México: Reflexiones en torno a la conmemoración del Bicentenario de la Independencia.

Le gana el Grito a la Consumación

 

Cristóbal Martínez

El Norte, Monterrey N.L., 27 de septiembre 2011. Sección Vida, pág. 10

Conmemora México hoy 190 años de vida independiente. Analizan expertos el porqué en el País se celebra el inicio de la Independencia y no tanto su triunfo

El Bicentenario de la vida independiente del País se celebró el año pasado…

Pero hoy se conmemora que hace 190 años, un ejército entró a la Ciudad de México para firmar y consumar la Independencia.

Con la entrada triunfal del Ejército Trigarante -al mando de Agustín de Iturbide- a la capital de la Nueva España, el 27 de septiembre de 1821, 11 años después de iniciada la justa insurgente, México alcanzó su libertad. No obstante, esta fecha es poco conocida y celebrada.

“Por decirlo dramáticamente, es como si no quisiéramos ser independientes, como si sólo nos interesara la lucha, sin tener una clara conciencia para expresar nuestra independencia, con todo lo que eso significa como sociedad y pueblo”, considera el psicólogo social José María Infante.

“Como que eso no interesa, cuando en realidad fue un proceso muy importante de transformación, pues la justa del 16 de septiembre prácticamente abortó menos de un año después, o la abortaron. En cambio, la Independencia implicaba una transformación mucho más importante”.

Para Infante, el aparente “olvido” de la fecha de la Consumación de la Independencia se debe, en parte, a la degradación de un proyecto de nación. En ello coincide Arturo Delgado Moya, presidente de la Sociedad Nuevoleonesa de Historia, Geografía y Estadística.

Esta disolución del proyecto de nación, considera el historiador, se observa desde el momento mismo de la entrada del Ejército Trigarante en la Ciudad de México por la lucha ideológica a la que se enfrentaron Agustín de Iturbide y Vicente Guerrero, al firmar el Plan de Iguala.

“La Consumación de la Independencia, evidentemente, tiene un gran significado, pero la disputa que había por el proyecto de Nación, cuando se da ésta, es lo que siempre ha dado una especie de velo o nubosidad al acto.

“Ahí es donde se da la discusión sobre si fue Guerrero o Iturbide, o quién fue el que logró la Consumación, si los realistas o los insurgentes, y ahí también comienza una pugna que llega hasta nuestros días y relega en parte el acontecimiento”, dice Delgado Moya.

El proceso que derivó en la conformación del Plan de Iguala, del Ejército Trigarante y, finalmente, en la firma de los Tratados de Córdoba, que oficializan la Independencia de México, proviene de una suerte de armisticio entre dos generales representantes de los grupos que en ese entonces se disputaban el País: insurgentes y realistas.

Por el primer bando, a la muerte en 1811 de Hidalgo, Aldama, Allende y Jiménez, iniciadores del movimiento independentista, una segunda generación de caudillos tomó el mando de las fuerzas liberadoras.

Entre ellos, José María Morelos, quien fungiría como ideólogo del movimiento y cuyo documento Sentimientos de la Nación, de 1813, serviría como base de pensamiento para Vicente Guerrero y Guadalupe Victoria, entre otros independentistas que lograrían concretar la separación de México de la Corona Española.

“En cambio, aunque Iturbide era de la monarquía, era realista, un hombre conservador, cuando se da cuenta de que ya es insostenible la Colonia, se va con los insurgentes, dialoga y tienen su Abrazo de Acatempan”, explica el historiador.

“Pero los dos tienen una visión diferente, Iturbide con una monarquía constitucional mexicana, un Imperio Mexicano, mientras los insurgentes, con Guadalupe Victoria y otros, tenían la visión de una república federal”.

Esto se refleja en los primeros años de independencia, desde el establecimiento del Imperio Mexicano, encabezado por Iturbide, su posterior derrocamiento y el establecimiento de una república envuelta en pugnas entre conservadores y liberales.

También es en medio de ese clima de incertidumbre política cuando se establece la primera celebración oficial del Grito de Independencia, cuando en 1823 se declara fiesta nacional el 16 de septiembre.

Dos años más tarde, en 1825, Guadalupe Victoria, primer Presidente de México, conmemora como tal la justa a nivel nacional.

La misma complejidad que se vivió en aquellos años, señala Delgado Moya, ha provocado que, incluso en el siglo 21, el triunfo de la causa independentista casi no figure en las clases de historia, a diferencia del inicio de la lucha, donde eran más claras las intenciones de los insurgentes.

“El principio de un movimiento de esa magnitud, donde lo menos que se expone es la vida de los líderes, la decisión de romper con el esquema colonial, con la monarquía, tiene razones de sobra que lo justifican históricamente para ser conmemorado o celebrado”, explica.

“La reflexión debe ser, entonces, ¿por qué reconocemos a los iniciadores? Porque estaban bajo un ideario, un bagaje ideológico y político establecido, mientras que ya en la Consumación, estaban las dos fuerzas en disputa para ver quién le daba el rumbo al País”.

No obstante, hoy en día, más que discutir si debe festejarse el Grito de Dolores o la Consumación de la Independencia, Infante advierte que lo que se debe analizar es el efecto que tiene en los mexicanos este tipo de celebraciones.

“El hecho que sería interesante, pero no puedo dar una respuesta definitiva, sería saber cómo y por qué, en lugar de celebrar justamente el Grito del 16 de septiembre, no se celebra la Independencia, que pasa como desapercibido”, dice.

“Habría que ver, además, cómo lo vive el mexicano hoy día, qué es lo que la gente siente por el hecho de que la Independencia se celebra cuando inicia y no cuando se logra”.

Ahora, en el clima de incertidumbre política y social que vive México, dice Infante, investigador de la UANL, sería importante retomar este tipo de celebraciones como factor de cohesión social.

“Es muy importante, sobre todo con las crisis que hemos estado viviendo alrededor de la violencia, que exista una consolidación de la idea de nación, de ciudadanía y del compromiso de la ciudadanía como sociedad, la cual se puede generar a partir de este tipo de conmemoraciones”.

EL PADRE INICIA LA LUCHA; ELLOS LIBERAN AL PAÍS

MIGUEL HIDALGO

Dio el Grito de Dolores el 16 de septiembre de 1810. Con la insurgencia, conquistó Celaya y Guanajuato. Fue derrotado, encarcelado y fusilado en Chihuahua en 1811.

AGUSTÍN DE ITURBIDE

Como realista luchó contra Hidalgo y Morelos. Luego lidera el movimiento de Independencia hasta su consumación. Se proclama Emperador de México. Abdica en 1823 y es fusilado.

VICENTE GUERRERO

Luchó por la Independencia con Morelos. Se unió a Iturbide tras la reunión de Acatempan. Luego se opuso a él. Asumió la Presidencia en 1829. Derrocado en 1830, fue juzgado y fusilado.

Así lo dijo

“Es muy importante, sobre todo con las crisis que hemos estado viviendo alrededor de la violencia, que exista una consolidación de la idea de nación, de ciudadanía y del compromiso de la ciudadanía”.

José María Infante
Psicólogo social, investigador y catedrático de la UANL

 La consumación

Sergio Sarmiento.

El Norte, Monterrey, N.L., 28 de septiembre de 2010. Pág. 8 A

“La independencia siempre fue mi deseo; la dependencia siempre fue mi destino”.

Paul Verlaine

Felicidades. Hoy es el verdadero aniversario de la Independencia de México. ¿El 28 de septiembre? Efectivamente.

El 15 de septiembre de 1810 México no alcanzó su independencia. El festejo en esa fecha procede simplemente del hecho que se adelantaron las celebraciones del inicio de la guerra de 1810 para hacerlas coincidir con el cumpleaños de Porfirio Díaz.

Tampoco podemos festejar el aniversario, a pesar de todo el dinero gastado en el Bicentenario, el 16 de septiembre. Con el Grito de Dolores, Miguel Hidalgo no logró la independencia. Ni siquiera hizo Hidalgo el 16 de septiembre un llamamiento para obtenerla, sino para preservar los derechos de la corona de la Nueva España para Fernando VII, a quien los sublevados veían como el monarca legítimo español.

La independencia real de México tampoco tuvo lugar el 27 de septiembre de 1821. Ésa fue la fecha cuando el Ejército de las Tres Garantías encabezado por Agustín de Iturbide ingresó triunfante a la Ciudad de México. En ese momento concluía la guerra, pero México no alcanzaba todavía la independencia.

Iturbide tomó el 27 de septiembre como fecha de la independencia del país porque así convenía al interés personal de quien aspiraba a convertirse en emperador de México. Ése era el día de su cumpleaños. Iturbide buscaba, al igual que don Porfirio años después, que se le identificara en lo personal con la Independencia de México. Los grupos conservadores del siglo 19 tomarían ese 27 de septiembre como la fecha de la independencia del País, que hoy no se celebra precisamente porque fue bandera conservadora.

La verdad histórica, sin embargo, es que la independencia de México se consumó el 28 de septiembre de 1821. Ese día se firmó el Acta de Independencia del Imperio Mexicano, la cual señalaba: “La Nación Mexicana, que por trescientos años ni ha tenido voluntad propia, ni libre uso de la voz, sale hoy de la opresión en que ha vivido… Los heroicos esfuerzos de sus hijos han sido coronados, y está consumada la empresa, eternamente memorable que un genio, superior a toda admiración y elogio, amor y gloria de su Patria, inició en Iguala, prosiguió y llevó al cabo arrollando obstáculos casi insuperables… Restituida, pues, esta parte del Septentrión al exercicio de cuantos derechos le concedió el Autor de la Naturaleza”.

A partir de la firma de esta Acta de Independencia, México empezó a ser reconocido por otros países y a actuar como nación soberana. Los reconocimientos internacionales se dieron de manera gradual. Los primeros provinieron de naciones latinoamericanas -Chile, Perú y Colombia- que también estaban alcanzando su independencia. México envió a Washington a un ministro plenipotenciario, José Manuel Zozaya, desde 1822, pero Estados Unidos sólo nombró al suyo, Joel Poinsett, en 1825, con el encargo de negociar un tratado de límites con la nueva nación. La Gran Bretaña reconoció a México en 1825, pero otros países europeos consideraban a España como la legítima representante de la soberanía de México. Las cosas cambiaron en 1836 cuando primero El Vaticano y después España reconocieron la independencia de México.

Nuestro país, sin embargo, sólo pudo obtener estos reconocimientos sobre la base de la firma del Acta de Independencia hecha por la Junta Soberana “en la capital del Imperio a veinte y ocho de setiembre del año de mil ochocientos veinte y uno, Primero de la Independencia Mexicana”

Héroes y mitos

Sergio Sarmiento.

