Convocatoria para el «Premio Museo Historia Mexicana»

El Museo de Historia Mexicana es una institución comprometida con la sociedad y dedicada a la investigación, preservación y difusión de los testimonios y reflexiones que favorezcan el enriquecimiento de su patrimonio histórico.

Por lo anterior y con el propósito de despertar en las nuevas generaciones el interés por nuestro pasado, la mejor comprensión del presente y la trascendencia de la reflexión sobre estos para trazar nuestro futuro, el Patronato del Museo de Historia Mexicana convoca a la primera edición del Premio Museo de Historia Mexicana. Investigaciones sobre el noreste de México, en dos categorías: Tesis de Posgrado ( Maestría o Doctorado) e Investigación.

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Resaltan papel de Carvajal en Fundación

Daniel de la Fuente

El historiador Carlos González realiza investigación que reivindica al personaje histórico

El Norte, Monterrey, N.L., 25 de septiembre 2012. Sección Vida <http://www.elnorte.com/libre/online07/edicionimpresa/default.shtm?seccion=primera&gt;

La historia oficial dicta que la Ciudad pasó por tres fundaciones.

Primero como Villa de Santa Lucía, en 1577, a cargo de Alberto del Canto; luego como Villa de San Luis, por Luis de Carvajal y de la Cueva, en 1582, y la definitiva, en 1596, como Ciudad Metropolitana de Nuestra Señora de Monterrey, que encabezó Diego de Montemayor.

 Pero no necesariamente lo que dice esta historia fue lo que sucedió.

Documentos en el Archivo General de Indias, investigados por el historiador Carlos González, revelan a Carvajal como un personaje protagónico de lo que más tarde sería la Fundación de Monterrey, ya que fue él quien encontró la ruta de éstas y otras tierras.

La relación de los trabajos de esta figura está presente en decenas de fojas del acervo español y serán incluidas por primera vez de manera íntegra en un libro que será publicado en breve.

En la obra se describen las rutas, fundaciones, obras civiles y de ordenamiento poblacional de quien fue el fundador y primer Gobernador del Nuevo Reyno de León (actual Nuevo León), quien fue víctima de traiciones políticas.

«De acuerdo con la documentación analizada, como las Cartas de Méritos elaboradas para el Rey y que fueron extraviadas por gente de la época, quizá a propósito, y que revisé completas en el Archivo de Indias, se sabe que (Carvajal) permanece en estas tierras más de 20 años», apunta el también cronista de San Pedro.

«Con base en esas cartas, se sabe que llega en 1567, descubre el camino hacia Pánuco, Tampico y Mazapil, Zacatecas, y le dan la Capitulación para erigir el Nuevo Reyno de León en 1579. Esto se brindaba a quienes demostraban lealtad y trabajo».

Carvajal funda la primera villa del Reyno, Villa de la Cueva de León, después Ciudad de León, hoy Cerralvo; también la Villa de San Luis, hoy Monterrey, en los Ojos de Agua de Santa Lucía, y la de Almadén, actual Monclova, en las que establece cabildos, fundiciones e iglesias.

Para crear la Villa de San Luis, entre 1582 y 1583, trajo a pobladores de Saltillo, los cuales, asegura, no mencionan a Del Canto como fundador anterior, como se dice que fue.

¿Hubo una primera fundación? La duda surge porque no hay acta y menos noticias de alcaldes o Cabildo. Además no se ha encontrado que Del Canto tuviera las facultades para fundar.

Lo importante, enfatiza González, es que Carvajal, nacido en Mogadouro, Portugal, en 1539, es el primero en hacer acciones civilizatorias en forma en la región, incluso envía al Rey imágenes con descripciones.

Sin embargo, el Virrey que lo apoyaba fue removido, por lo que quedó a merced de sus enemigos políticos, quienes creían que su siguiente paso sería explorar Nuevo México, donde los novohispanos pensaban que existía la mítica Quivira, una ciudad de oro.

