávila Camacho, una facción de la comunidad cristera, encabezada por Salvador Abascal, decidió establecer la colonia María Auxiliadora en Baja California, donde intentaron poner a funcionar su proyecto.

«Saludaban con un ‘Ave María Purísima’ y tenían que responder: ‘Sin pecado concebido'», contó Knight.

El proyecto duró apenas unos años, ya que los colonos, que eran 85 familias, terminaron por ceder ante la dureza del clima.

Usos de la historia heroica.

Enrique Krauze

Reforma.com 8 de agosto de 2010

http://www.reforma.com/editoriales/nacional/569/1137124/

El culto a los héroes es tan antiguo como la humanidad. Está en los griegos y romanos, en el Renacimiento y la Ilustración. En el siglo XIX, la idea del «gran hombre» y su consiguiente representación pictórica y estatuística tomó vuelo con la representación de Napoleón. En América Latina, donde Napoleón tuvo varios imitadores, prosperó la «Historia de Bronce», género de exaltación histórica que contribuyó a la formación y consolidación de los estados y las identidades nacionales. «Mi padre decía que el catecismo ha sido reemplazado por la historia argentina», escribió Borges. La frase vale, en mayor o menor medida, para todo el continente. Las historias patrias (con sus respectivos panteones de héroes) legitimaron la construcción del nuevo orden republicano, laico y constitucional, adoptando muchas veces las formas de devoción del antiguo orden religioso que habían desplazado. Frente al cielo católico -poblado de santos-, apareció el cielo cívico -poblado de santos laicos: caudillos, libertadores, tribunos, estadistas, presidentes, rebeldes, reformistas. En el siglo XX, el «culto a la personalidad» -fanática variedad del culto a los héroes- llegó a extremos delirantes en los países totalitarios de izquierda o derecha. Y como soles inextinguibles en la noche de la Historia, aparecieron los íconos modernos y postmodernos de la teología política: los santos revolucionarios.

En México practicamos con fervor la «Historia de Bronce». Desecharla es imposible y quizá indeseable. Si bien ya no aparece con tonos exaltados en los libros de texto gratuito, la inercia de la vieja historia oficial (maniquea, solemne, unidimensional) y el prestigio mágico de la palabra «Revolución» han probado ser más fuertes que la letra impresa. Los ritos y los mitos nacen, crecen y desaparecen cuando ellos quieren, no cuando los historiadores lo dictaminan.

Así como «cada santo tiene su capillita», cada héroe tiene su callecita… su plaza, su mercado, su pueblo, su ciudad, su estado, su poema, su estampita, su altar, su canción, su estatua, su óleo, su mural, su escuela, su institución, su cantina, su parque, su paseo, su leyenda y hasta su club de futbol. Vivimos inmersos en una nomenclatura heroica. Al mismo tiempo, cumplimos religiosamente con el santoral cívico: natalicios, muertes, batallas. En el día de la patria, los viejos ritos (el grito, la fiesta, la campana, el ondear de la bandera, el desfile) han seguido y seguirán celebrándose, con variantes, como cada 16 de septiembre desde 1825. Son nuestra humilde ración de sacralidad cívica en un mundo desacralizado. No hacen daño y, hasta cierto punto, hacen bien.

Si se me permite una anécdota personal, yo mismo descubrí por esa vía el amor a la historia. De niño, en el México radiofónico de los años cincuenta, fui -y lo confieso sin rubor- un emocionado escucha de «La Hora Nacional». A las diez de la noche en punto, enmarcada por la música de Moncayo, una voz grave pronunciaba las palabras sagradas: «Soy el pueblo, me gustaría saber»; en seguida venía la anécdota histórica de la semana. Recuerdo varias: Nicolás Bravo perdona a los asesinos de Leonardo, su padre; el niño artillero rompe el sitio de Cuautla; Guillermo Prieto antepone su cuerpo al de Juárez y exclama ante el pelotón que pretendía fusilarlo: «¡Los valientes no asesinan!». Entre las narraciones de la Revolución había una que me conmovía: en medio de una lluvia de balas, el maestro de literatura Erasmo Castellanos Quinto cruzaba el Zócalo para cumplir sus deberes en la Escuela Nacional Preparatoria. Ya en la adolescencia, mi padre nos llevó a mi hermano y a mí a recorrer la Ruta de la Independencia. Fue mi bautizo en la historia.

No veo cómo el cumplir con esos rituales o memorizar algunos (idealizados) episodios nacionales pueda afectar negativamente la sensibilidad y la imaginación de un niño. Suministrados en pequeñas dosis antes de la adolescencia, pueden favorecer el cultivo de una actitud que los ideólogos suelen confundir con el nacionalismo: el patriotismo. Agresivo o defensivo, el nacionalismo presupone la afirmación de lo propio a costa de lo ajeno. Es una actitud que pertenece a la esfera del poder. El patriotismo, en cambio, es un sentimiento de filiación: pertenece a la esfera del amor. Pero una vez pasado el umbral de la infancia, plantada la semilla del amor por este país, debe sobrevenir un sano y paulatino desencanto. La duda metódica y la búsqueda de la verdad deben desplazar a la admiración sentimental. La Historia de Bronce debe someterse a una crítica severa, en varias direcciones que exploraré en futuras entregas como un pequeño antídoto frente a los posibles delirios que traiga consigo el sonoro y rugiente mes de la patria.

Bicentenario: la cuenta regresiva

Enrique Krauze

Reforma.com 25  julio de 2010

http://www.reforma.com/editoriales/nacional/567/1132713/

Este año de 2010, todos lo sabemos, tiene una doble significación: coinciden el Bicentenario del inicio de la Guerra de Independencia y el Centenario del comienzo de la Revolución. Pero en el ambiente flota una duda legítima: ¿debemos festejar, celebrar o únicamente conmemorar? Las tres son voces latinas. Festejar, la más pagana de las tres, es celebrar por todo lo alto, con vino y música, como hacían los romanos con sus Césares. Celebrar tiene en el origen una acepción religiosa, por ejemplo en la misa: es un acto más bien solemne y público de reverencia o veneración. En cambio, conmemorar supone una acción modesta, casi neutra: es el simple acto de recordación.

Hace exactamente cien años, Porfirio Díaz no tuvo necesidad de consultar el diccionario: sus partidarios conmemoraron, celebraron, festejaron, todo al mismo tiempo. México cumplía cien años, Porfirio ochenta, y en homenaje a ambas biografías entreveradas el régimen decidió echar la casa por la ventana invitando a embajadores y enviados plenipotenciarios de más de una veintena de países para dar cuenta del progreso, el orden y la paz alcanzados por un país que, durante la primera mitad del siglo XIX, había sido el penoso teatro de pronunciamientos, guerras y revoluciones. En septiembre de 1910, la ciudad capital y las de provincia fueron escenario ininterrumpido de discursos, develaciones, comidas, inauguraciones de obras públicas, desfiles, veladas, conferencias, conciertos, congresos, concursos. Nadie faltó a la cita: España devolvió las prendas de Morelos; China y el Imperio Turco Otomano regalaron relojes que milagrosamente se preservan; Alemania develó una estatua de Humboldt, y el enviado de Estados Unidos celebró en Díaz al «héroe de la Paz». Se vivía la Belle Époque. Fue la apoteosis.

Sabemos lo que pasó poco después. Los fuegos de artificio de las Fiestas del Centenario dieron paso a los fuegos de metralla de la Revolución Mexicana, fuegos que no se apagaron definitivamente sino hasta veinte años más tarde. Ha transcurrido un siglo. Nuestro tiempo tiene algunos aspectos positivos pero nadie se atrevería a calificarlo como una Belle Époque. Y es tal el cúmulo de problemas antiguos y nuevos (la pobreza, la desigualdad, la criminalidad, el tráfico de drogas, el deterioro ambiental) que celebrar o festejar se antoja casi inmoral. En su fatalismo, algunos en México han esperado que en 2010 ocurra -como cada cien años- una nueva revolución. Seguramente no ocurrirá. La historia no obedece a ningún libreto.

Pero el hecho es claro: no hay apoteosis posible en 2010. ¿Debemos lamentarlo? Por el contrario. Hemos perdido la unanimidad pero hemos ganado la pluralidad, y la pluralidad es más propia de la democracia. Por eso no habrá un solo Bicentenario: habrá muchos Bicentenarios.

En el marco de esa pluralidad, el Gobierno Federal tiene la enorme responsabilidad de encontrar (¡a estas alturas!) el perfil y el tono adecuados para las fiestas que organice. La comunicación hasta ahora ha sido desastrosa. Si bien se han tomado iniciativas meritorias que la crítica interesada nunca reconocerá (varias exposiciones, programas audiovisuales, reparto masivo de libros, digitalización de obras importantes, acopio de «historias de familia», etc.), aun éstas se han comunicado muy mal. Y al mismo tiempo se ha incurrido en torpezas, fruto de la impreparación y la improvisación. Un error que me parece evidente es el contenido general de varios instrumentos de divulgación histórica (cursos, cápsulas, carteles, etc…). Confunden la biografía con el culto trillado, sentimental y anecdótico de «los héroes». No concuerdan siquiera con los libros de texto actuales. Y tampoco concuerdan con el sentido del lema que invita a conmemorar lo construido en dos siglos, no sólo lo acontecido en dos fechas.

Desde 2007 sugerí que la conmemoración se dividiera en dos: obras perdurables en torno a la Independencia, discusiones abiertas y plurales en torno a la Revolución. «Discutamos México» ha logrado lo segundo. Pero no veo (y creo que el público tampoco ve) dónde está la obra que va a quedar para las generaciones. Es necesario que el gobierno explique, sobre todo en la radio y la televisión, lo que se ha hecho, lo que se hará y dejará de hacer. Y abrirse a la crítica. Exactamente lo mismo cabe pedirle al Gobierno del D.F., a los gobiernos de los estados y a las instituciones académicas.

Más allá de las obras y las discusiones (que deberían ser lo central), persiste la duda: ¿festejar, celebrar, conmemorar? Yo me inclino por el justo medio: celebrar, sí, pero con medida. Los carros alegóricos son una tradición, serán muy vistosos y aplaudidos. Y varios espectáculos que han probado su eficacia merecen también formar parte de los festejos del 15 y 16. Pero sería un error tirar la casa por la ventana en montajes muy costosos que durarán dos días, más aún si tienen como escenario único la capital.

Con esas salvedades, las cosas, a fin de cuentas, pueden salir razonablemente bien. A pesar del desánimo nacional, tendremos una oferta plural de visiones de la historia, guardaremos alguna obra perdurable, daremos una vez más el Grito, veremos el desfile y por un momento fugaz sabremos lo que significa ese valor tan escaso y tan preciado en estos tiempos: la fraternidad.

Historia con aerosol

Enrique Krauze

Reforma.com, 4 de octubre de 2009.

