Archivo diario: 11 julio 2012

Mousse de chocolate

 Uno de los postres más populares es el mousse, que puede ser de chocolate, café, grand marnier, fresas, limón, naranja o de otros sabores.

La primera receta de un mousse  fue publicada por el cocinero francés Menon a mediados del siglo XVIII. Según su receta, a una crema de leche batida se le agregaban claras de huevo y se podían hacer de chocolate, café o azafrán. Servidos en vasitos de plata o vidrio, recomendaba enfriarlos en hielo por varias horas[1].

Un mousse (la palabra quiere decir espuma) tiene una base de claras batidas a punto de nieve, o crema dulce batida –o ambas- con una textura suave y esponjosa y algunas recetas incluyen grenetina para darle una consistencia más firme.  También puede ser de quesos, verduras, mariscos o pescado.

Elaborado con huevo crudo –si bien las yemas se pueden cocer ligeramente al agregarse a la base tibia- el mousse debe ser refrigerado y consumido pronto.

El más popular es el de chocolate, por lo que como postre es un éxito seguro.

Mousse de chocolate

 A pesar de su simplicidad y la rapidez para elaborarla, esta receta es infalible y siempre quedará muy bien con sus comensales.

Ingredientes:

7 huevos separados, las claras a temperatura de ambiente

160 gms. de chocolate semiamargo de buena calidad

2 cucharaditas de nescafé

2 cucharadas de azúcar

¼ taza de licor (Kahlúa, Amaretto, Grand Marnier, ron).

Procedimiento:

Derretir el chocolate con el licor y el nescafé a baño maría.

Agregar las yemas, una por una, batiendo con un batidor eléctrico de mano a incorporar. Dejar entibiar.

Batir las claras a punto de nieve, agregando lentamente el azúcar.

A mano y con una espátula, agregar 1/3 de las claras batidas al chocolate para aligerar la mezcla.

Agregar procurando no bajar el volumen de las claras un tercio más y finalizar con el resto a que quede una mezcla homogénea.

Para servir se puede dividir en copas, tazas o tazones medianos, cubrir con egapak y refrigerar al menos seis horas.

Antes de llevar a la mesa se puede decorar con azúcar glass, chocolate rallado, fresas rebanadas o frambuesas y hojitas de yerbabuena.

También se puede poner al fondo de la copa medio durazno sin el almíbar cubriéndolo con el mousse y refrigerándolo varias horas.

El corrido de Monterrey

Antonio Guerrero Aguilar
, Cronista de la Ciudad de Santa Catarina

En SabinasHidalgo.net 11 de Julio de 2012

 Monterrey cuenta con algunos cantos representativos, como el “Shotis Monterrey” de Aliber Medrano o el de Pepe Guízar, que comienza interpretado magistralmente a capela: “Monterrey, tierra querida, es el cerro de la Silla”, o la canción tan hermosa que interpreta Marilú Treviño. La más conocida de todas fue compuesta en 1942 por Severiano Briseño, un cantautor nacido en 1902 en San José de las Canoas, San Luis Potosí. De niño vivió en Tampico y formó parte del trío Los Tamaulipecos que participaron en la película “Cuando lloran los valientes” (1945), en donde también Pedro Infante cantó un singular y desconocido corrido dedicado a Monterrey, que comienza: “Desde lo alto del cerro de la Silla, estoy mirando a mi lindo Monterrey”.

Gracias a su composición, don Severiano Briseño alcanzó la fama artística y en señal de agradecimiento, tanto las autoridades como los principales industriales de Monterrey decidieron respaldar su carrera y lo nombraron hijo predilecto de la ciudad. El corrido se puede cantar fácilmente por la sencillez de la letra y lo pegajoso de su música. La pieza musical se popularizó cuando la interpretó Pedro Infante en la película “Escuela de Música” (1955), en donde personificó a Javier Prado quien al tomar un tequila, se inspira para cantar acompañado por una orquesta de señoritas dirigidas ni más menos que por Libertad Lamarque. Y desde entonces, la canción se hizo tan conocida que no puede faltar en fiestas, reuniones o eventos en donde se resalte la historia y la identidad de ser de Monterrey.