El Norte, Monterrey, N.L., 16 de septiembre de 2010. Pág. 8 A

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“La historia de bronce debe someterse a una crítica severa”.

Enrique Krauze

Enrique Krauze, un hombre que nació el 16 de septiembre, difícilmente podía evitar la tentación de reflexionar sobre la historia de México. Lo ha hecho, en efecto, con honestidad y acuciosidad durante la mayor parte de su vida.

En este 2010 Krauze ha publicado un nuevo libro, “De Héroes y Mitos”, con ensayos sobre los temas cuya reflexión debería haber marcado los festejos del Bicentenario en lugar del boato que hemos vivido. El autor cuestiona la “historia de bronce” y escribe: “México ha vivido de héroes y mitos, y esa condición nos ha costado cara porque ha generado en nosotros falsos recuerdos, ha exagerado nuestros reflejos, ha mantenido viejas llamas, nos ha vuelto a veces amargos y soberbios”.

El impoluto Miguel Hidalgo de nuestra mitología, por ejemplo, es distinto del que con “frenesí destructivo” permitió la salvaje matanza de la alhóndiga de Granaditas e hizo asesinar a cientos de españoles en Guadalajara y Valladolid. Muchas de las mujeres y niñas asesinadas por órdenes de Hidalgo fueron también violadas. Un amigo torero de Hidalgo, Joaquín Marroquín, toreaba a los prisioneros y los mataba con estoque. Cuando se le preguntó a Hidalgo en el juicio de la Inquisición por qué no había procesado a los españoles, él respondió que porque sabía que eran inocentes.

Escribe Krauze: “A 200 años de distancia, todo mexicano se emociona con su hazaña, pero no todos saben que Hidalgo (el ‘viejito’ de Dolores, el amigo de los indios, el criador de gusanos de seda) fue también el frenético líder de una Guerra Santa cuyas crueldades recuerdan vagamente los violentos fundamentalismos de nuestro tiempo. Era un hombre de carne y hueso”.

No es malo que Hidalgo haya sido de carne y hueso. Sus debilidades dan realce a sus innegables virtudes. Pero los fabricantes de la “historia de bronce” se han negado a aceptar o divulgar cualquier falta del padre de la patria.

Así como han creado héroes sin mancha, como Hidalgo, Morelos, Juárez o Madero, para el culto popular, han forjado también villanos a modo, como Iturbide, López de Santa Anna, Miramón o don Porfirio, para contrastarlos con los héroes. Esta visión maniquea de la historia nos impide ver los errores de los próceres o los actos positivos de los villanos. Se le escatima a Agustín de Iturbide la consumación de la independencia y a Miguel Miramón su papel como “niño héroe” en la defensa del Castillo de Chapultepec en 1847.

Hemos llegado a venerar, en lo que Krauze llama “necrofilia histórica”, los restos mortales de los próceres como si fueran santos. El macabro paseo de los huesos de los héroes, de hecho, “es un viejo ritual cívico”. El Congreso ordenó en septiembre de 1823 una procesión con los cráneos de Hidalgo, Allende, Aldama y Jiménez. Don Porfirio repitió el ritual en 1895, cuando los restos se extrajeron de la Catedral, y en 1910. En 1921 hubo una nueva procesión, sólo que ahora el Presidente Álvaro Obregón desfiló junto a los muertos. En 1925 Plutarco Elías Calles colocó los huesos en el Ángel de la Independencia, de donde los sacó en 2010 Felipe Calderón para ponerlos en exhibición pública en Palacio Nacional.

En su libro “De Héroes y Mitos” Krauze nos invita a meditar sobre la verdadera historia, esa que se ha olvidado en la historia de bronce, en el dispendio de la fiesta o en la toma del Paseo de la Reforma. De hecho, el Bicentenario se convierte en una oportunidad perdida para reflexionar, como hace Krauze, sobre la historia y sobre las lecciones que ésta nos ofrece para el futuro de México.

Bicentenario

Myriam Vachez

El Norte, Monterrey, N.L., 16 de septiembre de 2010. Pág. 9 A

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En 1910, la emoción por los festejos del Centenario de la Independencia, inmortalizados por el precursor del cine mexicano, Salvador Toscano, quien siguiera a Porfirio Díaz en la profusión de actos públicos y privados que éste organizó, más fastuosos y dispendiosos uno que otro, duró lo que dura un ejército en prepararse para entrar en acción: de septiembre a noviembre.

Luego la historia dio un giro, una revolución, y el dictador modernizador tuvo que exiliarse, sin esperanza de regreso, después de tantos años de dirigir el futuro de un joven México de apenas 100 años de edad.

¡Cien años apenas y ya tanta sangre vertida! Más toda la que faltaría por verter en el siguiente siglo, para terminar hoy, en el año 2010, con ejecutados y fosas comunes, con secuestros y atentados, con violencia diaria que no nos deja concentrarnos en celebrar que hace 200 años un grupo de criollos decidió poner fin a los abusos de la Madre Patria (una Madre Patria entonces bastante maltrecha, por cierto) y que hace 100 años un grupo de intelectuales y unos autonombrados generales decidieron poner fin a los abusos de una oligarquía que acaparaba el poder económico y político.

Ciertamente en este 2010 no estamos como para celebrar y no hay nada más penoso que los festejos “a fuerzas”, pero, por otro lado, nos tocó vivir justamente este doble aniversario memorable y faltan 100 años para que se vuelva a dar, así que de una u otra manera, tratemos de celebrar y sobre todo de rememorar.

Al margen de que la historia pueda ser interpretada de muy diversas maneras, dependiendo de quien la escriba -y muchas veces de quien pague a quien la escribe-; al margen de que nuestros intelectuales parezcan encontrarse en pleno revisionismo histórico y que se ponga en duda hasta la heroicidad de nuestros héroes -asumidos como tales desde la más tierna edad, en las bancas de la escuela primaria-, vale la pena pensar en lo logrado, analizar lo avanzado, lo que nos legó la Independencia y lo que obtuvo la Revolución.

Simplemente para tratar de entendernos, para saber hasta dónde podemos ceder en las exigencias del día a día globalizado, en los contextos sociales actuales, y hasta dónde debemos ser inflexibles, porque ceder implicaría perdernos totalmente.

¿Qué sería perdernos totalmente? Traicionarnos como Nación. No me refiero a un nacionalismo trasnochado que, en la era de la mundialización, parece ser el motor que algunos ponen en marcha para justificar una serie de atrocidades y estupideces; en nombre de la independencia y la autodeterminación, los países se parten en dos o tres, o más; con lujo de violencia absurda, se pelean con el vecino, hasta ayer gran amigo, sólo porque su origen racial, o religioso, o étnico es distinto.

Abundan los ejemplos en el mundo, de este tipo de revueltas, muchas veces justificadas, lo admito, como cuando Saddam Hussein aniquilaba a los kurdos, o Milosevic a los croatas, o los hutus a los tutsis; pero otras verdaderamente injustificadas, como en España o en Bélgica, por citar sólo algunos ejemplos.

No, no me refiero a ese nacionalismo. En espera de que en el mundo totalmente globalizado se eliminen por completo las fronteras, los idiomas, las diferencias raciales y hasta culturales (espera que sin duda será aún muy larga), me refiero a nuestra dignidad como mexicanos, dentro de unos límites territoriales exactos, a los que un Gobierno que elegimos para ello tiene la obligación de gobernar y de romperse la cabeza para encontrar la mejor manera, con la mayor cantidad de recursos posible, de mejorar nuestra calidad de vida.

Me refiero a conocer lo que adquirimos, para no dejarlo ir, a no perder de vista por qué y para qué se luchó en nuestra historia y no dejarlo ir. Porque dejarlo ir, dejar ir, por ejemplo, los logros sociales históricos en nombre de la competitividad mundial, pensar que la exclusión de muchos es el precio a pagar por ser occidentales y modernos, sería perdernos totalmente.

Celebremos pues con gusto, ya que los cumpleaños, por tradición, se celebran, ¡y más un cumpleaños así!; pero celebremos con prudencia, porque si en muchos aspectos no hemos avanzado como deberíamos, en otros hemos incluso retrocedido.

México: dos temas qué celebrar

Jorge G. Castañeda

El Norte, Monterrey, N.L., 16 de septiembre de 2010. Pág. 9 A

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Digamos que sí tenemos mucho qué festejar. Digamos que la pachanga de anoche salió de 10 y que el incumplimiento de otras metas y proyectos se debió sólo a la ineptitud y desidia de burócratas, y no a una conducta freudiana del Gobierno que no quiso celebrar algo que no lo convence. ¿Qué es entonces lo que debemos ver con el mayor entusiasmo hoy 16 de septiembre y el próximo 20 de noviembre?

Lo primero, lo más importante, lo menos políticamente correcto y lo que más irrita paradójicamente -a tirios y troyanos- es la construcción de una sociedad mexicana mayoritariamente de clase media.

En el país de las lamentaciones, donde ningún logro es suficiente ni compartido, y en el que es mucho más rentable hablar de los pobres, del pueblo, de los trabajadores, de los nini, de los campesinos o los indígenas, hoy podemos decir con orgullo que más de la mitad de la población sí ha alcanzado un nivel de vida de clase media baja para arriba. Más aún es probable que el porcentaje de la población total que alcance dicho nivel, una vez que se recupere lo perdido el año pasado, llegue a casi 60 por ciento.

Si hay 40 millones de pobres, más 8 que estadísticamente pasaron de nuevo a la pobreza entre 2006 y 2008, entonces son casi 50 millones. Por tanto, hay entre 60 y 70 millones de no pobres que van desde el hombre más rico del mundo hasta la obrera en una planta maquiladora. Obrera cuyo salario guarda para sí porque no se lo tiene que entregar a sus padres -con quienes todavía vive- ni a su marido, ni a sus hijos porque todavía no tiene. Esta obrera ya tiene celular, plasma, educación secundaria o técnica y sale de vacaciones. Pronto comprará un coche usado, a plazos o “chocolate”; va a solicitar pronto una hipoteca para una casa de 60 a 70 metros cuadrados; y tiene acceso a crédito -todavía caro- para comprar una infinidad de bienes y servicios útiles, y otros innecesarios.

Hoy en México hay más gente que pertenece a estos sectores (D+ para arriba) que los que no, como lo explica The Economist esta semana y a propósito de tres países de América Latina, debido a la estabilidad financiera, el crecimiento mediocre, pero sostenido, el bajísimo aumento de población y a la caída de precios de bienes y servicios -en algunos casos espectacular- durante los últimos 15 años: México, Chile y Brasil, hoy; Perú y Colombia, en poco tiempo, son de este club con mayoría clasemediera. A él pertenecían ya Argentina -que entra y sale- y Uruguay -que ya está instalado-. Todo esto es fruto de la Independencia y la Revolución (aunque muchos países también alcanzaron su Independencia, pero no esta meta, y muchos otros no tuvieron Revolución, pero sí la alcanzaron). Esto sí que es digno de festejo, aunque no lo queramos creer.