<http://www.reforma.com/editoriales/nacional/521/1040453/default.shtm&gt;

Han comenzado a escucharse las voces agoreras del 2010. La historia mexicana -dicen- siempre llega puntual a su cita con la violencia. De ser así, 2010 no será sólo el año del Bicentenario de la Independencia y el Centenario de la Revolución sino el comienzo de una nueva conflagración. «Nos vemos en el 2010», advierten algunos grafiteros. En semanas recientes hemos sido testigos de diversos petardazos en la capital del país y otras ciudades del interior. Una de las explosiones se la adjudicó, a través de su página web, la «Alianza Subversiva por la Liberación de la Tierra, Animal y Humana». La revista Proceso entrevistó a Jorge Lofredo, director del Centro de Documentación de los Movimientos Armados, que explica: «Algunos grupos llevan incluso nombres de anarquistas famosos, como ocurre con las Células Autónomas de Revolución Inmediata Praxedis G. Guerrero, bautizadas así en honor a ese anarquista opuesto al porfiriato, vinculado a los Flores Magón y muerto durante una de las primeras acciones armadas de la Revolución Mexicana».

La filiación de quienes han reivindicado los actos recuerda, en efecto, las proclamas incendiarias de Regeneración, el periódico que publicaba desde el exilio nuestro mayor anarquista: Ricardo Flores Magón. Hace 99 años, el sábado 1º de octubre de 1910, el diario incluía «balazos» como éste: «Mexicano, tu mejor amigo es un fusil»; advertencias como ésta: «Llora, tirano, tu ruina inevitable y próxima»; precisiones como ésta: «… el triunfo del pueblo mexicano tendrá exactitud matemática, pues el producto de los despotismos ha sido siempre la rebelión. La revolución es una necesidad impuesta por las circunstancias»; y textos reveladores, como éstos:

«Tierra». La tierra pertenece a unos cuantos y el resto vive sufriendo la humillación del salario o del hambre. ¡Tierra! han gritado todos los rebeldes de la humanidad y ¡Tierra! grita la Revolución Mexicana. Esclavos, empuñen el Winchester y láncense a la lucha gritando «¡Tierra y Libertad!» Ricardo Flores Magón.
«Dulce paz». En la dictadura, todo se sacrificó en aras del mito de la paz: dignidad, derechos, libertad, el pan, el pensamiento. «Paz dulce, paz divina. Adoremos la paz. Conservemos la paz al precio de la tranquilidad, de los afectos más queridos y aun de la misma vida, han sido las palabras que abyectos labios han pronunciado sin cesar al oído del pueblo sacrificado». Praxedis G. Guerrero.

¿Hay bases para trazar un paralelo? ¿Hay motivos de alarma? Si nos atenemos a lo visto en las últimas semanas, no lo creo. A diferencia de los preocupantes reportes sobre el fortalecimiento de la guerrilla en ciertas zonas del sur de México, las acciones de los grupos anarquistas son hechos aislados. En principio, estos grupos están errados por partida triple: son malos lectores de la historia anarquista, malos lectores de la historia mexicana y malos lectores de la historia sin más.

El editor catalán Ricardo Mestre, el más noble anarquista que ha vivido en México, fundador de una magna biblioteca sobre el tema, abjuraba de la violencia. «Por tirar bombas -decía- el anarquismo manchó su nombre y logró que se olvidara su vasta aportación histórica». Los anarquistas inventaron la noción de seguridad social y el sindicalismo (llamado originalmente anarco-sindicalismo) que los socialistas y aun los marxistas expropiaron cuando el anarquismo se volvió sinónimo de violencia. Los anarquistas (Proudhon, Bakunin) previeron con claridad la naturaleza totalitaria del marxismo y fueron las primeras víctimas del leninismo, pero sus anticipaciones cayeron en el vacío debido a la tradición violenta. Los anarquistas diseñaron asequibles y modestas utopías rurales (Kropotkin) y criticaron con agudeza e imaginación el gigantismo burocrático del Estado mexicano nacido de la Revolución (Frank Tannenbaum), pero nadie recuerda ahora esas ideas ni les da mayor crédito. Las borró la violencia.

El binomio 1810-1910 es una coincidencia numérica. La lucha de 1810 era probablemente inevitable. Ocurrió en casi toda la América hispana. Tenía motivos estructurales (el viejo resentimiento criollo, por ejemplo) y coyunturales (la ocupación napoleónica en España). Pero el estallido de 1910 era perfectamente evitable. Sucedió por el empeño de Porfirio Díaz en aferrarse al poder hasta 1916. Bernardo Reyes era el heredero adecuado: hubiera honrado a Díaz y seguido los aspectos positivos de su obra (que el maniqueísmo niega, hasta la fecha) pero al mismo tiempo hubiese gobernado con el sentido social que faltó a éste. La conclusión es simple: 2010 no tiene por qué recrear 1810 o 1910. Nuestros problemas son enormes, pero debemos seguir abordándolos en el marco de nuestras instituciones.

La idea de la historia como un proceso cíclico es un mito tan atractivo como falso. La modernidad nace justamente cuando se concibe la historia como una ruta abierta, con progresos y retrocesos, víctima frecuente del azar, las fuerzas impersonales y la naturaleza, pero siempre susceptible de transformarse con actos de imaginación y libertad. Las transformaciones perdurables del mundo occidental fueron producto de reformas, no de revoluciones. El año que viene debemos recordar 200 años de edificación nacional, no sólo dos fechas de violencia.

Los anarquistas suelen signar con aerosol una letra A dentro de un círculo. Han concebido el 2010 como el escenario de un ritual. Pero la historia no se rige por la magia ni la superstición. La historia es, sobre todo, construcción colectiva, construcción en libertad.

Nueva crisis en México

Enrique Krauze

El Norte, Monterrey, N.L., 7 de febrero de 2010

«Una buena manera de conmemorar el Año del Centenario -me comentó un joven amigo- es recordar a sus críticos, como Daniel Cosío Villegas, autor del famoso ensayo ‘La Crisis de México’, en el que hizo una condena implacable de la Revolución Mexicana». A sabiendas de que yo había publicado (hace la friolera de 30 años) una biografía del historiador, convinimos en conversar sobre el tema. Su interés primordial era averiguar qué tanta vigencia tiene hoy ese ensayo, sobre todo sus acerbas críticas al PAN y a la derecha. El diálogo fue largo y sustancioso. Me propongo dedicar algunos artículos a transcribirlo.

Comenzando por el contexto, me preguntó: «¿Cuál fue el impacto de ese ensayo crítico en su momento? ¿Cuáles fueron las circunstancias personales en que se escribió? ¿A qué casos concretos se refería Cosío Villegas al hablar del fracaso de la Revolución? ¿Son vigentes sus críticas principales?». Éstas fueron mis primeras respuestas.

Creo, en efecto, que es muy oportuno recordar ese ensayo, muy citado y mal leído. Algunas de sus tesis son vigentes, otras no. Don Daniel lo publicó en «Cuadernos Americanos» a fines de 1946, poco antes de la llegada al poder de Miguel Alemán. Fue visto como una herejía: se le vino el mundo encima. Lo llamaron el «enterrador de la Revolución». Pero es necesario precisar: en ese ensayo, Cosío Villegas no condenó la Revolución Mexicana sino sus sucesivos gobiernos (encabezados por Obregón, Calles, Cárdenas y Ávila Camacho) por haber incumplido, o cumplido muy a medias, con sus promesas fundamentales.

Cosío Villegas -como sus compañeros de la llamada Generación de 1915- fue un creador de instituciones. Aquellos jóvenes habían vivido y padecido el furor destructivo de la Revolución, por eso quisieron dedicar su vida a crear una obra de beneficio colectivo. Las fundaciones de esa generación intelectual fueron muchas y perdurables. Cosío Villegas -por entonces director del Fondo de Cultura Económica, a sus 48 años de edad- se propuso hacer un balance de lo que los políticos de la Revolución habían construido; el resultado, a sus ojos, era muy pobre. Pensó que era el momento de denunciarlo. Ése es el origen del ensayo.

Daniel Cosío Villegas analizó con lucidez cinco fracasos: la democracia, la reforma agraria, el movimiento obrero, el nacionalismo y la educación. A la Reforma Agraria, por ejemplo, le reclamó su falta de visión, iniciativa, técnica, consistencia y honradez en el problema del campo. Y fue más lejos. Señaló que el reparto indiscriminado de tierra había sido una medida «simplista» y -en clara referencia a Cárdenas, a quien por otros motivos admiraba- condenó «el afán de hacerse pasar como el más entusiasta dispensador de tierras».

Pero quizá la crítica más pertinente el día de hoy es la que hizo al movimiento obrero. Lo consideró «desorbitado», «irresponsable», «deshonesto», «carente de visión superior» y dependiente del Estado. Sobre este punto particular opinó: «Los gobiernos revolucionarios sin respetar siquiera la apariencia de conciliador amigable o de arbitrador imparcial, han optado casi siempre por el obrero, sin importarles cuan notoriamente injusta o grotescamente pueril fuera la causa concreta que en un momento defendía el obrero». Y dijo más: el «maridaje» entre el Gobierno y los sindicatos degradaba a los obreros de manera irreparable e impedía al Gobierno resolver problemas vitales como el del petróleo o los ferrocarriles.

Dictamen durísimo, que parece escrito hoy, a propósito de las inercias de un sindicalismo que, como en el caso petrolero o educativo, merece aquellos adjetivos y mantiene esos mismos privilegios. El juicio de don Daniel también es vigente como crítica a la corriente de opinión que sigue considerando intocables a los sindicatos, aunque ejerzan la vergonzosa cláusula de exclusión, aunque desconozcan la democracia interna y la transparencia, aunque las empresas públicas que controlan ofrezcan un servicio pésimo al consumidor.

Cosío Villegas hubiera querido ver al campesino convertido en un agricultor próspero e independiente, y al obrero en una persona combativa en la defensa de sus derechos, pero también responsable y respetuosa del régimen jurídico. Se trata, en suma, del ideario de un liberal, con claro sentido social, pero ante todo de un liberal. Ahora hay quien considera «conservadoras» o «de derecha» posturas similares. Pero entonces habría que pensar que don Daniel fue un «conservador de derecha». Y como cualquiera que lea «La crisis de México» podrá darse cuenta, estaba a años luz de serlo.

Entre 1910 y 2010

Enrique Krauze

El Norte, Monterrey, N.L., 21 de febrero de 2010.