Durante una gira que el trío Los Tamaulipecos hicieron en Mazatlán, le preguntaron a don Severiano qué era lo que más le gustaba de Sinaloa y contestó: “sus mujeres y la tambor”. Alguno de los presentes le reclamó: “Oye, ¿qué le ves a Monterrey que no tenga Sinaloa? ¡Házle un corrido a Sinaloa para estar igual! Y en consecuencia compuso “El Sinaloense”. Don Severiano dejó de existir el 6 de octubre de 1988, dejando un legado de gran valor para el acervo de la música popular mexicana.

A decir verdad me da la impresión de que don Severiano no conocía muy bien Monterrey, a tal grado que incurre en algunas imprecisiones. En la primera estrofa del corrido dice: “Tengo orgullo de ser del norte, del mero San Luisito, porque de ahí es Monterrey, de los barrios el más querido, por ser el más reinero, ¡sí señor!, barrio donde nací.” El barrio de San Luisito, llamado así porque en él se congregaron artesanos procedentes de San Luis Potosí que llegaron a la construcción del palacio de gobierno del Estado. Para ello Bernardo Reyes mandó traer cantera rosa de San Luis Potosí y quien mejor que los labradores potosinos para trabajar las piedras. En 1910 el barrio San Luisito se convirtió en la colonia Independencia. Pero Monterrey no está precisamente en el norte, más bien en el noreste mexicano y Monterrey no es de San Luisito, más bien al revés. Prueba de ello es que había un puente llamado así y que ahora se llama del Papa que comunicaba al viejo Monterrey con el popular barrio. En efecto, a los habitantes que pertenecían al Nuevo Reino de León, les llamaban reineros.

La segunda estrofa reitera el orgullo por el solar patrio: “Y es por eso que soy norteño, de esta tierra de ensueño, que se llama Nuevo León, tierra linda que siempre sueño y que muy dentro llevo, ¡si señor!, llevo en el corazón”. A decir verdad, en eso no se confunde don Severiano. Pero cuando se piensa en el norte del país, regularmente se vienen a la mente Chihuahua, Coahuila, Nuevo León y Tamaulipas.

En la tercera estrofa, se refiere al principal distintivo y símbolo de Monterrey: “Desde el cerro de la Silla, se divisa el panorama, cuando empieza a anochecer, de mi tierra linda y sultana, y que lleva por nombre, ¡si señor!, Ciudad de Monterrey”. El 2 de junio de 1961, el ingeniero Rocatti, Jesús Fernández, Angel Rodríguez y otra persona de la cual no tengo su nombre, perecieron en un accidente cuando probaban el teleférico que estaba en la Ciudad de los Niños, obra auspiciada por el padre Carlos Álvarez. El teleférico llegaba hasta un mirador situado en el cerro de la Silla. Desde entonces el proyecto espera el sueño de los justos para ser revivido como uno de los atractivos turísticos más importantes de la considerada “Ciudad de las Montañas”. Pero en el año en que fue compuesto el corrido, era improbable y difícil el acceso hacia la montaña como para decir que desde ahí se podía ver el atardecer regiomontano. En realidad, el cerro de la Silla no está territorialmente en Monterrey: pertenece a Juárez, Guadalupe, Santiago y Allende.

Monterrey debe su nombre al entonces virrey de la Nueva España, don Gaspar de Zúñiga y Acevedo, conde de Monterrey, cuyo origen está situado en Galicia. De ahí que una vez el pensador Gutierre Tibón se preguntara el por qué le decían Sultana a Monterrey, si esa región gallega no estuvo ocupada por los árabes. Parece ser que el título de la Sultana del Norte, tiene que ver con la categoría de la capital industrial de México, con la presencia de palestinos y libaneses que se asentaron en Monterrey desde fines del siglo XIX y principios del XX y por el famoso equipo de beisbol conocido como Sultanes.

