Los primeros pobladores norestenses.

Cuando estudiamos la historia de Nuevo León y los estados del noreste mexicano y del sur de Estados Unidos, no podemos partir de las nociones modernas de fronteras, límites relativamente recientes pues apenas se empezaron a fijar con una cierta precisión en la segunda mitad del siglo XVIII.

El objetivo de estos límites era optimizar la administración de la Nueva España que había sido reorganizadas con las reformas borbónicas con provincias internas. De ahí viene el concepto, que a muchos nos parece incongruente por la centralidad de la ciudad de México, de considerar a los estados del país como el interior de la república.

Sin embargo, la frontera no fue fija pues si bien se incluía a Tejas dentro de la geografía nacional, con la independencia de ese estado y luego con la guerra mexicano-norteamericana de 1846-1848 los límites fueron sufrieron modificaciones.

Por supuesto que los pobladores originales de esta inmensa región no tenían esa noción de fronteras que para nosotros es tan fácil de comprender. Aunque genéricamente se les ha denominado chichimecas, en realidad fueron diversos grupos diferenciados por las características geográficas y climáticas de los territorios en que moraron.

Conformaron diversos grupos humanos, algunos nómadas, otros seminómadas, unos sedentarios con una agricultura establecida y otros con mayor grado de desarrollo los que moraron el noreste.

Unos grupos fueron cazadores y recolectores y seguían a los animales que cazaban conforme las estaciones del año, viviendo en cuevas o a la intemperie. Como evidencias de su paso por el territorio nos quedan restos de fogatas, puntas de lanza y petroglifos como lo que se encuentra en la zona de Boca de Potrerillos en Mina. Otros construyeron poblados fijos y tuvieron un acceso asegurado a los alimentos gracias a la agricultura. Por los estudios arqueológicos se ha establecido que el inicio del cultivo del maíz se dio en el área de Tamaulipas alrededor del año 8,000 aC.

Cada grupo humano tuvo sus propias características de acuerdo a los recursos naturales con los que contaron y las herramientas que desarrollaron para hacer más exitosa su sobrevivencia: lanzas, arcos y flechas para cazar animales, redes y anzuelos para los pobladores de las costas, o instrumentos de labranza y desarrollo de cerámica y cestería para las poblaciones sedentarias. En el Museo del Obispado de la ciudad de Monterrey así como en el Museo Bernabé de las Casas en el municipio de Mina se resguardan puntas de flecha y lajas que se han encontrado en el territorio de Nuevo León.

Hombres, mujeres, niños y ancianos desempeñaron distintas funciones dentro de su comunidad, si bien la sobrevivencia del grupo dependía de una cooperación entre todos.

Las diferencias culturales fueron especialmente lingüísticas, pues no hubo un único idioma en toda la región y tampoco los mismos símbolos para rendir culto a la naturaleza. Algunos estudiosos hablan de 250 tribus distintas, entre ellas los comanches, apaches, guachichiles, coahuiltecos, tamaholives, lipanes, icauras, guaracatas, acancuaras, inqueros, camahanes, incuenos entre otros a los que los conquistadores llamaron borrados o pintados debido a los tatuajes y dibujos que adornaban sus cuerpos, quedando como vestigios de su presencia algunos nombres de poblaciones en la región.

De esta manera, podemos ver que la noción que el territorio del noreste mexicano era un gran espacio yermo, desértico o semidesértico, sin pobladores es realmente un gran equívoco.

Los españoles llegaron a la región varios años después de la conquista de Tenochtitlán en 1521 en sus viajes de reconocimiento y conquista hacia el norte buscando gloria, poder y méritos y, sobre todo, minas que les permitieran enriquecerse con oro y plata.  Los pobladores autóctonos se enfrentaron a la expansión de la corona hispánica y se opusieron tenazmente a su incorporación a la civilización europea y evangelización, es decir, a la política de “traerlos de paz” de las autoridades españolas. Considerados salvajes e indómitos, muchos indígenas fueron capturados, esclavizados y explotados en el trabajo de las minas y de las encomiendas.

Los testimonios de Alonso de León en el siglo XVII los describe de esta manera: “andan los varones desnudos, en carnes…no difieren las indias de ellos…. Ellas cubren sus partes deshonestas con heno o zacate o unos torcillos que hacen de cierta hierba…. Habitaban por montes y bajíos, mudándose de una parte a otra… viviendo dos días aquí y cuatro acullá”. (Rodrigo Mendirichaga. Los cuatro tiempos de un pueblo. Monterrey: ITESM 1985. Pág. 20).

Su oposición a los europeos que fueron despojándolos de sus territorios, su rebeldía contra el avance de misiones y presidios y los intentos por someterlos duraron más de tres siglos. Todavía en la segunda mitad del siglo XIX a la región se le consideraba un territorio de guerra viva y los gobiernos tanto de México como de Estados Unidos adoptaron la política de envenenar sus pozos de agua para liquidarlos.

Muchos de los héroes de la guerra mexicano-norteamericana, o contra la intervención francesa se foguearon en la guerra contra las tribus del noreste. El último ataque contra Bustamante fue en 1886.