El segundo motivo de regocijo puede ser que México empieza, como muchos otros, a vivir poco a poco las delicias de las identidades múltiples, como las llama Amartya Sen. Hay muchos mexicanos que son mexicanos y norteamericanos, mexicanos y españoles, mexicanos y guatemaltecos, y sobre todo mexicanos oriundos de sus regiones, ya no sólo de patrias chicas o estados o pueblos. Hay muchos mexicanos católicos, pero también muchos evangélicos y muchos ateos; hay muchos que hablan sólo español, pero muchos que hablan los idiomas de sus comunidades y otros que también aprenden rápidamente inglés. Ya no hay hoy, afortunadamente, una sola identidad mexicana, ni lingüística, ni religiosa, ni étnica, ni siquiera jurídica. Probablemente nunca la hubo, pero hoy las evidencias son más palpables y maravillosas que nunca.

Las identidades mexicanas serán en este tercer centenio regionales, dependiendo de la historia, la cultura, los orígenes étnicos, el clima y la topografía; pero también de su inserción específica en la economía global. Las fuerzas que generan estas regiones siguen siendo, como en el pasado, centrífugas; pero ahora son cada vez más sinérgicas; y éstas están ganando la partida.

Mucho y nada que festejar.

Miguel Ángel Granados Chapa

El Norte, “PLAZA PÚBLICA”, Monterrey, N.L., 16 de septiembre de 2010. Pág. 10 A.

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Obviamente, estas líneas han sido escritas al comenzar la tarde del miércoles 15, horas antes de que comenzara el festejo del Bicentenario en la Ciudad de México. Ignoro por lo tanto el efecto que el fastuoso espectáculo generó en las personas que lo presenciaron o que lo siguieron por la televisión, según la tesonera recomendación de las autoridades que tal vez se asustaron ante el inmenso gentío al que antes convocaron y al que luego pidieron quedarse en casa o en un bebedero público. Ver el desfile de carros alegóricos, escuchar los conciertos en los puntos intermedios por los que pasaría esa caravana, y al final el Grito y la pirotecnia, todo ello acaso resultó más cómodo visto en la pantalla del televisor, en la intimidad del hogar o en el jolgorio de los bares a los que recomendó asistir el Secretario de Educación.

Acaso el Gobierno reculó en su invitación a festejar en la Plaza de la Constitución ante informes o intuiciones respecto de los riesgos a que invita una multitudinaria concentración en un espacio que debe ser compartido con los muchos vehículos de las alegorías y la vasta parafernalia del espectáculo montado más con criterio mediático que cívico. Por eso, indebidamente, el Gobierno federal se reservó el derecho de admisión al Zócalo. No se sorprendan si se les niega la entrada, advirtió más de un vocero. La plaza pública por excelencia, el espacio de todos, quedó así reservado a algunas decenas de miles, los precavidos que llegaron temprano, desde el mediodía, para asegurarse un lugar, y los que portaron pases, distribuidos entre el personal burocrático de nivel medio y superior, gente como uno, confiable, no la chusma integrada por quién sabe quién, que se deja venir desde las sierras que circundan el valle, desde los pedregales, desde los antiguos pueblos hoy conurbados o, más próximas al lugar del suceso, de las colonias que circundan el Centro Histórico, la Morelos, la Obrera, la de los Doctores, reductos de un México viejo, sospechoso, rejego a la modernización, que se empeña en ir de compras a Correo Mayor o Jesús María, en vez de hacerlo en Perisur o Santa Fe.

El discurso oficial de la cautela, del recatado resguardo en la quietud hogareña, o en el menos santo refugio en las cantinas dotadas de enormes pantallas, acaso se sumó, reforzándolas, a las prevenciones que alguna franja de la población albergaba ya ante la inseguridad que priva en no pocas zonas del País y que invita a no salir de noche, en general, y menos en una fecha en que los demonios andan sueltos. En por lo menos 13 ciudades de mayor o menor densidad demográfica y delincuencial no hubo anoche ceremonia del Grito. Las autoridades decidieron suspenderla y, aunque no lo hubieran hecho, quizá la proclama patriótica en labios de un gobernador o un alcalde osados habría caído en una yerma plaza poblada de ausencias.

También habría producido desgano de asistir la conciencia indignada del derroche practicado por el Gobierno federal, que en fuegos fatuos y desfile carnavalesco aplicó millones de pesos dignos de mejor destino. Otras abstenciones quizá fueron generadas por la convicción de que no hay nada que celebrar, una sensación gemela o causa o efecto de una suerte de desánimo que no es difícil observar en esta hora en círculos diferentes de la sociedad.

Ciertamente, si se cotejan las metas que la revolución de independencia fue forjando a lo largo de su andadura -de las iniciales proclamas de Hidalgo a los intentos institucionalizadores de Morelos- con la realidad en que vivimos, puede embargarnos una sensación de desesperanza por la futilidad del esfuerzo bicentenario. La desigualdad atroz de la Colonia es comparable con la inequidad prevaleciente hoy. No se han mitigado la miseria y la opulencia, como quiso el cura de Carácuaro y Necupétaro, poblaciones michoacanas por cierto que en diciembre del 2006 fueron escenario de las primeras escaramuzas del combate militar al narcotráfico. Para citar otro hito del trayecto de Morelos, en Apatzingán, donde se promulgó la primera Constitución de la América española, se condensó una de las peores lacras del tiempo presente, la del uso político de la procuración de justicia. Su Alcalde está en funciones luego de haber sufrido cárcel por su presunta vinculación con La Familia (banda merecedora de la mayor condena social y el más severo reproche penal), sin que la acusación de la PGR tuviera el menor sustento.

Hay, sin embargo, mucho que celebrar. La vida, por ejemplo. La revolución de independencia logró su objetivo: en 1821 dejamos de ser colonia de España y nos constituimos en nación soberana. Y así nos hemos mantenido, por mayor que sepamos o creamos que es nuestra dependencia respecto del exterior. No obstante la desigualdad expresada en la persistencia de gente que muere de hambre, y a pesar del agobiante desempleo, millones de personas pueden todos los días ganar su pan de manera honrada, con la frente en alto, para dar a los suyos bienes materiales y espirituales, como la esperanza de que podemos mejorar, pues no somos víctimas de una condena social dictada por fuerzas incontrastables.

La energía social de esa muchedumbre laboriosa, que nos rodea, a la que conocemos, de la que somos parte, esa energía que impide la parálisis o la corrupción cabal de la sociedad, esa energía, es digna de celebración. Donde quiera está presente esa energía, de semejante jaez a la que desplegaron hace dos siglos los revolucionarios que nos dieron patria.

Que México viva.

El Grito de México

Enrique Krauze

ElPaís.com/Opinión: Tribuna. 15 de septiembre de 2010.

<http://www.elpais.com/articulo/opinion/Grito/Mexico/elpepuopi/20100915el

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El clima de inseguridad ha ensombrecido la celebración del bicentenario de la Independencia y el centenario de la Revolución. La guerra contra el narco se ganará dentro de las reglas de la democracia

Pareciera que cada 100 años México tiene una cita con la violencia. Si bien el denominador común de nuestra historia nacional ha sido la convivencia social, étnica y religiosa, la construcción pacífica de ciudades, pueblos, comunidades y la creación de un rico mosaico cultural, la memoria colectiva se ha concentrado en dos fechas míticas: 1810 y 1910. En ambas, estallaron las revoluciones que forman parte central de nuestra identidad histórica. Los mexicanos veneran a sus grandes protagonistas justicieros, todos muertos violentamente: Hidalgo, Morelos, Guerrero, Madero, Zapata, Villa, Carranza. Pero, por otra parte, ambas guerras dejaron una estela profunda de destrucción, tardaron 10 años en amainar, y el país esperó muchos años más para reestablecer los niveles anteriores de paz y progreso.

En 2010, México no confronta una nueva revolución ni una insurgencia guerrillera como la colombiana. Tampoco la geografía de la violencia abarca el espacio de aquellas guerras ni los niveles que ha alcanzado se acercan, en lo absoluto, a los de 1810 o 1910. Pero la violencia que padecemos, a pesar de ser predominantemente intestina entre las bandas criminales, es inocultable y opresiva. Se trata, hay que subrayar, de una violencia muy distinta de la de 1810 y 1910: aquellas fueron violencias de ideas e ideales; esta es la violencia más innoble y ciega, la violencia criminal por el dinero.

Tras la primera revolución (que costó quizá 300.000 vidas, de un total aproximado de seis millones), las rentas públicas, la producción agrícola, industrial y minera y, sobre todo, el capital, no recobraron los niveles anteriores a 1810, sino hasta la década de 1880. A la desolación material siguieron casi cinco décadas de inseguridad en los caminos, inestabilidad política, onerosísimas guerras civiles e internacionales, tras las cuales el país separó la Iglesia del Estado y encontró finalmente una forma política estable (méritos ambos de Benito Juárez y su generación liberal) y alcanzó, bajo el largo régimen autoritario de Porfirio Díaz, un notable progreso material.

La segunda revolución resultó aún más devastadora: por muerte violenta, hambre o enfermedad desaparecieron cerca de 700.000 personas (de un total de 15 millones); otras 300.000 emigraron a Estados Unidos; se destruyó buena parte de la infraestructura, cayó verticalmente la minería, el comercio y la industria, se arrasaron ranchos, haciendas y ciudades, y en el Estado ganadero de Chihuahua desaparecieron todas las reses.

Por si fuera poco, entre 1926 y 1929 sobrevino la guerra de los campesinos “Cristeros”, que costó 70.000 vidas. Pero desde 1929 el país volvió a encontrar una forma política estable aunque, de nuevo, no democrática (la hegemonía del PRI) que llevó a cabo una vasta reforma agraria, mejoró sustancialmente la condición de los obreros, estableció instituciones públicas de bienestar social que aún funcionan y propició décadas de crecimiento y estabilidad.

Ambas revoluciones -y esto es lo esencial- presentaron a la historia buenas cartas de legitimidad. En 1810, un sector de la población no tuvo más remedio que recurrir a la violencia para conquistar la independencia. Su recurso a las armas no se inspiró en Rousseau ni en la Revolución Francesa. Tres agravios (la invasión napoleónica a España que había dejado el reino sin cabeza, el antiguo resentimiento de los criollos contra la dominación de los “peninsulares” y la excesiva dependencia de la Corona con respecto a la plata novohispana para financiar sus guerras finiseculares) parecían cumplir las doctrinas de “soberanía popular” elaboradas por una brillante constelación de teólogos neoescolásticos del siglo XVI como el jesuita Francisco Suárez. A juicio de sus líderes, la rebelión era lícita.

