México y la inmigración extranjera.

Ana Portnoy

La inmigración extranjera a México desde mediados del siglo XIX hasta la fecha ha estado sujeta a la política de población de los gobiernos que rigen la vida nacional. Cabe recordar que durante el período colonial la metrópoli a través de la Casa de Contratación de Sevilla reguló el flujo de inmigrantes, todos ellos peninsulares.

Después de la independencia, a pesar de diversas iniciativas por atraer inmigrantes europeos para que colonizasen tierras y trajeran consigo recursos o tecnología para el desarrollo económico, la inestabilidad política, las asonadas y la inseguridad impidieron que esos planes se concretaran, llegando a México más bien aventureros que buscaban una fortuna rápida y sin intenciones de establecerse definitivamente.

Durante el Segundo Imperio, 1861-1867, además del ejército francés que contó con soldados de la patria de Carlota, muchos individuos procedentes de Austria, Francia y Bélgica acompañaron al emperador Maximiliano y se asentaron en el país, dedicándose al comercio, a la representación de la banca y como agentes de empresas europeas. Después de la muerte de Maximiliano y el restablecimiento de la República en 1867, y aunque el gobierno de Juárez garantizó la libertad religiosa y respeto a las garantías individuales, la mayoría de los europeos abandonaron el país. En el estado de Nuevo León se atribuye a esta presencia extranjera la fisonomía de los habitantes de algunos municipios, como sería el de Santiago, rubios de ojos “borrados” –claros-.

Durante el Porfiriato (1877-1911) se mantuvo una política de puertas abiertas a la inmigración procedente de Europa, bajo los conceptos de fomento a la inversión extranjera, poblamiento de baldíos y mejoramiento de la raza del maíz a través de un nuevo mestizaje, que tenía como paradigmas los principios del Positivismo y su concepción orgánica de la sociedad así como los postulados del darwinismo social. Así, se inició una nueva inmigración extranjera a nuestro país. El periódico editado por el liberal Francisco Rivas Puigcerver, la Luz del Sábado,  invitó a la inmigración de sefaraditas del imperio otomano a México pues era un “país que florecía a la sombra del árbol de la libertad”. La política de inmigración incluyó exenciones de impuestos, transportes y agua gratuitos con tal de atraer extranjeros dispuestos a contribuir al progreso de la patria y a procrear una nueva generación de mexicanos.

Al país arribaron alemanes, franceses, españoles, sirios, chinos, estadounidenses, ingleses que se afincaron en las principales ciudades así como en pequeñas poblaciones de provincia, acogiéndose a la política de fomento industrial y colonización de tierras. Muchos de ellos abandonaron México con la Revolución.

 A inicio de los años 1920 se permitió nuevamente la inmigración irrestricta, sobre todo ante la necesidad de inversión de capital para iniciar la recuperación económica del país (recordemos la destrucción que trajo consigo la guerra civil, así como la pérdida de 1/9 parte de la población) y con esperanzas de una nueva colonización agraria con los implementos tecnológicos motores del progreso.

Pero, ante la implantación por parte del congreso norteamericano en 1921 de una política de inmigración limitada a cuotas nacionales,  cinco años después México empezó a imponer restricciones a la política de puertas abiertas que había mantenido desde el Porfiriato previniendo la llegada de varios miles de extranjeros cuyo objetivo original era inmigrar a Estados Unidos.

El 8 de julio de 1927 se dictó una ley para restringir la llegada de negros, indobritánicos, sirios, libaneses, armenios, palestinos, árabes, turcos y chinos –entre quienes estaban incluidos individuos de religión judía-, basado en criterios sobre su capacidad de asimilación y mestizaje así como para proteger el empleo de los mexicanos de una competencia considerada desleal en manos de extranjeros. Además, se quería evitar que los inmigrantes solicitaran su naturalización para tener derecho a emigrar a Estados Unidos pues la legislación estadounidense había establecido que cinco años después de obtener la residencia en cualquier país del Hemisferio Occidental el inmigrante podría volver a solicitar  nuevamente una visa.

En 1930 una nueva ley de inmigración estableció que consideraciones de beneficio público deberían regular la política de población y que los nuevos inmigrantes debían hacer constatar que poseían capacidades de asimilación así como avalar sus posibilidades económicas depositando una fianza. Al año siguiente, en la Segunda Convención Nacional de Migración, se votó por la prohibición absoluta de inmigración debido a la crisis económica que enfrentaba el país derivada de la caída de la Bolsa de Valores de Wall Street y que había provocado la repatriación de miles de braceros. De esta convención se estableció el Reglamento de Migración que en primera instancia limitó el derecho de entrada y salida del territorio nacional y en particular sujetó la entrada de extranjeros a México a su facilidad de asimilación.