En «La crisis de México», ensayo publicado por Daniel Cosío Villegas en 1946, se lee: «La Revolución acabó violentamente con la jerarquía del porfiriato que concentró la riqueza en unas cien familias y con la mayoría de la población en la pobreza». El amigo al que me referí en mi anterior artículo, me formuló una serie de preguntas sobre el tema. Parece convencido de la justificación e inminencia de una insurrección popular. Por eso ha leído el ensayo de don Daniel como una doble clave adivinatoria: lo que llevó al pueblo a las armas en 1910 corresponde a lo que ocurre ante nuestros ojos en 2010: la pobreza, la desigualdad, la servidumbre ante Estados Unidos. Mis opiniones son distintas.Creo que entre 1910 y 2010 hay menos semejanzas que diferencias. Transcribo enseguida el diálogo.

¿Un siglo después existen condiciones semejantes a las que dieron origen a ese movimiento que, según don Daniel, «fue en realidad el alzamiento de una clase pobre y numerosa contra una clase rica y reducida»?

Las condiciones actuales no sin similares ni comparables. La desigualdad y la pobreza siguen siendo una realidad inadmisible, pero el México de 2010 es muy distinto al México de 1910. Somos un país urbano, hay una clase media, hay instituciones públicas y programas sociales que operan, somos una economía media en el mundo, hay una democracia en proceso de consolidación, hay pluralidad política. Poco de esto existía en 1910.

En cuanto a la frase de don Daniel, bueno, hasta los grandes maestros pueden exagerar. Él mismo modificó con los años su noción del Porfiriato y admitió que tuvo aspectos positivos en el ámbito del desarrollo material y las relaciones internacionales. Por otro lado, su afirmación sobre los revolucionarios es sencillamente errónea: en el momento álgido de la Revolución, digamos en 1915, había a lo más 100 mil hombres en armas, en un país de 15 millones. ¿Qué actitud tenían los restantes 14 millones 900 mil? Unos simpatizaban, otros no, pero la mayoría sufrió la violencia, la enfermedad y el hambre. Por eso Luis González, el gran amigo y discípulo de don Daniel, predicaba la necesidad de estudiar no sólo a los revolucionarios sino a «los revolucionados», que eran la vasta mayoría.

«La aspiración única de México», escribió Cosío Villegas, «es la renovación tajante, la verdadera purificación, aspiración que sólo quedará satisfecha con el fuego que arrase hasta la tierra misma en que creció tanto mal». ¿Qué pensar de esta cita aplicada a la circunstancia de hoy?

La cita corresponde al durísimo pasaje donde don Daniel habla de la corrupción: «es la deshonestidad, más que ninguna otra causa, la que ha rajado el tronco mismo de la revolución mexicana». ¡Y pensar que escribía esto en 1946! Cabe señalar que cuando alude fogosamente a la palabra «purificación» o habla de «depurar» no lo hacía como un Savonarola; pensaba sencillamente que México necesitaba en los cargos públicos hombres patrióticos, visionarios, desinteresados, capaces, pero sobre todo honrados. En 1946 el ciudadano no tenía muchas opciones para elegir a esos hombres. Ahora las tiene un poco más. Como el liberal que siempre fue, Cosío Villegas no hubiera desestimado nuestras conquistas democráticas. Aunque nos pueden parecer exiguas, son fundamentales.

Cosío Villegas alertó que si México no se orientaba pronto y firmemente, podría no tener otro camino que el de «confiar sus problemas mayores a la inspiración, imitación y la sumisión a Estados Unidos». ¿Qué tanta razón tuvo en ese punto?

El TLC y la migración nos han acercado a Estados Unidos. La dependencia económica es, por supuesto, excesiva. Pero no creo que quepa hablar propiamente de sumisión, al menos no en términos culturales, que son a los que aludía Cosío Villegas. México sigue siendo México. (Hace años, Samuel Huntington, ya fallecido y con quien hice públicas mis diferencias, alertaba por el contrario que Estados Unidos estaba a punto de mexicanizarse).

Don Daniel receló siempre, justificadamente, de la política exterior de los Estados Unidos en América Latina. En 1947 profetizó el advenimiento de un régimen comunista en la zona, como reacción a la soberbia yanqui. Recordemos que él mismo padeció el acoso del macartismo, que le quitó la visa. Fue, en suma, un crítico permanente de Estados Unidos y de la americanización de nuestra cultura. Dicho lo cual, aseguraba no compartir «hasta por razones físicas, orgánicas, la fe, la teoría y los métodos del comunismo». Por eso, durante la Guerra Fría se inclinó por los valores liberales y democráticos de Occidente.

Mi amigo meneó la cabeza: no quedó convencido. Pero hay un tema que lo atraía mucho más: ¿qué tan vigente es hoy la acerba crítica que hizo Cosío Villegas a la derecha en 1946? Ahí sí veo más semejanzas que diferencias, pero me las reservo, querido lector, para una próxima entrega.

La derecha hoy

Enrique Krauze

El Norte, Monterrey, N.L., 7 de marzo de 2010.

En la parte final del ensayo «La crisis de México» (1946), Daniel Cosío Villegas aseguraba que, al cabo de seis años, las diferencias del gobierno priista con los partidos conservadores podrían ser tan insustanciales que «éstos podrían acceder al poder no ya como opositores del Gobierno sino como hijos legítimos». El amigo al que me he referido en mis dos anteriores entregas me cuestiona: «¿Ocurrió así?».

No ocurrió así. El hecho histórico -le contesto- es que el PAN tardaría otros 50 años en llegar al poder.

A la salida de Gómez Morin, en 1949, y al menos por una década, el PAN se hizo cada vez más conservador, lo cual le restó mucha fuerza. En cambio, el PRI se renovó y fortaleció: en 1952, a sólo seis años de aquella profecía, Adolfo Ruiz Cortines dio inicio a un ciclo de 18 años de una relativa prosperidad para el País, que el propio Cosío Villegas reconoció. Sólo la brutal reacción oficial en 1968 lo haría cambiar de postura.

Mi amigo insiste: ¿acertó Cosío Villegas cuando vaticinó que «el PAN se desplomaría al hacerse gobierno»? Y el PAN actual, «¿no se ha desplomado ya?».

A mediados de los 60 -le respondo- el propio Gómez Morin temía ese hipotético desplome. Por eso confesaba que el PAN no estaba preparado para convertirse en gobierno y que si, por un accidente o por un error del Gobierno se abría la oportunidad, «tendría que convocar a un gobierno de unidad nacional».

Creo que ese razonamiento del fundador del PAN seguía siendo válido en el 2000 cuando, tras 60 años de «bregar eternidades» y sin experiencia de gobierno, el PAN ganó las elecciones presidenciales. Y era aún más válido en 2006. No se ensayó y fue una lástima. Tras nueve años en el Poder Ejecutivo, el PAN aún no se ha «desplomado» pero su situación es sumamente precaria, como se vio en las elecciones intermedias.

Las razones del desencanto ciudadano son varias: en el tramo de Fox, frivolidad e irresponsabilidad; en el de Calderón, improvisación e inconsistencia. Pero acaso lo más grave para el PAN es haber perdido buena parte del capital moral que construyó durante décadas, esa percepción de decencia que inspiraba en mucha gente.

En el 2000 dejó ir la oportunidad de denunciar frontalmente la corrupción de regímenes anteriores, y esa pasividad se interpretó -con plena razón- como complicidad con el viejo PRI. Los casos de corrupción en el Estado de México, Nuevo León, Jalisco, etc… también han dañado su credibilidad. No actuar contra esos infractores ha sido suicida. En el futuro muy próximo, la vieja profecía de Cosío Villegas puede volverse realidad: el PAN, en efecto, puede «desplomarse».

»Para Cosío en 1946″, comenta mi amigo, que no ceja, «el PAN contaba con dos fuentes únicas de sustentación: la Iglesia y el desprestigio de los regímenes revolucionarios; no tenía principios ni hombres y poco o nada había dicho para reorganizar las instituciones del País. ¿Tenía razón? ¿Hoy es vigente ese diagnóstico?».

Entre el PAN de entonces y el PAN de hoy -le explico- existen diferencias y semejanzas. Vayamos punto por punto. La sustentación del PAN, menguante pero todavía sustancial, no reside sólo en su filiación clerical o su prestigio opositor. La Iglesia no está ligada al PAN de manera exclusiva. (Por momentos parece más ligada a un sector del PRI, que ha decidido dar la espalda a su tradición laicista).

En cuanto a las tendencias ultramontanas dentro del PAN, en ese partido siempre existió una corriente más abierta como la que en los años 60 representó Christlieb Ibarrola. Para mí, aun esa corriente era y sigue siendo insuficientemente liberal. Hoy ambas corrientes subsisten, pero la ultraconservadora -presente en varios estados y municipios- daña mucho a ese partido.

En los años 40, el PAN sí tuvo líderes y principios. Si uno revisa las sesiones de la Cámara de Diputados en esos años, se encuentra con iniciativas democráticas (como la creación de un IFE) que México no retomaría sino hasta los años 90. Pero junto a esos líderes cívicos y a esos principios democráticos coexistió siempre la vertiente que en la Segunda Guerra Mundial simpatizó con el Eje. Esa vertiente sigue siendo enemiga jurada del pensamiento liberal en todos sus ámbitos.

Mi amigo lanza su último cuatro de espadas: «Con las derechas en el poder -según decía Cosío Villegas- la mano velluda y maciza de la Iglesia se exhibiría desnuda», persiguiendo a los liberales, junto con la «prensa intolerante, incomprensiva, servidora ciega y devota de los intereses más transitorios y mezquinos. ¿No es lo que estamos viendo?».

Esa «mano» -le explico- no dejó nunca de hacer público su rechazo a las corrientes liberales de pensamiento. Y le doy un ejemplo personal. Un adalid clerical, don Salvador Abascal, publicó un libro en mi contra demoliendo, según él, mis ideas y textos liberales. Pero ahora lo lamentable es que ese papel inquisitorial lo ha adoptado un sector de la prensa doctrinaria y muchos intelectuales de izquierda, que descalifican como «de derecha» o «centro derecha» al pensamiento liberal. Se trata del mismo odio. En el caso de Abascal era odio teológico. En el caso de la izquierda es odio ideológico. Gente que confunde el pensamiento con el anatema.

En un par de semanas, querido lector, la culminación de esta pequeña serie en homenaje a Cosío Villegas, nuestro gran liberal.

Han fallado los hombres.

Enrique Krauze

El Norte, Monterrey, N.L.,  21 de marzo 2010

El amigo con quien conversaba sobre la vigencia de «La crisis de México» reservó para el final sus preguntas más incisivas y actuales. Transcribo el remate del diálogo:
 
-Don Daniel decía que la Revolución Mexicana fracasó porque sus hombres, «sin exceptuar a ninguno», fueron inferiores a las exigencias de ella. ¿Con la democracia ocurre algo análogo?