Además, era inevitable, porque la corona española -a diferencia de la de Portugal- desatendió los consejos y oportunidades de desanudar sin romper sus lazos con los dominios de ultramar enviando, como ocurrió con Brasil en 1822, un vástago de la casa real para gobernarlos.

En 1910, un amplio sector de la población, agraviado por la permanencia de 36 años en el poder del dictador Porfirio Díaz, consideró que no tenía más opción que la de recurrir a la legítima violencia para destronarlo. Al lograr su propósito, esta breve revolución puramente democrática dio paso a un gobierno legalmente electo que al poco tiempo fue derribado por un golpe militar con el apoyo de la embajada americana. Este nuevo agravio se aunó a muchos otros acumulados (de campesinos, de obreros y clases medias nacionalistas) que desembocaron propiamente en la primera revolución social del siglo XX. Las grandes reformas sociales que se hicieron posteriormente han justificado a los ojos de la mayoría de historiadores la década de violencia revolucionaria que, sin embargo, vista a la distancia, parece haber sido menos inevitable que la de 1810.

En 2010, un puñado de poderosos grupos criminales ha desatado una violencia sangrienta, ilegal y, por supuesto, ilegítima contra la sociedad y el gobierno. Esta guerra ha desembocado, en algunos municipios y Estados del país, en una situación verdaderamente hobbesiana frente a la cual el Estado no tiene más opción que actuar para recobrar el monopolio de la violencia legítima que es característica esencial de todo Estado de derecho.

El clima de inseguridad de 2010 ha ensombrecido la celebración del Bicentenario de la Independencia y el Centenario de la Revolución. Desde hace casi 200 años, en la medianoche del 15 de septiembre los mexicanos se han reunido en las plazas del país, hasta en los pueblos más remotos y pequeños, para dar el Grito, una réplica simbólica del llamamiento a las armas que dio el “Padre de la Patria”, el sacerdote Miguel Hidalgo y Costilla, la madrugada del 16 de septiembre de 1810. En unos cuantos días, una inmensa cauda indígena armada de ondas, piedras y palos lo siguió por varias capitales del reino y estuvo a punto de tomar la capital. A su aprehensión y muerte en 1811 siguió una etapa más estructurada y lúcida de la guerra a cargo de otro sacerdote, José María Morelos. La Independencia se conquistó finalmente en septiembre de 1821.

Han pasado exactamente 200 años desde aquel Grito. Hoy, México ha encontrado en la democracia su forma política definitiva. El drama consiste en que la reciente transición a la democracia tuvo un efecto centrífugo en el poder que favoreció los poderes locales y, en particular, el poder de los carteles y grupos criminales. Ya no hay (ni habrá, como en tiempos de Porfirio Díaz o del PRI) un poder central absoluto que pueda negociar con los bandoleros. Habrá que ganar esa guerra (y reanudar el crecimiento económico) dentro de las reglas de la democracia, con avances diversos, fragmentarios, difíciles. Costará más dolor y llevará tiempo.

El ánimo general es sombrío, porque a despecho de sus violentas mitologías, el mexicano es un pueblo suave, pacífico y trabajador. Muchos quisieran creer que vivimos una pesadilla de la que despertaremos mañana, aliviados. No es así. Pero se trata de una realidad generada, en gran medida, por el mercado de drogas y armas en Estados Unidos y tolerada por muchos norteamericanos que rehúsan a ver su responsabilidad en la tragedia y se alzan los hombros con exasperante hipocresía.

Esa es nuestra solitaria realidad. Y, sin embargo, la noche de hoy las plazas en todo el país se llenarán de luz, música y color. La gente verá los fuegos artificiales y los desfiles, escuchará al presidente tañir la vieja campana del cura Miguel Hidalgo, y gritará con júbilo “¡Viva México!”.

Este artículo también se publicó, traducido al inglés, en el New York Times:

<http://www.nytimes.com/2010/09/15/opinion/15krauze.html?ref=opinion&gt;

Revolución de Independencia

Miguel Ángel Granados Chapa.

El Norte, Monterrey, N.L., 15 de septiembre 2010. Plaza Pública, Pág. 10.

<http://www.elnorte.com/libre/online07/edicionimpresa/default.shtm?seccion=primera&gt;

Al modo del liberal precursor José María Luis Mora, Luis Villoro llamó Revolución de Independencia a la guerra civil iniciada por el sacerdote Miguel Hidalgo hace dos siglos. Ahora hay quienes reprochan al clérigo ilustrado el haber desatado la violencia y se escandalizan de que las efemérides que festejamos exalten la destrucción, lo que habla mal de nuestra psique nacional. Quienes de ese modo piensan -y muy su derecho de pensar de ese modo, como el de hacer de su cabeza un chongo- parecen no tener presente la ley biológica y social de que todo lo que nace tiene que romper un mundo.

En su momento, dentro de 11 años, festejaremos también el Bicentenario de la consumación de la Independencia. Pero ahora es lícito, y debido, recordar con gratitud , y aun ensalzar a los mexicanos que encabezaron la revolución popular de 1810, sin cuya semilla no habría habido fruto en 1821. Se culpa a los insurgentes de la primera hora de haber causado una lucha destructiva que empobreció al País, como si hubiera habido otra manera de romper la dependencia que ahogaba a la sociedad mexicana, crecida al punto de que necesitaba valerse por sí misma y no esperar las decisiones de la Corona española, máxime cuando ésta se hallaba en un proceso de claro deterioro.

Más agobiante que el sofocamiento de las capacidades productivas de los mexicanos (mestizos o criollos) era la brutal inequidad que lastimaba a la mayoría de los habitantes de esta tierra, los indios que habían perdido el suelo en que desarrollaron civilizaciones espléndidas, cuya huella es aún visible en no pocos lugares de nuestra República, entre ellos su propia capital.

Es conocida la descripción de esa inequidad salida de las manos del obispo Abad y Queipo, maestro de Hidalgo en el colegio nicolaíta de Valladolid, y quien más tarde lo excomulgaría. Se sabe menos de la creciente conciencia del peligro que la desigualdad generaba. Otro obispo de Michoacán, fray Antonio de San Miguel, “hacía una negra pintura de la situación”, según Villoro, que aporta la cita episcopal:

“Casi todas las propiedades y riquezas del reino están en manos (de los blancos). Los indios y castas cultivan la tierra, sirven a la clase acomodada y sólo viven del trabajo de sus brazos. De ello resulta entre los indios y los blancos esa oposición de intereses, ese odio recíproco que tan fácilmente nace entre los que lo poseen todo y los que nada tienen, entre los dueños y los esclavos”.

A la insostenible realidad interna se sumó la fragilidad de la monarquía metropolitana. La expansión imperial francesa pronto traspuso los Pirineos y sometió a una nación donde prevalecían condiciones sociales semejantes a las de sus colonias, una suerte de feudalismo tardío en que multitudes de siervos eran explotados por un puñado de señores que preferían la vida cortesana, lejos de sus vastas propiedades. La dominación francesa sobre España fue la ocasión que los reformistas mexicanos creyeron apta para romper el lazo que ataba a la Nueva España de su metrópoli. Pero el empeño que solemos personificar en Francisco Primo de Verdad y Ramos fue frustrado por los peninsulares en México.

“Si los criollos quieren triunfar -explica Villoro- no les bastará su fuerza propia. Se verán obligados a despertar a otras clases sociales hasta entonces al margen. Así, la represión contra los intentos reformistas, al obligar a los reformistas de clase media a aliarse con las clases trabajadoras, recurso que en años pasados parecía innecesario, daría al nuevo intento de independencia un sesgo diferente al de las demás colonias americanas. Ese proceso aparece claro en la conspiración de Querétaro. Aquí se reúnen regularmente varios criollos. Los más importantes son Miguel Hidalgo y Costilla, clérigo ilustrado, prototipo del ‘letrado’, ex rector del Colegio de San Nicolás de Valladolid, quien gozaba de gran prestigio intelectual; Ignacio Allende, oficial y pequeño propietario de tierras, y Juan Aldama, oficial también, hijo del administrador de una industria. Sus proyectos son similares a los del ayuntamiento de 1808. Hidalgo y Allende habían aceptado un plan, tramado en México, para formar una junta ‘compuesta de regidores, abogados, eclesiásticos y demás clases, con algunos españoles rancios’. De haberse formado, la junta habría reunido a los representantes de los cuerpos constituidos bajo la dirección de la clase media, al través de los cabildos. Pero la conspiración de Querétaro es descubierta. En ese momento sólo queda un recurso. La decisión la toma Hidalgo: la noche del 15 de septiembre en la villa de Dolores, de la que es párroco, llama en su auxilio a todo el pueblo, libera a los presos y se hace de las armas de la pequeña guarnición local. El movimiento ha dado un vuelco. La insurrección ya no se restringe a los criollos letrados. A la voz de un cura ilustrado estalla súbitamente la cólera contenida de los oprimidos. La primera gran revolución popular de la América hispana se ha iniciado”.

Hidalgo se jugó la vida en ese empeño. La perdió, como la perdieron miles de personas, de uno y otro lado, estuvieran o no concernidas por el movimiento revolucionario. Pero que éste era un entallamiento social lo muestra la rápida multiplicación de levantamientos locales por doquier. Hidalgo procuró darle sentido. En Guadalajara legisla y gobierna. Suprime los tributos, la distinción de castas, la esclavitud. Lo hace “revestido por la autoridad que ejerce por aclamación de la nación”. Él no, pero sus ideas triunfarán.

Tiempo de reflexión

Gabriela De la Paz

El Norte, Monterrey, N.L.,  9 de septiembre de 2010,  Pág.

<http://www.elnorte.com/editoriales/nacional/583/1165572/&gt;

EL NORTE nos presentó antier los resultados de una encuesta de las opciones en que se dividen los regios sobre qué hacer el próximo 15 de septiembre: celebrar, protestar o reflexionar. Yo creo que debemos hacer un poco de las dos primeras y mucho de la tercera.

Hay que celebrar porque, después de todo, hay cosas grandiosas en este país que van más allá de los hechos y mitos históricos. Los 200 años que hoy celebramos como país independiente están repletos de gente que hizo cosas valiosas por México. Le dejo a usted los nombres de los hombres y mujeres que deben estar en esta lista.

También hay que protestar. Porque hace décadas que México dejó de ser un buen país para mucha gente. La desigualdad social y económica que vivimos es brutal y es la causa primordial de los problemas de inseguridad que enfrentamos ahora.

