En vivo desde el Met: Ópera “Aída” en el Auditorio Luis Elizondo

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AÍDA

CORONANDO A “LA REINA DE LAS ÓPERAS”

Dr. Fernando Treviño Lozano

El Norte, Monterrey, N.L., 15 de diciembre 2012. Sección Arte, Pág. 4. 

LEYENDAS Y REALIDADES

 Alrededor del estreno de Aída, siempre han existido una serie de versiones que mezclan leyendas, mitos y parte de la verdad. El relato más popularizado es el que cuenta que la obra fue estrenada en El Cairo con motivo de la apertura del Canal de Suez, mismo que conecta al Mar Rojo con el Mediterráneo. A éste, le sigue el que narra que Aída fue la obra con la que abrió el Teatro de la Ópera de El Cairo.

La verdad, reside en que si bien Verdi recibió un encargo directo del Jedive del Egipto, Ismail Pachá durante 1869 para escribir una ópera sobre un tema egipcio, para que se presentara en tan trascendental evento; éste fue declinado por el compositor, quien dijo que él no escribía piezas “de ocasión”; sino sólo aquellas que brotaran en su momento de su propia inspiración. Como dato curioso, a pesar de lo anteriormente expuesto, en el Gran Teatro de El Cairo, mismo que era nuevo, mas ya había sido inaugurado, sí se presentó una ópera de Verdi con motivo de la inauguración de Canal en noviembre de 1869; pero esta fue Rigoletto, una obra que había sido estrenada en Venecia en 1851.

Sin embargo,  una serie de circunstancias, llevaron al autor a la composición de una obra que no sólo se acercó a las intenciones originales del Jedive; sino que desde su estreno se convirtió en una joya de su producción musical y en una de las más grandiosas óperas jamás compuestas.

Resulta que mientras lo antes referido sucedía, Camille Du Locle, envió a Verdi un documento de apenas cuatro páginas en el que describía un episodio, supuestamente cierto, de un hecho ocurrido en Egipto y detallado por el arqueólogo Mariette Bey. La historia de un soldado que renuncia a casarse con la hija del Faraón por amor a una esclava etíope, quien por su parte se ve en el difícil dilema de tener que elegir entre su amor al militar y el deber hacia su patria, no pudo dejar de cautivar la imaginación del compositor, quién inmediatamente comisionó un libreto a Antonio Ghislanzoni para él escribir una ópera sobre el tema.

Finalmente Verdi, profundamente inspirado y conmovido por la trama y el magnífico libreto que, con intervención del propio compositor, preparó Ghislanzoni, se puso a trabajar y fijaron la fecha para el gran estreno en El Cairo en enero de 1871.

Sin embargo, como sucedió en tantas ocasiones el la vida de Verdi, la política impidió que la producción estuviera lista para la fecha seleccionada. La guerra franco-prusiana hizo que vestuario y escenografía quedaran atrapados en París durante meses y no fue sino hasta el 24 de diciembre de 1871 que la ópera pudo ser interpretada ante un público por primera vez. La puesta en escena fue fastuosa. La corona de Amneris, hija del Faraón, era de oro puro y las armas del capitán Radamés estaban hechas de plata. El éxito fue grandioso, más el compositor no estuvo presente.

Profundamente disgustado por el hecho de que la función había sido “privada”, es decir, preparada para políticos y dignatarios, pero sin la presencia del público en general ni de críticos musicales, Verdi se negó a asistir al estreno.

Lo que en la mente del autor constituyó realmente el lanzamiento mundial de Aída fue la  puesta en escena en La Scala de Milán el ocho de febrero de 1872, escasos dos meses después de su presentación en El Cairo. En esa ocasión, Verdi fue llamado a escena treinta y dos veces entre un tumulto de aplausos y le fue entregada una pieza de marfil con los nombres de Aída y Verdi realzados en piedras preciosas.

Tras este inédito triunfo, Verdi consideró que era el momento de retirarse de la composición operística. La historia nos narra que esto no fue así. En 1887 y 1893, respectivamente, Verdi compondría Otelo y Falstaff, dos óperas con temas shakesperianos que ahora sí, coronarían su carrera como compositor de óperas.

 SÍNTESIS

En el antiguo Egipto, el país está en guerra con, e intenta conquistar a Etiopía. En una de las batallas han tomado prisionera a Aída, hija del rey etíope Amonasro y sin saber su linaje, la han hecho esclava y dama de compañía de Amneris, hija del Faraón. Ésta se encuentra enamorada del principal capitán de los ejércitos egipcios, Radamés; pero él está prendado de Aída, quien le corresponde.

 Sale Radamés a un nuevo enfrentamiento del cual regresa victorioso y con muchos prisioneros, entre los que se encuentra Amonasro. En la ceremonia triunfal en la que el capitán presenta a los cautivos, el rey etíope hace señas a su hija para que ambos guarden en secreto sus respectivas identidades. Mientras tanto, el Faraón concede la mano de su hija Amneris al capitán vencedor, ante el asombro y congoja, tanto de Aída como de Radamés.

En una emotiva escena, padre e hija se encuentran y aquel le pide que dado el obvio amor que Rademés siente por ella, obtenga información sobre las posiciones del ejército egipcio, de tal manera que él y sus compatriotas prisioneros puedan idear una ruta de escape.

Aída se ve desgarrada entre los sentimientos de lealtad a su padre y su amor por Radamés. Sin embargo, en un momento de flaqueza le arrebata el secreto al guerrero y lo revela a su padre. Al darse cuenta Radamés de lo que ha sucedido, se siente un traidor a su patria. El hecho llega a ser del conocimiento del Faraón quien manda aprehender al capitán.

 Radamés es condenado a ser enterrado vivo. En una profundamente conmovedora escena final, Radamés, ya en la tumba, se percata de que Aída se ha introducido en ella para morir con él; mientras una vengativa Amneris, acompañada del pueblo y de los sacerdotes egipcios, hacen guardia fuera del mausoleo.

MÚSICA GLORIOSA

 Tras examinar esta breve síntesis, no podemos sustraernos a las grandes posibilidades dramáticas y musicales que pudo adivinar Verdi, tras leer aquel sucinto escrito que le envió Du Locle. Desde los encuentros iniciales entre Aída y Amneris; los sueños de Radamés de algún día ser un gran guerrero y ganar la mano de la esclava etíope,  pasando por el adiós al guerrero deseándole la gloria en la batalla; el regreso triunfal del capitán; la añoranza de Aída por su patria; el encuentro del padre con su hija y el emotivo, poético y patético final, dan amplia oportunidad a que un genio de la estatura de Verdi de a luz momentos maravillosos e inolvidables como “Celeste Aída” (Aria de Radamés), “Ritorna vincitor” (Aria de Aída), la gran escena de la victoria, misma que incluye porciones de baile, aparte de la conocidísima marcha triunfal, “O patria mia”(Aria de Aída), “Pur ti riveggo mia dolce Aída” (Dúo Aída-Radamés), Già i Sacerdoti adunasi (Dúo Amneris-Radamés), así como la conmovedora y cautivante escena final “O terra addio”, sólo por mencionar algunos momentos célebres.

 Sabemos que en la primera representación de la ópera en El Cairo, Amneris utilizó una corona de oro. Esta corona, sin duda alguna, le pertenece a la obra en su totalidad. Por algo a Aída se le conoce como “La Reina de las Óperas” y ciertamente merece una corona del oro más puro y exquisito.

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