Pan de miel

De acuerdo a la leyenda griega, en los tiempos antiguos los hombres de la Edad de Oro se alimentaban exclusivamente de la miel producida por las abejas. Zeus niño, escondido en Creta, creció comiéndola. Desde el inicio de los tiempos, la humanidad ha disfrutado y se ha beneficiado por su consumo.

La miel fue uno de los primeros alimentos recolectados por el hombre prehistórico y se le dio el simbolismo de abundancia y bienestar. Textos antiguos de diversas culturas ensalzan sus virtudes, El autor del Atharva Veda hindú solicita a «Asvins, señor de la luminosidad, úngeme con la miel de abeja, para que pueda dirigir con fortaleza mis palabras entre los hombres». El romano Virgilio en el libro IV de las Geórgicas escribe sobre «el regalo celestial de la miel». Y los indios cheyennes en su mito de la creación cuentan que «los primeros hombres se alimentaron de miel y de frutas silvestres y nunca padecieron hambre».

Antes de la aparición del hombre, osos y primates buscaron las colmenas y algunas especies de monos descubrieron que con una ramita podían obtenerla sin arriesgarse a un ataque por parte de las abejas.


A través del arte rupestre se puede saber cómo recolectaba el hombre prehistórico  la miel. Hace 12,000 años, en la Cueva de la Araña en Valencia, el artista  aprovechó un hueco en la roca y pintó a un hombre suspendido por cuerdas metiendo su mano en la grieta para tomar su tesoro dorado y depositarlo en un cesto mientras las abejas revolotean a su alrededor. Pinturas similares se han encontrado en Sudáfrica, en Zimbabwe y en la India.

La poderosa atracción de la miel obligó al hombre a esforzarse por obtenerla inventando medios para alcanzarla protegiéndose de las abejas  así como creando recipientes para almacenarla y transportarla.

Este maravilloso producto no sólo es un endulzante natural sino que también tiene propiedades preservativas y curativas y por ello se le han dado valores mágicos. La miel ya se utilizó en la gastronomía y en la ritualidad egipcias, en los banquetes griegos y en la cocina romana, incluyéndola Apicio en la receta de una  salsa de pescado.

Las primeras menciones de pan de miel -o pan de especias o de gengibre- datan del siglo XVII aunque su preparación fue muy anterior. Los chinos en el siglo X inventaron el pan de miel al que llamaron mi-king. Trescientos años después la corte de Gengis Kahn lo disfrutó y lo difundió hacia el Occidente llegando a los turcos y a los  árabes en Medio Oriente en donde europeos que llegaban como peregrinos a Tierra Santa lo probaron y lo llamaron panis mellitus. Algunos cruzados perdidos en las marismas rumanas dependieron de él para poder sobrevivir.

Con el paso del tiempo se le fueron agregando especias -canela, clavo, anis, gengibre y/o nuez moscada-. Se dice que Catalina de Medici incluía ciertos tipos de veneno en su preparación para deshacerse de sus enemigos, aunque tal vez esta anécdota pretenda explicar porqué su corte sufrió de cólicos una vez que se sirvió a todos.

Hasta hoy en día el pan de miel, o de especies, es el manjar característico de algunas regiones -Dijon, Reims, Paris- o de algunas festividades -pan de gengibre en Navidad-.

Fuente: Maguelonne Toussaint-Samat. History of Food. New York: Barnes&Noble Books. 1992.

Honik Lekaj (pan de miel para el Año Nuevo judío).

Precalentar el horno a 170 grados centígrados.

5 huevos enteros

1 taza de aceite (no de oliva)

1 taza de miel

1 taza de jugo de naranja

1 taza de café fuerte

1 3/4 taza de azúcar

4 tazas de harina cernida

2 cucharaditas de bicarbonato de sodio

Batir los huevos con el azúcar y alternar los ingredientes líquidos con la harina. Al final se agrega el bicarbonato.

Al gusto, se pueden agregar pasitas, nueces, clavo, canela, fruta cristalizada o mermelada de fresa o de naranja.