La indiferencia de las clases media y alta hacia los más pobres ha ocasionado que el número de estos últimos aumente y que se vean abandonados a su suerte, a merced de quienes han hecho de los pobres su negocio, tanto en el Gobierno como en la iniciativa privada. También la corrupción se ha convertido en una plaga que ha contaminado absolutamente todo y que es difícil de erradicar.

La Independencia y la Revolución deben motivarnos a la reflexión sobre este país, su gente, su gobierno y su historia. La creencia de que cada 100 años México se levanta en armas carece de dos fechas: 1610 y 1710. No hay datos de una revuelta nacional en esos años. Pero lo que sí nos dicen 1810 y 1910 es que es necesario hacer ajustes para llevar bienestar a la población.

Al margen de lo que diga la historia nacional de estampitas que creó un partido instalado en el poder por varias décadas para perpetuarse en él, las verdaderas razones que han motivado los grandes levantamientos nacionales han sido provocadas por la ambición de una parte de la élite que se ha sentido desplazada del grupo de poder, pero no por genuinos deseos de llevar el bienestar al resto de la población.

No creo que 2010 sea el año de una nueva revolución armada. Estos momentos que parecen tan inestables y frágiles me parecen propicios para hacer la reflexión sobre la historia que dejamos pendiente en 2000. Ese año nos dejamos llevar por el triunfalismo, sólo porque el candidato ganador en las elecciones no pertenecía al PRI.

Pero nos faltó hacer una reflexión de las cosas que habían estado bien hechas en los años antes, para continuarlas, y de lo que debería cambiarse, para fundar nuevas instituciones, crear otras bases de valores y establecer un proyecto de nación diferente, si fuera necesario.

Sin embargo, 2000 fue otro cambio de estafeta entre las élites. Nos faltó voluntad para cortar con los clientelismos que ahogan a nuestro país. Pemex conservó su estructura vertical intacta, el sindicato con las mañas de toda la vida y con un esquema improductivo. El SNTE continúa en manos de Elba Esther Gordillo, con la educación pública fallando año con año. Y el saldo no son sólo niños y jóvenes reprobados, sino un país estancado en la ignorancia, con gente que difícilmente saldrá de la espiral de pobreza.

Necesitamos reformar nuestros hábitos para eliminar la corrupción, incluso aquella pequeña que hacemos como ciudadanos porque “las leyes no son justas” o queremos que se apliquen sólo en el prójimo. Tenemos que aprender a respetar las leyes al pie de la letra.

Nos ha faltado ser una ciudadanía más participativa. Seguimos esperando un “mesías” político que resuelva todo por nosotros y que nos absuelva de la responsabilidad por nuestros errores.

Nos hemos quedado con el pan y el circo que ofrecen los políticos y esperamos que nos cumplan una vez que lleguen a “La Silla”, donde se tornarán en reyezuelos que en vez de servirnos, se servirán de nosotros.

Hasta que llegue otro político que nos convenza con refrescos, lonches y camisetas que sí cumplirá sus promesas, aunque no sea cierto. Creerles nos exime de toda responsabilidad y no aceptamos que ser ciudadanos implica exigir resultados tangibles al servidor público.

Éste debe ser el año de la reflexión, porque México es más vulnerable que antes. No se puede avanzar a pasos desiguales. Debería parecernos inmoral que unos tengamos comida, techo y educación, mientras otros carecen de todo. El problema es que el caos se está convirtiendo en una normalidad que es altamente peligrosa.

gdelapaz@itesm.mx

Pide [Enrique Krauze] bajar a héroes de los pedestales.

Jessica Castañeda.

El Norte, Monterrey N.L., 26 de mayo de 2010. Sección Vida, pág. 10

<http://www.elnorte.com/vida/articulo/563/1124002/&gt;

El historiador inauguró con su ponencia “Festejar, celebrar, conmemorar”, la Cátedra del Bicentenario de la UR.

Monterrey,  México (26 mayo 2010).- Con aparentes “herejías históricas”, México y América Latina, en general, deben celebrar sus grandes fechas bajando a sus héroes de los pedestales y sin rendirle culto ciego a la violencia como partera de su historia, señaló anoche el historiador Enrique Krauze.

El también director de Editorial Clío y la revista Letras Libres inauguró con su ponencia “Festejar, celebrar, conmemorar” la Cátedra del Bicentenario de la Universidad Regiomontana, que programará hasta octubre a distintos especialistas en el tema.

Ahí en el Centro de Desarrollo Académico y Estudiantil de la UR estaban invitados el cronista Israel Cavazos, con quien se fundió en un abrazo al llegar al recinto; su amigo, el Secretario de Gobierno estatal, Javier Treviño; el titular de Educación, José Antonio González; catedráticos y alumnos de la institución.

“La primera pregunta que interesa es cómo debe conmemorar una democracia como la mexicana sus grandes fechas históricas, y la primera respuesta me parece que los va a desconcertar un poco, y ojalá así sea porque les va a parecer un poco herética”, dijo el biógrafo provocando risas entre el público.

“La primera respuesta es bajando un poco a los héroes del pedestal, mostrándolos con respeto, con admiración, incluso con amor, pero sobre todo con objetividad, como hombres de su siglo y contexto, como personas de carne y hueso”.

Así se sabrá, expuso, que Hidalgo al final de su vida cuando vio la destrucción de la atroz guerra santa que emprendió, no se arrepintió, pero sí admitió que había sido víctima de un frenesí, y que Simón Bolívar, el arquitecto de naciones, fue el iniciador de la tradición dictatorial en América Latina.

La segunda “herejía”, indicó, se refiere a ser tan capaces como valientes para corregir la óptica sobre las revoluciones, como lo hizo Francia en su bicentenario en 1989, cuando se esforzó por encontrar un justo medio entre lo oscuro y luminoso de su historia.

“Una democracia como la mexicana no puede ciegamente celebrar sin criticar, también a los movimientos revolucionarios, porque si no criticamos el aspecto violento de la Revolución, ¿cómo podemos confrontar a quienes piensan que se necesita otra revolución en México?

“Lo que queda claro es que lo que México necesitaba era la democracia, imperfecta, pero eso es mejor que la violencia”.

La celebración y la conmemoración no deben ser sólo de dos fechas, 1810 y 1910, del Grito y el estallido de la Revolución, sino de lo que ha logrado el País en dos siglos, no sólo en política, sino en empresa, cultura, diversidad, artes, humanidades, conocimiento y deporte, propuso Krauze.

“Siguiendo una idea de Luis González, pensemos en México como una construcción. A partir de ese sencillo concepto cabría preguntarse por todo lo que el País ha construido en dos siglos, y en esa respuesta puede hallarse una filosofía para el Bicentenario: No sólo una historia de destructores, sino una historia de constructores”, dijo. “(Ésa) es mi tercera ‘herejía'”.

La hazaña mayor de construcción, que debe estar en el centro de la celebración, corresponde a las mayorías silenciosas, al pueblo anónimo de México, agregó.

“Lo digo sin retórica”, aclaró. “La suya es una construcción de convivencia y esfuerzo hecha a menudo no gracias, sino a pesar de las élites rectoras”.

El 2010 debería dejar un legado que prepare a los mexicanos y latinoamericanos para el futuro inmediato.

“Nuestra historia ha sido escenario de caudillos y caciques, de estallidos y revoluciones, todo rodeado de leyenda y color, pero la democracia, como la novela de García Márquez, no ha tenido quien la escriba”.

“La mejor manera de vivir estas fechas es pensar, debatir sobre nuestra democracia, hacer un balance claro y honrado de lo que hemos padecido para conquistarla y discurrir formas nuevas y creativas de preservarla”.

La nación de los bandidos.

Lorenzo Meyer.

Reforma.com, 25 de marzo de 2010

De regreso

Nadie debería sentirse aludido por el encabezado de esta columna; se trata del título de un libro cuyo subtítulo es: Una historia de forajidos y de lucha cultural en México, 1810-1920 de Chris Frazer (Bandit nation. A history of outlaws and cultural struggle in Mexico, 1810-1920, University of Nebraska Press, 2006). Lo interesante de la obra, además de datos e interpretaciones, es que, pese a sus errores al transcribir nombres en español, nos permite discutir hasta qué punto el auge actual del crimen organizado significa un retorno a la condición que el país tuvo durante un largo periodo del Siglo XIX.

La falla de origen

Al perecer la Nueva España y nacer México, el problema político central fue recuperar la unidad y construir el sentido nacional. En 1821 México era una sociedad rural que si bien compartía la religión y en menor medida la lengua y los valores, las relaciones entre sus miembros provenían del viejo régimen colonial y eran de explotación, lo que había resultado en una distribución muy inequitativa de la propiedad, la riqueza, los privilegios y el poder político.

En una situación tan poco propicia para construir una nación no tardó en cristalizar una profunda división entre las élites. Esa división se ahondó hasta desembocar en una lucha civil sin cuartel -la Guerra de Reforma- que retardó el dar forma a una estructura política adecuada. Todo lo anterior terminó por ser un caldo de cultivo ideal para uno de los males de la época: el bandidaje.

Frazer ahonda en tres aspectos del bandolerismo rural y del crimen urbano en el México independiente. El primero es que, y sin importar su ideología, las élites vieron a las clases populares como una masa enemiga controlable básicamente por la fuerza, pues consideraban que su conducta criminal parte de su naturaleza. El segundo es que esas clases populares vieron con frecuencia a los bandidos como ejemplos a seguir, por su arrojo, sus formas y estilos ostentosos -“Los plateados” de Morelos, por ejemplo- y su desafío a un orden social corrupto e injusto. El tercero, y aquí Frazer se desenvuelve bien, son las imágenes que sobre México y lo mexicano difundieron los viajeros anglosajones. Esa visión de México, básicamente negativa, se armó a partir de una supuesta superioridad moral, intelectual y racial de lo europeo. El robo, la deshonestidad y el rechazo al trabajo honrado resultaron ser la quintaesencia de lo mexicano, que se explicó como resultado inevitable de un binomio: la geografía (el clima tropical) y la biología (la “degeneración de la raza”). Por un tiempo, esa equiparación entre lo mexicano y lo criminal fue un obstáculo a los empeños de las clases dirigentes por impulsar la modernización material del país vía la migración europea y la importación de capital.

El combate

La debilidad de la autoridad gubernamental del Siglo XIX, en particular de la policía, sólo atinó a buscar la solución del problema de la inseguridad en medidas de corto plazo: en la formulación de códigos legales cada vez más severos. El resultado fue que tanto conservadores como liberales marcharon de frustración en frustración hasta que la realidad política empezó a cambiar. En los dos últimos decenios del Siglo XIX la hegemonía liberal hizo eficiente el combate al bandidaje en gran escala, y el país pareció recuperar la normalidad perdida tras la guerra de independencia, pero el temor a las “clases peligrosas” se mantuvo.

