Tiempo linear, calendario cíclico

¿Recuerda usted aquella popular canción de Joan Manuel Serrat tomada de un poema de Antonio Machado

Todo pasa y todo queda, pero lo nuestro es pasar,

pasar haciendo camino, camino sobre la mar….?

Lo nuestro… lo humano, lo inmanente, lo cambiante.

Nosotros, hombres y mujeres del siglo XXI pertenecemos a sociedades que, la mayoría, transitan velozmente entre avances tecnológicos, nuevos paradigmas del conocimiento y formas de comunicación global cada vez más vertiginosos y asequibles a todos los confines del planeta. La distancia que nos separa de la generación de nuestros padres en la concepción del mundo, de la sociedad y del sitio del individuo en ella es abismal pues vivimos una era en la que el cambio constante es lo único estable. En el entorno posmoderno, quedan pocas nociones con pretensiones de universalidad y permanencia absoluta que nos puedan dar una certeza de nuestro lugar en el mundo y de nuestra misión en la vida, si es que tenemos una que nos de aún la ilusión de trascender.

Alphonse Mucha. Las cuatro estaciones

Sin embargo, hasta antes de la era industrial y de la revolución racionalista, para todas las culturas la idea del cambio implicaba más bien el cumplimiento del ciclo vital y la permanencia: la naturaleza indicaba el paso de las estaciones en fechas precisas que llegaban con cada equinoccio y solsticio renovando la vegetación, la vida del hombre y de los animales que se preparaban para enfrentar el mismo destino que la generación anterior: nacimiento, crecimiento, reproducción, muerte. De esta forma las actividades económicas, sociales y rituales tenían sus temporadas, sus ritos, sus patronos y sus fiestas propias. Año tras año el cambio era plenamente reconocido y predicho con exactitud gracias a observaciones astronómicas y el uso de calendarios lunares y solares que marcaban el inicio y el fin del ciclo anual, de la siembra y de la cosecha, del momento de fecundar la tierra y de presenciar el renacimiento de la naturaleza así como de las heladas y de las noches largas que implicaban el deterioro y la muerte.

Las distintas nociones mágicas y las religiones consolidadas establecieron ritos y ceremonias para conmemorar el eterno retorno, como lo denominara Mircea Eliade. Cada año Hades tendría a Perséfone en el inframundo por seis meses en los que la tierra sería yerma y después Deméter recuperaría a su hija para engalanar los campos con el verdor y la frescura que trae consigo el verano y la opulencia de la recolección en el otoño.

Así también, la vida del hombre pasaba por cambios perfectamente reconocibles y que implicaron rituales para marcar el fin de una etapa y el inicio de otra: ritos de matrimonio y procreación, de nacimiento y de iniciación como miembro productivo del grupo así como de muerte y esperanza en la resurrección.

Desde las culturas paleolíticas hasta nuestros días estos ritos han perdurado, puesto que bautizos, sacramentos, comunión y extremaunción manifestadas de distintas formas de acuerdo a las distintas nociones religiosas siguen siendo los rituales que conciben la vida humana como un ciclo y cada cultura celebra simbólicamente el paso de una etapa a la siguiente.

Y si bien las culturas antiguas tenían una noción de tiempo circular en el que se repetía el ciclo indefinidamente, con el desarrollo de religiones teleológicas y providencialistas se concibió un inicio del cosmos a través de la creación por la voluntad divina y un final de la historia de acuerdo a un plan celestial establecido de antemano, es decir, un principio y un fin con un avance constante hacia la postrimería de los tiempos que acerca al momento del juicio final o a la culminación de la historia terrena.

Sin embargo, en la vida cotidiana, la noción del tiempo y del calendario se mantuvo en su concepción circular. Cada año, a pesar de estar más viejos, festejamos el mismo día la fecha de nuestro nacimiento, matrimonio o la defunción de familiares; conmemoramos el final del año, o las festividades cívicas y religiosas en sus aniversarios si bien el tiempo prosigue inexorablemente con su curso. Es decir,  como si nuestro calendario siguiera siendo cíclico cuando de acuerdo a nuestra concepción religiosa el devenir del tiempo no da vuelta atrás.

Es por eso que cada inicio de año trae consigo tantas promesas y esperanzas. Queremos ser mejores, más felices, cumplir todas nuestras promesas, limitar los excesos, dejar una huella. Vemos el Año Nuevo como una nueva oportunidad, y aunque la cifra suma dos dígitos más,  también ya estamos listos para cumplir con todos los ritos milenarios que las fechas traen consigo.

Le deseo un muy feliz año

Imágenes:

Cuatro Estaciones: http://beautyminded.wordpress.com/2009/08/01/what-season-are-you/

Perséfone y Hades: http://www.summagallicana.it/lessico/a/Ades.htm 

2010: http://www.goodfinancialcents.com/2010-roth-ira-conversion-rules/

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