Notas sobre los árabes y judíos en el Perú virreinal y en el siglo XIX

Por Juan Luis Orrego Penagos. Rumbo al Centenario. Blog de Juan Luis Orrego Penagos. 

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Calle de los judíos, al lado de la Catedral de Lima
Tanto la presencia árabe como judía, durante la Colonia, no tuvo carácter legal. Simplemente, estaba prohibida, ya que para venir a la América española se necesitaba certificado de “pureza de sangre”, es decir, demostrar que se era “cristiano viejo” (descender de cristianos por lo menos de cuatro generaciones). Ser “cristiano nuevo” o converso podía traer complicaciones ya que los indios del Nuevo Mundo estaban en proceso de evangelización y gente con ascendencia árabe o judía podía perjudicar el mensaje puro del cristianismo. Sin embargo, mucha gente con antepasados recientes del judaísmo o del islamismo pudieron filtrarse al Nuevo Mundo ocultando su verdadera identidad con documentos alterados, arriesgándose a que la Inquisición pudiera descubrirlos.Por ejemplo, el que los árabes asumieran un nombre español y el hecho de que su aspecto físico los hiciera pasar por españoles del sur (andaluces) favoreció su permanencia en el Perú. La mayoría de los que llegaron al Perú en el siglo XVI fueron artesanos moros o moriscos (español musulmán bautizado) que realizaban labores que no competían, económicamente, con las que realizaban los conquistadores españoles. Respecto a los aportes de estos artesanos, es muy clara la influencia del mudéjar (arte hispano-árabe traído desde la Península) en la arquitectura limeña: el uso de rejas, azulejos, jardines, fuentes de agua y los balcones de cajón, por ejemplo.Además, un importante contingente de mujeres moras o moriscas ingresó en la dinámica de la esclavitud; eran las “esclavas blancas”. Muchas fueron liberadas tras convertirse en concubinas o antes de ser esposas de los españoles. Estas mujeres eran hijas de quienes fueron tomadas como botín de guerra por los Reyes Católicos en Granada o prisioneras esclavizadas durante las guerras de Carlos V en el Mediterráneo Oriental. Ellas tuvieron notable influencia en la cultura limeña: el manto de la tapada y la preparación de los dulces.Finalmente, personajes de origen árabe que lograron posiciones importantes, ocultando para ello su verdadera identidad, fueron: Emir Cigala quien, bajo la identidad de Gregorio Zapata, llegó a ser capitán y labró una cuantiosa fortuna en Potosí; Cristóbal de Burgos, regidor de Lima y rico encomendero; Francisco de Talavera, también concejal limeño y amigo de Francisco Pizarro; Lorenzo Farfán de los Godos, primer alcalde de San Miguel de Piura; y Nicolás de Ribera el Viejo, primer alcalde de Lima. Refiere el historiador Juan José Vega que al morir Diego de Almagro (que había sido acusado de moro en más de una ocasión) Hernando Pizarro, su estrangulador, ordenó que se desnudara el cadáver para comprobar si había sido circuncidado. Aunque no se encontró la marca, los rumores de que su madre había sido morisca fueron persistentes.Los judíos recién conversos al cristianismo eran sospechosos de ser “judaizantes” es decir de seguir practicando, de manera oculta o privada, las viejas costumbres judías; también se temía que pudieran filtrar el discurso hebreo. Por tal motivo, la Inquisición estaba alerta por la presencia de cualquier “judaizante”. Un caso muy sonado para la Inquisición limeña fue la “gran complicidad” o la “complicidad grande” que comprometió a los comerciantes portugueses más importante del Virreinato. Acusados de “judaizar”, los lusitanos fueron encarcelados entre 1635 y 1639. Las declaraciones de los inculpados llevaron ante el tribunal al conocido mercader Manuel Bautista Pérez y a su cuñado, Sebastián Duarte. El auto de fe, uno de los más apoteósicos, se celebró el 23 de enero de 1639 y en él se penitenció a 80 portugueses supuestamente “judaizantes”. No todos los acusados fueron condenados a muerte aunque Pérez y Duarte terminaron sus días en la hoguera. El santo Oficio secuestró los bienes de los reos, asegurando así sus finanzas, evitando competencias para los empresarios hispanos. Este proceso inquisitorial a los portugueses criptojudíos repercutió en los tribunales de México y Cartagena de Indias, pues en aquellas ciudades se tomaron medidas similares.En el campo intelectual, destacó el jurista y erudito escritor de origen “sefardí” Antonio de León Pinelo (Lisboa ¿1590?-Madrid 1660). Desde sus cargos de relator y cronista del Consejo de Indias, se ocupó de reunir informaciones detalladas y abundantes sobre el Nuevo Mundo, convirtiéndose en el primer gran bibliógrafo sobre América. Entre sus abundantes escritos, podemos destacar El Paraíso en el Nuevo Mundo (1656) en el que sostenía que América había sido en antiguo Jardín del Edén, escenario de los sucesos del Génesis, y que los restos de la tierra perdida podían encontrarse en la Amazonía a juzgar por su exuberante naturaleza. León Pinelo argüía que los grandes monumentos de México y Perú habían sido construidos por los descendientes de Adán, antes del Diluvio Universal, y que los indios, por su adicción a la guerra, eran bárbaros recién llegados al Nuevo Mundo. Pinelo plantea un encuentro entre la erudición barroca y la utopía de América, tierra concebida como lugar de regeneración de la humanidad. A pesar de no haber nacido en las Indias, esboza un claro anhelo de reivindicación criolla al revalorizar el espacio indiano.El siglo XIX.- Entre 1840 y 1850, llegaron a Lima judíos alemanes, franceses, ingleses y suizos quienes encontraron una elite más receptiva a la influencia de la cultura europea. Fue en este ambiente de relativa tolerancia, en que llegaron los primeros judíos al Perú. Decimos “relativa tolerancia” pues por un lado se acogía a los colonos extranjeros pero del otro se dejaba en claro la naturaleza católica del país. Decenas de judíos se asentaron en Lima y en 1855 aparecen los primeros documentos que testimonian su presencia. Entre 1869 y 1870 algunos discutieron la posibilidad de fundar una sociedad israelita. Por esos años se calcula en poco menos de 100 judíos en el país, algunos de ellos interesados en observar las tradiciones judías al menos en las Altas Fiestas. Por ello, en 1870, se fundó la Sociedad de Beneficencia Israelita, que obtuvo su reconocimiento oficial en 1873.