En un molde rectangular grande se pone una hoja de papel encerado, se engrasa y enharina y se vierte la masa. Hornear hasta que el pan esté firme y salga seco el palillo con el que se revise la cocción.

 

Mosaico de atún

Para los meses calurosos un platillo fresco y atractivo resulta muy apetitoso. En este caso, además, es muy nutritivo pues contiene proteinas y carbohidratos.

El uso adecuado de la gelatina es crucial. Para hidratarla, se debe espolvorear sobre un líquido a temperatura de ambiente y dejar reposar por tres minutos. Antes de mezclarla con los otros ingredientes hay que suavizarla para que no forme grumos, por lo que se debe calentar a fuego lento hasta que se disuelva y tenga la consistencia de un jarabe espeso.

Ingredientes

1 pan blanco o integral entero, de forma rectangular

1 sobre de gelatina sin sabor hidratada en 1/4 de taza de agua

2 latas de atún, escurrido y desmenuzado

3/4 taza de papas cocidas, peladas y partidas en cuadritos

3/4 taza de chícharos cocidos

3/4 taza de ejotes cocidos

3/4 taza de zanahorias peladas, cocidas y partidas en cuadritos

3 huevos duros picados

6 cucharadas de crema

1/2 cucharita de pimienta negra recién molida

1 cucharadita de sal

2 cucharaditas de páprika

1 taza de mayonesa

Manera de hacerse:

Cortar horizontalmente la tapa superior del pan y reservarla. Sacar con cuidado el migajón, procurando no romper las paredes interiores del pan (del migajón se pueden hacer crotones para alguna ensalada).

Combinar el atún, las verduras y los huevos en un tazón hondo. Agregar la crema, la mayonesa y los condimentos.

Calentar la gelatina hasta que se haga líquida (en el horno de microondas a temperatura máxima 22-25 segundos)  y agregar a la mezcla de atún, que se verterá dentro del pan con una cuchara. Cubrir con la tapa que se reservó y envolver de manera apretada en papel aluminio. Refrigerar 6 horas mínimo o desde la noche anterior.

Acomodar sobre un platón alargado. Para servir se corta en rebanadas.

Como entremés alcanza para 10 o 12 porciones, como plato fuerte para 8.

Nota

Si quiere reducir el consumo de grasa, utilice atún en agua, mayonesa light, elimine las yemas y en lugar de crema puede poner yogurt blanco desgrasado y que no sea dulce. No cambia ni la consistencia, ni la presentación ni el sabor del platillo.

¡Moles, Monsieur!


Arqueólogo Ricardo Rincón Huarota
Globedia
Un francés remolón acaba rindiéndose a nuestro platillo patrio: el mole. Los Sabores del Bicentenario.

Mi amiga Lucía y su novio Pierre, originario de Francia, llegaron este septiembre a México. Ambos son chefs en aquel país europeo y vinieron para realizar tours gastronómicos por algunos estados.

Por tener ya algunos años en el extranjero, Lucía me pidió que los acompañara en el recorrido durante el cual se podía observar su interés por vivir experiencias gastronómicas distintas. En cambio, Pierre, por su condición de degustador experto más alineado a la ortodoxia, mantenía una posición menos flexible, además de arrogante, en las actividades que realizábamos.

Tal fue el caso en la cata-maridaje que hicimos en San Miguel de Allende, donde lasommelier hablaba sobre la buena conjunción entre diversos platillos de la cocina mexicana y los vinos tintos, blancos y espumosos.

Mención especial hizo sobre la armonía que existe, para cierta corriente culinaria en México, entre la champaña y nuestro platillo nacional: el mole. De hecho, tal maridaje formaba parte de la cena de esa noche.