-Así lo creo. Los hombres que han encabezado al País, digamos de 2000 a la fecha, tanto en el gobierno como en el Congreso, han estado muy por debajo de las exigencias históricas. Cosío Villegas decía que habían sido «magníficos destructores» pero que «nada de lo que crearon… ha resultado sin disputa mejor». No creo que las generaciones actuales hayan sido más destructivas que constructivas. Después de todo, han construido la democracia que nos rige. Pero es verdad que Fox destruyó la hegemonía del PRI sin transformar las estructuras del País. Por su parte, el principal líder de la Oposición, Andrés Manuel López Obrador, habló expresamente de «mandar al diablo las instituciones», y hasta cierto punto lo cumplió. El daño que hizo a la confianza del ciudadano en las instituciones electorales fue muy profundo. En cuanto a Calderón, sobra quien piensa que con su guerra contra el narco ha destruido la paz. Yo, aunque he expresado serias dudas sobre la instrumentación de esa guerra, creo que era impostergable: hay pruebas suficientes de que el poder del narco estaba carcomiendo por dentro al Estado, desde el nivel municipal al federal.

-¿Cómo se explica que Fox y Calderón hayan mantenido el «maridaje» con los sindicatos petrolero y educativo, y en general las alianzas con el PRI?

-La situación postelectoral en el 2006 era incierta y llena de riesgo para un país como México, con 80 años de continuidad institucional. El candidato del PRD se negó a aceptar su derrota y sacó a la gente a las calles. La Ciudad de México estaba tomada. En esa circunstancia, el Presidente, para efectos de gobernabilidad, echó mano de los viejos pilares del sistema: el Ejército y el sistema corporativo. Han pasado más de tres años. Ahora esas alianzas no se justifican. Si se actuó contra el Sindicato de Luz y Fuerza, no veo razón para no actuar con el mismo rigor en los casos que mencionas. Es allí donde la dura crítica de Cosío Villegas al «maridaje» entre gobierno y sindicatos sigue vigente. En los sindicatos hace falta democracia, transparencia, derogación de la cláusula de exclusión. Nos urge una reforma laboral.

-¿Qué puede ofrecer Calderón a los mexicanos en su segundo trienio, cuando el año próximo la población ganará menos y pagará más? ¿Se perfila otro sexenio perdido?

-Es verdad. Llevamos 30 años de desastre económico, primero populista, luego neoliberal. Y allí seguimos, empantanados, sin imaginación económica.

-Después del sexenio de un panista advenedizo -Vicente Fox- y la mitad de otro encabezado por un autodenominado «doctrinario» -Felipe Calderón-, ¿qué evaluación hace de casi una década de ejercicio del poder del PAN?

-El PAN tuvo siempre la vocación de oponerse al poder, no la vocación de ejercer el poder. Por eso formó buenos cuadros en el ámbito legislativo, pero no en el ejecutivo. Y por eso buscó un líder por fuera de sus filas. Fox tuvo el mérito de catalizar la oposición nacional al PRI y abrir paso a la alternancia. No obstante, como gobernante, fue una gran decepción: no deslindó la esfera política de la esfera privada, empresarial y religiosa, y tuvo actitudes de marcada irresponsabilidad y frivolidad. Para mí lo más triste es que desperdició su capital político inicial: perdimos una oportunidad de oro para empujar las reformas estructurales que el País necesita con tanta urgencia. Pero también hubo aciertos: abrió las puertas de la Capital a los neozapatistas, introdujo la Ley de Transparencia, el Seguro Popular y un buen programa de vivienda.

Calderón pertenece a una nueva generación panista, mucho más fogueada. El contexto nacional e internacional en que ha gobernado ha sido inusualmente difícil. Su gobierno ha sido de claroscuros. Creo que en su gestión ha habido inconsistencia e improvisación. Sus gabinetes han sido mediocres y endogámicos. En su manejo de la crisis económica ha vuelto a cometer el grave error de los sexenios anteriores, es decir, ceñirse a una ortodoxia ineficaz en vez de ensayar ideas alternativas. Como es costumbre en el PAN, ha sido indiferente a la cultura. Su política exterior en América Latina, en particular con respecto a Cuba y Venezuela, me parece totalmente errada. Pero le acredito, entre otras cosas, la reforma de las pensiones en el ISSSTE, el manejo técnico de las inundaciones en Tabasco y la respuesta en la crisis de la influenza. Creo también que la liquidación de Luz y Fuerza fue un paso necesario y que la reforma política que ha propuesto abre una oportunidad para que el Congreso inaugure una etapa de equilibrio entre los poderes y amplíe la participación ciudadana en los asuntos públicos.

-¿De dónde puede venir el cambio que el País requiere?

 -Lo he dicho en muchos foros y artículos. El cambio que el País requiere debería venir de la izquierda. Al igual que en España, Brasil o hasta hace poco Chile, creo que una izquierda «reformada» -subrayo el adjetivo- sería la mejor opción histórica para transformar de raíz el rumbo de México. Pero este deseo es seguramente utópico porque en su mayoría la izquierda mexicana del siglo 21 actúa y piensa como la Iglesia del siglo 19: es intolerante y es conservadora porque vive fija en el pasado. Su paradigma sigue siendo el «nacionalismo revolucionario». No veo en el horizonte ningún Felipe González, Fernando Henrique Cardoso, Lula o Bachelet mexicanos.

-¿Cuál sería la postura de don Daniel frente al 2012? 

-Creo que el mayor liberal de nuestro siglo 20 no se vería representado ahora por ninguna fuerza política.

Y de paso le digo: yo tampoco. Los liberales no tenemos representación en el espectro político nacional.

 

Culpa a historia de complejos

Abraham Vázquez.

El Norte, Monterrey N.L.,  19 de junio de 2010. Sección Arte pág. 7.

Ser historiador es un asunto serio. Un manejo irresponsable del pasado puede provocar desde complejos hasta guerras.

«De la guerra entre los serbios y los croatas la culpa la tienen los historiadores», dijo Gisela Von Wobeser, directora de la Academia Mexicana de Historia.

«Los historiadores le metieron a los niños serbios que la culpa era de los croatas; y los croatas al revés, y a los 18 años esos niños no tuvieron más que empuñar el fusil», agregó.

De visita en la Ciudad, donde participó en la Cátedra Bicentenario de la UR con la charla «Los indígenas y el movimiento independentista», la noche del jueves, la historiadora reconoció que en México la historia oficial, esa que se ha enseñado por años en las escuelas, es responsable de generar complejos, como el creer que el carácter nacional está marcado por la derrota.

«Somos muy responsables los historiadores de esta carencia de autoestima que tenemos los mexicanos, pero también de la falta de responsabilidad», dijo la autora de La Hacienda Azucarera en la Época Colonial.

«Hay que romper con eso, hay que aceptar la responsabilidad que tuvimos en nuestros procesos históricos», agregó.

El reto para los historiadores es romper con esa visión en la que a los mexicanos se les deslinda de responsabilidad en eventos como la Conquista, la pérdida de Texas o la llegada del Imperio de Maximiliano.

«Si vemos que, por ejemplo, Maximiliano era un liberal, en ciertas cosas, era más liberal y más preocupado por los indios que el propio Benito Juárez», dijo.

Una visión más equilibrada de la historia, agregó la historiadora, servirá para que en el futuro los mexicanos puedan evaluar lo que hicieron sus ancestros sin ningún complejo.

Pasión por la Patria: la tragedia de Clipperton

Laura Restrepo. La Isla de la Pasión. México: Alfaguara. 2005.

Ana García Bergua. Isla de bobos. México: Seix Barral. 2007

Un pasaje prácticamente desconocido u olvidado de nuestra historia es la llamada «tragedia de Clipperton» sucedida en las postrimerías del Porfiriato y los primeros años de la Revolución Mexicana. Pocos sabrían hoy en día sobre este remoto y abandonado farallón del que México perdió su jurisdicción en 1931, si no fuese por dos excelentes novelas que recrean la historia y dan una dimensión heroica a sus personajes.

Gracias a Laura Restrepo quien escribió La isla de la Pasión y a Ana García Bergua autora de Isla de Bobos podemos conocer los extremos a los que el patriotismo o la búsqueda de gloria llevaron a un pequeño grupo de mexicanos en la primera década del siglo XX. Ramón Arnaud y su pequeño regimiento de 11 soldados -acompañados por esposas e hijos-,  llegaron en 1905 a defender la soberanía nacional de un islote a casi 1,500 kms. al sureste del puerto de Acapulco.

Tras nueve años de penalidades, abandonados por las autoridades porfirianas y revolucionarias, expuestos a la furia de los huracanes, la hambruna y enfermedad y la muerte  del grueso de la guarnición y la violencia sádica, sólo sobrevivieron tres mujeres y siete niños.

Clipperton ha recibido muchos nombres desde que los navegantes se toparon con la isla en el siglo XVI. Se le conoce también como Farallón Banco, Médanos, Roca de Clipperton, Roca de la Pasión o Isla de la Pasión y fue objeto en 1978 de un documental filmado por Jacques Cousteau en sus exploraciones submarinas. Debe su nombre de Clipperton al pirata ingles del siglo XVIII que se refugió en ella para poder atacar a la Nao de China que con sus tesoros navegaba hacia la Nueva España.

Un espacio desolado, con una laguna salobre en su centro, es prácticamente inhabitable por carecer de tierras que permitan una siembra de autoconsumo. Se convirtió en un punto de conflicto gracias  a los pájaros bobos que ahí viven, pues su excremento utilizado como fertilizante para la agricultura, fue explotado por una compañía norteamericana que construyó ahí una planta exportadora.

En conflicto con Francia, Estados Unidos y Gran Bretaña por su posesión, el gobierno de Porfirio Díaz envió como gobernador al capitán Arnaud para defender la soberanía del territorio, con el compromiso de enviar cada par de meses un barco desde Acapulco con alimentos, agua fresca, medicamentos y todos los implementos necesarios para facilitar la vida de los soldados y sus familias.

Con un idealismo a toda prueba, Arnaud y su muy joven esposa Alicia se abocaron a hacer habitable el islote, dar educación a los niños y procurar iniciar un proyecto agrícola que autoabasteciera a los habitantes.

Sin embargo, al estallar la revolución, nadie recordó a Clipperton y sus defensores. Tras múltiples vicisitudes y llevando el patriotismo a su expresión más radical, que fue rechazar la ayuda de un buque norteamericano en 1914, inició la tragedia en la isla.

Tragedia que no terminó cuando las mujeres sobrevivientes y sus niños llegaron a México, pues  además de enfrentar los graves problemas físicos del abandono y la violencia ejercida en su contra , el gobierno carrancista las consideró viudas de soldados del ejército federal enemigo de la Revolución por lo que  ninguna autoridad estuvo dispuesta a darles la pensión que merecían por la muerte de sus esposos. Mendigando de oficina en oficina, finalmente el gobierno de Obregón les otorgó una exigua ayuda monetaria.