Una carta de Jacobo Herzberg, presidente esta Sociedad de Beneficencia, publicada en el periódico judío alemán Allgemeine Zeitung des Judenthumus, del 1 de abril de 1873, describe la naturaleza de la vida judía en Lima por esos años: «Vivimos acá en la República del Perú, país en el cual la libertad de culto todavía no se ha decretado por ley y cuya población es católica en su totalidad. Se tolera, sin embargo, a todas las sectas y religiones disidentes, las que efectúan los servicios religiosos en sus casas. Residen acá alrededor de veinte familias judías, entre las que se encuentran de veinte a cuarenta jóvenes solteros. También encontramos entre los varones casados a algunos que están capacitados para realizar lo servicios religiosos en caso de algún fallecimiento o para las fiestas de Rosh Hashana y Yom Kipur. Desde hace un año reside en Lima también un Mohel (persona que realiza las circuncisiones rituales), y por lo tanto ya no es necesario enviar a nuestros hijos a Europa para que se les practique la circuncisión. Además, desde el año 1870 organizamos una Sociedad de Beneficencia Israelita con el fin de ayudar a nuestros correligionarios en caso de indigencia o de enfermedad y también para atender que se les entierre en caso de si fallecimiento».

Lo cierto es que existía la certeza de que uno podía ser abiertamente judío y pertenecer al círculo de la oligarquía, pues las relaciones sociales condujeron al matrimonio mixto. Pero a pesar de que esta comunidad fundó el Cementerio Judío (en un terreno donado por Henry Meigg en el Callao), que luego se convertiría en piedra angular de la vida judía organizada en el Perú, todos sus miembros originales, con excepción de uno, se asimilaron a la población peruana y desapareció la categoría de “judío” por de tres generaciones.