En 1934 se prorrogó por tiempo indefinido la prohibición de inmigración a quienes carecieran menos de 10,000 pesos para avalar su capacidad económica, exceptuando a los técnicos aprobados por la Secretaría de Economía y los inversionistas de empresas agrícolas o industriales con un capital mínimo de $20,000, prohibiéndose que radicando en el país se dedicaran a actividades comerciales.

La inmigración al país se cerró, de manera definitiva en 1936 con la nueva Ley de Población del gobierno de Lázaro Cárdenas, sustentando criterios raciales y culturales decidiéndose que el aumento de población se obtendría por crecimiento natural.

Sin embargo desde los años 1930 hasta la historia reciente se han hecho algunas excepciones a la política de puertas cerradas, como en el caso de la Guerra Civil Española, asilos políticos como León Trosky, a varios cientos de  sobrevivientes de la Segunda Guerra Mundial que ya tenían familiares en el país, exiliados cubanos en los años 1960 y asilados chilenos y argentinos en las décadas de 1970 y 1980.

Gilberto Bosques: «Justo entre las Naciones»

Unknown

Consejo Nacional para Prevenir la Discriminación. Semblanza del Embajador Gilberto Bosques, hombre heróico durante el Holocausto.
Gilberto Bosques Saldívar vivió hasta los 102 años de edad. Durante su vida atestiguó gran parte de la Historia de Moderna de México. Su vida refleja mucha de la vida histórica, política y social de su país. Fue un patriota revolucionario, congresista, educador, escritor, poeta, diplomático y humanista. Fue profunda la historia que dejó en la Historia mexicana.
Debido a su naturaleza humilde y modesta, gran parte de su trabajo no es muy conocido.
Durante la Segunda Guerra Mundial Gilberto Bosques ayudó a que refugiados sobrevivieran a la guerra en Europa. Con su ayuda, muchos de éstos escaparon a México, donde hicieron importantes contribuciones a la vida mexicana.
A lo largo de su vida, Bosques sirvió a México honorable y fielmente por más de 50 años. Pudo observar diversos cambios en su país, muchos de los cuales él mismo ayudó a realizar.
Ahora podemos rendir tributo a este gran hombre de Estado y héroe. Bosques nació el 20 de julio de 1892 en Villa de Chiuatla de Tapia, en el estado de Puebla, México.
Mientras estudiaba, se convirtió en miembro revolucionario de 1910 bajo el liderazgo de Aquiles Serdán Alatriste. En 1917, tras la Revolución, Bosques formó parte del Congreso Constitucional del estado de Puebla; contribuyó a la redacción de la Constitución de dicha entidad, también sirvió en la legislatura del estado, donde trabajo promoviendo los derechos de los trabajadores. Entre 1922-23 y 1934-37 representó a Puebla como diputado Federal.
Bosques fue un pionero en la reforma educativa y política mexicana. Fue nombrado Secretario de Prensa y Propaganda, convirtiéndose en miembros de la cúpula de líderes políticos, la cual incluía al Gral. Lázaro Cárdenas. Este grupo consideraba que la esperanza de México consistía en la creación de un Estado con igualdad social, política y económica.
En 1938, Bosque se convirtió en Director General del periódico El Nacional.
Justo antes del estallido de la Segunda  Guerra Mundial, Bosques abandonó su carrera en la educación, el periodismo y la política, para integrarse a la Secretaría de Relaciones Exteriores y su cuerpo diplomático.
En 1938, el presidente Lázaro Cárdenas instruyó designó a Bosques con el cargo de Cónsul General en Francia. La tarea de Bosques consistía en reportar las condiciones de guerra en Francia y Europa.
Bosques salió de París cuando la ciudad estaba a punto de ser tomada por los alemanes en junio de 1940. Con amplias instrucciones para establecer el consulado donde le conviniera, viajó primero al sur y después a la costa norte. Restableció el consulado general primero en Bayona, pero cuando los alemanes ocuparon la zona se trasladó con su familia y el consulado entero a Marsella, en el Mediterráneo, dentro de la zona del Gobierno francés de Vichy, nominalmente independiente de los alemanes.