Carvajal entonces cae en desgracia, siendo encarcelado por cargos que, después se sabría, eran falsos, así como por su presunta labor judaizante, entonces penada por la Santa Inquisición.

«Mientras esto sucede, las villas que habían sido fundadas son incendiadas so pena de muerte, y sus Cartas de Méritos, de 1579 y 1587, que le permitieron la Capitulación, son desaparecidas, por lo que queda como un estafador».

El historiador recuerda que Carvajal muere en prisión el 13 de febrero de 1591 sin que se le reconociera su labor pionera.

«Carvajal es borrado», expresa. «Su aportación, su ruta, son eliminadas, no sólo por la gente de su época, sino por generaciones de historiadores que no le dieron el lugar que merece: el del primer hombre que trazó lo que sería la Ciudad».

El también autor de libros como Monterrey 2000. Ayer y Hoy afirma que reivindicar la vida de Carvajal, primer gobernante, destacar a Cerralvo como cuna del Estado y corregir libros de texto son asignaturas pendientes.

«Carvajal es un personaje de primera línea y es nuestro deber devolverle el lugar en la historia que le ha sido arrebatado: como la gran figura novohispana del norte».

 ASÍ LO DIJO

«Carvajal es borrado. Su aportación, su ruta, son eliminadas, no sólo por la gente de su época, sino por generaciones de historiadores que no le dieron el lugar que merece».

 Carlos González. Historiador y cronista de San Pedro.

Monterrey, 1596

Antonio Guerrero Aguilar


Cronista de la Ciudad de Santa Catarina

En SabinasHidalgo.net 20 de septiembre 2012.

El municipio de Monterrey, llamado originalmente Ciudad Metropolitana de Nuestra Señora de Monterrey, está en la región centro occidental del estado de Nuevo León. Limita al norte con General Escobedo, García y San Nicolás de los Garza; al oriente con Guadalupe y Juárez, al sur con Santiago y Santa Catarina y al poniente con San Pedro Garza García y Santa Catarina. De aquellas 25 leguas que tenía a la redonda, es decir, 60 kilómetros que llegaban al sur hasta el río Ramos en Allende, al norte hasta la cuesta de Mamulique en Salinas Victoria, hasta la estación San Juan en Cadereyta Jiménez al este y al oeste hasta la cuesta de los Muertos en García; ahora tiene una extensión territorial de 320 kilómetros cuadrados y la cabecera municipal está a 538 metros sobre el nivel del mar.

Regularmente se refieren a Monterrey como la ciudad de las montañas, porque está situada en un valle delimitado por lomas y montañas. Por ejemplo al norte está el cerro del Topo, al poniente la sierra de las Mitras y el cerro del Obispado, al oriente el cerro de la Silla y al sur la Sierra Madre Oriental. De poniente a oriente se levanta la Loma Larga y por supuesto en el paisaje sobresale la figura aunque imperfecta de una silla de montar, el cerro de la Silla, que no es un cerro y no está en la jurisdicción territorial de Monterrey.

El fundador de la ciudad es don Diego de Montemayor, probablemente originario de Málaga, España, nacido alrededor de 1530. Hijo de Juan Montemayor y de Mayor Hernández. Propiamente fue el segundo gobernador del Nuevo Reino de León y participó en las otras dos fundaciones; la primera atribuida a Alberto del Canto en 1577 y la segunda a don Luis Carvajal y de la Cueva en 1583. Santa Lucía con del Canto y San Luis Rey de Francia con Carvajal, cuyo primer alcalde mayor fue don Gaspar Castaño de Sosa. Ambas poblaciones no prosperaron, debido a la belicosidad de los naturales que habitaban la región, porque San Luis y el Nuevo Reino de León se asentaban en jurisdicción de la Nueva Vizcaya y además, acusaron a Carvajal de practicar la ley de Moisés. Por ello fue encarcelado y todo el reino quedó despoblado.