Ariel Segal indica que muchos factores pueden darse como pistas a esta desintegración de la primera comunidad judía de Lima:

a. Los primeros inmigrantes vinieron mayormente de Alemania donde el judaísmo atravesaba una transformación radical con el surgimiento del Movimiento Reformista. Su contenido religioso fue desplazado por una visión más histórica y cultural del judaísmo. Esto facilitó a muchos judíos nacidos en Alemania identificarse con otros inmigrantes europeos quienes compartían similares costumbres, preferencias sociales, idioma y un sentido de aristocracia. Quizá los judíos, entonces, no quisieron tener ningún significado especial de distinción, fuera de algunos rituales, respecto a otros inmigrantes europeos.
b. La Iglesia Católica fuertemente abogaba frente al Estado a fines del siglo XIX para que desaliente el establecimiento de sólidas comunidades religiosas en el Perú.
c. Muchos judíos se establecieron en Lima por un corto período de tiempo debido a la crisis económica causada por la Guerra del Pacífico (1879-1883). Por ello no fue un momento para echar raíces y mantener ritos religiosos o educar a la juventud.
d. Muchos niños judíos fueron educados en escuelas americanas o protestantes. Ellos no recibieron formación religiosa ni en la escuela ni con maestros particulares en la Comunidad Judía pese a lo que los Estatutos de la Sociedad de Beneficencia Israelita afirmaba acerca de la educación hebrea. El alto grado de secularización y matrimonios con mujeres no judías pudo también debilitar los lazos entre los miembros de la Comunidad Judía de Lima.

Respecto a los árabes, entre finales del siglo XIX e inicios del XX, el Imperio Otomano dominaba todo el Cercano y Medio Oriente. Por entonces, muchas familias de origen cristiano, que vivían en el actual Líbano o en Palestina (ciudades de Beit Jala y Belén) se sentían presionados o discriminados por los turcos musulmanes. Estaban abrumados por altos impuestos y escasez de tierras. Muchos, entonces, decidieron emigrar a otras tierras. Según Leyla Bartet, entre 1860 y 1890, unos 600 mil árabes abandonan Medio Oriente, siendo los países de América Latina un destino corriente para estos inmigrantes. De esta forma, fueron llegando a estas tierras en sucesivas oleadas. Sin embargo, no todos tenían un destino fijo. «Uno iba al puerto de Beirut y lo único que se pedía era llegar a América, es por eso que el destino era muchas veces fortuito», señala el cónsul honorario de Líbano en el Perú, Elías Chalouhi. A veces los barcos los dejaban en cualquier puerto. Así llegaron, también, a las Antillas, a Dakar en África, otros a Cuba. Una vez desembarcados, muchos no tenían la alternativa para trasladarse a otro lugar de América así que se quedaban a trabajar como comerciantes, que es un oficio que llevan en la sangre. Y es que, como dice Eduardo Farah, el lema del éxito de la colonia árabe se basó en tres elementos «trabajo, disciplina y ahorro».

Prof. Juan Luis Orrego Penagos, muchas gracias por la gentileza de permitirme reproducir su texto en mi blog.

Ópera en el Tecnológico de Monterrey

A partir del semestre de otoño de 2010 el ITESM campus Monterrey  inició las transmisiones en alta definición de la temporada anual de ópera de la Metropolitan Opera House de Nueva York, teniendo como sede el Auditorio Luis Elizondo.

El Dr. Fernando Treviño Lozano es el director de programa «En vivo desde el Met de Nueva York» y se ha abocado a impartir en el vestíbulo del Auditorio una charla introductora antes de la transmisión de cada ópera , lo que ha permitido a los asistentes conocer y disfrutar más esta manifestación artística. Ha publicado en el periódico El Norte textos sobre dos de las óperas que se han transmitido en la temporada 2011-2012 y le agradezco mucho que me haya permitido reproducirlas en Gusto por la historia.

LA TRAVIATA

La historia de un último adiós.