Al escuchar tal combinación, Pierre interrumpió a la asesora:“voila ¿mole con champaña? Qué mezcla tan explosiva; según los cánones, la champaña es una bebida que debe tomarse como aperitivo y dada su viva acidez no es apta para acompañar cualquier alimento, menos al mole que es un platillo altamente condimentado”

Ella le contestó que cuando la acidez de la champaña es la adecuada, puede maridar con casi todo tipo de sabores. “La acidez y su gas carbónico, agregó, limpian el paladar para seguir disfrutando las viandas sin la sensación de saturación o de picor”. Al escuchar esta explicación, en tono sarcástico el francés le reviró “si se trata de limpiar el paladar con burbujas, mejor tomo agua de Vichy, que no es tan cara como la champaña”, lo que arrancó las carcajadas de uno que otro.

La sommelier prosiguió y nos relató el origen prehispánico del mole. Fue hasta la segunda década del siglo XX, cuando adquirió su carácter de emblema de la cocina mexicana, se volvió del gusto de todas las clases sociales y se posicionó como producto de exportación. Para finalizar su comentario, visiblemente emocionada, la experta dijo convencida: “el mole es a México, lo que las ancas de rana y los caracoles a Francia; la paella a España y el roast beef a Inglaterra.”

Los meseros hicieron su aparición y comenzaron a servir el menú cuyo plato fuerte fue pechuga de pato bañada en mole negro de Oaxaca, acompañada por champaña. Sin quitar la mirada del guiso, el francés probaba la carne y el sabor del mole que combinaba con pequeños sorbos del burbujeante líquido. Cuando su gusto no encontró la armonización prometida, rompiendo el protocolo, ordenó de inmediato una botella de tinto mexicano shiraz.

Al tiempo que seguía degustando el platillo, nos decía: “de las decenas de moles que hay, sólo he probado pocos; quizá por que me recuerda al curry. Su intenso sabor a chiles y especias no me gusta; además, su color y consistencia me parecen desagradables a la vista; de hecho este que estoy comiendo ahora no es la excepción”. Sus comentarios nos parecían fuera de lugar, tomando en cuenta que estaba criticando ni más ni menos que a nuestro platillo patrio.

No obstante, para terminar, Pierre trinchó un pedazo de pan y secó hasta el último rastro de mole que quedaba en el plato. Se limpió la boca, se encogió de hombros y dijo con sorna “no está mal, pero creo que la Venganza de Moctezuma me está pasando factura, siento burbujas en el estómago y no creo que sean las de la champaña”; pidió permiso y se levantó; luego, lo vimos regresar, pero por el pasillo de la cocina.

Minutos después, el mesero se dirigió hacia él con un paquete y a bocajarro le dijo enfrente de todos: “Monsieur, el chef agradece que le haya gustado tanto la cena, pero desafortunadamente no puede darle la receta del mole”.

Los comensales conteníamos la risa viendo el rostro desencajado de Pierre que había sido descubierto por el servicial pero indiscreto empleado, quien remató: “pero para que no se quede con el antojo, le preparé esteitacate de enchiladas de mole para que se las desayune, si no con champaña… ¡aunque sea con un champurrado!”

 

El banquete y sus significados

¿Sabía usted que el comer en conjunto para festejar un acontecimiento es una costumbre antiquísima que ha implicado no sólo el disfrutar de alimentos preparados con esmero, sino también estos convites contienen un simbolismo?

Se cree que la palabra banquete que quiere decir comida consumida en compañía, deriva del sustantivo banc, banco o asiento y que el término proviene de los tiempos de los primeros cristianos quienes se reunían en catacumbas y celebraban sus ágapes sentados en bancas.

Sin embargo, los banquetes han sido una costumbre muy antigua, pues ya los egipcios, babilónicos, griegos y romanos acostumbraban recibir a sus huéspedes con opulencia y con un servicio de mesa que sobresalía de la comida cotidiana.

El banquete ha conmemorado ocasiones ceremoniales, festejos, funerales, triunfos militares y acuerdos políticos y también se llevan a cabo para reunir a diversas personas con las que se reafirman ideas y creencias similares, ya sean religiosas, sentimentales o intelectuales.