Esta historia fue rescatada por la escritora colombiana Laura Restrepo, asilada en México en a finales de los año 1980, quien siguió la pista a través de la consulta de archivos en México y en Estados Unidos y las memorias de María Teresa Arnaud de Guzmán, entrevistas con familiares de los sobrevivientes y consulta de los diarios de la época.

Con una narración que cautiva al lector, reconstruye personajes y ambientes, contando la historia de amor de Ramón y Alicia, del alemán Gustavo Schultz  y Altagracia Quiroz,   la crianza libre de toda contención de los chiquillos que nacen en Clipperton así como la enloquecida violencia de Victoriano Álvarez.

Sus personajes son tan creíbles que podemos pensar que ésta es una biografía colectiva y no una novela. Para el abogado y literato Miguel González Avelar quien en septiembre de 2005 publicó en Letras Libres una crítica de esta obra, el texto es una “crónica novelada de una saga histórica que atormenta el nacionalismo mexicano”.

Por otro lado, la novela de Ana García Bergua, Isla de Bobos, aborda el tema desde otra perspectiva. Tratando de hacer más enigmática la identificación de los personajes y los lugares, con el recurso de nombrar con una inicial los sitios -¿homenaje a Kafka?-y con un estilo que parece una narrativa de finales del siglo XIX, escribe sobre los acontecimientos entrecruzando los tiempos y las historias –recuerda a Vargas Llosa con este entramado-. La voz del capitán Soulier cuenta la historia con un orden cronológico en tanto el personaje de Luisa, su esposa, va intercalando el testimonio de los años posteriores a las trágicas experiencias.

Para la literata Nora Guzmán, el libro reconstruye de manera realista la atmósfera del México en las postrimerías del Porfiriato, sus valores y la exaltación de los conceptos de honor y gloria. Los personajes, construidos detalladamente, manifiestan los deseos y contradicciones coherentes con la época en que se ubica la trama.

El título de su libro es muy atractivo pero también ambiguo, pues en primera instancia parece referirse a los pájaros que,  sin haber tenido contacto con los humanos, no le tienen miedo a los hombres que llegan a morar y a morir en su geografía y que pasan a convertirse de compañeros de juegos de los niños en el alimento que les permitirá conservar la vida, pero también puede aludir al extremo de idealismo al que llegaron estos abandonados soldados mexicanos en su afán por defender, como lo dice el himno nacional, que ningún extraño enemigo profanara con su planta la tierra de la Patria.

La autora también consultó archivos y notas periodísticas de la época, concentrándose más en la historia de las mujeres y los niños sobrevivientes en su peregrinar buscando una justicia que difícilmente las resarciría de todas las penalidades que enfrentaron.

El tema de la soberanía de Clipperton no ha sido totalmente desechado y no se limita a inspirar obras semificcionales. Reclamada por Francia y México, el gobierno porfirista solicitó el laudo de una entidad que les fuese neutral a ambos país, el Vaticano, que la delegó en el rey de Italia Humberto III quien en 1931 la adjudicó para Francia –vano el sacrificio de Artaud y sus hombres-. Miguel González Avelar en su libro Clipperton, isla mexicana publicado por el Fondo de Cultura Económica en 1992 analiza las consideraciones históricas y jurídicas del laudo para el país, puesto que con su pérdida, también México tuvo que renunciar a las millas náuticas que amplían el mar patrimonial mexicano.

La reseña sobre el texto de González Avelar se puede consultar en: Biblioteca Jurídica Virtual.Boletín Mexicano de Derecho Comparado.

<http://www.juridicas.unam.mx/publica/rev/boletin/cont/82/bib/bib25.htm&gt;

El documental de Manuel Arango «Clipperton: la Isla de la Pasión» con entrevistas a historiadores y juristas narra la controversia sobre el laudo así como la importancia del deshabitado atolón para México así como para Estados Unidos durante la Segunda Guerra Mundial.

Roma: Descubren esqueletos; ¿eran de gladiadores?


Restos hallados en Inglaterra son de hombres altos y fuertes



(8 junio 2010).- LONDRES.- Arqueólogos británicos anunciaron ayer que creen haber sacado a la luz en York, al norte de Inglaterra, el cementerio de gladiadores mejor conservado del mundo.

Los expertos de la fundación arqueológica York descubrieron durante unas excavaciones unos 80 esqueletos que datan de los siglos 1 al 4.

Varias pistas permiten pensar a los científicos que se trata de antiguos gladiadores, los luchadores profesionales que se enfrentaban entre ellos o contra las fieras para divertir a los antiguos romanos.

Se cree que la palabra gladiador procede de la palabra «gladius», la espada que estos hombres usaban. El origen de estos combates se encuentra en los ritos funerarios del pueblo etrusco, en cuyos monumentos ya aparecen representados.

Como ocurrió con otras muchas costumbres antiguas, las luchas de los gladiadores, que iniciaron como tradición religiosa, se transformaron en un espectáculo público cruel y sangriento.

La mayoría de los huesos encontrados pertenecen a hombres de constitución sólida y una estatura superior a la media. Muchos de ellos fueron decapitados. Uno de los esqueletos llevaba señales de mordiscos.

«Una de las pistas más importantes es una gran marca de mordedura de carnívoro, probablemente infligida por un león, tigre u oso, una herida sufrida sin duda en el marco de un circo», estimó Kurt Hunter-Mann, quien dirige el equipo de arqueólogos.

Además, el estudio de varios esqueletos reveló que algunos hombres tenían un brazo más ancho que el otro, un caso frecuente entre los combatientes que manejan un arma pesada a menudo desde la adolescencia.

«De momento, nuestra principal teoría es que numerosos esqueletos son de gladiadores romanos», explicó. «Pero las investigaciones continúan y debemos seguir abiertos a otras pistas», indicó Michael Wysocki, investigador de la Universidad de Lancashire, que participó en la investigación.

«Son descubrimientos de una importancia internacional. No existe en ningún otro lugar del mundo un cementerio de gladiadores potencial con este nivel de preservación».

AFP

Fuente: El Norte, Monterrey, N.L., 8 de junio de 2010. Sección Vida Pág. 11.

Están próceres bajo sospecha

Silvia Isabel Gámez.

El Norte, Monterrey, N.L., 29 de mayo de 2010 Pág. 6A

MÉXICO.- Desde que fueron exhumados en 1823, en un acto de desagravio decretado por el Congreso por haber sido fusilados como traidores, los restos de los héroes de la Independencia han estado bajo sospecha. Ahora,en el marco de las fiestas del Bicentenario y en la víspera de un nuevo traslado, la incertidumbre subsiste.

El objetivo, ésta vez, es que antropólogos físicos del INAH certifiquen la identidad de los restos. El primer paso será ordenar los huesos, varias veces mezclados, para llegar a su identificación, que aún no es seguro que pueda lograrse.

«Mi temor es que los huesos estén tan degradados que no se logre obtener información suficiente», reconoce Carmen Saucedo, a cargo de la parte histórica del proyecto.

En su primer destino, la Capilla de San Felipe de Jesús, en la Catedral Metropolitana, los restos permanecieron sólo dos días, tras ser trasladados en un magnífico funeral el 17 de septiembre de 1823.

La devoción de quienes acudían a hincarse frente a la urna con los restos de Miguel Hidalgo, Ignacio Allende, Juan Aldama, José Mariano Jiménez, José María Morelos, Mariano Matamoros, Xavier Mina, Pedro Moreno y Víctor Rosales, hizo que los canónigos solicitaran llevarlos a la bóveda del Altar de los Reyes.

El conflicto que Plutarco Elías Calles mantenía con la Iglesia hizo que decidiera trasladarlos a la Columna de laIndependencia el 16 de septiembre de 1925. Allí han permanecido hasta este domingo, cuando las urnas serán retiradas para ser llevadas,en un desfile militaral Castillo de Chapultepec presidido por Felipe Calderón.

Fuente de la imagen: Secretaría de Gobernación. Instituto Nacional de Estudios Históricos de las Revoluciones de México (INEHRM). La pérdida (hasta los huesos) 
de nuestro pasado.

<http://www.inehrm.gob.mx/imagenes/restos/01.jpg&imgrefurl&gt;

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Critica el PRI exhumación de próceres

Para Beltrones es injustificado; Paredes dice que hay otras prioridades.

Fernando Paniagua, Carole Simmonnet y Claudia Salazar.

El Norte, Monterrey, N.L., 30 de mayo de 2010. Pág. 7A.

MÉXICO.- Dirigentes priistas cuestionaron la decisión de trasladar los restos de los héroes de la Independencia del Ángel al Castillo de Chapultepec.

Manlio Fabio Beltrones, coordinador priista en el Senado, consideró injustificado el traslado, que tendrá lugar hoy.

«Me parece que el lugar adecuado en donde deben estar es el Monumento a la Independencia. Llevarlos al Castillo de Chapultepec debe ser una reminiscencia conservadora», señaló en Querétaro, en el marco de la toma de protesta de Emilio Gamboa Patrón como nuevo dirigente de la CNOP.

Por su parte, Beatriz Paredes, presidenta nacional del tricolor, consideró que hay asuntos más urgentes que resolver.

«Hay que escuchar a los expertos, pero me parece que hay otra serie de prioridades», comentó la dirigente priista.

En tanto, el Diputado perredista Jesús Zambrano llamó al Gobierno federal a explicar el motivo del traslado.

Polemizan legisladores

Legisladores del PAN y PRI polemizaron sobre la conveniencia de que sean analizados y trasladados los restos de los héroes de la Independencia que desde 1925 descansan en el Ángel de la Independencia al Castillo de Chapultepec.

El Senador del PRI Carlos Jiménez Macías llamó a realizar actos de celebración históricos que realmente sirvan a unir a los mexicanos en torno a acciones que permitan mejorar la situación que prevalece.

«No hay que exagerar y ser excesivos en la celebración y mucho menos hay que hacer actividades que resultan simplemente sin ningún sentido y quizá solamente pretenden poner una parafernalia y enaltecer digamos los valores, pero eso no puede ocultar la grave situación por la que está pasando el País», dijo.

Legisladores panistas avalaron el acto y consideraron que puede ser un paso para revisar la historia «oficial» y aquilatar el papel de las figuras que contribuyeron a forjar el México de hoy.

El Diputado federal del PAN por Puebla, Pablo Rodríguez Regordosa, restó importancia a la iniciativa de mover los restos que descansan en el Ángel hacia Chapultepec, y exhortó a que los festejos se conviertan en una ocasión para revisar la historia y el papel de las figuras de la Independencia y de la Revolución.

Así lo dijo

«No hay que exagerar y ser excesivos en la celebración, y mucho menos hay que hacer actividades que resultan simplemente sin ningún sentido y quizá solamente pretenden poner una parafernalia». Carlos Jiménez Macías, Senador del PRI.