Publicado en El Norte, 14 de abril de 2010. Sección Arte. Pág. 4

I. El origen. 

La costumbre generalizada al hablar del título de una ópera y de su autor, es el mencionar preponderantemente al compositor de la música. En realidad, el desarrollo de una obra de este género requiere de una historia, misma que puede provenir de una narración corta, una novela, una obra teatral, una leyenda, o cualquier otra fuente que provea de una secuencia o serie de eventos. Una vez que el músico detecta posibilidades de que esa historia pueda convertirse exitosamente en una ópera, éste contacta a un escritor, que en ópera se llama libretista para que manufacture un documento literario, mismo que se conoce precisamente como libreto y que tiene el formato de una obra teatral, pero cuya preparación requiere de mucho cuidado, ya que tiene que proveer al compositor de oportunidades para integrar recitativos, arias, duetos, tríos, ensambles, concertantes, escenas corales y demás.

Una vez que se cuenta con esa materia prima, el músico va dejando que su inspiración lo vaya guiando por el intrigante camino de la creación, para ir confeccionando lo que, una vez concluida se conoce como ópera.

Una exitosa pieza operística, no necesariamente debe que tener una buena historia, por más deseable que ésta sea. Lo que sí es imprescindible es que cuente con un excelente libreto y música de primer orden. No es raro encontrarnos con historias visiblemente inverosímiles, que un buen libretista puede transformar en la base para que el músico componga melodías inolvidables, dando como resultado una obra maestra.

En el caso de La Traviata, ópera en tres actos compuesta por Giuseppe Verdi y estrenada en 1853, la historia tiene su origen en la novela La Dama de las Camelias de Alexandre Dumas, hijo, escritor francés decimonónico cuya producción literaria estuvo muy ligada al teatro y la narración de naturaleza romántica, tales como El Medio Mundo, El Hijo Natural y El Padre Pródigo;  en contraposición con la obra de su padre, cuya producción más célebre se centró en obras de aventuras (Los Tres Mosqueteros y El Conde de Montecristo, entre otras). 

La novela, basada en hechos de la vida del propio autor, narra la historia de una cortesana parisina (Margerithe Gautier) de mediados del siglo diecinueve, cuya vida se va desmoronando paulatinamente, mientras va Abando Nando su vida disipada para cultivar un nievo y verdadero amor por su enamorado Armand Duval. La tragedia no se hace esperar y la trama se encamina a un desgarrador final.

II. La ópera.

 Seguramente que el empresario Bartolomeo Merelli nunca imaginó que al convencer a Giuseppe Verdi de retornar a la composición musical, no únicamente estaba esforzándose  para reclamar un derecho contractual que tenía contra el compositor, sino que prestó un servicio a la Música y a la humanidad entera.

 El año 1840 fue sin duda alguna uno de los más trágicos en la vida del ahora celebérrimo Verdi. En el curso de tres meses, el músico sufrió la muerte de su primera esposa Margherita, así como de sus dos hijos. Aunado a estas tragedias, el fracaso de su segunda ópera “Un Giorno di Regno” tras el reciente éxito de su primera, “Oberto”, hundió a Verdi en una depresión tal, que juró no escribir una nota más durante el resto de su vida. 

La insistencia de Merelli de que examinara el libreto de Temístocle Solera sobre un pasaje bíblico fue tal, que un día Verdi accedió a llevarlo a su casa. Las primeras líneas que el compositor leyó “Va pensiero sull’ ali dorate” (Vuela pensamiento sobre las alas doradas del viento), un himno a la libertad que estimularon tanto el ardor patriótico del músico (en ese entonces su amada Italia se encontraba bajo el dominio de Austria), que finalmente puso manos a la obra y de su inspiración nació Nabucco cuyo éxito fue tan arrollador a partir de su estreno en 1842, que provocó el reinicio de la carrera creativa de este gran músico, uno de los más connotados compositores de ópera en la historia del género artístico a que dedicó su vida.

Otros éxitos siguieron, entre otros: I Lombardi (1843), Ernani (1844), Macbeth (1847) y Luisa Miller (1849), sólo por mencionar algunos. Pero fue el trío compuesto entre 1851 y 1853, a saber: Rigoletto, Il Trovatore y La Traviata los que no únicamente lo establecerían como un maduro compositor del género operístico, sino que definirían el estilo verdiano que maduraría y produciría obras maestras que ahora forman parte integral de la historia del Arte.