La siguiente estrofa tiene que ver con la zona citrícola, que tanto promovió don José A. Robertson, un empresario norteamericano que llegó en la década de 1880 durante la construcción de las vías de ferrocarril hacia el Golfo. Un hombre al que se le debe la fundación de la compañía de Agua y Drenaje, la ladrillera y del primer juego de beisbol ocurrido en México y tal vez en América Latina, en la estación San Juan de Cadereyta Jiménez. “En sus huertos hay naranjales cubiertos de maizales, con sus espigas en flor, y en sus valles los mezquitales curvean caminos reales, ¡si señor!, bañados por el sol”. Si había naranjales en Monterrey y en otros municipios ahora conurbados, pero los mejores naranjales estaban y están en Montemorelos, General Terán, Cadereyta y Allende. Tampoco concibo los naranjos cubiertos de maizales. En los montes y caminos abundaban los mezquitales, ahora tan dañados por la sobreexplotación de carbón vegetal, muy bueno y recurrente para las carnes asadas, desaparecidos por la voraz mancha urbana sin un crecimiento adecuado.

En la última estrofa, recurre al orgullo de ser regiomontano: “En mi canto ya me despido cantando este corrido, que es de puro Monterrey; ese suelo tan bendecido, de todos muy querido, ¡si señor!, verdad de Dios que sí”. Aunque el 85 por ciento de la población de Nuevo León viva en la zona metropolitana, entre los que destacan Monterrey como capital y otros ocho municipios, el resto de los 50 municipios también son de puro Nuevo León y que también se sienten muy contentos y orgullosos cuando cantan éste corrido. ¡A poco no!

El arte de la palabra escrita

Ana Portnoy

Un momento crucial en la historia de la vida civilizada fue el desarrollo de la escritura. La historia de la humanidad tiene un antes y un después del registro escrito de la información.

El término Prehistoria denomina al larguísimo periodo de tiempo desde que aparece el homo sapiens sapiens -nuestra especie- hasta alrededor del tercer milenio A.C. en que surgen los primeros registros a través de pictogramas o ideogramas, ya sea grabados en piedras, pintados en cortezas de árbol o pieles de animales o inscritos con cuñas en tablillas de barro y que lentamente condujeron al desarrollo de alfabetos y grafías tal y como los conocemos hoy en día.

¿Por qué surgió la necesidad de registrar, preservar y trasmitir información?

Para el hombre primitivo, la sobrevivencia en un medio hostil en el que  seguía el rumbo que tomaban los animales de los cuales se alimentaba implicó la necesidad de trasmitir los conocimientos de cazar, curtir, recolectar y curar de manera oral y de generación en generación. De esta manera se inculcó el conocimiento sobre cómo hacer instrumentos, cómo rendir culto a las fuerzas de la naturaleza, cómo sanar y cómo inhumar. Durante decenas de milenios el progreso del conocimiento se vio limitado por las precarias condiciones de vida y los mínimos requerimientos de bienes materiales que se podían transportar con la trashumancia.

Alrededor del décimo milenio antes de Cristo, la domesticación de plantas y animales permitió la vida sedentaria. Las sociedades humanas sufrieron una transformación y pasaron de tribus y clanes pequeños a poblados con varios cientos de habitantes. Hubo una diversificación de las labores económicas y, por lo tanto, una estratificación de la sociedad. El conocimiento se incrementó con la necesidad de trasmitir oficios y maneras de hacer; creencias,  ritos y mitologías; observación de los astros y predicción de las temporadas de siembra y cosecha.

Este cúmulo de información condujo a la necesidad de registrar y conservar testimonios, primeramente sobre qué productos se resguardaban en los templos-graneros y qué productos se tenían que entregar como tributos. Los primeros indicios de una escritura tienen que ver con cifras que permitían tener un control económico y datan de alrededor de 3,500 aC. Y después, empezaron a registrarse acontecimientos trascendentes, guerras y triunfos militares, ritos y plegarias a los dioses y, en el segundo milenio con Hammurabi en Mesopotamia, el primer código que reglamentó la vida en sociedad y los primeros textos literarios-mitológicos como la Epopeya de Gilgamesh.