¡Que los héroes descansen en paz!

Déjense tranquilos los restos de nuestros héroes y piénsese mejor en cómo encarar los graves problemas que hoy aquejan a los mexicanos.

Cuauhtémoc Cárdenas

El Norte, Monterrey, N.L., 30 de mayo de 2010. Opinión Invitada. Pág. 7A.

Con gran profusión en los medios de información se ha estado publicitando que hoy, 30 de mayo, los restos de los héroes de nuestra Independencia, que han descansado en la Columna de la Independencia (el Ángel), serán trasladados al Castillo de Chapultepec, invitando al mismo tiempo a la población a sumarse a este evento, que los convocantes parecen considerar como un gran acto de celebración y rememoración. La noticia nos agrega que, con posterioridad, esos restos serán trasladados de Chapultepec al Palacio Nacional, para que ahí queden expuestos al público.

¿Para qué hacer desfilar los restos de nuestros héroes del monumento a la Independencia al Museo Nacional de Historia de Chapultepec y más tarde llevarlos de ahí a Palacio Nacional? ¿Se cree realmente que con actos de necrolatría, estimulando la necrofilia, se exaltan los valores patrios y se honra a nuestros héroes?

Se ha anunciado, también, que existe la intención de identificar a quiénes, verdaderamente, pertenecen los restos, que se cuenta con información histórica que corresponden a 15 personas, aunque los datos existentes en la Columna de la Independencia hacen referencia sólo de 12. Bien. Para hacer estudios sobre los restos, de 12 o de 15 de nuestros héroes, ¿hace falta organizar un desfile con ellos? Si se pasean por la capital, además de eventualmente identificarlos o no, ¿terminarán la desigualdad y la pobreza que hoy golpean severamente a más de tres cuartas partes de la población nacional, saldrá la economía del estancamiento y se acelerará el crecimiento, habrá seguridad y tranquilidad para el común de la gente en su vida cotidiana, se harán y veremos milagros?

Si se diera el caso que los restos no corresponden a quienes se consideraba que pertenecían, ¿dejarán por ello de ser héroes los héroes?, ¿cambia en esencia la historia porque esos restos en particular sean o no sean de quien se supone o se tiene la certeza que son, cambian los hechos que han merecido reconocimiento por su contribución a la independencia, a la creación de nuestra nacionalidad de mexicanos, al país con capacidad de ejercitar su soberanía que legaron a las generaciones que les siguieron?

Ver desfilar los restos hoy 30 de mayo, de la Columna de la Independencia al Castillo de Chapultepec, o ver pasar las urnas mortuorias o los ataúdes que por algún tiempo estarán expuestos en alguna parte del Castillo de Chapultepec o del Palacio Nacional ¿exaltará el espíritu cívico de la población, hará más patriotas a quienes vean pasar frente a sus ojos urnas o ataúdes, imbuirá a los espectadores con las ideas de aquellos que nos dieron patria?, o se tratará simplemente de una irreverencia más hacia quienes hicieron posible que hoy exista México como nación independiente y que contemos con nuestra identidad de mexicanos.

El lugar de esos restos es la Columna de la Independencia. Ahí reposan y ahí deberían permanecer, sin que irrespetuosamente se lleven y traigan de un lado a otro. Los restos de Simón Bolívar se encuentran en el Panteón Nacional de Venezuela, en Caracas, los de José de San Martín reposan en la catedral de Buenos Aires, los de José Gervasio Artigas en el Mausoleo de Artigas, en la Plaza Independencia de Montevideo, y nadie tiene la ocurrencia de sacar los restos de esos próceres de los sitios simbólicos donde descansan para pasearlos por aquellas capitales o para hacerlos desfilar por otros rumbos de aquellas naciones hermanas, ni siquiera en las conmemoraciones de los grandes aniversarios patrios.

Grave sería que como colofón de este paseo, y en exaltación del oportunismo, se pretendiera que en un nuevo paseo, del castillo o de donde se encontraran, se llevaran esos restos al nuevo monumento que se está levantando frente a las rejas y los leones de Chapultepec, y que ahí se les reuniera con los de aquellos que hicieron posible la obra constructiva de la Revolución Mexicana.

Déjense tranquilos los restos de nuestros héroes en los sitios simbólicos que ya ocupan y piénsese mejor en cómo enfrentar los muy graves problemas sociales, económicos, de inseguridad y políticos que hoy aquejan a la gran mayoría de los mexicanos, en cómo, con éxito, podría iniciarse ya el tránsito a un futuro de libertades, equidad, justicia y bienestar para todos. Sería así como realmente se honrara la memoria y se cumpliera con los valiosos legados de nuestros héroes, de los que nos dieron patria; hágase eso con seriedad, responsabilidad y decisión, y déjense de lado la farándula, el oportunismo y la frivolidad.

Huesos patrios.

Sergio Sarmiento

El Norte, Monterrey, N.L., 31 de mayo 10 Pág. 8A.

«Ahora el Estado se parece a la Iglesia: paseando huesos». Bertha Pantoja

Nada parece más aberrante que sacar de su lugar de reposo los cadáveres de unas personas muertas hace casi dos siglos para transportarlos por el Paseo de la Reforma y llevarlos al Castillo de Chapultepec con el fin de prepararlos para ser exhibidos públicamente en Palacio Nacional.

Si éste es el premio que el Gobierno mexicano otorga a quienes entregaron su vida para la construcción de un país independiente, bien podemos entender por qué hoy hay menos entusiasmo que nunca de los mexicanos para participar en actividades cívicas y hacer un esfuerzo por mejorar el País.

Este domingo 30 de mayo lo que se supone son los restos mortales de 14 próceres fueron sacados de la Columna de la Independencia en el Paseo de la Reforma en una ceremonia transmitida por televisión. Digo se supone porque, a dos siglos de distancia, y considerando que algunos fueron muertos en campos de batalla y otros fusilados y decapitados por las fuerzas realistas, hay dudas serias sobre el destino real de algunos de los cadáveres. A esto hay que añadir que en varias ocasiones ya los huesos fueron sacados de sus tumbas para ser lavados y trasladados a nuevos sitios de «reposo».

Los restos extraídos ayer de la Columna de la Independencia y llevados al Castillo de Chapultepec son al parecer los de Miguel Hidalgo, Ignacio Allende, Juan Aldama, Mariano Jiménez, José María Morelos, Mariano Matamoros, Pedro Moreno, Víctor Rosales, Xavier Mina, Nicolás Bravo, Leona Vicario, Andrés Quintana Roo, Vicente Guerrero y Guadalupe Victoria.

La Iglesia católica ha tenido desde hace mucho tiempo una fijación enfermiza con los restos mortales de sus próceres. Si bien la doctrina formal cristiana establece que la fe y la adoración se reservan a Dios solamente, o en todo caso a su hijo, la tradición pagana se ha impuesto y ha fomentado la multiplicación de cultos a santos y advocaciones de la Virgen. Las peregrinaciones con huesos de santitos han sido así una de las desviaciones características del catolicismo en distintos lugares del mundo.

En México estamos viendo una situación similar en un culto que conjuga elementos laicos y religiosos. Los próceres de la independencia se han convertido en santos cuyos restos deben ser exhibidos y adorados. Hay algo extraordinariamente perverso en esta actitud en un Estado que se precia de su laicismo. Es como si quisiéramos recuperar la costumbre de los aztecas de mostrar desde la cima de las pirámides los corazones de las vírgenes y los prisioneros sacrificados; o la de los realistas de exhibir públicamente las cabezas de los insurgentes ejecutados.

El Bicentenario debería ser una oportunidad para reflexionar sobre el pasado, el presente y el futuro de nuestra nación. Deberíamos preguntarnos, por ejemplo, por qué este largo período de independencia no ha servido para convertirnos en un país más próspero. En 1820, después de todo, Estados Unidos tenía un Producto Interno Bruto per cápita 65 por ciento superior al mexicano (Angus Maddison, «The World Economy»; OECD, 2006). Hoy la diferencia es de 470 por ciento (FMI).

Pero en lugar de preguntarnos por qué a casi 200 años la Independencia no ha podido darnos un mejor nivel de vida, en vez de reflexionar sobre lo que hemos hecho mal para que en los próximos dos siglos podamos emprender un camino de mayor crecimiento y bienestar, salimos a pasear huesitos por las calles como si los personajes históricos fueran santos y el Gobierno una reedición de la parte más retrógrada de la Iglesia.

http://www.sergiosarmiento.com

«Cuatro caudillos ignorados: una nación»

BOLETIN DE PRENSA

El Museo de Historia Mexicana invita al ciclo “Cuatro Caudillos Ignorados: una nación”, impartido por la maestra Ana Portnoy. Las conferencias se llevarán a cabo el 25 de mayo y el 1, 8 y 15 de junio a las 19:30 horas en el Auditorio del Museo.

Como parte de las actividades para celebrar el Bicentenario de la Independencia y el centenario de la Revolución, este ciclo de conferencias invita a conocer a profundidad a Melchor de Talamantes, Carlos María Bustamante, Ricardo Flores Magón y Luis Cabrera.

La participación de estos cuatro caudillos se dio principalmente en el mundo de las ideas, establecieron publicaciones a través de las cuales ejercieron la crítica a los detentores del poder y aportaron numerosas ideas a las leyes que hoy nos rigen, sin embargo han permanecido en un segundo nivel en relación a otros personajes como Miguel Hidalgo, José María Morelos o Francisco Ignacio Madero.

La maestra Ana Portnoy goza se un sólido prestigio como catedrática del Tecnológico de Monterrey y tiene más de 30 años de experiencia como profesora y conferencista en temas relacionados con la historia.

MELCHOR DE TALAMANTES

El ciclo comienza el 25 de mayo con el fraile mercedario Melchor de Talamantes. Originario de Perú, Talamantes fue un talentoso teólogo y orador de pensamiento liberal reconocido como precursor de la Independencia de México. Aunque llegó al país de manera accidental, inmediatamente se integró a la vida religiosa, política y literaria de la Nueva España.

En 1807 el virrey José de Iturrigaray le encomendó viajar al noreste de la Nueva España y establecer los límites de la frontera de Luisiana a Texas. Aunque su labor fue interrumpida, continuó participando en la formulación de planes para la reestructura política de la Nueva España y elaboró un proyecto de Congreso Nacional.

Melchor de Talamantes fue arrestado por sus ideas y los numerosos escritos que publicó. Estuvo recluido en varias prisiones de la Inquisición hasta que finalmente fue llevado al fuerte de San Juan de Ulúa, donde murió en 1809.

CARLOS MARÍA BUSTAMANTE

El 1º de junio es el turno de Carlos María Bustamante, cronista, historiador, periodista y político originario de Oaxaca. Fundador de diversos periódicos que fomentaron el movimiento de Independencia.