La Traviata que como ya mencionamos, tiene su origen el la novela  La Dama de las Camelias de Alexandre Dumas, fue transformada en un magnífico libreto por Francesco Maria Piave e inspiró música inmortal en Verdi. Cabe hacer notar que Piave y Salvatore Camanrano fueron los libretistas más cercanos a Verdi a lo largo de su carrera. Al primero, además del de La Traviata, se deben otras muy importantes colaboraciones, tales como: Ernani (1844), I due Foscari (1844), Atila (1846), Macbeth (1847), Il Corsaro (1848), Stiffelio (1850), Rigoletto (1851),  Simón Boccanegra (1857) y La Forza del Destino (1862).

Tras su estreno en el teatro La Fenice de Venecia el seis de marzo de 1853, Verdi escribió a varios amigos que él consideraba que la ópera había sido un fiasco. Se quejaba de los miembros del reparto, de la escenografía y del vestuario. Sin embargo, las críticas fueron favorables y el compositor fue requerido en el escenario después de cada acto, tanto en el estreno como en funciones subsecuentes. ¡Difícilmente se puede pues calificar de un fracaso! 

Algo peculiar en Traviata es el hecho de que Verdi rompió con los argumentos históricos, mitológicos, fantásticos o inverosímiles que habían plagado la ópera desde el siglo XVII, para poner música a un drama con personajes de la época, y retratando a una sociedad contemporánea de su tiempo. Esto se deriva a que el material literario que utilizó, pertenece a una corriente llamada realismo.

Tres son los personajes centrales del drama. Pero no cabe duda que el pilar dramático y musical es Violetta Valery, nombre que en el libreto asume el personaje de Margarithe Gautier de la novela original. El papel es uno de los más codiciados por las sopranos líricas, quienes seguramente sueñan con alguna vez verse en escena interpretando a Violetta, quien además canta algunas de las páginas más inspiradas y vocalmente complicadas de Verdi.

La trama contiene muchas de las pasiones más intensas de que es capaz el ser humano. Presentes están el odio, los celos, la envidia, el engaño y la vida banal. Por otra parte, el amor y el sacrificio proveen un balance que al final nos deja con un sentimiento de que una tragedia ha sucedido, pero que ésta ha sido en nombre de un verdadero y muy profundo amor.

Dos momentos definen el destino de Violetta. El primero se advierte en el primer acto, cuando ella se encuentra con el dilema de seguir libre en la vida o atarse al amor de un hombre. El segundo sucede precisamente en el segundo acto, en ese momento en el que ella clama: “Ámame Alfredo” desgarrándose interiormente por el sacrificio que ha prometido al padre de su amado y sabiendo que eso le va a costar el amor de quien la ha hecho feliz.

 En resumen, Violetta tiene que experimentar varios “adioses”: a su vida de cortesana, a su posición económica, a su amado Alfredo. Pero finalmente el  más doloroso, el más estrujante es sin duda su último adiós: ¡su adiós a la vida!

FAUSTO

La leyenda y su influencia en el arte.

Publicado en El Norte, 14 de abril de 2010. Sección Arte. Pág. 4.

La eterna juventud.

El anhelo del hombre de permanecer siempre joven, su rechazo a enfrentar el paso de los años y la ancianidad, es tan antiguo como la humanidad misma. Desde tiempo inmemorial nos encontramos con relatos de pócimas y encantamientos que llevaban a quien los ingiriera o practicara a lograr este propósito.

Cuentos infantiles como Blanca Nieves, nos hablan de personajes que a toda costa querían preservar su juventud y belleza, al grado de ser capaces de quitar la vida a alguien más para lograrlo. La literatura en general, está plagada de historias sobre seres con poderes maravillosos que jamás envejecían. De muchos es conocida la leyenda del conquistador español Juan Ponce de León y Figueroa, quien pasó gran parte de su vida buscando la mítica “Fuente de la Juventud”.