Su primera preocupación fue defender a los mexicanos residentes en la Francia no ocupada, pero pronto protegió también a otros grupos. Apoyó a libaneses con pasaporte mexicano y a refugiados españoles que buscaban huir de los nazis. De hecho, se cree que fue él quien convenció al presidente Lázaro Cárdenas de abrir las puertas de México a los republicanos españoles. Era tan grande la afluencia de refugiados que buscaban una visa mexicana que Bosques alquiló dos castillos (el de Reynarde y el de Montgrand) para convertirlos en centros de asilo mientras se arreglaba su salida hacia México. Entre 800 u 850 fueron alojados en uno de los castillos, mientras que en el otro quedaron 500 niños y mujeres. Poco a poco fueron saliendo los exiliados, a los cuales el Gobierno mexicano les ofreció la nacionalidad mexicana de inmediato en caso de que quisieran adoptarla.
Desde Marsella el embajador mexicano también tuvo que hacer frente al hostigamiento de las autoridades pro alemanas francesas, al espionaje de la Gestapo, del gobierno de Franco y de la representación diplomática japonesa, que tenía sus oficinas en el mismo edificio de la delegación mexicana.
El cónsul no quedó satisfecho, sin embargo, y amplió su apoyo a los refugiados antinazis y antifascistas. Al concedérseles visas mexicanas, las autoridades francesas los dejaban salir del país porque consideraban que ya no serían un problema político para ellas. Más complicado fue el caso de los judíos. El consulado ocultó, documentó y les dio visas a numerosos judíos, pero era mucho más difícil sacarlos de Francia.
Finalmente México rompió las relaciones diplomáticas con el Gobierno de Vichy. Gilberto Bosques presentó la nota de ruptura. Poco después el consulado fue tomado por tropas de la Gestapo alemana, que confiscaron ilegalmente el dinero que la oficina mantenía para su operación. Bosques, su familia (su esposa María Luisa Manjarrez y sus tres hijos: Laura María, María Teresa y Gilberto Froylán; entonces de 17, 16 y 14 años, respectivamente)y el personal del consulado, 43 personas en total, fueron trasladados hasta la comunidad de Amélie-les-Bains. Después, violando las normas diplomáticas, se les llevó a Alemania, al pueblo Bad Godesberg, y se les recluyó en un “hotel prisión”. Allí destacó la actitud de Bosques ante un funcionario alemán:
«Le manifesté que todo el personal mexicano se sometería al reglamento que acababa de leernos, porque México estaba en guerra con Alemania y por ello éramos prisioneros de guerra. Que podía estar seguro de que no pediríamos ninguna excepción, ninguna gracia sobre esas disposiciones, pero que tampoco aceptaríamos ningún trato vejatorio, como acostumbraban ellos con los prisioneros.»
Bosques llegaría a organizar conferencias e incluso una ceremonia del Grito de Independencia el 15 de septiembre. Después de poco más de un año, los mexicanos de Bad Godesberg serían canjeados por prisioneros alemanes.
Bosques regresó a México en abril de 1944. Miles de refugiados españoles lo esperaban en la estación de ferrocarril de la capital para recibirlo. Una crónica periodística de la época narraba:
Su júbilo zumbaba en el andén de la estación ferroviaria. Lo cargaron en hombros. Era al México generoso y libre al que ellos exaltaban en Gilberto Bosques.
Dentro de la lista de las mujeres y hombres salvados por el maestro Bosques, entre otros incluye a María Zambrano, Carl Aylwin, Manuel Altolaguirre, Wolfgang Paalen, Max Aub, Marietta Blau, Egon Erwin Kisch, Ernst Röemer y Walter Gruen.
Reconocimientos
Como homenaje y recuerdo a su labor humanitaria su nombre se encuentra grabado en los muros del recinto del Congreso de Puebla; el gobierno austríaco nombró Paseo Gilberto Bosques a una calle en el Distrito 22 de la ciudad de Viena; ha sido reconocido por  la Fundación Internacional Raoul Wallenberg y la Anti-Defamation League; el premio franco-alemán de los Derechos Humanos de las embajadas francesa y alemana en Mexicó, creado en 2013 y que se concede anualmente, lleva su nombre. El 14 de diciembre de 2011 el Senado de la República aprobó la creación del “Centro de Estudios Internacionales Gilberto Bosques”.
Sobre su vida y su vocación humanitaria la cineasta Lillian Lieberman filmó el documental Visa al paraíso.