Sus ideas fueron objeto de censura y en ocasiones de encarcelamiento, sin embargo estas mismas hicieron que Morelos lo considerara el personaje ideoneo para ser el editor del Correo del Sur, publicación favorable a la Independencia y posteriormente escribió el discurso inaugural de Morelos en el Congreso de Chilpancingo, donde fungía como diputado.

RICARDO FLORES MAGÓN

El 8 de junio, la Mtra. Portnoy hablará del notable periodista, político, dramaturgo y anarquista oaxaqueño Ricardo Flores Magón, cuyo pensamiento y obra continua inspirando movimientos sociales hasta nuestros días.

Miembro de una reconocida familia de activistas políticos, Ricardo fue encarcelado en diversas ocasiones por la publicación de su periódico jurídico Regeneración, que siguió publicando después de su exilio en Laredo, Texas, con fuertes críticas hacia el régimen de Porfirio Díaz.

Participó en 1905 en la constitución de la Junta Organizadora del Partido Liberal Mexicano, el cual proponía la supresión de la reelección y la pena de muerte, la obligatoriedad de la enseñanza hasta los 14 años y el establecimiento del salario mínimo, así como la expropiación de latifundios y la regulación y reducción de las jornadas de trabajo.

A partir de 1906 promueve la lucha armada sin mucho éxito. Tanto Madero como Zapata lo invitaron a unirse a sus causas, sin embargo, Flores Magón rechazó ambas ofertas por considerarlas limitadas en su alcance.

Muere en 1922 en la prisión militar de Leavenworth, Kansas. Actualmente es considerado precursor de la Revolución Mexicana, sus restos descansan en la Rotonda de los Hombres Ilustres en la Ciudad de México desde 1945.

LUIS CABRERA

El ciclo termina el 15 de junio con la charla sobre Luis Vicente Cabrera Lobato. Originario de Puebla, abogado, político, diplomático y escritor cuyas ideas sobre la protección al campesino fueron cruciales para el desarrollo de la Ley Agraria de 1915 y más tarde el artículo 27 de la Constitución actual.

En sus artículos publicados en El hijo del Ahuizote criticó el régimen de Porfirio Díaz y junto a sus hermanos participó en la organización del Club Central Antirreeleccionista. Seguidor de Madero, lo encomendó a proseguir la Revolución hasta terminar con los seguidores de Díaz.

De 1914 a 1917 fue titular de la Secretaría de Hacienda. Después de la muerte de Venustiano Carranza, se manifestó abiertamente en contra de los gobiernos de Álvaro Obregón y Plutarco Elías Calles, sus ideas le valieron el destierro a Guatemala por dos años, sin embargo se reintegró a la vida política como asesor de Adolfo Ruiz Cortines.

El ciclo “Cuatro caudillos ignorados: una Nación” se llevará a cabo en el Auditorio del Museo de Historia Mexicana, está dirigido al público en general, las charlas serán a las 19:30 horas y tendrán un costo de 300 pesos por ciclo (4 conferencias) ó 100 pesos  por sesión, habrá los descuentos tradiconales.

Para mayores informes comunicarse al teléfono (0181) 2033 9898 ext. 112 o visite http://www.3museos.com, también a través de Facebook y Twitter.

Destaca la vida de los caudillos «olvidados»

David Hernández Mata.

El Porvenir.mx.Martes, 25 de Mayo de 2010. Sección Cultural. <http://www.elporvenir.com.mx/notas.asp?nota_id=398528&gt;

El ciclo “Cuatro caudillos ignorados: una Nación” se realizará en el Auditorio del Museo de Historia Mexicana, la charlas serán a las 19:30 horas.

Con la idea de darle su lugar a cuatro grandes pensadores que influyeron en los caudillos, que conocemos de la historia de la Revolución y la Independencia, «la idea es también hablar de la vida de estos personajes, de la conyuntura, sus planteamientos ideológicos y que tanto impacto tuvieron con sus pensamientos en los dirigentes militares», mencionó la maestra Ana Portnoy.

Portnoy presentará este martes en el Museo de Historia Mexicana el ciclo “Cuatro Caudillos Ignorados: una nación”, para conocer a profundidad a Fray Melchor de Talamantes, Carlos María Bustamante, Ricardo Flores Magón y Luis Cabrera.

La participación de estos cuatro caudillos se dio principalmente en el mundo de las ideas, establecieron publicaciones a través de las cuales ejercieron la crítica a los detentores del poder y aportaron numerosas ideas a las leyes que hoy nos rigen, sin embargo han permanecido en un segundo nivel en relación a otros personajes como Miguel Hidalgo, José María Morelos o Francisco Ignacio Madero.

La maestra Portnoy catedrática del Tecnológico de Monterrey, es quien impartirá estas charlas dónde hablara con profundidad, de la labor desconocida de estos intelectuales; y que de una manera u otra son tan importantes como los caudillos que la historia reconoce mayormente.

«Son personajes que de alguna manera no son muy recordados, ó no se les conocen mucho sus aportaciones a los dos movimientos, la historia generalmente le da mucho énfasis a lo que es la historia de bronce, que es la historia de los grandes héroes, las grandes batallas, los grandes triunfos», mencionó.

Con charla en el MHM Recuerdan legado de Flores Magón.

Ernesto D. Rodríguez.

Milenio online. Cultura. 2010-06-10

<http://impreso.milenio.com/node/8781908&gt;

Acciones, pero sobre todo ideas fueron las aportaciones más importantes que los grandes personajes de la Revolución Mexicana brindaron al pensamiento libertario, destacó en su charla la catedrática Ana Portnoy la noche del martes en el Museo de Historia Mexicana.

Dentro del ciclo de conferencias “Cuatro Caudillos Ignorados: Una Nación”, esta vez tocó el turno a la presentación de una charla sobre el emblemático periodista y pensador Ricardo Flores Magón.

La catedrática del Tecnológico de Monterrey habló sobre la vida y obra del también dramaturgo oaxaqueño, y describió los pasos que lo llevarían a tener un papel importante en la historia de México.

Abordó momentos como el incidente en Tomóchic, preludio de la Revolución, pasando por la constitución de la Junta Organizadora del PLM, la creación de Regeneración, el exilio hacia EU, la rebelión de Baja California en 1911, hasta el paso que dio Flores Magón de ser precursor de la Revolución a sentir afinidad por la idea del anarquismo libertario.

Obra de teatro de Estela Leñero sobre la familia Flores Magón.

Gustavo Mendoza Lemus

Milenio.com, 9 de junio de 2010.

<http://www.milenio.com/node/322170&gt;

Aprovechando la avalancha de aproximaciones de todas las disciplinas artísticas al tema del Bicentenario, Estela Leñero plantea adentrarse en la vida familiar de los Flores Magón, a la doctrina que recibieron en su infancia.

Monterrey, NL.- La vida familiar de Enrique y Ricardo Flores Magón será llevada a escena bajo la pluma y visión de Estela Leñero, quien no sólo se basará en la biografía de los hermanos anarquistas sino en la visión que su padre, Teodoro Flores, les inculcó desde su infancia.

Aún no hay fecha para su publicación ni para su montaje, aunque Estela prefiere primero llevarla a escena pues “lo que más me importa de mis obras es verlas en el escenario, ver cómo funcionan y ver como se desenvuelven los personajes”.

De paso por la ciudad, Estela Leñero acudió al Centro Cultural Universitario a presentar el libro Verbo líquido, el cual reúne cinco textos de su autoría –Insomnio, Habitación en blanco, Verbo líquido, Verónica en portada y El Códex Romanoff- y que cuenta con un prólogo de la dramaturga Sabina Berman.

Asediada por jovencitas estudiantes o egresadas de las distintas escuelas de artes escénicas, Estela Leñero se toma un tiempo para hablarnos de su proyecto para el próximo año, en plena conmemoración del Bicentenario del inicio de la Independencia y del Centenario del inicio de la Revolución.

“A mí me interesó escribir una obra sobre los Flores Magón, de hecho la acabo de terminar, y me puse a investigar y a investigar durante cuatro años y de repente me cayó el Bicentenario. La obra está enfocada sobre la familia, ellos vienen de unos padres alucinantes y eso me atrajo mucho”, adelantó un poco para sus lectores.

Estela Leñero es una de las dramaturgas mexicanas más reconocidas en la actualidad; sus obras buscan transmitir reflexiones urbanas a través de los ojos de una mujer maquiladora o de los cholos en las periferias urbanas, lo que le ha valido ser reconocida con el premio Nacional de Dramaturgia “Víctor Hugo Rascón Banda” en el 2004.

La vida de los Flores Magón es abocarse a un movimiento radical previo a la fecha oficial del inicio de la Revolución. Educados bajo los conceptos de organización de las comunas oaxaqueñas, desde muy jóvenes aprendieron a relacionar estos conceptos con los mandatos más básicos del comunismo, que después enfocarían en el anarquismo. Tanto Enrique como Ricardo vivieron presos la mayor parte de su juventud, en especial por llamar a la revolución social desde 1906 y por la publicación de diversos diarios, entre ellos El Regeneración.

“Su padre fue afín a Juárez, le había tocado participar en las guerras civiles contra los norteamericanos y los franceses; él era el Tata de una comunidad mazateca y de ahí les enseñó los cinco principios de la verdadera democracia y ellos lo asociaron al comunismo. Su padre es un personaje muy interesante”, detalló Estela Leñero.

Por ahora no hay fecha de estreno para la obra, pero sin duda vendrá a ser un interesante aporte de uno de los grandes personajes de la Revolución Mexicana.

La estructura hace la buena obra

“El trabajo fuerte de un dramaturgo es en la estructura de la obra porque las historias, como dicen, siempre son las mismas”, expresa Estela Leñero, haciendo una revelación sobre lo que resulta más importante para ella en su modus operandi cuando escribe.

Una de las peticiones constantes que se le hizo a Estela durante y después de la presentación de Verbo líquido es conocer su proceso creativo, no faltó quién le solicitara un libro donde diera consejos para quien desee involucrarse en el mundo de la dramaturgia y de la dirección teatral.

Además de enfocarse en la estructura del relato, Estela recomendó de igual forma ubicarse los planteamientos del trabajo en el presente, en lo contemporáneo. “Yo sé que no hay historias nuevas, pero sí hay nuevas formas de narrarlas, de jugar un poco con el tiempo porque en el teatro todo es presente, es ahí donde los personajes en escena viven”.

Austerlitz

W.G. Sebald. Barcelona: Editorial Anagrama. 2002.