Estudios acreditados sobre este curioso fenómeno llegan a una gran variedad de conclusiones, pero la más frecuente es que el hombre en general desea, consciente o inconscientemente, el evitar el encuentro con lo que se encuentra la final del camino: la muerte. 

Uno de los procedimientos que se repiten con más frecuencia para lograr la juventud eterna es el recurrir a los poderes de la obscuridad y hacer un pacto con ellos. En otras palabras, hacer un trato con Satán para recibir la inmortalidad o una cantidad de años de vida adicionales, a cambio de servirle por toda la eternidad, cuando alguna condición contenida en el propio pacto se haga presente y la vida, a pesar de todo, llegue a su fin.

Fausto

La leyenda de esta figura tan conocida en el ámbito artístico, tiene sus raíces en un personaje de la vida real llamado Georgius Faustus, oriundo de Alemania y que existió entre los siglos XV y XVI, a quien le gustaba experimentar con substancias químicas y que cada noche salía a pasear con sus dos perros de quienes se decía que eran demonios.

En el arte, Fausto ha aparecido en varias de sus manifestaciones, pero particularmente en la Literatura (y como corolario el Cine), así como en la Música.

Así, nos encontramos con la publicación, en 1587 de una narración de autor anónimo en la que Johann Fausten, teólogo y practicante de la magia negra, se somete a Mefistófeles, discípulo del demonio a cambio de una cierta cantidad extra de años de vida. Esta primera aparición de Fausto fue seguida de otra muchas, en prosa y en verso; pero indudablemente la que destaca sobre todas, es el drama decimonónico de Johann Wolfgang von Goethe, misma que es considerada como uno de los pilares de la literatura universal.

En Música, la lista no es menos grande, encontrándonos con canciones, sinfonías, música para instrumentos solistas y óperas de autores de la talla de Beethoven, Schubert, Liszt, Berlioz, Schumann, Spohr, Boito, Sarasate y otros muchos, quienes encontraron inspiración en esta fantástica leyenda, para componer obras que se centran en el mismo personaje de Fausto o en algunos de los que siempre le circundan, tales como su amada Margarita o el malvado Mefistófeles. 

El Fausto de Gounod.

Así como en Literatura, la obra de Goethe sobresale de entre todas las demás, en Música es la ópera de Charles Gounod la que viene a la mente cuando se menciona el tema.

Esta composición, sobresale no solamente entre las basadas en temas relacionados con Fausto, sino que es indudablemente la obra maestra de su autor y la que lo ha colocado entre los inmortales.

Estrenada en París en 1859, utiliza un libreto de Jules Barbier y Michel Carré, basada en el drama Fausto y Margarita del propio Carré, quien a su vez, se inspiró en Goethe. Integrada por cinco actos e incluyendo uno de los ballets de ópera más célebres de todos los tiempos, su argumento circunda alrededor de un anciano erudito quien en el ocaso de sus días se lamenta de no encontrarle sentido a la vida. Invoca la ayuda del demonio y aparece Mefistófeles quien mostrándole imágenes de los placeres de la vida y en particular de la bella doncella Margarita, arranca de Fausto la promesa de su alma, a cambio de la juventud necesaria para seducir a la dama. En el curso del argumento, Fausto y Mefistófeles acuden a una taberna donde la seducción de Margarita de lleva a cabo. Ésta concibe un hijo de Fausto quien posteriormente la abandona. Ella asesina al niño por remordimiento. Mefistófeles se muestra feliz, ya que en lugar de un alma, se llevará dos. Pero al final, Margarita, profundamente arrepentida es perdonada y llevada al cielo por un coro de ángeles, mientras Fausto tiene que ir a cumplir su parte del pacto en el inframundo.

Perteneciente al género de Gran Ópera, Fausto requiere de grandes voces para sus papeles principales, coros magnificentes y como ya se mencionó, un ballet, que aunque algunas veces se omite, no deja de ser representado de manera autónoma con mucha frecuencia.

Plagada de bellas melodías, una orquestación de primer orden y frecuentemente presentada en suntuosas producciones, Fausto de Gounod es una obra que no debe escapar a la atención de todos los amantes de la música.