Junto con doce pobladores estableció la ciudad Metropolitana de Nuestra Señora de Monterrey el 20 de septiembre de 1596, en honor a la virgen María y a don Gaspar de Zúñiga y Acevedo, conde Monterrey y entonces virrey de la Nueva España. Sus nombres deben preservarse: Diego Díaz de Berlanga casado con Mariana Díaz, se quedó con la estancia de San Nicolás, Diego de Montemayor el mozo, casado con Elvira de Rentería, Diego Rodríguez casado con Sebastiana de Treviño, Juan López con su esposa Magdalena de Avila, Martín de Solís con Francisca de Avila, Diego de Maldonado con Antonia de la Paz, Juan Pérez de los Ríos con Agustina de Charles, Alonso de Barreda y Pedro Iñigo, Cristóbal Pérez, Domingo Manuel y Lucas García con mi tatarabuela Juliana de Quintanilla.

Aunque Monterrey lleva poco más de 400 años de formada, casi no quedan vestigios o construcciones que nos hablen del pasado correspondiente a los siglo XVII y XVIII. En 1612 llovió tanto que el justicia mayor, Diego Rodríguez, dispuso el traslado de la sede de la primitiva ciudad en donde actualmente permanece la plaza de armas, la catedral y el palacio municipal. Las casas reales, estaban al norte del Ojo de Agua, más o menos situadas entre 5 y 15 de Mayo y en medio de Zaragoza y Escobedo. Según testimonios de la época, la ciudad que más bien (me imagino) parecía un campamento quedó completamente destruida.

Como ave fénix, la ciudad volvió a levantarse. En 1653 el entonces gobernador don Martín de Zavala, dispuso la destrucción de las antiguas casas reales para construir un edificio con “lustre y ornato de esta dicha ciudad”. La obra fue entregada el 27 de febrero de 1665 y estuvo al servicio del pueblo apenas casi de un siglo, pues de nueva cuenta llovió tanto en 1752 que dañó la mayoría de las edificaciones importantes de la ciudad. A estas lluvias corresponde la maravillosa y aleccionadora leyenda de la imagen de la Purísima, conocida también como la virgen chiquita.

Como se advierte, lamentablemente nuestra ciudad capital no cuenta con vestigios arquitectónicos que nos hablen de su pasado. Como testigos de los tiempos, sobresalen el antiguo hospital de Nuestra Señora del Rosario, que previamente había sido la residencia del gobernador Pedro Barrio Junco y Espirella, las partes más antiguas de la catedral y del anterior palacio municipal, además del palacio episcopal de nuestra Señora de Guadalupe en el obispado. La joya colonial más representativa del virreinato, el templo franciscano de San Andrés, estuvo situado casi tres siglos en la confluencia de las actuales calles de Zaragoza y Ocampo y fue destruido en 1914 por tropas carrancistas que controlaron la ciudad y la región en ese periodo.

El 29 de septiembre de 1667, el gobernador don Nicolás de Azcárraga solicitó a la corona española la concesión de un escudo de armas para Monterrey. Pedidos los informes a la Real Audiencia de la Ciudad de México el 29 de mayo de 1670, ésta los remitió favorablemente el 13 de julio de 1671 y de acuerdo con la reina Mariana de Austria, quien gobernaba a nombre de su hijo Carlos II, expidió la real cédula fechada en Madrid el 9 de mayo de 1672, facultando al gobernador para aprobar el escudo que la ciudad eligiera.

Quedando en el marco oval una escena en donde sobresale un indio en medio de dos árboles, flechando al sol que se asoma por entre el cerro de la Silla. A los lados, dos indios en actitud altiva y orgullosa lo sostienen. Atrás de ellos seis banderas y a sus pies dos cañones, dos tambores y unas balas como trofeos militares. En la parte inferior una banda en gules con el nombre: Ciudad de Monterrey y encima del oval, una corona condal que nos recuerda a don Gaspar de Zúñiga y Acevedo, conde de Monterrey.