Recientemente tuve la oportunidad de escuchar al Sr. Peter Katz, sobreviviente del Holocausto, dar su testimonio. Él fue uno de los niños  del kindertransport, el transporte de menores de Alemania, Austria, Checoslovaquia y Polonia, ,  países que entre 1938 y 1939 habían sido anexados al Tercer Reich en 1938 con destino a Gran Bretaña. Este transporte fue la oportunidad de sacar a cerca de 10,000 niños judíos entre 8 y 17 años de sus países de origen, aunque sin sus padres, con salvoconductos nazis para que viajaran en trenes sellados hasta Gran Bretaña,a través de las fronteras de Holanda y Bélgica con dirección a los puertos, para llegar a su destino final cruzando el Canal de la Mancha. Algunos bebés fueron llevados al cuidado de los niños mayores.

El kindertransport fue autorizado por el Parlamento gracias a la presión del Comité Británico-Judío de Refugiados que le presento esta propuesta. Se autorizó la residencia temporal de los niños en el país, bajo la noción que tan pronto terminara la crisis se reunirían nuevamente con sus padres. Una fianza de 50 libras debía estar depositada por cada niño para garantizar su reubicación.Judíos, cristianos y cuáqueros colaboraron  y financiaron la operación de rescate.

El primer transporte de niños llegó a Inglaterra el 2 de diciembre con 196 niños que habían vivido en un orfelinato judío en Berlín, quemado por los Nazis la Noche de los Cristales Rotos el 9 de noviembre de 1938. Cientos de niños, como Peter Katz, quedaron varados en Bélgica y Holanda. El kindertransport cesó en septiembre de 1939 al estallar la Segunda Guerra Mundial.

Muchos fueron recibidos por familias judías, muchos otros por famillas cristianas. Muchos fueron educados recordando su origen, otros muchos perdieron su identidad y la noción de su procedencia, siendo educados en la religión de sus padres de adopción. Muchos recibieron buen trato, otros fueron maltratados o vivieron en la indiferencia y frialdad.

La mayoría de ellos no volvió a ver a sus padres, abuelos y demás familiares que fueron víctimizados y otros, sobre todo los que quedaron en Bélgica, tuvieron que buscar medios para esconderse y sobrevivir una vez que el país fue invadido por Alemania.

Escuchando al Sr. Katz, quien contó cómo las medidas antisemitas se implantaron en Austria tras el Ainschluss y cómo sus padres decidieron buscar una alternativa para poner a salvo a su único hijo, recordé el libro intitulado Austerlitz, escrito por W.G. Sebag el aclamado autor alemán radicado en Inglaterra,  y publicado en 2001, poco antes de su muerte. Este texto ha sido considerado como una de las obras de ficción escrita originalmente en alemán más significativa desde la Segunda Guerra Mundial.

El personaje principal, Jacques Austerlitz, es un historiador del arte que a partir de 1960, y en diferentes épocas y lugares, coincide con el narrador a quien va contando su historia. A lo largo de las páginas  se va descubriendo su vida, pues si bien es un inglés apasionado  de la fotografía, por nacimiento era checo, de religión judía y su llegada a la patria de adopción fue a través del kindertransport en el verano de 1939.

Adoptado por un predicador calvinista, sin noción alguna sobre su origen, empieza a descubrir indicios de una vida distinta que lo llevan a Praga para descubrir que su madre estuvo internada en el campo de concentración de Terezin –Theresienstadt-, el campo «modelo» que la Cruz Roja visitó sin sospechar que era un punto intermedio hacia Auschwitz. ,Al visitarlo, Austerlitz empieza a percatarse sobre el genocidio hitleriano y la muerte de seis millones de judíos, entre otros tantos millones de inocentes asesinados. Y comprende porqué no se encuentra lugar, porqué es un extraño dentro de su propia piel.

Conforme avanza la novela, Sebag nos va guiando por una civilización europea ya desaparecida, un mundo de fortalezas, estaciones de tren, campos de concentración. El autor, apasionados como su personaje Austerlitz de la fotografía, incluye en su libro fotos que contribuyen a ilustrar al ambiente que genera el texto.

W.G. Sebag nació en Wertach im Allgäu en 1944. Su padre había sido soldado en el Reichswehr desde 1929 y se mantuvo en el ejército del Tercer Reich al tiempo que la familia, -de origen rural, muy católica, muy conservadora, anticomunista y hostil  a la presencia de extranjeros- fue prosperando económicamente. De 1945 a 1947 fue prisionero de guerra en Francia.

El joven Winfried Georg creció en una Alemania que concientemente quería olvidar su pasado nazi. Empezó a confrontar imágenes filmadas de la guerra y del Holocausto en la escuela primaria sin recibir ningún tipo de explicación al respecto. Su ingreso a la universidad coincidió con los juicios de los capos de Auschwitz en Frankfurt, descubriendo que los acusados eran gente común y corriente, como aquellos con los que había crecido y convivido. El testimonio de sobrevivientes judíos que testificaron fue otra revelación.

Al a vislumbrar los alcances de la tragedia perpetrada por hombres como su padre, captados y cautivados por la retórica hitleriana y los sueños de recuperar la gloria perdida a toda costa, Sebald empezó a afrontar la historia reciente de su país, los retos de la memoria individual y colectiva, el desarraigo y las maneras como se construye  una identidad. El Holocausto y la Alemania posterior a 1945 fueron temas frecuentes en sus obras, intentos por reconciliarse a través de la palabra escrita con el trauma de la Segunda Guerra Mundial, particularmente desde la óptica del pueblo alemán.

En 2001, antes de morir en un trágico accidente automovilístico, se le consideraba como uno de los autores más importantes y posible ganador  un futuro premio Nóbel.

Información sobre la Asociación de los sobrvivientes del Kindertransport y sus descendientes:

KTA. The Kindertransport Association. <http://www.kindertransport.org/&gt;

Frank Meisler

Niños del Kindertransport, Hope Square, Londres


Pompeya, un tunel en el tiempo

Ana Portnoy Grumberg

En la Península italiana, en la región de Campania se situan las ciudades romanas de Pompeya y Herculano, muy cercanas a la ciudad de Nápoles.

Campania es una rica region agrícola y aunque ambas fueron ciudades de poca relevancia en el mundo romano, su preservación gracias a las capas de ceniza volcánica que las conservó casi intactas hasta nuestros días las han convertido en prácticamente un tunel del tiempo que permiten reconstruir los detalles de la vida cotidiana en el siglo I.

Las dos ciudades estaban localizadas en una zona de grandes posibilidades agrícolas, con intensos cultivos de vid y olivos que fueron la base de su economía. Los pompeyanos exportaron vino y aceite de oliva al norte de Africa y al cercano oriente e importaron productos de la costa francesa y de regiones tan lejanas como la India.

El 24 de agosto del año 79 el Vesuvio hizo explosion cuando Tito era el emperador del gran imperio romano. Con una población de casi 20,000 personas que incluían patricios, plebeyos, esclavos, comerciantes, sacerdotes, gladiadores, artesanos y campesinos, Pompeya fue sepultada tras la erupción del Vesuvio, que forma parte de una línea de volcanes como el Strómboli y el Etna en Sicilia. Murieron cerca de cinco mil personas debido a los incendios provocados por las rocas ardientes arrojadas por el volcán y por los vapores de azufre que envolvieron la ciudad y asfixiaron a los habitantes. Muchos murieron intentando escapar hacia el mar, y otros, como el naturalista Plinio el Viejo, tratando de rescatar a los sobrevivientes.

En un radio de dieciocho kilómetros cuadrados el paisaje quedó cubierto por lava y los campos fértiles fueron arrasados.

Podemos decir que la arqueología nace con las excavaciones y estudios acerca de Pompeya y Herculano que se iniciaron en el siglo XVIII y que, con escasas interrupciones han continuado hasta nuestros días.

En la actualidad podemos pasear por Pompeya, en la que se conservan perfectamente el trazado de sus calles, las estructuras de sus tiendas y talleres así como los importantes edificios públicos como el Foro, el Templo de Isis o el Anfiteatro, junto a los restos de su sistema de murallas.

Numerosas casas particulares de esta ciudad han conservado sus estancias, atrios y jardines. Impresionan los servicios públicos con los que contó, como el abastecimiento de agua, el drenaje, el pavimento de sus calles con pasos peatonales, la distribución de barrios delimitando los comerciales con los residenciales. Se han encontrado los talleres textiles con evidencias de los pigmentos para teñir la ropa, las panaderías con restos carbonizados de pan en sus hornos, tabernas y tiendas, así como baños públicos con albercas, baños de vapor y gimnasios en los que los pompeyanos cultivaban la norma de “mente sana en cuerpo sano”.

Algunas villas suburbanas próximas a la ciudad de Pompeya, también conservan junto a sus dependencias importantes pinturas murales y mosaicos, con motivos de inspiración griega. El naturalismo y la belleza de sus temas inspiraron en la época de Napoleón el así llamado estilo imperio.

En la ciudad de Herculano, de menores proporciones que Pompeya, y todavía con muchos de sus edificios sin rescatar, también se han preservado numerosas casas particulares, termas privadas y algunos edificios públicos como el Teatro. El hecho de permanecer sepultadas durante siglos por la lava y las cenizas ha permitido una buena conservación de los restos de es- tas ciudades antiguas.

El interés por Pompeya radica en el hecho de que podemos contemplar con bastante exactitud lo que constituía la vida cotidiana de una ciudad romana del Imperio tal como se desarrollaba hace 2,000 años, con sus calles, y sus diversos espacios públicos y privados. El paseo por la ciudad puede ser completado con una visita al Museo Arqueológico de Nápoles, donde se conservan numerosos restos de esta ciudad.

Entrar a Pompeya muy temprano, antes de que comiencen a llegar los primeros turistas, o pasear con calma para ser de los últimos de la jornada en abandonarla provoca una sensación sobrecogedora. Parece que en cualquier momento puede terminar la hibernación de la ciudad y que sus habitantes van a caminar por sus calzadas, los carruajes, a pasar por sus calles estrechas, las tiendas y templos, a abrir sus puertas, y  los gritos de los asistentes al anfiteatro vitorearán a los gladiadores.

Transitar por las mismas aceras por las que caminaron  los pompeyanos es un privilegio que sólo ha sido posible desde hace unas pocas décadas pues a pesar de que las excavaciones se llevan  a cabo desde hace más de 250 años solo en la última mitad del siglo XX Pompeya se convirtió en una atracción turística, más popular aún tras su nombramiento de Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO.

Sin embargo, la acción de hierbas silvestres que crecen por doquier, la contaminación atmosférica, el limitado presupuesto para su conservación y vigilancia y la creciente la invasión de turistas -casi dos millones de visitantes al año-, de los que muchos no dudan en llevarse como recuerdo parte de un antiguo fresco, dejando en su lugar un graffiti , han hecho sonar las alarmas de los conservacionistas que temen que, después de resucitar, Pompeya pueda volver a morir por segunda vez. A estos mismos riesgos se enfrentan los sitios arqueológicos más conocidos del planeta, incluyendo las importantes zonas prehispánicas y coloniales de nuestro país.