Dura lex

El México independiente mantuvo el marco legal colonial para hacer frente al bandolerismo pero lo complementó con medidas provisionales que buscaron frenar un problema que creció hasta desbordar a todos los niveles de autoridad. Y ese marco legal se mantuvo hasta que en 1871 el gobierno de Benito Juárez pudo hacerle una revisión de fondo y ponerlo al día.

En 1823, la creciente inseguridad en el vital camino México-Veracruz llevó a una escalada en las medidas temporales contra el crimen. Entonces se le dio poder al Ejército para arrestar y procesar a los salteadores de caminos. Los militares podían proceder directamente contra las cuadrillas sin necesidad de la intervención de un juez. En 1825 se abrió en la Ciudad de México una prisión exclusiva para salteadores, pero ahí el problema fue la venalidad de los jueces, de los carceleros y de todos los que podían lucrar con los prisioneros, que podían ser criminales reales o ficticios. En 1829 se permitió que la autoridad militar sentenciara directamente a los acusados de robo y bandolerismo a trabajos forzados, a ingresar a la Marina o a ser deportados a las Californias. Luego, los gobiernos de Bustamante a Santa Anna los forzaron a servir en el Ejército o, en los casos más graves, a que se les ejecutara en público, pero finalmente nada de eso hizo a México más seguro. El siguiente paso fue la creación de tribunales especiales, como los de Puebla -que se las tenían que ver con los bandidos de Río Frío-, y cuya función temporal se expandió en 1845 tanto en su duración como en su jurisdicción.

La Constitución de 1857, en su artículo 23, impuso la pena de muerte para cierto tipo de bandolerismo, con lo que los liberales resultaron más duros que las viejas autoridades coloniales. El código juarista de 1871 mantuvo la pena de muerte aunque la limitó a los asaltos que resultaran en muertes, heridas, torturas o violaciones. Es más, ese mismo año, el Presidente suspendió todas las garantías para quienes fueran detenidos cometiendo secuestros o asaltos en los caminos. Y por si eso no fuera suficiente, se obligó a todos los propietarios rurales a reportar bimestralmente a las autoridades las actividades de bandolerismo en sus comunidades.

Un estudio sobre los asaltantes enviados a prisión a mediados del Siglo XIX da las siguientes y nada sorprendentes características: hombres jóvenes de entre 20 y 30 años, de clase popular rural, analfabetas y casados. Las novelas de la época, producto de las élites ilustradas, dejaron muy mal paradas a las bandas de asaltantes de caminos -véase, como ejemplo, El Zarco, de Altamirano- pero los corridos, generalmente hechos por y para las clases populares, les presentaron bajo mejores luces, como héroes; Heraclio Bernal es un buen ejemplo.

El cambio

Fue durante el Porfiriato que el bandolerismo, aunque no el crimen, dejó de estar en el centro de las preocupaciones de las autoridades y la sociedad. El cambio se debió a que la unidad de la clase gobernante derivó en el fortalecimiento y relativa profesionalización del aparato de seguridad pública, en nuevos medios de comunicación -el ferrocarril- y el crecimiento de la economía. Sin embargo, en cuanto esa unidad de la élite se vino abajo como resultado de la caída del Porfiriato en 1911, el problema reapareció, aunque esta vez tomó menos tiempo -no menos dureza y represión- restaurar la unidad política y el orden.

El nuevo régimen no sólo rehizo la cohesión política a un nivel superior al del antiguo, sino que, por primera vez, intentó atacar las causas sociales del crimen en gran escala. Sin embargo, al declinar el régimen postrevolucionario a partir de los 1980, el problema volvió a presentarse, pero esta vez con un rostro más duro, más brutal, más sádico. Hoy no se ha requerido de una nueva guerra civil para debilitar al gobierno, se está desmoronando desde dentro por su impericia, corrupción y rapacidad. Con el narcotráfico, la fuente principal de recursos de los criminales organizados ya no es la sociedad mexicana misma sino la norteamericana. Hoy ya no enfrentamos a “los caballeros del camino”, como llamó el coronel Albert Evans en 1873 a los salteadores que observaban ciertas reglas de cortesía con su víctima; actualmente es común la tortura y la mutilación previa al asesinato. Sin embargo, se conservan rasgos centrales del pasado: muchos de los criminales antes fueron soldados o policías, siguen siendo jóvenes, reclutados de esas clases populares que carecen de educación y futuro. Su desprecio por la autoridad se nutre de las mismas razones del pasado y una parte de la sociedad plebeya gusta de los corridos que los pintan de manera positiva. La imagen externa de México vuelve a asociarse con la inseguridad y lo fuera de la ley. Finalmente, hoy como ayer, la represión es la respuesta favorita de la clase gobernante porque el cambio social se mantiene fuera de su visión.

En conclusión, por lo que hace al crimen en gran escala y dispuesto a sostener su reto al orden establecido, pareciera que el México de hoy es el ayer y, en parte, por las mismas y añejas razones, superables sólo si se combinan la acción efectiva de la autoridad con la voluntad de cambio y el largo plazo.

Exactamente ¿qué vamos a celebrar?

Lorenzo Meyer.

Reforma.com, 18 de febrero de 2010.

Una reflexión sobre los errores y aciertos ocurridos en los procesos de la independencia y la revolución sería la manera más útil de conmemorar 1810 y 1910.

El corazón del problema

A dos siglos del inicio de la lucha por la independencia y a un siglo del inicio de la lucha por destruir una dictadura oligárquica, queda claro que ambos sucesos no fructificaron como se esperaba: no lograron encauzar a México por la ruta de un desarrollo material y social sólido y justo.

La rebelión contra el dominio español sobre México desembocó en un conflicto interno de magnitud sin precedentes, pues por tres siglos la autoridad del rey no había sido desafiada en la escala y con la fuerza en que lo fue en 1810. La destrucción material y el daño causado a la estructura institucional fueron sustantivos. Sin embargo, la unión de conveniencia en 1821 de las fuerzas en conflicto para declarar la separación de España llevó a que por un momento el talante que dominó en la esfera de lo público fuera de optimismo desbordado: libre de sus ataduras a España, el heterogéneo grupo dirigente supuso que acababa de abrir un brillante futuro para la rica y nueva nación mexicana, (Javier Ocampo, Las ideas de un día, El Colegio de México, 1969).

El optimismo apuntado fue breve y pronto el país, sin consolidarse como nación, cayó en el conflicto interno, fue agredido por el exterior y le fue imposible contar con un mínimo de estabilidad política que le permitiera una vida normal. Donald Stevens sistematizó los indicadores de esa inestabilidad entre 1825 y el inicio de la Guerra de Reforma en 1857, (Origins of Instability in Early Republican México, Duke University Press, 1991). En 33 años hubo 41 rebeliones campesinas, Tabasco tuvo 50 gobernadores, la Secretaría de Hacienda cambió de manos 87 veces y 49 la jefatura del poder Ejecutivo; en promedio, el ocupante del cargo apenas si duró 12.8 meses. La conclusión es inescapable: la Independencia hizo que México pasara de ser una colonia exitosa –la más importante del imperio español en América- a ser un Estado fallido.

FALLA DE ORIGEN

Una explicación del gran fracaso del México independiente para constituirse en un Estado viable, se tiene en la naturaleza del viejo orden. Un análisis comparado de las características de la colonización española y británica en América, arroja mucha luz sobre ese problema. De acuerdo con el impresionante estudio de J. H. Elliot (Empires of the Atlantic World, Yale University Press, 2006), la idea original de la empresa colonial británica en lo que hoy es Estados Unidos, era simplemente reproducir lo que España había hecho antes en México: crear una colonia de explotación con base en una minería de metales preciosos y mano de obra indígena. Sin embargo, los ingleses nunca descubrieron yacimientos como los de México y nunca pudieron dominar a la población nativa como los españoles a los aztecas y se tuvieron que conformar con dar forma a unas colonias de poblamiento con base en el trabajo de los propios europeos. Esa imposibilidad de los ingleses para convertirse en “conquistadores”, les obligó a ser simplemente “planters” (colonos). Sin embargo, esa frustración original se convirtió en algo muy positivo cuando las trece colonias inglesas se transformaron en los Estados Unidos de América, pues ese tipo de colonización resultó ser la preparación adecuada para dar forma a un Estado exitoso.

En un artículo del American Journal of Sociology (V. 111, N° 5, marzo 2006), Matthew Lange, James Mahoney y Matthias Vom Hau, desarrollaron una comparación entre el colonialismo español y el británico y llegaron a esta conclusión: las diferencias en los modelos económicos implantados por las dos metrópolis son un factor fundamental para explicar la suerte que corrieron las colonias al transformarse en estados independientes. Los españoles tendieron a imponer un modelo económico mercantil en zonas que antes de la colonización ya estaban densamente pobladas y con un desarrollo significativo. En contraste, cuando Inglaterra colonizó también de manera extensiva, lo hizo en zonas con una baja densidad de población original y con un desarrollo relativamente simple, pero en las que implantaron un sistema económico liberal. Tras la independencia el resultado de esa diferencia fue la reversión de las características originales, pues las zonas de influencia mercantilista y con gran población nativa entraron en una etapa de subdesarrollo en tanto que aquellas de influencia liberal se encaminaron al desarrollo, al punto que una de ellas, Estados Unidos, ya era una potencia al final del siglo XIX. Desde luego que la diferencia en los modelos económicos y de sus respectivos conjuntos de instituciones políticas, legales y culturales, no explica todo el éxito o todo el fracaso de la etapa nacional, pero sí una parte sustantiva de ese resultado.

LA LECCIÓN

Desde la óptica del proceso histórico, lo que este bicentenario del inicio de la lucha por la independencia nos debería llevar a comprender es, entre otras cosas, que todo cambio de régimen, incluido el que se intentó hace apenas diez años, es una empresa extraordinariamente complicada porque la herencia que deja el viejo orden puede ser un factor que ayude o frustre el proyecto de futuro. De ahí la enorme responsabilidad de quienes encabezan lo nuevo.

En 1821 las mejores mentes del país que nacía intentaron desentrañar la magnitud del reto, pues mientras los norteamericanos tenían que consolidar lo hecho en la ex Nueva España había que modificarlo y sustancialmente. La enormidad del problema rebasó los cálculos y la imaginación de quienes encabezaban al nuevo Estado y pronto se impusieron los egoísmos de grupo. En el 2000 se suponía que los “insurgentes” tenían una “capacidad intelectual instalada” mayor de la que había hace dos siglos, pero no fue así y otra vez corremos el riesgo de frustrar el propósito del cambio. Una gran reflexión comparando lo ocurrido a partir de 1810 con los tiempos que corren, sería una manera útil de conmemorar nuestro origen como nación moderna. Sin embargo, esa reflexión no vendrá del sector oficial, tendría que hacerse desde fuera.