Don Diego de Montemayor entregó haciendas a sus pobladores. Estas se convirtieran en valles en el siglo XVIII y en villas en el siglo XIX. A partir de la segunda mitad del siglo XX se unieron a Monterrey en una zona metropolitana. Así se cumplió el sueño de los pobladores, de ser una ciudad metropolitana. Monterrey fue fundada en tierra de “guerra vida”, en constante zozobra por los ataques de los indios. De tiempos de pobreza. A veces Diego de Montemayor se alimentó de raíces que crecían en los arroyos. De todas nuestros ancestros se levantaron. Con trabajo, ahorro y esfuerzo. Una ciudad maravillosa para vivir y crecer. Un dato: el gentilicio de sus habitantes es regiomontano, no “regio” que suena despectivo. ¡Qué viva Monterrey, tierra querida, es el cerro de la Silla tu estandarte y tu perfil! A sus habitantes, felicidades por vivir en esa ciudad tan entrañable que veo todos los días y la quiero como si fuera la mía, la Puerta de Monterrey.

El corrido de Monterrey

Antonio Guerrero Aguilar
, Cronista de la Ciudad de Santa Catarina

En SabinasHidalgo.net 11 de Julio de 2012

 Monterrey cuenta con algunos cantos representativos, como el “Shotis Monterrey” de Aliber Medrano o el de Pepe Guízar, que comienza interpretado magistralmente a capela: “Monterrey, tierra querida, es el cerro de la Silla”, o la canción tan hermosa que interpreta Marilú Treviño. La más conocida de todas fue compuesta en 1942 por Severiano Briseño, un cantautor nacido en 1902 en San José de las Canoas, San Luis Potosí. De niño vivió en Tampico y formó parte del trío Los Tamaulipecos que participaron en la película “Cuando lloran los valientes” (1945), en donde también Pedro Infante cantó un singular y desconocido corrido dedicado a Monterrey, que comienza: “Desde lo alto del cerro de la Silla, estoy mirando a mi lindo Monterrey”.

Gracias a su composición, don Severiano Briseño alcanzó la fama artística y en señal de agradecimiento, tanto las autoridades como los principales industriales de Monterrey decidieron respaldar su carrera y lo nombraron hijo predilecto de la ciudad. El corrido se puede cantar fácilmente por la sencillez de la letra y lo pegajoso de su música. La pieza musical se popularizó cuando la interpretó Pedro Infante en la película “Escuela de Música” (1955), en donde personificó a Javier Prado quien al tomar un tequila, se inspira para cantar acompañado por una orquesta de señoritas dirigidas ni más menos que por Libertad Lamarque. Y desde entonces, la canción se hizo tan conocida que no puede faltar en fiestas, reuniones o eventos en donde se resalte la historia y la identidad de ser de Monterrey.

Durante una gira que el trío Los Tamaulipecos hicieron en Mazatlán, le preguntaron a don Severiano qué era lo que más le gustaba de Sinaloa y contestó: “sus mujeres y la tambor”. Alguno de los presentes le reclamó: “Oye, ¿qué le ves a Monterrey que no tenga Sinaloa? ¡Házle un corrido a Sinaloa para estar igual! Y en consecuencia compuso “El Sinaloense”. Don Severiano dejó de existir el 6 de octubre de 1988, dejando un legado de gran valor para el acervo de la música popular mexicana.

A decir verdad me da la impresión de que don Severiano no conocía muy bien Monterrey, a tal grado que incurre en algunas imprecisiones. En la primera estrofa del corrido dice: “Tengo orgullo de ser del norte, del mero San Luisito, porque de ahí es Monterrey, de los barrios el más querido, por ser el más reinero, ¡sí señor!, barrio donde nací.” El barrio de San Luisito, llamado así porque en él se congregaron artesanos procedentes de San Luis Potosí que llegaron a la construcción del palacio de gobierno del Estado. Para ello Bernardo Reyes mandó traer cantera rosa de San Luis Potosí y quien mejor que los labradores potosinos para trabajar las piedras. En 1910 el barrio San Luisito se convirtió en la colonia Independencia. Pero Monterrey no está precisamente en el norte, más bien en el noreste mexicano y Monterrey no es de San Luisito, más bien al revés. Prueba de ello es que había un puente llamado así y que ahora se llama del Papa que comunicaba al viejo Monterrey con el popular barrio. En efecto, a los habitantes que pertenecían al Nuevo Reino de León, les llamaban reineros.