Hoy en día sabemos de los gustos culinarios de nuestros ancestros en diferentes épocas gracias a la arqueología.

Desde el período paleolítico cuando surge la conciencia del hombre de pertenecer a un grupo, llámese familia, clan o tribu, el consumo de los alimentos se realiza en compañía, sobre todo después del descubrimiento del fuego en el cual se asaba y cocinaba la carne, sentándose el grupo alrededor de la fogata. Los concheros, es decir, los depósitos de basura que se han encontrado en cuevas nos reportan el consumo de carne y de la médula de los huesos desde hace varios cientos de miles de años.

Los banquetes tenían un carácter místico, un ritual para que las fuerzas de la naturaleza fueran propicias. En las paredes de las cuevas denominadas Tres Hermanas en Francia, un artista primitivo representó al brujo de la tribu con vestimentas ceremoniales realizando una danza ritual en medio de una manada inmensa. Era un encantamiento para asegurar la cacería y los animales se dividían en dos porciones, una para los espíritus benevolentes y otra para el grupo humano. Así, el hombre se acostumbró a reunirse para dividir y compartir los alimentos, sobre todo en los dos momentos fundamentales de la vida, el nacimiento y la muerte.

Con el desarrollo de la agricultura y de la ganadería, el uso de la cerámica y la metalurgia, las reuniones alrededor de la mesa fueron más comunes y más elaboradas, sobre todo en las regiones más fértiles.

Herodoto, el padre de la historia, escribió hace 2,500 años sobre los banquetes que realizaban los antiguos egipcios. Ellos consideraban los alimentos como la fuente de salud o de enfermedad y por eso eran muy meticulosos a la hora de elegir y preparar sus comidas. Se han conservado descripciones de los banquetes que realizaban en pinturas murales en las tumbas y en los relatos históricos.

Recibían a sus invitados en comedores o en los jardines de sus casas en los que las plantas aromáticas y las palmeras refrescaban el ambiente. La anfitriona se encargaba de elegir el menú, supervisar su elaboración, dirigir el servicio y presidir la celebración junto con su esposo, a diferencia de las culturas de Oriente en las que las mujeres no participaban en los festejos.

Los huéspedes llegaban en palanquines y eran conducidos a una habitación en la que se lavaban las manos y los pies. Mientras se servía la comida eran entretenidos con diversos juegos, música de liras, arpas y tamborines así como por jóvenes bailarinas, acróbatas o mimos. Se les adornaba con coronas de flores y se les servía de beber. Hay que recordar que los egipcios desarrollaron una industria de vino y de cerveza y conocieron más de 2,000 hierbas y especies para aderezar sus alimentos.

El libro de Génesis [1] en el Antiguo Testamento nos relata del banquete del faraón que tenía a coperos a su servicio cuyo único oficio era verter el vino para el gobernante y panaderos para la elaboración de pan exclusiva del palacio real.

Herodoto, Ateneo y Plutarco reseñaron que para inspirar a los comensales, al final del banquete se traía un sarcófago que contenía un esqueleto, para que ante la imagen de la muerte se concediera más valor a las alegrías de la vida y de la comida.

El banquete, desde entonces, ha sido una oportunidad para demostrar la generosidad y riqueza del anfitrión. Por supuesto que no toda la población recibía así a sus invitados, pues alimentarlos y entretenerlos implicaba un costo elevado para poder sufragar un servicio doméstico, cocineros y despensas bien abastecidas. También contar con un vestuario apropiado y los recursos para pagar el espectáculo. Era una oportunidad de demostrar la posición social y el poder así como halagar a quien se pretendía impresionar para algún cargo o algún negocio.

Se cuenta que la última reina de Egipto, Cleopatra, acostumbraba poner perlas y piedras preciosas en las copas en las que servía el vino a sus huéspedes, quienes conservaban la joya como recuerdo memorable. Pobre de aquel que sediento apurara el contenido y no se diera cuenta del regalo.