RESUMEN

“Una reflexión sobre los errores y aciertos ocurridos en los procesos de la Independencia y la Revolución, sería la manera más útil de conmemorar 1810 y 1910″-

Problema mental

Denise Dresser.

El Norte, Monterrey, N.L.,  11 de enero del 2010. Pág. 8A

Independencia. Revolución. Conmemoración. 1810. 1910. 2010. La historia de bronce festejada cuando debería ser cuestionada; la historia oficial cincelada cuando debería ser escrita de nuevo. Porque han sido 200 años de héroes falsos y mentiras propagadas y dictaduras perfectas y democracias que están lejos de serlo. Doscientos años de aspirar a la modernidad sin poder alcanzarla a plenitud y para todos. Veinte décadas de justificar el Estado paternalista y el predominio del PRI, la estabilidad corporativa y el país de privilegios que creó.

Buen momento, entonces, para examinar la herencia, los mitos compartidos, las ficciones fundacionales, el bagaje con el cual cargamos. Gran oportunidad para emprender un proceso de introspección crítica sobre nuestra identidad nacional, para cobrar conciencia de lo que hemos hecho consistentemente mal. Para entender por qué no hemos construido un país más libre, más próspero, más justo.

Abundan las explicaciones. La Conquista, la Colonia, la ausencia de una tradición liberal, el Porfiriato, la vecindad con Estados Unidos, la desigualdad recalcitrante, el nacionalismo revolucionario, los ciclos históricos marcados por proclamas y la instauración de líderes autoritarios que prometen salvar al país del caos y de sí mismo.

Muchos piensan que México no avanza por su pasado fracturado, por su historia insuperada, por sus creencias ancestrales, por sus costumbres antidemocráticas. Muchos esgrimen el argumento cultural como explicación del atraso nacional. “Es un problema mental”, afirman unos. “Es una cuestión de valores”, insisten otros. “Es un asunto de cultura”, sugieren unos. “Así somos los mexicanos”, proclaman unos. Según esta visión cada vez más compartida, el subdesarrollo de México es producto de hábitos mentales premodernos, códigos culturales atávicos, formas de pensar y de actuar que condenan al país al estancamiento irrevocable.

Es cierto que muchos mexicanos creen apasionadamente en los componentes centrales del “nacionalismo revolucionario”. Es cierto que muchos han internalizado las ideas muertas del pasado, y por ello les resulta difícil forjar el futuro. Es cierto que muchos mexicanos han sucumbido al romance con la supuesta excepcionalidad histórica de México, y por ello se resisten a apoyar medidas instrumentadas con éxito en otros países.

Aquí, los hábitos iliberales del corazón son como un tatuaje. Aquí, ideas como el estado de derecho, la separación de poderes, la tolerancia, la protección de las libertades básicas de expresión, asamblea, religión y propiedad, no forman parte del andamiaje cultural posrevolucionario. Y por ello tenemos elecciones competitivas que producen gobiernos ineficientes, corruptos, solipsistas, irresponsables, subordinados a los poderes fácticos, e incapaces de entender o promover el interés público. En términos políticos, México es una democracia electoral; culturalmente sigue siendo un país iliberal.

Nadie duda que esto es así. Pero el problema de las explicaciones culturales es que conducen a callejones sin salida. Si partimos de la premisa “así es México”, la Nación no tiene futuro ni salvación.

Peor aún, el uso de la cultura como herramienta analítica o como justificación política oscurece las causas estructurales detrás del atraso. La cultura heredada, promovida, aprendida por los mexicanos a partir de la Revolución es una invención interesada, un cálculo deliberado; es aquello que los políticos del régimen decidieron enseñarnos en la escuela pública. Las costumbres iliberales y las creencias reaccionarias que dibujan el mapa mental de tantos mexicanos fueron colocadas allí porque eran útiles. El poder político de México vivió -y vive aún- de alimentarlas.

Pensar que el problema de México es mental desvía la atención de donde debería estar centrada: en ese artificio contractual que es el corporativismo posrevolucionario y el “capitalismo de cuates”. En la permanente redistribución de la riqueza en favor de los grupos beneficiarios del statu quo que este acuerdo ha entrañado. En las prácticas de rentismo acendrado que este pacto ha perpetuado. En la economía oligopolizada que este arreglo ha producido.

Ésas son las raíces de tantas mentiras piadosas que la clase política elaboró; ésas son las razones detrás de códigos culturales que las élites han usado para controlar a la población. El verdadero problema no es cultural sino estructural; no es una cuestión de valores sino de intereses. A México no le hace falta ir al siquiatra para resolver un problema mental; más bien necesita combatir una estructura de privilegios que ni la Independencia ni la Revolución lograron encarar.

Regalo de cumpleaños.

Enrique Krauze.

El Norte, Monterrey N.L., 10 de enero 2010, página 8 A.

El Congreso tiene la oportunidad de darnos el mejor regalo en el cumpleaños de México: debatir con limpieza, claridad, celeridad y altura la propuesta de Reforma Política enviada por el Presidente y aprobar un conjunto de leyes que inauguren una etapa de verdadero equilibrio entre los poderes y amplíen la participación ciudadana en los asuntos públicos. De los diez puntos que aborda la iniciativa presidencial, cinco están relacionados con el Poder Legislativo. Vale la pena detenerse en la dimensión histórica que engloba a estos últimos.

La verdad de las verdades es que a lo largo de 200 años el Legislativo y el Ejecutivo nunca o casi nunca han entendido ni respetado sus papeles respectivos. La historia política de México no ha sido tanto el lugar de una tensión civilizada y creativa entre esos dos cuerpos como un movimiento pendular en el cual cada uno ha buscado la subordinación del otro.

El Legislativo ha llevado con mucho la peor parte. Los periodos de predominio del Ejecutivo son de sobra conocidos: la dictadura de Santa Anna, la monocracia absoluta de Porfirio Díaz, el férreo mando de los sonorenses y finalmente la Presidencia imperial, en la cual el Legislativo era un poder de ornato. Cárdenas arrancó su gestión cesando a los diputados callistas y la pauta de total subordinación duró diez periodos presidenciales y medio, de 1934 a 1997. En total, la hegemonía del Ejecutivo sumó 114 años.

Si el Legislativo contó muy poco en tiempos de hegemonía ejecutiva, en tiempos de violencia contó aún menos. Descontando estos periodos propiamente revolucionarios (más de 30 años) de la contabilidad bicentenaria, nos quedarían aproximadamente 50 años, una cuarta parte de nuestra historia nacional, en la que el péndulo osciló levemente hacia el Poder Legislativo: la etapa formativa (1822-1853), la República Restaurada (1867-1876), los 15 meses del Presidente Madero y la era actual, que arrancó en 1997, cuando el PRI perdió por primera vez en su historia la mayoría legislativa.

Lo cierto es que en ninguna de esas cuatro etapas cabe hablar propiamente de predominio legislativo. Los Congresos de la era formativa tuvieron que operar casi siempre bajo la sombra del caudillo Santa Anna, que con frecuencia los disolvía. No obstante, entre derrotas, pronunciamientos y bancarrotas, los diputados se enfrentaron con espíritu republicano a una gran variedad de problemas (el lugar histórico del clero y las milicias; las guerras internas e internacionales; los ensayos de República Federal y República Centralista).

Pero su desempeño fue mediocre: dejaron pasar décadas irrecuperables ensayando “proyectos de nación”. Padecían un agudo idealismo legislativo. Les bastaba con decretar leyes perfectas para esperar que la realidad tuviese la bondad de amoldarse a ellas, lo cual no ocurría jamás.

Lo más grave fue su actitud en momentos de auténtica emergencia. En 1847, en plena invasión estadounidense, el Ministro de Relaciones José Fernando Ramírez lamentó la “espantosa división” del Congreso y escribió: “un Congreso sin prestigio, sin poder, sin capacidad, y lo que es peor aún, hondamente minado y destrozado por los odios de partido que nada dejan ver con claridad, excepto los flancos y ocasiones que se le presentan para herir a sus enemigos”.

Para inocularse contra el caudillismo, el gran constituyente liberal de 1857 optó por dotar a la Cámara de Representantes (única entonces) de facultades excesivas que sólo comenzaron a ponerse a prueba durante la República Restaurada. A juicio de Cosío Villegas, al Legislativo le costó entender su papel en un país que clamaba por la paz y el progreso: “El centro nervioso debió ser el órgano de la ejecución, no el de la deliberación. Nunca como entonces se apetecería que el Legislativo tuviera la función importantísima, pero estrictamente limitada, de dictar reglas generales de una política cualquiera: la fiscal, la educativa, la de obras públicas, etc., y que el Ejecutivo tuviera toda la amplitud de acción para negociar y vigilar la realización de lo convenido”. Con todo, el Legislativo parecía evolucionar hacia convertirse en “un organismo poderoso pero de buen sentido que renuncia poco a poco a su poder, convencido de que otros pueden usarlo con más eficacia y para el mayor bien de la nación”. En 1876 Porfirio Díaz acabó con el ensayo.

El Legislativo tuvo una nueva oportunidad en tiempos de Madero. De haber sido más receptivo a las necesidades sociales, aquel Congreso (cuyo Senado seguía siendo porfirista) pudo haber evitado la guerra civil. Al antagonizar por principio con el Ejecutivo lo que a la postre logró -con excepciones notables- fue su propia liquidación.

A partir de 1997 vivimos una inestable paridad de poderes que no han sabido colaborar entre sí. La responsabilidad es compartida, pero acaso ha sido mayor la de los legisladores. Como sus predecesores en el siglo 19, en momentos clave han preferido aferrarse a sus dogmas, intereses u “odios de partido” que actuar con celeridad y sentido práctico “para el mayor bien de la nación”. El ejemplo límite -no muy distinto al de 1847- fue el vergonzoso teatro legislativo de 2007-2008 alrededor de la Reforma Petrolera: una irresponsabilidad que cuesta y costará mucho a los mexicanos.

En el Bicentenario, los diputados tienen la oportunidad de demostrar madurez legislando sobre su propio número y función, sobre su relación con el Ejecutivo y su vinculación con la ciudadanía. Los diputados no tienen sobre sí la amenaza realista de un presidencialismo institucional todopoderoso. Pero si la opinión pública se desencanta por entero de la política y la democracia, la sombra del caudillo se proyectará una vez más, como en el siglo 19, sobre nosotros. Mejor empezar el año con el pie derecho. Mejor darnos a nosotros mismos, a través de nuestros representantes en la Cámara, el regalo de cumpleaños.