La segunda estrofa reitera el orgullo por el solar patrio: “Y es por eso que soy norteño, de esta tierra de ensueño, que se llama Nuevo León, tierra linda que siempre sueño y que muy dentro llevo, ¡si señor!, llevo en el corazón”. A decir verdad, en eso no se confunde don Severiano. Pero cuando se piensa en el norte del país, regularmente se vienen a la mente Chihuahua, Coahuila, Nuevo León y Tamaulipas.

En la tercera estrofa, se refiere al principal distintivo y símbolo de Monterrey: “Desde el cerro de la Silla, se divisa el panorama, cuando empieza a anochecer, de mi tierra linda y sultana, y que lleva por nombre, ¡si señor!, Ciudad de Monterrey”. El 2 de junio de 1961, el ingeniero Rocatti, Jesús Fernández, Angel Rodríguez y otra persona de la cual no tengo su nombre, perecieron en un accidente cuando probaban el teleférico que estaba en la Ciudad de los Niños, obra auspiciada por el padre Carlos Álvarez. El teleférico llegaba hasta un mirador situado en el cerro de la Silla. Desde entonces el proyecto espera el sueño de los justos para ser revivido como uno de los atractivos turísticos más importantes de la considerada “Ciudad de las Montañas”. Pero en el año en que fue compuesto el corrido, era improbable y difícil el acceso hacia la montaña como para decir que desde ahí se podía ver el atardecer regiomontano. En realidad, el cerro de la Silla no está territorialmente en Monterrey: pertenece a Juárez, Guadalupe, Santiago y Allende.

Monterrey debe su nombre al entonces virrey de la Nueva España, don Gaspar de Zúñiga y Acevedo, conde de Monterrey, cuyo origen está situado en Galicia. De ahí que una vez el pensador Gutierre Tibón se preguntara el por qué le decían Sultana a Monterrey, si esa región gallega no estuvo ocupada por los árabes. Parece ser que el título de la Sultana del Norte, tiene que ver con la categoría de la capital industrial de México, con la presencia de palestinos y libaneses que se asentaron en Monterrey desde fines del siglo XIX y principios del XX y por el famoso equipo de beisbol conocido como Sultanes.

La siguiente estrofa tiene que ver con la zona citrícola, que tanto promovió don José A. Robertson, un empresario norteamericano que llegó en la década de 1880 durante la construcción de las vías de ferrocarril hacia el Golfo. Un hombre al que se le debe la fundación de la compañía de Agua y Drenaje, la ladrillera y del primer juego de beisbol ocurrido en México y tal vez en América Latina, en la estación San Juan de Cadereyta Jiménez. “En sus huertos hay naranjales cubiertos de maizales, con sus espigas en flor, y en sus valles los mezquitales curvean caminos reales, ¡si señor!, bañados por el sol”. Si había naranjales en Monterrey y en otros municipios ahora conurbados, pero los mejores naranjales estaban y están en Montemorelos, General Terán, Cadereyta y Allende. Tampoco concibo los naranjos cubiertos de maizales. En los montes y caminos abundaban los mezquitales, ahora tan dañados por la sobreexplotación de carbón vegetal, muy bueno y recurrente para las carnes asadas, desaparecidos por la voraz mancha urbana sin un crecimiento adecuado.

En la última estrofa, recurre al orgullo de ser regiomontano: “En mi canto ya me despido cantando este corrido, que es de puro Monterrey; ese suelo tan bendecido, de todos muy querido, ¡si señor!, verdad de Dios que sí”. Aunque el 85 por ciento de la población de Nuevo León viva en la zona metropolitana, entre los que destacan Monterrey como capital y otros ocho municipios, el resto de los 50 municipios también son de puro Nuevo León y que también se sienten muy contentos y orgullosos cuando cantan éste corrido. ¡A poco no!