Para demostrar que a 100 años de su independencia el México porfiriano se incluía en el concierto de las naciones civilizadas, para los festejos de septiembre de 1910 y en un banquete ofrecido en el Castillo de Chapultepec para los encumbrados representantes internacionales se elaboró un menú que bien podría haberse servido en el palacio del Eliseo en París:

Consommé Riche

Petits Patés á la Russe

Escaloppes de Dorades á la Parisienne

Noisettes de Chevreuil Purée de Champignons

Foie Gras de Strasbourg en Croutes

Filets de Drinde en Chaud Froid

Paupiettes de Veau a l’Ambassadrice

Salade Charbonniére

Brioches Mousseline Sauces Groseilles et Abricots

Glace Dame Blanche

Desserts

Café-Thé

Para acompañar las viandas se eligieron las bebidas más finas:

Jerez Fino Gaditano

Chablis Moutonne

Mouton Rothschild 1889

G.G. Mumm & Co. Cordon Rouge

Notas.

[1] Capítulo 40. Gracias por la aclaración a María mc_gutierrezz

Fuente sobre el Menú del Centenario de la Independencia de México: Ricardo Rincón Huarota, «El Banquete del Centenario de la Independencia» [11-04-2010] en Globedia:

<http://mx.globedia.com/sabores-bicentenario-independencia-centenario-revolucion_1&gt;

Ensalada de manzana y fideos estilo oriental

La influencia de la comida oriental se ha extendido en Occidente desde hace alrededor de cuarenta años. Paulatinamente se han incorporado ingredientes propios de Asia Oriental a la gastronomía de muchos países, combinándose con productos autoctonos generando lo que se denomina Cocina Fusión.

Este mestizaje culinario se debe tanto a la creatividad de los chefs como al contacto entre comunidades de distintos orígenes debido ya sea a la cercanía geográfica como a la migración. En México esta combinación de cocinas se manifiestó desde los años 1920 especialmente en Mexicali, en donde se estableció un gran número de inmigrantes chinos que llegaron al país a inicios del siglo pasado.

Con la globalización, tanto la presencia de residentes temporales que proceden de Oriente para los que hay una oferta de productos que les son propios, así como el contacto con gastronomías que nos parecen exóticas han popularizado la venta de ingrdientes propios de China, Japón y la India en tiendas de abarrotes especializadas al igual que en muchos de los supermercados del país, con lo que se facilita la elaboración de nuevos platillos para la mesa del diario.

Esta rica receta fue desarrollada por el afamado chef Jean-Georges Vongerichten y publicada en Bon Appetit en 2005.

Ensalada de manzana y fideos estilo oriental

Para 6 personas


Consomé de soya

1 taza de salsa de soya baja en sodio

¾ taza de azúcar (se puede sustituir por 1/3 de splenda)

½ taza de vinagre balsámico

½ taza de vinagre de arroz

½ taza de jerez seco

1 taza de hojas de cilantro

½ cucharada de semillas de cilantro (se compran a granel)

½ rama de canela partida

1  chile de árbol seco

Poner a hervir los primeros cinco ingredientes en un recipiente de cerámica o vidrio hasta que el azúcar se disuelva. Agregar  las hojas y semillas de cilantro, la canela y el chile de árbol y dejar reposar 45 minutos. Colar y reservar. (Se puede preparar un día antes y guardar refrigerado. Para servir tiene que estar a temperatura de ambiente).

Aderezo de cacahuate estilo oriental (se consigue en Price Costco).

Fideos y complementos

4 ó 5 nidos de fideos orientales de arroz –se les conoce como fideos de celofán y se consiguen en supermercados que tengan una sección de alimentos orientales-.  Cubrirlos con agua caliente por 10 minutosy poner a  escurrir en un colador antes de utilizarlos.

Frijol de soya al gusto.

1 manzana red delicious o golden con cascara, sin semillas y rebanada en tiras delgadas

1 pepino pelado, sin semillas y cortado en tiras delgadas

1/3 de jícama pelada y cortada en tiras delgadas (opcional)

5 cebollitas de cambray picadas

1/3 taza de gengibre cristalizado (se puede omitir).