Interpretar el año.

Alejandra Rangel.

El Norte, Monterrey N.L.,9 de enero de 2010. Pág. 9A.

Escuchamos decir a Felipe Calderón que el 2010 será un buen año para México porque es el de la patria y hay que celebrarlo con alegría. Asimismo invitó a que avivemos la llama de los valores que nos enorgullecen como mexicanos: independencia, libertad, justicia e igualdad.

Se trata de un discurso totalmente imaginario, el cual habla de un país que sólo el Presidente percibe porque el nuevo año se nos presenta en medio del pesimismo, la injusticia, graves desigualdades, empobrecimiento, alzas impositivas e incertidumbre.

En lugar de invitar al debate público y a la discusión acerca del proyecto de un México que se gestó durante el movimiento revolucionario y de cómo se ha perdido, este vacío discursivo se apoya en una fantasiosa celebración del Centenario y Bicentenario. La tarea pendiente consiste en analizar críticamente la “historia oficial”, reflexionando sobre los acontecimientos que desde hace 100 y 200 años nos han marcado sin provocar los cambios esperados, manteniendo los mismos problemas: desde el orden jurídico, la impunidad, la justicia social, la falta de educación, la corrupción, hasta la pésima distribución de la riqueza.

A la luz del nuevo año seguirán el crimen organizado y las muertes continuarán acumulándose como si viviéramos una guerra civil fuera de control, los aumentos a la gasolina, el diesel y las tarifas eléctricas causarán estragos, además de alzas en los precios de productos y servicios, de la canasta básica y por consiguiente la pérdida del poder adquisitivo y el desempleo. Pero hay que celebrar con alegría y sin pesimismo, según Calderón.

Se entiende que quienes deberían tomar acciones adecuadas para resolver los problemas sociales, decidirse a combatir la pobreza y crear el crecimiento económico (los funcionarios públicos de todos los niveles) tienen sus sueldos y prestaciones asegurados, por lo mismo, no existe la capacidad para sensibilizarse frente a las carencias de los ciudadanos y comprobar el deterioro de la calidad de vida de una población harta de la mediocridad política.

En un intento por aclarar la oscuridad de nuestra época y la mezquindad de nuestros gobernantes, habría que iniciar con las preguntas fundamentales y las respuestas en que nos apoyábamos hace unos siglos, reconocer la gran crisis entre los resultados y las creencias, entre la teoría y la práctica, donde como única solución vemos retomar el camino del pensamiento con seriedad, plantear la visión de un país y entender las consecuencias de las acciones para convertirnos en una nación inteligente.

Lo primero que deberíamos hacer es obligar a todo funcionario público o al que aspire a serlo, al estudio de la filosofía y de las teorías sociales, para lograr que visualicen la importancia del conocimiento y dejen a un lado la improvisación, respondan ante sus propios actos, eliminen la ignorancia en la que se encuentran y desarrollen el análisis histórico crítico de las mentiras dominantes con el fin de responder al presente.

De haber sido más visionarios, jamás hubiéramos subestimado los centros de educación media y superior marginando a las Humanidades, pues los logros actuales demuestran el error cometido. Tampoco debimos abandonar el proyecto educativo, las consecuencias han sido muy graves para la nación, y es preocupante que todavía siga sin entenderse la importancia de la formación del hombre y los esfuerzos se dirijan a la ciencia y la técnica cuando fue el humanismo el creador de ellas.

2010 será un año muy complicado para el País, nos encontramos pésimamente evaluados: caímos 17 lugares en el índice de Transparencia Internacional y descubrimos que los niveles de desempeño político son similares a los africanos. El Latinobarómetro marca el descenso y la pérdida de competitividad económica de México, el Foro Económico Mundial nos coloca por debajo de Brasil, Chile, Costa Rica y Panamá.

Por más esfuerzos que hagamos por ser optimistas, la realidad nos rebasa dentro y fuera del contexto nacional, somos muy poco autocríticos, estamos situados dentro de los hechos, en la pura facticidad, en un abismo que no permite avanzar y entender qué significa pensar. Se ha perdido un tiempo muy valioso, olvidemos los festejos superficiales y juegos pirotécnicos y dediquémonos a construir conocimiento para cambiar el rumbo.

¿Qué clase de país y de ciudadanos somos? ¿Hemos construido una sociedad más justa y equitativa después de la Revolución? Calderón seguirá con sus mensajes de principio de año, insistiendo en que el 2010 será el año de la recuperación económica, seguro de que los mexicanos tienen la convicción de un México destinado a ser grande, a sobresalir y hacer historia, a “escribir páginas de gloria”.

Para ello necesitamos otra clase de gobernantes, la frustración y la desesperanza se han convertido en el sentir de la población mexicana y no hay luz en el laberinto.

Dos siglos.

Enrique Krauze

Reforma.com, 19 Abril de 2009. Pág. 9A.

La Independencia de México es un hecho tan remoto y consolidado como la abolición de la esclavitud. Por ello no puede dar sentido práctico al 2010. La Revolución Mexicana, en su legado y su vigencia, es materia de disputa política. Por ello no puede dar significado único al 2010.

¿Qué sentido, qué significado debe adoptar el Bicentenario? La comisión encargada de dárselo no lo ha encontrado. A mi juicio debe ser éste: no conmemorar dos fechas, sino dos siglos.

Más allá del brillo de las exposiciones, festejos y obras públicas que se inauguren el año próximo, el Bicentenario debe tener un mensaje que le hable al mexicano de hoy y al de mañana. Lo tuvo en Francia en 1989: fue la conciliación entre los tumultuosos pasados de aquel país, tan parecido al nuestro en cuanto a su raigambre revolucionaria. El terror dejó de ser objeto de reverencia, pero no por eso Francia se entregó a la veneración reaccionaria de Luis XVI. Encontró un justo medio. Y Francia se reconcilió, hasta cierto punto, consigo misma.

En el 2010, los mexicanos no podremos aspirar a tanto. El año próximo conmemoraremos dos revoluciones. En términos políticos, la de Independencia no es ya motivo de discordia. La historiografía en todas sus vertientes sigue aportando datos y visiones sobre las que es importante profundizar, y siempre habrá campo para nuevas investigaciones sobre procesos, episodios, personajes, microhistorias, etc…, pero nadie se rasga las vestiduras sobre el destino de Iturbide ni duda de la necesidad de la Independencia.

Si bien los mexicanos somos “hijos de Hidalgo”, más allá de los desplantes de la vieja historia de bronce esa condición no tiene ya una traducción efectiva en nuestro tiempo. En suma, la Independencia no puede ser objeto de “reconciliación” porque en torno a ella estamos reconciliados. La Independencia sólo puede ser motivo de festejo. Por más importante que sea, el festejo no confiere sentido al 2010.

Algo distinto ocurre con la Revolución Mexicana. La reconciliación en torno a su legado es, hoy por hoy, altamente improbable. La transición democrática del 2000 pudo haber propiciado esa reconciliación nacional posrevolucionaria, fincada en el diálogo respetuoso de las diversas posiciones políticas (con sus respectivas visiones del pasado).

Por desgracia no ocurrió. Fox no tuvo miras para ese proyecto y López Obrador menos aún. En su campaña, el líder reclamó para sí la herencia completa de la Revolución Mexicana (hasta entonces monopolizada por el PRI) y, al perder por un ápice las elecciones, provocó un cisma entre su visión y la de quienes ve como “traidores a la patria”. Su movimiento sigue teniendo peso, no se avendrá al debate y menos a la reconciliación. Por eso sería inútil soñar con el 2010 como el año de la unidad.

¿Qué hacer? México -decía Luis González- es una construcción. Retomando ese concepto, cabría preguntarse por todo lo que nuestro País ha construido en dos siglos. Y en esa respuesta puede hallarse la filosofía del Bicentenario.

Es mucho lo construido. Basten algunos ejemplos. A raíz de la victoria liberal del siglo 19, México ha sido un puerto de abrigo para los perseguidos de otras tierras. Desde entonces llegaron franceses, alemanes, italianos, cubanos, españoles, judíos, libaneses, japoneses y, más recientemente, latinoamericanos.

Ese crisol de diversidad (aunado a nuestra propia diversidad étnica) es una construcción que da sentido al presente y nos integra como nación. Otro logro del 19 es la convivencia religiosa. Aunque se interrumpió en el régimen de Calles, ha sido una constante de civilidad que falta en muchos países.

También el siglo 20 edificó. Hay, por ejemplo, una buena historia que contar sobre los médicos, las enfermeras, los hospitales públicos y privados, las campañas sanitarias, las labores de asistencia pública, los avances de la investigación, las escuelas de medicina. En éste y en otros campos, la admisión crítica de nuestros problemas y del larguísimo camino que queda para resolverlos no debe opacar -al menos no en el 2010- el humilde reconocimiento de lo logrado.

Con el mismo criterio no triunfalista, sino balanceado, objetivo y crítico cabría abordar, mediante todo tipo de instrumentos de comunicación, otros ámbitos: los inventos mexicanos (los hay, y muchos), la excelencia de la ingeniería civil y sísmica, ciertas hazañas de la infraestructura física, la buena tradición diplomática, la responsabilidad de la hacienda pública, el ejército supeditado al mando civil, no pocas instituciones de educación superior, organismos públicos que han perdurado (el Banco de México, por ejemplo), empresas privadas antiguas que han sobrevivido y otras que compiten internacionalmente.

Un aspecto destacado es la cultura. En las letras y las artes, en varias ramas de las humanidades y en algunas ciencias, México es -digamos- una potencia media. No debemos exagerar patrioteramente su importancia, pero no hay duda de que ya hay varios mexicanos que se han sentado por méritos propios (como pedía Alfonso Reyes) en el “banquete de la cultura occidental”.

La hazaña mayor de construcción corresponde -lo digo sin retórica alguna- a las mayorías silenciosas, a los pueblos de México. Es una construcción de convivencia y esfuerzo diario hecha, a menudo, a pesar de las élites rectoras. Esa construcción anónima debe estar en el centro de la conmemoración.

El mexicano que acudirá con su familia al Zócalo la noche del 15 de septiembre del 2010 debe tener razones, no sólo emociones, para exclamar “¡Viva México!”. No basta que el grito “le salga del alma”. Debe salirle también de la convicción razonada de que algo ha hecho su País en 200 años, algo que no desmerece frente a la mayoría de los países del planeta. Dar al mexicano esa conciencia puede ser una posible filosofía del Bicentenario. Así de sencilla, así de modesta, así de eficaz.