Hasta hoy en día se conservan importantes códices hechos en amate y piel que son testimonio de las culturas prehispánicas de México y los museos albergan tablillas de barro con inscripciones, fragmentos de murales con jeroglíficos y estelas grabadas que son testimonio de tiempos pasados.

 Sin embargo, y desgraciadamente, muchos textos han sido destruidos no sólo por las fuerzas de la naturaleza o el deterioro del material orgánico en el que fueron hechos, sino por el mismo hombre. Basta recordar la quema de la famosa biblioteca de Alejandría en el siglo V.  Esta biblioteca y su museo eran el centro de investigación más importante del mundo antiguo y albergaban todo el conocimiento humano escrito y acumulado hasta esa época. Sin embargo, considerando que era un conocimiento pagano los seguidores de San Cirilo decidieron destruirlo.

En México la destrucción de los códices mayas por el Obispo Landa en Yucatán acabó irremediablemente con una importante fuente de información sobre esa cultura.

Gracias a la imprenta de Gutenberg en el siglo XV, la difusión del libro como fuente de información se popularizó. Así, el conocimiento estuvo al alcance de un mayor número de lectores y la difusión de noticias empezó a trasmitirse ya no con trovadores y viajeros o correspondencia personal y anuncios públicos, sino a través de la prensa cuyo origen data de los primeros años del siglo XVII.

Y si en sus principios la escritura tuvo fines pragmáticos para llevar a cabo registros de cosechas, de tributos y de los hechos importantes realizados por reyes y sacerdotes, su uso permitió el desarrollo de la creatividad y fantasía del hombre, pues la creación literaria también se desarrolló en antiguas civilizaciones que escribieron cantos, poesía y relatos de aventuras que permitieron a los lectores desarrollar su sensibilidad e imaginación. Desde esos tiempos remotos el libro ha acompañado el progreso del hombre y le permite no sólo anotar y estudiar sobre los avances científicos y sobre su entorno sino también conocer otros personajes, sitios exóticos y experiencias de vida sin tener que abandonar su hogar.

Esta posibilidad de conocer a través de la palabra escrita, sin embargo, se enfrenta a grandes retos en nuestros días. Así como la intolerancia religiosa destruyó la biblioteca alejandrina o los acervos mayas, los regímenes totalitarios o fundamentalistas han censurado e inclusive quemado los textos considerados peligrosos por su posibilidad de crítica y reflexión. Y por otro lado, los medios de comunicación y los juegos virtuales en una sociedad que prefiere información rápida y satisfactores inmediatos compiten con la tradición de la lectura, especialmente como medio de recreación.

Pero, también gracias a internet, el acceso a la palabra escrita llega a los lectores no sólo por la infinidad de publicaciones virtuales, sino también en forma de libros electrónicos que en cuestión de segundos se pueden descargar.

Fuentes de las imágenes:

Jordi Solé.  Los bosquimanos del Kalahari. En Ojos de cielo. <http://omiv.blogspot.mx/2009/04/los-bosquimanos-del-kalahari.html&gt;

Flickr from Yahoo: Antigua Biblioteca de Alejandría. <http://www.flickr.com/photos/hermandadblancaorg/468863015/&gt;

Jenny Paola Silva. Paso del nomadismo al sedentarismo. En Fundamentos de Economía: <http://jennypsilva.blogspot.mx/2011/08/paso-del-nomadismo-al-sedentarismo.html&gt;

Juan José Olvera G’s bitácora. La Biblia: Primer y mejor trabajo de Johannes Gutenberg. <http://jjolverag.wordpress.com/2011/02/23/la-biblia-primer-y-mejor-trabajo-de-johannes-gutenberg/&gt;

The British Museum. Hammurabi. <http://www.mesopotamia.co.uk/time/explore/p_hammurabi.html&gt;