Cacahuates, nueces de la India o ajonjolí tostado.

Para servir:

Repartir en 6  tazones individuales ¼ de taza del consomé de soya y agregar  una porción de fideos y frijoles de soya.

Verter encima aderezo de cacahuate.

Acomodar en el tazón las rebanadas de manzana, pepino, jícama, cebollita picada y gengibre.

Antes de servir adornar con los cacahuates – o nueces de la India o ajonjolí-.

Arqueología en la cocina

Ana Portnoy

¿Podemos saber a través de hallazgos arqueológicos qué comían los primeros hombres? ¿Cómo saber sobre los usos culinarios y gustos alimenticios de culturas y civilizaciones ya desaparecidas? ¿Importa tener esa información?

Cuando se habla de arqueología, las expectativas son los hallazgos impactantes como tumbas que no han sido violadas, templos en medio de la jungla, ciudades perdidas bajo dunas de arena. Conforme se exploran estos sitios, sin embargo, también aparecen evidencias que muchos considerarían muy insignificantes: platos y tazas de cerámica rota, fogones quemados, vasijas con indicios que albergaron vino, o aceite, o cerveza.

Pero estos descubrimientos permiten imaginar cómo era la vida diaria de los antiguos pobladores, su alimentación, sus redes de comercio e inclusive su salud.

En sitios donde moraron temporalmente los hombres del Paleolítico hay restos de las fogatas que calentaron las noches de invierno y les permitieron cocinar la carne de los animales cazados. Los restos de alimentos quemados, los depósitos de desechos –llamados concheros- con semillas y huesos de frutas permiten saber de qué plantas había y qué animales merodearon esa región. Esto se puede constatar al visitar Boca de Potrerillos en el municipio de Mina, N.L. ¿Y qué decir de la información que proporcionan las pinturas rupestres sobre las cacerías hace miles de años?

Si bien la domesticación de plantas y animales se dio simultáneamente en diversos sitios de Asia Occidental entre los milenios XII-VIII aC., se considera a la cuenca del Mediterráneo como la cuna de las grandes civilizaciones de Occidente, que tuvieron importantes centros económicos, políticos, militares y artísticos.

Jericó, Ugarit, Tebas, Amarna, Luxor, Biblos, Cartago, Knossos, Micenas y Troya son algunas de las importantes ciudades ya desaparecidas y cuya abundante riqueza arqueológica dan información sobre la producción, preparación y consumo de alimentos, pues en las excavaciones se encuentran miles de cacharros usados para cocinar y almacenar, muchos de ellos con restos de comida.

La agricultura de los períodos mesolítico y neolítico, basada en herramientas de madera y piedra que permitieron el sedentarismo, se incrementó con la minería y la fundición de metales como el cobre, bronce y hierro que produjeron instrumentos y utensilios más precisos y duraderos. En conjunto con el pastoreo ampliaron el acceso a una alimentación segura lo que trajo consigo el crecimiento demográfico.

Los caseríos primitivos dieron pie a ciudades cosmopolitas y sofisticadas que contaron con teatros, bibliotecas, calles pavimentadas, construcciones de varios pisos con sistemas de drenaje y agua caliente y una diversificación de oficios y artesanías convirtiéndose en los centros políticos y culturales que atrajeron a miles de personas.

Como grandes centros urbanos desarrollaron medios para abastecer de agua y alimentos a sus miles de habitantes y surgieron mercados, vendedores ambulantes, fondas y prestadores de servicios para poner a su alcance las comidas del diario. Hubo platillos equivalentes a la comida rápida de hoy en día, tentempiés que se consumían en la calle y que proveían vendedores ambulantes así como fondas para restaurar el espíritu con una buena comilona y mantener una tertulia con los amigos.

La investigación sobre los alimentos de la antigüedad requiere de la colaboración de especialistas en diversas áreas, además de la  arqueología. La botánica, la zoologíaa, la química, la geografía, la historia, la lingüística, la antropología e inclusive la medicina forense permiten conocer sobre la domesticación de las plantas y los animales y el desarrollo de la agricultura y ganadería intensivas; la ampliación de las rutas comerciales y el desarrollo de medios de comunicación; el conocimiento médico y el desarrollo de la medicina herbolaria así como la relación entre la alimentación, la magia, la religión y la ritualidad.

A través de estos estudios se puede saber qué granos masticaban los hombres del Paleolítico y que desgastaron sus grandes molares; dónde se domesticó el trigo o la cebada cuyo cultivo permitió el florecimiento de las grandes culturas en Egipto y Mesopotamia; cuál fue la última comida de algún rey antes de fallecer y ser embalsamado; cuánto era el consumo de proteínas de la población a través del análisis del cabello, huesos, dientes o uñas de los restos humanos y qué enfermedades e infecciones padecieron los hombres de otras épocas así como las técnicas médicas y las hierbas que se utilizaron para su curación.

También los artefactos que se encuentran en una excavación arqueológica, como ollas, cucharones y platos tanto de cerámica como de metal o vidrio, ánforas y jarras dan una visión de la vida civilizada que permite conocer las vidas privadas y cotidianas de esas sociedades y sus redes de intercambio. Entre los restos preservados por la ceniza en Pompeya, quedaron los alimentos listos para consumirse en ese nefasto día de agosto del año 79 y que se han conservado durante casi dos mil años.

Las pinturas murales y las ofrendas en las tumbas son fuentes de información sobre los alimentos y las actividades ligadas con su producción,  almacenamiento e intercambio. Y si también se encuentran fuentes escritas, la reconstrucción de la dieta y los hábitos de cocina y de salud son más precisos.

Entre los textos, se han descifrado manuales agrícolas, remedios herbolarios, recomendaciones para la alimentación de los niños, de las mujeres embarazadas, de los ancianos, de los guerreros y gladiadores.

Estas fuentes incluyen información sobre la flora y la fauna de cada región, el sistema de comercio, la importación, la exportación y la taxación de bienes que incluyeron vinos, miel, especias, sal, pescados salados, distintos tipos de granos y panes, quesos, cervezas, carnes secas, plantas, frutas y verduras exóticas por toda la cuenca del Mediterráneo e inclusive a las culturas del cercano y el lejano oriente.

Inclusive se conocen escritos con las observaciones y descripción de los alimentos y la manera de prepararlos cotidianamente o para un festejo particular. El  libro de cocina más antiguo se atribuye a un cocinero romano del siglo I de la era común que se llamó Apicio intitulado Del arte de la cocina. Hoy en día, dos mil años después, se pueden preparar las recetas sobre los alimentos que comieron los romanos en la época de Jesús.

Lo más sobresaliente de la investigación sobre el origen de los alimentos y la evolución de la manera de prepararlos es darnos cuenta que nuestra dieta contiene productos que se han consumido desde tiempos prehistóricos y que al sentarnos a la mesa no estamos concientes de los valores culturales, de filiación y pertenencia que implica el hecho de consumirlos.

Cuando preparamos una carne asada los domingos, cocinando en una parrilla sobre carbones humeantes trozos de carne que acompañamos con papas y cebollas y tal vez una ensalada, estamos repitiendo casi de manera idéntica el patrón de alimentación del hombre paleolítico que en grupo cazaba a un gran mamífero, lo preparaba, asaba y cortaba en tanto se recolectaban hierbas y semillas y algunos frutos para completar el festín.

No era una comida en solitario, sino participaba todo el clan, como hoy en día cuando se reúne la familia y los amigos alrededor del asador. Y si la cerveza acompaña y alegra la reunión y calma la sed en los ardientes días del verano, también los antiguos egipcios saborearon esta bebida con sus alimentos, pues fueron sus inventores hace más de cinco mil años. Lo único que nos diferencia de esos antiguos comensales son los tenedores y platos que utilizamos y el tener una servilleta a la mano.

Y el hecho que conseguir los alimentos y mantenerlos frescos es más fácil gracias al desarrollo tecnológico del siglo XX.

Pastel de elote y amaranto

El amaranto es un alimento rico en proteina, aminoácidos esenciales, fibras y sales minerales. Se compara su valor nutricional con el de la leche. Además, no contiene gluten y es muy digestivo.

Ha sido uno de los alimentos seleccionados por la NASA para los viajes al espacio por su alto valor nutrimental.

Uno de los pilares de la dieta mesoamericana después del maíz, el frijol, la calabaza y el chile el cultivo del amaranto fue prohibido por los conquistadores españoles pues lo consideraron elemento del culto pagano que debía ser proscrito en el Nuevo Mundo, pues lo utilizaban los aztecas en sus ritos al hacer imágenes de sus dioses con la semilla mezclada con miel o con sangre, que posteriormente consumían.

Una tradición popular establece que el nombre de la capital venezolana proviene de la denominación que le dieron los indios caribe “caraca”.

En México es muy popular su consumo en los dulces llamados alegrías y en los últimos años se le ha incorporado entre los cereales y barras nutritivas. Sin embargo, a pesar de su alto valor nutritivo no se le ha aprovechado más.

Para hacer el pastel:

Precalentar el horno a 180 grados centígrados.Enmantequillar y enharinar un molde de rosca o de panqué.

Ingredientes

440 gramos de granos de elote amarillo cocido (puede ser congelado)

1 lata de leche condensada

3 huevos

1 cucharadita de Royal

130 gramos de mantequilla suavizada a temperatura de ambiente

50 gramos de azúcar

80 gramos de harina de maíz (corn meal)

30 gramos de harina de trigo

1/4 taza de granos de elote

Almendras fileteadas al gusto

Amaranto al gusto

Nuez picada al gusto

Procedimiento

Licuar o mezclar en el food processor  los 440 gramos de elote con la leche condensada, los huevos, el Royal y las harinas. Agregar a velocidad baja la mantequilla fundida. A mano agregar  el cuarto de taza de granos de elote, incorporando con una cuchara.

Verter al molde y  espolvorear encima las almendras, nuez y amaranto. Hornear 45 minutos o hasta que un palillo salga ligeramente húmedo. Dejar enfriar y desenmoldar. Voltear sobre un platón para que los frutos secos y el amaranto queden arriba.

Para servir se puede hacer un “dibujo” sobre el pastel con cajeta o poner  servir cada rebanada sobre un espejo de cajeta disuelta con un poco de leche.

Ensalada de mango y palmito

El palmito es el corazón de varias especies de palmera nativas de la cuencia del río Orinoco y de otras regiones sudamericanas. Brasil, Ecuador, Argentina, Paraguay, Costa Rica y Hawai son sus principales productores y se exporta a todo el mundo siendo Francia el principal consumidor.

Es un alimento costoso pues se extrae de plantas a las que toma entre 10 a 15 años su crecimiento obteniéndose de cada una menos de un kilo y medio de palmito. Es de color blanco, de textura suave y flexible, muy apreciado para consumir en ensaladas y en sopa.

Su producción es motivo de protestas por parte de medioambientalistas pues su cosecha impacta la selva virgen sin que haya prácticas de reforestación, si bien en Ecuador y Costa Rica se cultiva una especie de plamera que produce varios tallos, lo que permite conservar la planta.

Ingredientes

Para 6-8 personas

1 pepino pelado partido en cuadritos

2 latas de palmito en rebanadas

2-3 mangos en cuadritos

2 aguacates en cuadritos

Para el aderezo licuar 1/2 manojo de perejil desinfectado en una taza y media de vinagreta (puede ser comprada o bien preparada con 1/4 de vinagre de arroz, 1/2 taza de aceite de oliva extravirgen, 1/4 taza de agua, sal y pimienta al gusto).

Colocar todo en una ensaladera y cubrir con el aderezo. Refrigerar por una hora.